Fósil

Verónica Gerber Bicecci
 
   
 
 

 

Me han pedido matrimonio solamente dos veces en toda mi vida. La primera fue a mis 21. Y caí redonda. Él era mucho mayor, tenía su propio departamento, pero cargaba siempre con las llaves de casa de Sara en el bolsillo. Todas las noches, a eso de las 7 pm, iba a darle un baño a su hija, ponerle el pijama y darle un beso de buenas noches. A menudo se quedaba a dormir porque la pequeña tenía pesadillas. En el sillón, supuestamente. Le dije que sí totalmente convencida (y no sé si volví a estar tan segura de algo), pero nunca firmamos ni nos tomamos la foto. Poco más de un año después me di cuenta de que él iba a pasar el resto de su vida viviendo en las dos casas. Así que me fui. La segunda fue a mis 27: mi mejor amigo, que en ese entonces era mi room-mate, se había quedado soltero. Pasamos un par de días completos viendo las dos primeras temporadas de Lost y comiendo chatarra para paliar su tristeza. Cuando por fin apagamos la tele, desconcertados por el descubrimiento de ese botón que cada 108 minutos alguien debe apretar para salvar al mundo, prometimos que si ninguno de los dos encuentra pareja estable, contraeremos nupcias con bombo y platillo antes de que yo cumpla 40.

 

A los 27. Eso dije en la primaria: “me voy a casar a los 27” (era obligatorio saber la edad exacta para poder jugar). Y desde que elegí ese número empezaron las preguntas, y luego los problemas: ¿a qué años te casaste, mamá? A los 23, ¿y cuánto tiempo fueron novios antes? Dos años. ¿Estaban ahí mis abuelos? Sí. ¿Y las fotos? Por ahí deben andar. En casa no era visible ni una sola fotografía de la boda de mis padres. Me pareció muy raro. Y no es que en mi familia se diera el extraño caso de una madre o abuela desnaturalizadas y sin inquietudes de conservación (al contrario). Ni la digna decisión de un par de jóvenes en los años setenta de vivir en unión libre (porque hasta de esas alianzas hippies resulta algún tipo de testamento visual). Recuerdo haber buscado incansablemente en los álbumes arrumbados y en las cajas de diapositivas alguna imagen que probara esa unión. Nada.

 

Cuando eres chico, la fotografía es un documento que comprueba la existencia anterior del mundo, una civilización de primas, padres, hermanos y tías que te antecede; es el vestigio de todas las cosas antes de tu nacimiento o de que tuvieras conciencia de ellas. Y si no hay fotografías es como si nada de eso hubiera sucedido. O, al menos, yo ya desconfiaba de las razones que nos convocaban bajo el mismo techo. Es por eso que las casas de las abuelas ostentan en sus paredes, mesas y muebles los retratos de antepasados de los que ni siquiera se sabe el nombre, de los nietos apenas nacidos, en el bailable de la primaria, en su graduación de la preparatoria, el título de licenciatura con fotografía retocada del hijo menor (todavía soltero) y, por supuesto, las respectivas bodas de sus hijos y la propia. Muy pocos linajes se atreverían a desafiar esas reglas tácitas. Y muy pocas las abuelas que no hayan llevado su impulso infantil de paleontólogas hasta las últimas consecuencias: asumir la responsabilidad de guardar celosamente cada momento que importará en el futuro. Desde que existe la fotografía de aficionados y los estudios fotográficos, existen abuelas y madres que construyen y estudian sus reliquias: registran el origen de su ascendencia, sus cambios en el tiempo, las relaciones que mantienen con otras estirpes y el entorno, su distribución espacial y migraciones, etc. La “familia” les resulta impensable sin un documento que la avale, y el más real y confiable es, desde luego, la fotografía. En casa de mis abuelas hay muchísimas, pero ni una sola de la boda de mis padres.

 

El prerrequisito básico para la formación de un fósil es la muerte de un organismo. La fosilización es un proceso casi excepcional que sucede en las zonas más inhóspitas del planeta. Ahí donde es posible que la descomposición de un cuerpo se retrase en condiciones climáticas extremas como el desierto, el fondo marino o las desembocaduras fluviales. Un fósil es un organismo que, literalmente, se ha convertido en roca. Su materia orgánica desaparece y sus minerales originales son reemplazados por otros que están disueltos en el entorno. Este rastro mineralizado de vida suele fijarse a las capas geológicas más profundas, de donde es rescatado o extraído con diversos métodos, algunos de ellos químicos. En la película fotográfica también queda una huella —cuando ésta es expuesta a la luz—. Aunque ya no podemos verlo, un instante se cristaliza en la emulsión y ésta debe ser revelada con métodos químicos para “extraer” su imagen. La película fotográfica es un fósil.

 

En mi propio afán paleontológico, le pregunté a mi madre si se había casado con un vestido blanco. Y fue tremenda mi decepción cuando dijo que no. Se había puesto un suéter blanco tejido por mi abuela, un abrigo rojo tipo Montgomery y pantalón negro — ¡ni siquiera una falda!—. Ese vestuario complicaba mi secreta búsqueda porque era ropa “normal”. Pero de todas formas volví a revisar, álbum por álbum, fotografía por fotografía. Me llevó muchas tardes de no mirar la televisión y retrasarme en las labores escolares. Por aquí y por allá aparecían pantalones negros o suéteres blancos, pero nunca todo junto. Tal como algunos faraones egipcios mandaban borrar el nombre de sus antecesores en todos los templos y obeliscos, no había rastro alguno del abrigo rojo tipo Montgomery. Terminé la exploración sin éxito.

 

Se dice que la boda de mis padres se llevó a cabo en Córdoba, Argentina. Que la ceremonia fue por el civil, muy sencillo. Que estaban apenas graduados de la licenciatura. Que la recepción se hizo en la sala de mis abuelos paternos, alrededor de una mesa larga. Que el costo de la comida para los invitados se dividió entre las dos familias. Que querían hacer algo pequeño pero mi abuela materna, para quedar bien, invitó a todas sus colegas de la escuela primaria que dirigía creyendo que no irían, pero ¡se presentaron todas! Tuvieron que sacar otra mesa y servir la mitad de comida en cada plato. El encargado de las fotografías era el hermano menor de mi papá.

 

“La luz directa es un veneno para la película fotográfica en todo momento”, dice el Manual de fotografía al alcance de todos que mis padres recibieron, paradójicamente, como regalo de bodas, junto con su primera cámara. Cuenta la leyenda que el único rollo que había se terminó haciendo algunas fotos grupales en el patio, después de la firma. Mi tío quitó el seguro de la cámara para rebobinarla, como debe hacerse normalmente. Luego no está muy claro qué pasó, pero al abrirla, a plena luz del día, la película seguía fuera del magazine y se veló completamente. Nunca sabré cómo se veía mi madre el día de su boda ni podré colgar en mi sala la imagen para que sus nietos y bisnietos la vean.

 

Según mi parecer, la fuerza entrópica que le impidió a ese instante familiar convertirse en un magnífico fósil con marco repujado, también cambió para siempre la vida de mis padres. Sin esa imagen colgando en la pared del comedor les sería más difícil mirar atrás, todos los días, y recordar ese momento “feliz” en el que por alguna loca razón decidieron estar juntos. No poder mirar atrás es una orden que aparece repetidamente en toda mitología. La prohibición es, desde luego, una prueba de confianza que Dios le pide a sus fieles. No he estado nunca en una situación como esa, pero estoy segura de que no podría abandonarlo todo, en medio de la catástrofe, sin voltear atrás. La necesidad —o tal vez el instinto— de guardar una imagen, comprobar que efectivamente el mundo se cae a pedazos o asegurarme de que no dejé nada importante que debiera rescatar para el futuro, estaría por encima de asumir resignadamente cualquier superioridad divina. Y eso sólo comprueba mi falta de fe. Culpo a esa ausencia (la de una fotografía que nunca estuvo) de mi incapacidad de enderezar el camino y ponerme un abrigo rojo tipo Montgomery. Y de mi predisposición a entender el matrimonio —esa unión que la mayoría considera la más válida— como una promesa vana o un arrebato pasajero.

 

Es curioso que Yrit se convirtiera en estatua de sal al volver la vista atrás, y que en los fósiles, la película y el papel fotográfico sea también la sal (de plata u otros minerales) lo que fija la imagen, es decir, lo que produce y posibilita un testimonio del pasado. Hacer una fotografía es un acto de poca fe y de absoluta desconfianza, lo mismo que mirarlas. Y en ello radica la inevitable atracción que nos producen: la posibilidad de rebelarnos mínimamente contra la autoridad (sea Dios o el destino o el ciclo natural de las cosas). ¿O qué otra razón podría explicar la sobrepoblación de fotografías en nuestro planeta?

 

Que yo sepa, nadie se ha vuelto estatua de sal al mirar una. O tal vez sí. Aunque mis padres “respetaron” el mandato divino y no miraron atrás, terminaron divorciándose. Y yo cargo con el castigo porque en lugar de hacerle frente al porvenir, sigo insistiendo en asomarme a ese hueco: ¡sonrían!, mamá está a punto de firmar el acta y busca complicidad en la mirada de papá, que todavía no se ha dado cuenta, el juez aparece de perfil y señala con el dedo índice el lugar exacto del pacto, atrás mis cuatro abuelos sonríen; esa imagen aún existe, justo antes de que mi tío abra la cámara.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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