El olor de la canela

Alba Tzuyuki Flores Romero
 
   
 
 
Bailarina

 

Rubí tiene los ojos rasgados, la nariz respingada y el cabello rizado. Quizá un poco más que el mío. Sabía de su aroma dulzón porque lo había olido muchas veces impregnado en sus suéteres y vestidos, pero ayer lo comprobé, toda ella huele a canela. Sólo ayer hice caso a mi instinto reprimido. Llegué a casa después de haber ido a entregar los avances de mi tesis sobre Efraín Huerta y ahí estaba ella, sentada en la sala, me dijo que no había nadie. Que me estaba esperando pues quería mostrarme una tarea. Caminé hacia la mesa, toqué apenas su hombro, me senté a su lado. Ella escribía algo, cuando terminó, lo leyó pero no la escuché. Giré el rostro para verla mejor, sus fosas nasales se abrían casi imperceptiblemente mientras hablaba. Me preguntó si me había gustado el poema. Encogí los hombros y acerqué mi rostro a su cuello alargado. Fue un movimiento sutil, casi accidental. Su olor a canela me provocó un espasmo en el cuerpo y una incipiente erección. Sus labios delgados me llamaban sin pronunciar mi nombre. Entonces me acerqué más a su cuello y al notar que no se apartaba seguí rumbo a su boca. Me miró de reojo y preguntó qué haces. No respondí, la besé y me estremecí, la sensación era mejor de lo que durante largo tiempo imaginé. Vinieron a mi mente un remolino de recuerdos: sus labios, sus abiertas carcajadas cuando jugábamos en el patio echándonos agua, la sangre que estuve a punto de lamer de su rodilla raspada cuando cayó del columpio y las veces que bajaba de la litera para asomarme a su cama y acercar mis labios a su boca para sentirme derribado por su aliento mientras ella dormía. Hermana, dieciocho años de tenerte cerca, de observar cómo te desvistes para ducharte o espiar mientras te cambias en tu cuarto con la puerta un poco abierta. Fue muy duro crecer, tener que dormir en habitaciones separadas, no sabes las veces que lloré deseando volver a mirarte dormir y ahora por fin puedo tenerte cerca, pensé. Le acaricié el muslo, subí su falda, mi mano se encontró con su vulva tibia y húmeda. Inmóvil, Rubí siguió entregada a mis manos, entonces la llevé a ponerse de pie y literalmente metí la nariz en su cabellera ensortijada, el aroma me venció, quedé a su merced como cuando niños me abrazaba para pedirme un dulce y en mí despertaba un estremecimiento que nacía en la nuca, que recorría mi espalda y se instalaba de pronto en mi entrepierna. Entonces recorrí sus hombros, los brazos, la cintura. La estreché contra mí tomándola de las nalgas. Le gustó, sé que se dejó llevar también por las ganas.

 

La conduje a su cuarto, aventé los osos que tenía sobre la cama, le subí la falda y le quité la blusa. Toda ella olía a canela. Bestial embestí una, dos, tres veces. Gimió de manera apagada, creo que alcancé a ver una lágrima de placer queriendo salir de sus ojos. Seguí con lo mío. A punto de venirme, me salí y eyaculé cerca de su ombligo. Se me quedó viendo, no supe si con satisfacción o reprochando algo. Me levanté y fui a darme un baño. Tenía impregnada su aroma en la piel. Nuestra madre podría darse cuenta. Tallé mi cuerpo hasta quedar rojo, pero fue inútil, el olor no desapareció. Opté por salir de la casa y regresar ya entrada la noche para evitar que mi madre me oliera. Antes de irme vi a Rubí vestirse torpe y apresuradamente. Le dije vengo y me largué. No he regresado a la casa; sigo pensando en lo que pasó. Siento en las palmas de mis manos su piel suave, veo aún sus ojos casi inocentes, como cuando tenía diez años.

 

 

 

 

 

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