Juan Bañuelos: tres poemas

Piedra de Toque
 
   
 
 
Juan Bañuelos con ilustre compañía

 

 

Reposo estival alrededor del fuego

 

Hacinando miel detrás del polen

y a escondidas del insecto,

lentamente como el agua que todo lo engulle,

mis manos, ramas del asombro, rayan la espalda

de un dios desconocido.

De pronto (después del estupor el silencio),

El pájaro se inicia en un sueño de plumas

Y un cortejo de hormigas alrededor de un árbol,

o de un insecto muerto,

festeja el advenimiento de la lluvia.

Con el crepúsculo avanzo por el río

mientras viejas lavanderas cantan

bajo un sauce.

¿Quién encenderá la fogata de esta noche?

¿Quién relatará el cuento interrumpido ayer?

Las begonias sueñan entre el aroma de las yeguas

y una canoa de astros baja.

¿Quién recuerda? ¿Qué animal de humo nos rodea?

 

De pie miro la noche:

el valle se hunde como un pez sin ojos,

y con ganas de ser mi hijo, mi padre y mi hermano

yo me quedo.

 

 

 

 

Viento de diamantes

 

La Eternidad está enamorada

                                                                                                                 de las obras del tiempo

W. Blake

 

Lo mismo que Adán sumergido hasta la alondra del

               silencio

   sucio de humana noche en que he caído, rompo

                todos los pronombres

   para tenderme en el día óseo de la plenitud.

Acudo ebrio de musgo y tulipanes hasta las criptas

                  de las piedras

   o de los ríos secos, donde muerden al silencio

                 cárabos crepusculares

    y en donde un hombre solitario se hinca.

 

Pisando soledad entro en el día, porque es dable a

                  las criaturas

     ver su hora crecer para hallar luego algo de los

                   mortales

      en un grano de arena. Más también bajo las gradas

                   seculares y

diviso el humo de las chozas de los hombres,

      veo los caminos cotidianos, las nubes que anuncian

                   el otoño

      y a la mujer grávida de su fruto sentada en su

                    hamaca

viendo pasar las horas.

                                              Y me muevo con las hierbas,

                     Y con el menor movimiento del caballo, y

                     Siento que dentro de mi corro

       como ese río que estoy viendo que avanza.

¡Y miro alejarse la carreta del último cosechador!

 

E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar

      caigo en el seno del prodigio. Y como el minero

                     que se cubre

      con las manos la faz cuando de pronto, ciego,

                     reencuentra la luz,

      así la dulzura levanta su toga y me envuelve

                     temerosa.

¡Ay el hombre soy y no lo había advertido!

      el amparado por los dioses tutelares de la iniquidad,

                      el que frecuenta

       y ronda tanto rencor taimado del polvo con su

                      cauda de crines blancas.

¡El hombre soy, mas no me basta!

        Porque el sol tiene su trigo en llamas y el mar

                       Tiene los ojos tocados por la gracia.

El hombre soy

         pero toda cosa nacida con la aurora, con ella muere,

y toda criatura que engendra la noche

         con ella se aleja porque oscuro es su linaje.

 

Todo pasa.

Y como el agua y el sol, también todo queda. Un

                       silencio

        que se sienta a esperar el primer ruido. Nuestra

                       imagen

         que se pierde y se encuentra como el humo que

                       no es más que el eco del fuego.

No otra cosa que la espuma negra

que va haciendo el arado sobre la tierra.

Y lejos de la memoria del viento que dejaron las

                       épocas

          un olor de centeno y anís hace volver los pájaros.

 

Y porque el horizonte no es más que una hoja larga

                       de perfil,

         dejo que mudas tribus de peces muerdan los

                        guijarros,

         dejo que brille el hocico del jabalí en la noche

                        y que bajo el zumbido de las abejas

         los bueyes trillen las mies.

                        ¡Ay reivindicación bañada en el ojo inocente!

                        ¡Oh exultación del mar sostenida en el resplandor!

¿De qué remoto sueño hemos caído? ¿Por qué somos

          una rueda que grita enloquecida? ¡Ah! Triste es

          nuestro paso, en verdad.

¡No más que olas somos! Nos levantamos

                         brevemente…

        para seguir siendo mar.

 

 

 

 

 

 

 

Tiempo de la construcción

 

Tiempo,

                yo no sé si noviembre sepulta el paisaje, pero

  hoy me he puesto a cantar y caigo sobre mi rostro

  como una piedra insomne.

Tiempo,

                mi lengua arde y estoy cantando aquí, sobre la

                tierra, de pie en el tronco del amor que me

                preocupa.

¡Ah pueblo mío! ¡Te reconozco! Te reconozco bajo la

                sombra de la ausencia.

                Levanto mi mano y digo a mi alma: “sal de tu

                cueva, loba”. Y mi alma, soltera vagabunda preñada

                de mil hijos, sale a gritar, se pone en medio

                del pecho la palabra y roba pluma al viento.

¡Oh pueblo mío! Te reconozco en la riente sal donde

                gorjea la alegría, donde todo regreso es volver a

                encontrar y toda inocencia es siempre anterior:

                crecida de aguas antiguas.

¿Quién entre la multitud dirá que bajo el oro de la

                noche car una acechanza pétrea, y que en la frente

                del poseso fermenta el caos y la eternidad?

¿Quién no oye el amargo grito de la bestia y no

                rememora el verano que se quiebra como un

                oscuro vaso?

Entre el sabino y el oyamel ondulante se enreda

                la hoguera, y el tiempo se presiente como la súbita

                pulsación de una ola vasta y olorosa a tierra

                próxima. El juramento nos baña, se hace amarillo

                el polvo y amanece.

En nuestro fin ardientemente danza el nacimiento.

 

Labor de sedición la de la sombra y la piedra. Más

                yo no vine por el vellón de las ovejas, ni por las

                minas de ámbar ni las de oro, ni por la carga de

                café que los mercaderes sacan por la aduana,

sólo he venido a aportar el peso de mi mano que

                ha sabido trazar los horizontes, mi mano que no

                descansa y obedece.

 

¿Qué hay detrás de mí?

¿Qué hay delante de mí?

                La soledad, que despierta como un ciervo y levanta

                lentamente la cabeza entre las ruinas que dejan las

                luchas de los hombres y las batallas del espíritu.

 

¿Qué hay detrás de mí?

¿Qué hay delante de mí?

                Vengo de más lejos que el grito de mi nacimiento.

                porque nací cuando yo quise. Fui tropezando de

                planeta en planeta y el peso de la noche cayó

                sobre mi pecho.

La rueda del pavor giró dentro de mí, la locura sopló

                las velas del conocimiento y en el último escalón,

                sudor de muro destiló mi frente. Ahora vago sobre

                un planeta que ya no reconozco.

Mas alguien soñó. Alguien olió el agua animal de

                las generaciones. (En medio de los huracanes ¡cómo

                late el corazón del silencio! La noche es un tronco

                caído y reducido a eco). Lento como la vida de

                los minerales me humedecí de aurora. ¡Oh arcoíris,

                efímero relámpago pintado! Memoria azuzada

                por las milicias del silencio. ¡Oh mar, gigante corazón

                de un pez que sueña!

Nada había ya que retener, nada era desacorde y

                todos habíamos bebido el desasosiego. El color del

                tiempo manchaba nuestras ropas y el lado trigo de

  nuestros rostros,

y el Texto de la Demencia era abierto al saqueo y a la usura.

 

Las rutas de la alianza se abren sobre la sal blanca

                del mensaje,

A lo lejos, el viento oprime sus sueños en los flancos

                de un caballo que delira, y un hombre como yo

                dentro de mí se tambalea y se hunde, cae y vuelve

                a levantarse, apedrea mi corazón, nada en mis

                venas, subleva a mis sentidos, echa raíces en mis

                huesos como una ceiba, sacude a mi cuerpo como

                el vendaval al árbol,

y da un puñetazo en mi lengua para que hable.

Un hombre como yo dentro de mi viaja en mi sangre,

                y sabe de fundaciones de ciudades, de riberas

                frescas, de ríos lentos como el remar de los canoeros,

                de calles y casas idénticas al corazón del hombre.

¡Ah más reales que el mar y las aves migratorias, el

                espíritu despierto, el espíritu que vuelve amigo y

                canta!

¿Quién nace espiga si antes no fue ciego grano?

                El humo de la aldea tiene un rumor de árboles.

 

Y aquí recojo el dolor diseminado.

                En el silencio de la hierba hallo la tinta y alzo mi

                corazón como ante una piedra de sacrificios.

¿Qué importa que un hombre de la edad de bronce

                y yo no nos hayamos conocido?

¿Qué importa, digo, si el tiempo en cada vuelta ya

                no es tiempo?

Llueve sobre los templos de Afrodita, cae el sol vertical

                en Memphis, la Cólquide resplandece y es más

                hermosa en el crepúsculo, el peregrino se detiene

                en Dodona, la del oráculo, Jerusalén tiene un cielo

                de palomas, mientras la noche, ¡Ah la noche!, se

                derrumba sobre Tenochtitlán.

Todos los tiempos, todas las edades están aquí sobre

                este mar, el más furioso mar, ¡Oh siglos de agua!,

                sobre este Mar de Cobre cuyos vientos basta el más

                simple parpadeo para que empiecen a soplar del

                lado opuesto.

 

¡Oh tiempo de la construcción y de las grandes migraciones

                del espíritu! Hay mucho que contar, hay

                mucho que caminar. La ira revolotea dentro de mi

                pecho como un águila húmeda de sangre.

Amigos, yo he viajado mucho y demasiado lejos en

                el mar, en la tierra y en mi alma; mis ojos han

                visto la enfermedad, el hambre, los adioses, los

                espectros, pero estos ojos han sido perseguidos por

                esa jauría de perras flacas llamada Espera.

Pequeño en la mediocridad, he sido grande en la

                grandeza; caí en el amor y guardo aún memoria

                de su más simple lenguaje.

Tiempo,

                estoy cantando ahora porque sólo quien loa y canta

                te destruye.

Con este puño de años, sobre esta piedra lunar escribo

                lo que advendrá; sobre esta piel curtida de

                morueco relataré cómo de peñasco en peñasco el

                agua cae y desaparece.

Silencio. Suena el caracol hasta que los honderos

                acaban de lanzar siete veces sus piedras a las siete

                colinas estrelladas. Y así es como mi alma queda

                escrita, tatuada y seca como el cuero de un enorme

                tambor que han de batir mañana.

Silencio. El alcaraván canta a lo lejos.

Amigos, hermanitos pequeños, escriba de mi tiempo

                llamadme.

 

 

 

 

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia