La Secretaría de Cultura que viene

Carlos J. Villaseñor Anaya
 
   
 
 

 

Como parte de su mensaje del Tercer Informe de Gobierno, el presidente de México anuncia la creación de la Secretaría de Cultura en los siguientes términos:

 

“SÉPTIMA MEDIDA. Daremos un renovado impulso a la cultura de nuestro país.

 

Es convicción de este gobierno que todos los mexicanos tengan acceso a la cultura y, al mismo tiempo, puedan crear y expresarse a través del arte.

 

México debe tener una institución de Estado que esté a la altura de este desafío.

 

Por ello, en breve presentaré una iniciativa para crear la Secretaría de Cultura.

 

Esta decisión es resultado del análisis del presupuesto de Base Cero y de la metodología que hemos empleado.

 

Lejos de implicar un mayor gasto, permitirá optimizar y dar mayor relevancia a la inversión que se realiza en cultura. 

 

Con esta decisión, hoy el gobierno de la República confirma que la cultura es una prioridad nacional para impulsar el bienestar y el desarrollo integral de los mexicanos”.

 

Ante ese anuncio, realizado por Enrique peña Nieto, como parte de su mensaje a propósito del Tercer Informe de Gobierno, surgen algunas reflexiones iniciales que a continuación comparto.

 

1.- Recibo con júbilo la noticia de la creación de la Secretaría de Cultura porque, por una parte, hace expresa la voluntad política del Ejecutivo federal por atender y resolver la definición de la figura administrativa a través de la cual el gobierno federal ejecutará la política pública en materia de desarrollo cultural; y, por la otra, porque abre la posibilidad de llevar a cabo una discusión participativa, informada  y propositiva, en el Congreso de la Unión, sobre el sentido de la política cultural, las funcionas y la forma concreta de organización de la futura Secretaría de Cultura.

 

2.- Si bien es cierto que el proceso para la creación de la Secretaría de Cultura abre la posibilidad de optimizar los recursos humanos, financieros y materiales que invierte el Estado Mexicano en el desarrollo cultural, no puede ni debe ser ese el primer objetivo de la discusión. Agotar la discusión sobre la nueva Secretaría de Cultura, en cómo resolver temas administrativos para evitar duplicidades administrativas y reordenar el ejercicio de los recursos presupuestales, sería un desperdicio de la oportunidad que ahora se presenta para redefinir el sentido de la política cultural, en el entorno del nuevo paradigma de las sociedades del conocimiento.

 

3.- Es indudable que la creación de la Secretaría de Cultura de continuidad a un proceso histórico de institucionalidad en materia de ejecución de política cultural, pero se deberá de asumir plenamente que es un primordialmente proceso disruptivo, que surge en el entorno de un paradigma social global totalmente distinto. Con el anuncio de la creación de la Secretaría de Cultura, la política cultural deja de ser parte de solamente un proceso de incorporación e integración nacional, para ser un recurso del estado a través del cual las personas construyen su manera de estar en el mundo y participan con mayores capacidades y habilidades en el flujo de las sociedades del conocimiento.

 

4.- Con base en mi experiencia internacional, actualmente el centro de la discusión sobre política cultural se localiza en cómo alcanzar un adecuado balance entre la obligación del Estado de garantizar a la población el pleno ejercicio de los derechos culturales y el aprovechamiento de los bienes culturales como un recurso para el desarrollo.

 

5.- En las próximas semanas esa discusión sobre el adecuada balance entre la cultura como derecho y como recurso, será colocada debajo del paraguas mayor de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Y no tanto como consecuencia de la suscripción de un documento internacional, sino de la ineludible necesidad que tiene el mundo de darle sostenibilidad al desarrollo, pues el modelo actual presenta indudables signos de estar produciendo tensiones sociales cada día más agudas: pobreza, inequidad, migraciones y violencia, que obligan a priorizar nuevamente la necesidad primera de construir sociedades inclusivas y diversas (ambos temas culturales), como primer requisito para emprender otras acciones de fomento al desarrollo.

 

6.- Hasta hoy la gran mayoría de las iniciativas para la reordenación del Conaculta -surgidas casi desde el momento mismo de su creación, hace ya más de 25 años- partieron del presupuesto de que el desarrollo cultural era jerárquicamente de la educación y que lo cultural se circunscribía primordialmente a la preservación de patrimonio cultural y el fomento a las artes. El anuncio de la creación una Secretaría de Cultura independiza al Sector Cultura del Educativo, y permite el análisis de la política cultural como un proceso mucho más amplio.

 

En ese orden de ideas, la Secretaría de Cultura no puede ni debe ser únicamente el resultado quirúrgico de transferir las funciones relativas a la preservación del patrimonio cultural y el fomento a las artes a la nueva dependencia, sino que sus nuevas facultades y obligaciones deben de resultar de analizar con un criterio mucho más amplio cuáles son aquellas que se requieren para el desarrollo cultural, en las condiciones que impone un mundo plenamente interconectado e interactivo, donde lo cultural es promotor y conductor del desarrollo sostenible.

 

Es decir, el análisis de las nuevas facultades de la Secretaría de Cultura tiene que cruzar por conocer y evaluar su vinculación con los sectores de comunicaciones, desarrollo social, educación, economía, relaciones exteriores, turismo y gobernanza y, en consecuencia, definir si algunos de los organismos que ahora se encuentran ordenados en otros sectores, deberán de ser parte de la nueva secretaría o cómo se resolverá su adecuada vinculación con el nuevo sector.

 

7.- Otra necesaria definición que acompañará la creación de la Secretaría de Cultura será la de su forma de relación con los otros ámbitos de gobierno: estatal y municipal. El prurito sobre la competencia en materia de monumentos arqueológicos –principalmente- y la adscripción a la Secretaría de Educación Pública, pospusieron la posibilidad de aprobar una Ley General de Desarrollo Cultural que distribuyera y articulara las facultades concurrentes entre los tres ámbitos de gobierno en materia de desarrollo cultural; y, en consecuencia, estableciera las partidas presupuestales de transferencia que –desde hace muchos años- debieron acompañar a las transferencias de recursos fiscales a estados y municipios por concepto de educación pública.

 

Con base en la Ley General de Educación, actualmente solamente existen los fondos para aportaciones a: la educación básica y normal, y otro para la educación tecnológica y de adultos, que son precisamente los únicos rubros que están actualmente considerados en los ramos 25 (DF) y 33 (estados y municipios), en materia de educación.

 

Otro tema implicado es que, hasta el día de hoy, la única institución cultural que tenía representación en todos los estados es el INAH. Con la creación de la Secretaría de Cultura, cabe pensar en la posibilidad de que ésta tenga una delegación en cada uno de los estados, y ya no solamente para el tema patrimonial, sino todos los implicados en sus nuevas competencias y obligaciones. 

 

8.- Por último, la coyuntura del muy próximo envío del Proyecto de Presupuesto de Egresos 2016 a la Cámara de Diputados, nos indicará –como diría el poeta- de qué hablamos, cuando hablamos de amor. El monto global y las particulares asignaciones a cada una de las unidades responsables del todavía subsector cultura, serán una primera base referencial de la real importancia que el Ejecutivo federal le otorga al desarrollo cultural, pues esa será la base a partir de la cual se conformará el recurso presupuestal del cual dispondrá la futura Secretaría de Cultura en el 2016. 

 

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Es evidente que con éstas reflexiones iniciales no se abarcan y mucho menos se agotan todos los temas que se verán implicados en el proceso de creación de la Secretaría de Cultura, pero sí que me parece importante plantearlos de inicio, con la idea de apoyar que haya una muy amplia e informada discusión sobre el tema.

 

En las horas posteriores al anuncio de la creación de la Secretaría de Cultura, muchos de los comentarios se centraron en que ese proceso pudiera o no generar más burocracia, o en que si representaría un costo adicional o que tiene la virtud de identificar duplicidades; y, repito, aunque sea parte del proceso, no es lo más importante. Me parece que debemos evitar a toda costa que sea ese el tema central de la discusión.

 

Por otra parte, he leído muchos comentarios que cuestionan la iniciativa de crear una Secretaría de Cultura, debido a que dudan de las capacidades del Ejecutivo federal para elaborar un proyecto que cumpla con las expectativas del sector. Se tiene la percepción de que la iniciativa de la Secretaría de Cultura surge solamente como el resultado de que –conforme a la metodología de presupuesto base cero- no se generan costos adicionales y es posible compactar funciones ahora duplicadas.

 

Al respecto pienso que la experiencia administrativa acumulada por los funcionarios del sector cultura del Ejecutivo federal, asegura que la iniciativa atienda muchas de las necesidades legislativas, administrativas y operativas con las que ellos mismos enfrentan cotidianamente; sin embargo, lo más importante y lo que alienta mi optimismo, es que la iniciativa deberá ser enviada al Congreso de la Unión y que será allí donde fundamentalmente podremos construir los mecanismos de participación informada, corresponsable y propositiva que perfeccionen la iniciativa del Ejecutivo y la acerque –lo más posible- a lo que se necesita de una política cultural en los tiempos que corren.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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