Juan Bañuelos, escriba de su tiempo

Rosario Castellanos
 
   
 
 
Oferta y demanda

 

Es preciso recomenzar siempre, como la ola. Con la capacidad de asombro y de sorpresa íntegras, intactas. Con la espalda vuela al desconocimiento y la fatiga. Es preciso recrear incesantemente el mundo porque, si cierras los ojos, porque si te distraes se desvanece como una pompa de jabón en el aire.

 

Es preciso emprender la tarea cotidiana de inventarse, de inventar al hombre con cada acción cumplida, con cada palabra pronunciada. Porque lo único permanente en esta criatura “vana, variable y ondeante” es la necesidad de construirse, de rectificarse, de buscar un nombre que lo contenga y lo defina. De dar, a la materia de que está hecho –el tiempo- una figura mediante la cual se manifiesta de modo lícito. Una figura que le corresponda y que conserve un poco del ayer y presienta algo del mañana pero sea sustancialmente hoy, el momento en que se cumple una profecía que, al fin, alcanza su inmediatez.

 

Invento, me invento según las reglas del juego pero las reglas no las recibo de nadie ni puedo dictárselas a nadie. Son válidas únicamente por una vez, por esta vez, en que descubro y plasmo un estilo.

 

                                                       Me salgo de esta hoja.

                                                       No sirve ya el papel.

                                                       No sirve el llanto.

 

El papel es un accesorio útil para el poeta que se da –entre los lujos del propietario- el ser dueño del “recado de escribir”, esa impedimenta que se tira en la fuga, que se pierde y se extravía y se destruye en la prisa de este desplazamiento a otros niveles a los que no se arriba sin violencia, porque el futuro (como el cielo, cuando el futuro es sinónimo de justicia, de fraternidad, de alegría) padece fuerza.

 

       Mi corazón ya sabe

       su dirección de bala,

                                                       mi boca se deshace

                                                       y su fulgor derrama.

                                                       Soy puras heredades

                                                       Que los hombres reclaman.

 

Pero la fuerza se encierra en el puño, apretado, como cuando es el depositario de una gran semilla, del que lucha; y en el verbo, preñado de relámpagos, aterrador de claridad que, de pronto cae y se derrumba y alza un gran vocerío de pájaros dispersos, de aves fugitivas. Y a la luz de ese espanto ¿qué hacemos sino conocer y reconocernos? La soledad es una ilusión de ingenuos, es un privilegio que sueñan para sí los optimistas, es el fantasma que desertó de las últimas torres de marfil.

 

Yo me duplico en el espejo que me es infiel y que se entrega a las delicias sin fin del desdoblamiento. Si sufres no es por ti, que el sufrimiento sería medido y no desbordado. Sufres también con los otros, por los otros. Si mueres es por todos. Una misma sangre circula en las venas de una imagen y de su contraria. Una misma sangre de la que algunos perciben solo el sabor de la sal y la llaman llanto y de la que otros no miran más que su rojez y le dicen amor y que otros, no presencian más que su derramamiento, nombran caducidad y olvido.

 

Pero no hay soledad. No hay siquiera aquello, lo último en lo que quisieras refugiarte: distancia. Para hacernos soportable la terrible unidad, la terrible intimidad de la existencia trazamos líneas divisorias, principios lógicos. Yo declaro y sostengo que A es A, sobre todo, para asegurarme que A no es B. que la piel es impenetrable y que nada puede romperla ni derribarla y menos que nada la contigüidad del próximo, del prójimo. Para apartarme, para aislarme, creo la ficción de la individualidad y acabo en la punta de mis dedos. Más allá no me importa, no me duele, no respondo. Más allá es territorio extranjero.

 

Pero en ña poesía, que no es el lenguaje cotidiano sino palabra libre y verdadera, vuelve a resplandecer unido lo que en la profunda realidad está unido. La poesía es el árbol de las conciliaciones, es el reino “de lo que está cerca y junto”, el paraíso de las evidencias últimas.

 

                              La ceniza amarilla de los niños silba una sed flores

                              y de frutos, de pájaros y arroz,

                              mientras en un rancho de Texas

                              se asa a la parrilla la res lazada en la montaña,

                              y huele igual que el cuerpo en llamas de una madre de Da-Nang.

 

Pero la palabra poética se despliega en un ámbito susceptible al ruido que crea la confusión, a las distracciones que apartan la mirada de la cifra exacta, al asalto vandálico que despedaza en mis ojos quebrados el cristal en que se copia la totalidad.

 

                                      De pronto hay un siseo por las calles,

                                      silbidos destemplados, hay un fragor de oleaje.

                                      Y los niños que corren tras el payaso del circo

                                      que hace su última temporada,

                                      y la fresca alabanza que está en las rotativas

                                      para el Intolerante.

                                      Y el comercio que baja las cortinas para no ver el crimen 1.

 

En esta confusión.

 

                                        Puede caer la noche cuando quiera.

                                        Puede cerrar los ojos la ciudad.

 

Sólo el poeta se ha constituido y erigido en conciencia vigilante para adivinar lo que se oculta bajo las apariencias, lo que se enmascara detrás del rostro demasiado familiar que se exhibe a la curiosidad pública.

 

Éste es nuestro país

Que tiene sobre el Pacífico el vientre

En exceso abultado.

 

Tal es la figura. No la que los pintores de calendario han deformado para hacerla semejante al cuerno de la abundancia.

 

                                       Es el grito hecho boca.

                                       No vale contar más.

                                       Los obreros textiles, las majadas de ovejas,

                                       Los ferrocarrileros, la granada y el higo,

                                       Y la leche y la viña, y el maguey y el caballo,

                                       Y todo lo que brota de la tierra

                                       Y se mueve y se yergue

                                       limpiaron sus labios en la camisa del hambriento.

                                       Campesinos son tierras, sindicatos:

                                       Somos una mirada perseguida.

                                       Oh, libertad,

                                                               tu nombre en mi país

                                                                                                       se dice hambre.

 

Porque el alimento terrestre se paga en especie espiritual. ¿Quieres comer? Niega lo que atestiguaste, dale a tu alarido de dolor un esguince de burla, finge una hipóstasis de desafío. Juega el juego de la gallina ciega, confunde lo que toques sin mirar, trastrueca los nombres de las cosas. Entra en la ronda en que la serpiente se muerde la cola. ¿Qué más da entremezclar el principio con el fin si no es más que un círculo? Toma cualquiera de sus puntos y declara desde allí una totalidad que sólo presupones, que nada te permite comprobar, miente. La mentira es el primer eslabón de la cadena. Si haces que tu mentira sea creída por el que te escucha, habrás forjado el otro eslabón. Y si consigues que la mentira se repita, la cadena dará vueltas en torno a la cintura del mundo.

 

Allí estarás tú, seguro, como Prometeo atado a su roca. Un buitre, un águila, un pico rapaz te cava el hígado. Pero no toca nunca el centro, lo que escamoteaste cuando mentiste, lo que dejaste fuera cuando consentiste en usar el idioma que sirve a los otros como herramienta útil.

 

Estás haciendo el gran juego. Apuestas a esta cara de la moneda y pierdes porque la moneda ha rodado de mano en mano hasta que los roces sucesivos han borrado la nitidez de un perfil y lo que apresas entre tus manos no te vale para comprar nada de lo que eres menesteroso; lo mismo que el Cholo Vallejo no puedes conseguir a cambio algo de comer, de beber, de reposarse y te tienes que ir, con el paso tardo del que padece aherrojamiento, pues cuando te levantas eres como

 

                                  Un animal herido, guardando penosamente

                                  el equilibrio sobre las dos piernas traseras.

 

Y allí, desde esa tribuna ridícula, profieres las palabras que han de salvarte, porque son palabras que, como

 

       hijas de la vida,

       sufren, paren; también tienen sus muertos.

       Y en la honda capital de la miseria

       las armé de fusiles y de verbos

       (en esta patria muda, perseguida,

                   donde hasta el aire mismo va a dolernos).

                               Yo fui el autor:

                               Lo que suena a dolor me suena a pueblo.

                               Nací en el Sur. Mi nombre:

                                                                                                   Juan Bañuelos.

 

II

 

El hombre, este hombre acaba de inventarse ante nosotros. Es actual, concreto. Tiene su propia historia, su origen, su desarrollo y está

 

                                       entre el moribundo y el muerto

 

Y contempla su condición humana en el arbolado corazón de su padre, en aquel que ha cumplido con todos los requisitos de la parábola y ha terminado su trayectoria y se convierte en un ejemplo de lo que ves: dador de la vida.

 

- La vida que tú

Me dejaste, padre,

Es la yegua gris

Que monto. Me tira:

La monto; la monto:

Me tira. No importa.

 

Duro oficio que todos los días se aprende y a cada minuto se olvida. Oficio de vivir, de ejercitar los sentidos, las potencias de decir alma con tal de no quedarse mudo; de decir eternidad para aplacar la angustia, de asirse, cuando no hay una verdad, a una certidumbre cualquiera, a algo que cubra nuestra desnudez de antropoide calvo, de hombre desollado.

 

Los días van escribiendo en nosotros,

Nos sellan como actas de juzgado

Y luego hablamos de ellos

Como si fueran personas conocidas.

He aquí que sentamos

En nuestra mesa a la hora más grave

Y le damos un trato de recién venida.

(Nadie nos preguntó al llegar

Si sabíamos mucho, si ignorábamos.

O si nada más éramos herederos del ojo del espanto.)

Y esto es de siempre.

Hoy tengo la cara del niño enfermo

Que no quiere comer, ni jugar

Y que habla a solas.

 

Hablar, eso basta. A solas para dejar de estar a solas. Para exigir un interlocutor en cuya boca anide esa braza desnuda que es la palabra, que es el diálogo, que es el amor: lo tangible, lo presente, el cuerpo.

 

Empiezo a contemplarte

desde tu pie dormido en el aire,

tus piernas puntuales, mientras subo mis ojos,

se dan cita en una dársena negra, sitiada

por húmedos carbones, carbones de labios,

labios de lianas.

 

Toda la naturaleza coadyuva para que cobre volumen y cualidades sensoriales este objeto al que da configuración la mirada y tersura el tacto y se posee oliéndolo, como una flor, y penetrándolo como una mina porque es superficial y profundo, extremadamente preciso en sus límites pero también, y por ello mismo, limitado, confundido con la totalidad. Y el que ama se rompe para dar acogida a la plenitud de la cosa y se cierra para que la cosa quede encerrada y es la contradicción y la superación de las contradicciones, y es la apelación a la lógica para hacer burla de la lógica y es el puerto en que encalla el que sale en busca de la eternidad, pero también el desistimiento de la búsqueda de la eternidad

 

Como la muerte el amor es sólo una estación, no un término y mucho menos el término. Y es necesario continuar porque la tarea del poeta es tarea de dar nombre al mundo, es inacabable pues el mundo es cada vez más amplio y más numeroso.

 

Una galaxia es una corza blanca, y yo enumero y voy

                                                                                 reconociendo:

arrecifes como espectros, cebras espaciales,

hombres a los que hago habitar la claridad,

hay tantas cosas que no me dejarán decir,

hay una quijada dócilmente dormida entre los cactos.

Aquí en la Tierra, donde la azada contra el cielo

corta el pan de la sombra,

donde el abismo es para el ojo lo que el silencio al

instrumento músico:

el cuello arborescente de una dormida tempestad.

 

Dar nombre. Pero también hay estructura. Orden, jerarquía, ¿qué otra realidad es la belleza sino que el ojo descanse en la contemplación de lo creado?

 

A la vocación creadora se entrega Juan Bañuelos con plena conciencia, con lucidez, desdeñoso del entusiasmo barato que es el licor con el que se embriagan los que quieren obligarse a tolerar la mediocridad del ambiente, a saciarse con el aplauso de aquellos que ni siquiera escuchan y mucho menos entienden.

 

Me inclino, dice Bañuelos en su primera declaración de estilo, “por una poesía de visiones, porque sé que lo real es lo que crea la imaginación; el mito es producto de la imaginación. Producirlo significa extraer de la suma de las cosas reales su significación fundamental y encarnarla en una imagen”.

 

Encarnar, construir una casa para el viento, dar un pulso a lo que transcurre y oír en cada pulsación el latido del universo. Aguardan su turno, lo pequeño y lo grande, para adquirir presencia. La mudez de la piedra ya no será perpetua.

 

Levanto mi mano y digo a mi alma: “sal de tu cueva, loba”.

Y mi alma, soltera vagabunda preñada de mil

hijos, sale a gritar, se pone en medio del pecho la palabra

y roba pluma al viento.

¡Oh pueblo mío! Te reconozco en la riente sal donde

gorjea la alegría, donde todo regreso es volver a encontrar

y toda inocencia es siempre anterior:

crecida de aguas antiguas.

¿Quién entre la multitud dirá que bajo el oro de la noche

cae una acechanza pétrea, y que en la frente

del poseso fermenta el caos y la eternidad?

 

Resonancias de antiguos mares, de antiguos cantos sobre el mar entran en la fermentación y se vuelven materia de la que va a salir el testimonio de un hombre que si alcanzó a saber de lo inmenso fue porque alcanzó a palpar con exactitud sus límites: el cuerpo, el lugar, el idioma, la época. Sí, esto contra lo que se embiste en cada respiración, esto de lo que se retira el ímpetu a medias derrotado, a medias victorioso. Esto, la situación, que dicta el estilo cuando se aspira auténticamente a ser “escriba de su tiempo”.

 

 

1 Estos poemas mencionados por Rosario Castellanos, son las primeras versiones, publicadas en revistas y diarios de la época.

 

 

 

 

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