Ciudades y escritores

Enrique Viloria Vera
 
   
 
 
Bandits Roost, la más peligrosa calle de Nueva York en 1888

                                                        

                                                                               Nuevas tierras no hallarás,

                                                                               no hallarás otros mares.

                                                                               La ciudad te ha de seguir.

                                                                               Darás vueltas por las mismas calles.

                                                                               Y en las mismas calles te harás

                                                                               viejo y en estas mismas casas

                                                                               habrás de encanecer.

                                                                                                       Constantino Kavafis

 

El dicente y emotivo epígrafe bastaría para ilustrar lo que sentimos ante esas ciudades que se mimetizan con los que las vivimos, evocamos y visitamos más allá de los recorridos comunes, y de los consabidos lugares de interés cinco estrellas.  No son entorno, se convierten en epidermis, en piel polisémica sensible a nuestros plurales estados de ánimo que encuentran su correlato en un atardecer encendido, en un aroma a sándalo, en una aurora tímida, en batiente ola o rosada piedra, en fin, en encuentro furtivo de aeropuerto o metro que se resiste a ser olvido y se transforma en mujer efímera e imposible.

 

Las ciudades no son como ellas son, son también lo que va quedando en la remembranza, en la imaginación, en la visible invisibilidad de narradores o poetas, en el recuerdo propio que, ambivalentemente, es más generoso o más desdeñoso que la realidad misma.

 

Ciudad de México y Carlos Fuentes

 

                                                                                                        En México no hay tragedia:

                                                                                                                 todo se vuelve afrenta.

Una ciudad no se define sólo por sus accidentes geográficos o por su infraestructura física, por más bellos e incomparables que éstos sean. Más allá de lagos, ríos, valles, volcanes o montañas, de interminables avenidas o estrechas callejuelas, de imponentes monumentos, plazas, catedrales, de prudentes casas dotadas, paradójicamente, de balcones curiosos que emergen del recuerdo para darle permanencia al pasado, una ciudad, una verdadera, requiere conformarse también con olores, sabores, aromas, con una peculiar manera de salir o de ponerse el sol, de ver caer la lluvia o de conculcar el día para convertirlo en noche intransferible e inajenable. También es ciudad por su gente, por esa variopinta realidad humana que transita sus calles, habita en sus moradas, labora en sus oficinas y despachos, que goza y sufre lo cotidiano, se desespera y se entusiasma con la cambiante realidad, así como confiada y luego engañada, repudia a sus líderes y dirigentes.

 

Carlos Fuentes así lo sabe y así lo expresa en su novela La Región más transparente, cuya única y fundamental protagonista, independientemente de innumerables personajes y de urdidas tramas, es Ciudad de México, esa urbe plural y polisémica, hecha de mentiras y verdades, de pasados negados y presentes cuestionados en la que, sincréticamente, el águila y el nopal conviven con el cordero y la cruz, en una tensión no resuelta que todavía clama por identidades que un pasado de sojuzgamiento y un presente de revoluciones institucionalizadas, parecen no otorgarle.

 

Ciudad de México, en la perspectiva del escritor, es un compendio de gentes y situaciones, de fenómenos físicos y realizaciones del hombre, de olores y colores propios, de una historia que aún deja sentir su peso, de linajes derogados, sustituidos prontamente por súbitos ascensos económicos y sociales de aquellos revolucionarios que abogaban por la justicia y la igualdad. De allí que en virtud de tantas tensiones inmanentes y no resueltas, “la región más transparente del aire” es un espacio donde inevitablemente “se cruzan nuestros olores de sudor y pachuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes ociosas y tensas, jamás nuestras miradas”.

 

Ciudad controversial que olvidó tempranamente los ideales de solidaridad y justicia esgrimidos por Zapata y Pancho Villa, para, renunciando a principios y preceptos, convertirse en la “ciudad del hedor torcido, de la derrota violada, perra, famélica, lepra y cólera hundida”; en fin, en ciudad a la que se le pueden aplicar todos los epítetos del reproche, todos los calificativos provenientes de la ira de un novelista convencido de que los “héroes no regresarán” y que, por eso, es necesario recobrar “la llama en el momento del rasgueo contenido, imperceptible en el momento del organillo callejero, cuando pareciera que todas tus memorias se hicieran más claras”. Urbe que acusa el repudio, el reproche por las utopías fallidas, el reclamo vehemente de toda una generación frustrada que contempló como la perennidad de su revolución se diluyó, se esfumó para darle continuidad y vigencia a un partido que la oficializó, convirtiendo en dirigencia, burocracia y gobierno a la oposición, la anarquía y la montonera.

 

Habida cuenta de su carácter plural y diverso, Ciudad de México se define también por sus realidades físicas, materiales, construidas por el hombre y alimentadas por la historia. Su zócalo no puede ser puesto de lado, negado a la hora de confirmar rasgos y signos específicos de identidad. El emplazamiento del zócalo, ese corazón palpitante de una ciudad que nació sobre las ruinas de otra, la de Tenochtitlán en la meseta de Anáhuac, puede ser contemplado con ojos violentos que transcienden la evidencia palpable y constatable para ubicar “en el sur, el flujo de un canal oscuro, poblado de túnicas blancas; en el norte una esquina en la cual la piedra se rompía en signos de bastiones ardientes, cráneos rojos y mariposas rígidas: muralla de serpientes bajo los techos gemelos de la lluvia y el fuego; en el oeste, el palacio secreto de albinos y jorobados, colas de pavorreal y cabezas de águila desecada... sólo el cielo, sólo el escudo de luz, permanecía igual”.

 

Cielo inamovible, sinónimo de infinitos y eternidades, contemplado por igual por conquistados y conquistadores, por el indio y el español, por la raza de bronce y la que llegó en carabelas y bergantines, del cual se desprenden lluvias caudalosas que como timbal del propio cielo, hacen que cabezas gachas, plenas de agua y vaselina, se adosen a los muros como arquetípicos y reiterados condenados al paredón de la revolución y del gobierno, esperando, resignados, “la fusilada que no llega”. Lluvia contagiada de aromas que convierte a la ciudad en “nube teñida, en olores viejos de piel y vello, de garnachas y toldos verdes”.

 

Megalópolis “deforme y escrufulosa, llena de jorobas de cemento e hinchazones secretas” habitada por aristócratas venidos a menos que rememoran, nostálgicos, aquella otra ciudad “pequeña y hecha de colores pastel, donde no era difícil conocerse y los sectores estaban bien marcados”. Ciudad de putas y secretarias, de obreros y ruleteros, de políticos y burócratas, de intelectuales y extranjeros, de mariachis y artistas de cabaret, de espaldas mojadas que regresan frustrados al no haber podido concretar sus ilusiones en el gran país del norte. Urbe “chata y asfixiada” que va “extendiéndose cada vez más como una tiña irrespetuosa” en la que conviven millones de personas que paren “con una mueca cerrada, la luz de cada día, la oscuridad de cada noche, sin solución, en un parto repetido con el ejercicio doloroso de la premura”.

 

Ciudad de la vida y de la muerte que a 2240 metros de altitud se acerca al cielo para solicitar indulgencias y bendiciones que exorcicen el pecado de no tener memoria, de no contar con héroes vivos, de portar una máscara anónima e imperturbable detrás de la cual se esconden “nombres densos y graves, nombres que se pueden amasar en oro y sangre, nombres redondos y filosos como la luz del pico de la estrella, nombres embalsamados en pluma”. En fin, aquí nos tocó manito. Qué le vamos a hacer.  En la región más transparente del aire.

 

Buenos Aires y Jorge Luis Borges

 

                                                           

                                                                                     Esa ciudad que yo creí mi pasado,

                                                                                          es mi porvenir, mi presente...

                                                                                                                    

Jorge Luis Borges habitó el mundo, declaró haber navegado por los diversos mares del planeta, confesó haber sido “una parte de Edimburgo, de Zúrich, de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas”, pero nunca pudo renunciar a Buenos Aires, a esa ciudad que amó y rechazó, que le fue tan cercana y tan distante, en la que vio el rostro de una muchacha que puede suplir todas las visiones, todo lo que merece ser visto y lo que no. Buenos Aires aparece en la obra del poeta como un lugar ubicuo, imborrable, como una ciudad portátil que lo acompaña en el recuerdo, sin necesidad de ojos para volver a ver lo que sólo existe en la memoria, en esa memoria emotiva que es capaz de trasladarse hasta los orígenes mismos de su ciudad, para asistir al momento de su fundación mítica, cuando “el río era azulejo entonces como oriundo del cielo con su estrellita roja para marcar el sitio en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron”.

 

Como toda ciudad, Buenos Aires es paraje cernido, percolado, sometido a los mitos y prejuicios de quien la recuerda y rememora: es tarde y crepúsculo, noche, patio, aurora, amigos, amores, calles y sucesos, sueño y, en ocasiones, pesadilla. La Buenos Aires de Borges no escapa a esta circunstancia, el poeta la evoca desde su más recóndita condición de ciudadano, se adentra en las evidencias de lo físico y en la inmaterialidad de las esencias, la recorre con la mirada y con el pensamiento, la describe con la simplicidad de lo contemplado directamente, sin tamices, y con la complejidad de lo que se refleja oblicuamente desde unos espejos donde habita la oscuridad y la ceguera.

 

Buenos Aires, en la poesía de Borges, es el orgullo del barrio, el sentido de pertenencia a un ámbito que trasciende lo geográfico para adquirir un carácter propio que lo diferencia y distingue de aquellos otros barrios que compiten con él por ser el mejor, el más distinguido, la encarnación de la hombría, del fútbol, del tango, la milonga, o de las más bellas y decididas mujeres. Palermo, Barrio Norte, el Paseo de Julio, dejan de ser nomenclatura urbana, dirección de vecindad o terminal de tranvía, metro o autobús para transmutarse en lealtad, en amistad, en pesadilla lúcida, en olvido preservado, en resignación, en fin, en todas aquellas emociones experimentadas por un poeta que diferencia su patria grande de la chica, su país, su ciudad, de su barrio.

 

Barrios disímiles, amados y despreciados, aceptados y rechazados: uno repudiado, al que el poeta le reclama “sufres de caos, adoleces de irrealidad, te empeñas en jugar con naipes raspados por la vida”; otro protegido, que Borges preserva del olvido que es el “modo más pobre del misterio”. Barrios de barrios, como Barrio Norte que alguna vez fue “un argumento de aversiones y afectos, como las otras cosas del amor”, o como Palermo, ese barrio poseedor “de unas cuantas milongas para hacerte valiente y una baraja criolla para tapar la vida y unas albas eternas para saber la muerte”. Barrios de Buenos Aires trazados con “vaivén de recuerdo” y que se van diluyendo “en la muerte chica de los olvidos”.

 

Si la vida tiene asidero en la Buenos Aires de Borges, la muerte no oculta su vigencia: La Chacarita y la Recoleta son convocados desde lágrimas, deudos y entierros para sumarse al variado espectro de los lugares que protagonizan la paradójica vida urbana. El poeta convive a lo largo de toda su poesía con la muerte, la hace suya, la convierte en compañera insustituible, incluso, en fuente de vida, en otro mar, en otra flecha “que nos libra del sol y de la luna y del amor”. De allí que sea impensable que Borges no le cante a los cementerios de Buenos Aires, a esos dos camposantos extremos, contradictorios, donde las lápidas sustituyen a las partidas de nacimiento y a los carnés de identidad. La Chacarita es, a los ojos de Borges, “un conventillo de ánimas”, “una montonera clandestina de huesos”, allí “la muerte, es incolora, hueca, numérica, se disminuye a fechas y a nombres, muertes de la palabra”. La Recoleta es otra cosa, “aquí es pundonorosa la muerte”, “bellos son los sepulcros, el desnudo latín y las trabadas fechas fatales, la conjunción del mármol y la flor”. Sin embargo, en ambos, en el anónimo y en el conocido, en el de todos y en el exclusivo, en cualquiera de ellos “siempre las flores vigilaron la muerte, porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos que su existir dormido y gracioso es el que mejor puede acompañar a los que murieron”.

 

Buenos Aires es un fervor de calles, patios, balcones, arrabales, aldabas, portones y zaguanes que Borges recupera de su anonimato para incorporarlos a una eternidad personal que se nutre de los detalles de una ciudad vista en dos tiempos: en los de la juventud cuando “buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha”, y en el de la madurez cuando, por el contrario, se conformaba con “las mañanas, el centro y la serenidad”.  Ese fervor del poeta se expresa en el peculiar homenaje  que le prodiga a las calles de Buenos Aires, a esas que “ya son mi entraña”, y que pueden revestir infinitas características y variedades: “ávidas, incomodas de turba y ajetreo, desganadas, enternecidas de penumbra y de ocaso, reales como un verso perdido y recuperado, abatidas de agua y de sombra, taciturnas, grandes y sufridas”; heridas abiertas de su ciudad que le permiten decir a Borges con absoluta satisfacción que “hoy he sido rico en calles”.

 

Borges tampoco puede prescindir de los patios de su ciudad, de esos “patios cóncavos como cántaros”, “cielo encauzado”, declives por los cuales “se derrama el cielo” en casas y jardines. Patios de Buenos Aires que conviven con “la amistad oscura de un zaguán” y con los jardines que son como “un día de fiesta”. Protagonistas fundamentales de una manera de vivir, de consolidar el hábito de morar en la casa de siempre, esa que incorpora al patio una caterva de cielos y quebradizas lunas nuevas, infundiéndole al jardín su ternura; mientras el poniente se acuesta en la hondura de la calle del poeta.

 

Buenos Aires, en la perspectiva de Borges, es también la plaza de Mayo, la Dársena Sur, una esquina de la calle Perú, un arco de la calle Bolívar, la vereda de Quintana, una puerta numerada, la pieza contigua y el infaltable espejo que repite y reproduce a los hombres sin cesar. Es igualmente, la otra calle, el enemigo, “un plano de mis humillaciones y fracasos”, la creadora de laberintos urbanos y personales que genera certidumbres autobiográficas que conducen al reconocimiento de que con la ciudad, con Buenos Aires, “no nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”.

Ciudad irrenunciable, patria cierta de un poeta que acepta sin remilgos que “los años que he vivido en Europa son ilusorios, yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires” porque “Buenos Aires es hondo, y nunca, en la desilusión o el penar, me abandoné a sus calles sin recibir inesperado consuelo, ya de sentir irrealidad, ya de guitarras desde el fondo de un patio, ya de roce de vidas”.

 

La Habana y Guillermo Cabrera Infante 

 

                                                                                               Nada hay tan ilusorio como la luz

                                                                                               malva del crepúsculo en La Habana.

                                                                                                             

La Habana parece ser inmortal, no sucumbe ante los avatares del tiempo, ni mucho menos ante las severas y draconianas restricciones impuestas por un bloqueo incomprensible, ni tampoco ante esa dejadez, esa indiferencia de un régimen que parece querer dejar morir de mengua, poco a poco, despacito, muy lentamente, a una ciudad invencible que se niega, sin embargo, a perder su carácter indiscutido de soberana del Caribe. La Habana continúa ejerciendo toda su fascinación, desplegando sin modestias ese inmenso atractivo mestizo que deslumbró por igual a escritores, músicos, poetas, a artistas provenientes de diferentes latitudes y sensibilidades.

 

Hemingway, Graham Green, Lezama Lima, Carpentier, Guillén, y, en especial, Guillermo Cabrera Infante con su novela La Habana para un infante difunto, no han podido escapar a la seducción que esa ciudad prieta, cargada de un permanente clima festivo, de un erotismo cotidiano, de una sensualidad envolvente, ejerce sobre todo aquél que la contempla más allá de los lugares comunes históricos y de las consabidas recetas turísticas. La Habana es síntesis, convergencia, sustrato, sincretismo plural donde el Caribe hispano alcanza toda su plenitud e impone al mundo una manera híbrida, entreverada, mestiza, de concebir la realidad y de vivir la vida. 

 

La Habana es más que Cuba nos dice Cabrera Infante cuando, autobiográfico, confirma que “yo no vivo en Cuba, yo vivo en La Habana”, en esa ciudad que se va descubriendo de a pedazos, capaz de promover todos los excesos y de instaurar “Indias inusitadas” en la emoción de aquéllos que andan en la busca de su esencia, y que de repente como en una vuelta a los orígenes de las mixturas, como en una regresión al África misma, a la que nunca renunciaron sus esclavos, ofrece al melómano “la verdadera música negra: el son, la guaracha y la conga”.

 

Tan cerca y tan lejos de sus raíces múltiples y diversas, La Habana ha podido crear sus propios santos “no tan vírgenes y mártires”, para que su adoración se transmute de festividades en fiestas “movidas y movibles”. Festejos como el de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, sucedáneo de la adoración de Changó, “el más hombre de los dioses africanos, dios de la santería, macho magnífico” se unen a la veneración de “la muy cubana, respetable, respetada Virgen de la Caridad del Cobre, afectuosamente llamada Cachita, la que se transforma en una metamorfosis que daría envidia a Ovidio, en la muy puta Ochún, carnal cubana”.

 

Ciudad de hembras sin parangón que conjugan “el verbo amar en pocos tiempos”, de mulatas atrevidas que descoyuntan prejuicios con su olor a sexo sin preocupaciones, hecho para el disfrute, lejos de liberaciones femeninas importadas, de posiciones intelectuales reivindicativas. Mulatas generadoras de una mitología y de un culto extendido, altamente masculino, que exalta su sexualidad, y eleva a nivel de categoría estética a esas escasas, inexistentes, poco vistas pero altamente comentadas “prietas de ojos verdes”. Verdaderas hembras que incorporan el ritmo a su cuerpo, para que la imaginación popular, el bolero, la copla, las confunda con atractivas formas que con su movimiento, su cadencia, su euritmia, hipnotizan a los hombres, sometiéndolos a su voluntad. Mulatas cuya evocación propicia, en la soledad del baño, la masturbación irrepetible, esa en la que la mano produjo “un instante que duró más de un instante, inmortalidad temporal, el lapso de tiempo que tomó la venida... el momento hecho todo tiempo... y por cuya causa, plexo universal, dejaba ahora de existir todo el cuerpo, latiendo como un enorme corazón solitario que diera sus últimos latidos, temblando como carne con temblor postrero, estertores del yo, desaparecido el ser en el semen”.

 

Para Cabrera Infante, el solar, las pensiones, las casas de vecindad desempeñaron un papel fundamental en su visión inaugural de La Habana, cuando dejó de ser niño y se incorporó a la vida de la parte pobre de la ciudad, esa en la que constató que tendría que aprender muchas cosas porque: “la ciudad hablaba otra lengua, la pobreza tenía otro lenguaje y bien podía haber entrado a otro país”. Era la experiencia de vivir en habitaciones más o menos estrechas o iluminadas, con ese olor a perfume que llevan las prostitutas, donde los baños e inodoros eran colectivos y la vida de cada quien era una puerta abierta que no ocultaba intimidades ni secretos; esa Habana vieja, de cuarterías y falansterios, en la que “la extraña luz ceniza que fue una vez malva se había hecho familiar, la atmósfera de pesadilla era el sueño cotidiano, los habitantes ajenos o peligrosos eran amigos, el sexo se hizo amor y a su vez sexo de nuevo”.  Monte 822, Zulueta 408, solares de los que era indispensable salir, dejar atrás, para pasar a vivir en el Vedado, reconociendo siempre que esa etapa de laberintos habitados “más que un tiempo vivido fue toda una vida y debió quedar detrás como la noche, pero en realidad era un cordón umbilical que cortado de una vez, es siempre recordado en el ombligo”.

 

Ciudad hecha también a la medida de cinematógrafos de toda calaña, de películas inolvidables que ayudan con sus imágenes indelebles a que la memoria permanezca viva, a que los recuerdos de La Habana tengan asidero en forma de actores, actrices y directores envueltos en inconfundibles historias. Experiencia memorable para nuestro novelista, quien recuerda con particular emoción el primer día que fue al cine, y no así el primero en que hizo el amor con una mujer, porque “fui al cine de día, asistí al acto maravilloso de pasar del sol vertical de la tarde, cegador, a entrar al teatro cegado para todo lo que no fuera la pantalla, el horizonte luminoso, mi mirada volando como polilla a la fuente fascinante de luz”. Cines distantes y lejanos, el Lara del Paseo del Prado, el doble llamado Rex Cinema y Duplex, el Majestic, el Verdum, en fin, tantos y tan variados cines a los que se asistía siempre, de gratis, burlando vigilancias endebles, y en los que “hubo muchos intentos de buscar tanteando el amor”, en la tertulia, el paraíso, el gallinero y hasta en la cara e inalcanzable luneta, en esos espacios de oscura luminosidad, en los que el escritor fue protagonista de enamoramientos reales y platónicos, de amores específicos y tromperos, e incluso del apretón de una mano homosexual ansiosa de un miembro viril.

 

Habana de aventuras diversas: intelectuales, eróticas, poéticas, sexuales, etílicas, fílmicas, amistosas, políticas y familiares que Cabrera Infante recrea, revive, recompone a partir de sus propias vivencias y de sus intransferibles experiencias en una ciudad invencible que, a pesar de limitaciones incomprensibles y odiosas restricciones, continua siendo punto obligado de referencia, objeto de reflexión y admiración por parte de un escritor que, desde el exilio, evoca el particular color de unas edificaciones construidas con piedra caliza de color coral, los tranvías que producían chispas como luces de bengalas, la aventura de sus cafés al aire libre, las orquestas femeninas que le producían “una inquietante hilaridad al ver una mujer tocando un saxofón”, y, en especial, las luces útiles y de adorno que le daban “un brillo satinado, una pátina luminosa a las cosas más nimias, haciéndolas relevantes, concediéndoles una importancia teatral”.

 

La Habana para un infante difunto es el recuerdo militante, el reconocimiento lejano de aquel que no se distancia de esa metrópoli desconocedora del fracaso, que permanece vigente, invencible, en la memoria generosa de escritores, músicos y artistas que se niegan a ejercer el olvido, y pueden, a pesar de la ausencia, recordar un crepúsculo “sin los grandes fuegos rojos que siempre tienden a ser copias de la imagen del infierno, sino con un predominio verdoso, la tarde filtrándose por entre nubes secas, bañada de luz verde, como si estuviéramos dentro de una pecera”. 

 

Lisboa y José Saramago 

                                                         

                                                                                               Ciudad como cicatriz quemada

                                                                                                          lágrima que no se seca.

                                                                                                                

“Tuvo lugar ayer el funeral del doctor Fernando Antonio Nogueira Pessoa, soltero, de cuarenta y siete años de edad, natural de Lisboa, graduado en letras por la Universidad de Inglaterra, escritor y poeta muy conocido en los medios literarios”. Esta nota fúnebre aparecida en un periódico lusitano, o tal vez, un telegrama, corto, escueto, conciso, fue lo que motivó a Ricardo Reis a volver a Lisboa para re-encontrarse -quién lo sabe– con la ciudad o con el poeta muerto, que era como encontrarse consigo mismo.

 

José Saramago en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis hace que su protagonista emprenda un largo viaje por barco, después de una estada de 16 años en Brasil, para que enfrente de nuevo a Lisboa, “esa ciudad cenicienta, urbe rasa sobre colinas, como sí sólo estuviera construida de casas de una sola planta, quizá, allá, un ciborio alto, un entablamento más esforzado, una silueta que parece ruina de castillo, salvo sí todo es ilusión, quimera, espejismo”. Enfrentamiento múltiple que implica para Reis, además de la vuelta a los orígenes, de las preguntas acerca de la propia identidad, un encuentro con el espíritu de Pessoa, con ese poeta amigo que murió “casi ignorado por las multitudes”.

 

Ricardo Reis desamarra Lisboa, la sufre húmeda, la recorre inundada, la pasea entumecido para comprobar si sus recuerdos se corresponden con la realidad, y no son como “un grabado a buril reconstruido por la imaginación”. El médico-poeta de Saramago va y viene, de un recuerdo a un olvido, de una añoranza a una constatación, para acudir a la cita que un destino común le había deparado con el fantasma de su alter ego Pessoa. Anduvo calles medievales que no han perdido su encanto, rúas y puentes, nuevos y viejos, contemplando como siempre y como nunca el castillo de San Jorge, el monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém, la casa de los Picos, las iglesias de la Concepción Vieja y de Santa Catalina, el Hospital de San Luis donde falleció el poeta, y el cementerio de Prazeres donde reposan los restos de su amigo muerto, para luego regresar al Hotel de Bragança en busca de una intimidad inexistente, porque como ya se sabe: “un hotel no es una casa, le van quedando olores de éste y de aquel un sudor insomne, una noche de amor, un abrigo mojado, y luego vienen las camareras a hacer las camas, a barrer, queda también su propio halo de mujeres”.

 

Antes de su cita con el verdadero Pessoa, el otro Pessoa, el heterónimo, el convocado Ricardo Reis tuvo tiempo de asistir a fiestas y celebraciones que le daban la bienvenida a un nuevo año. En un ambiente de expectación y espera, de entusiasmo y nerviosismo, Reis contempló conmovido, en una plaza abarrotada de gente, como “la aguja de los minutos cubre la aguja de las horas, es medianoche, la alegría de una liberación, por un instante breve el tiempo dejó libre a los hombres, se besan hombres y mujeres al azar, esos son los mejores, los besos sin futuro”. Cuando el año viejo quedó en el pasado y el nuevo, 1936, se estrenaba con champán, bullicio y pitidos estridentes, Ricardo Reis regresó de nuevo a la habitación de su hotel para acudir a la entrevista que la Navidad y el recién llegado año habían postergado.

 

Pessoa se le apareció de súbito, sentado en el sofá del cuarto, vestido de negro “como si estuviera de luto o fuera de oficio enterrador”. Luego de los saludos, los abrazos y las emociones de rigor, un tanto intrigado por esa irrupción esperada pero incomprensible, el poeta vivo le preguntó al poeta muerto cómo había llegado, ¿había traspasado puertas?, ¿se desplazó por los aires?, ¿se filtró por las paredes?, para escuchar atónito la respuesta contundente de Pessoa “los muertos se sirven de los caminos de los vivos, y además no hay otros, vine por ahí fuera, desde Prazeres”.

 

Muertos que también recorren y disfrutan las calles de Lisboa, de “esa ciudad sombría, recogida en frontispicios y paredes” que le ofrece al transeúnte, independientemente de si respira o no, motivos para la alegría y la tristeza, para la rutina y la sorpresa. Así lo entendieron Pessoa y Reis, Reis y Pessoa, que como ya sabemos son el mismo, cuando en sus correrías por Lisboa, entre una que otra conversación paúlica o interseccionista, recorren, reflexivos, la ciudad baja o ese barrio “castizo, alto, de nombre y situación, bajo de costumbres, alternan las ramas del laurel en las puertas con busconas en los portales, aunque por ser hora matinal se reconozca en la atmósfera una especie de lozanía inocente, un soplo virginal”.

 

Encuentros de vivos y muertos en una ciudad “donde se pierde el sur y el norte, el este y el oeste, donde el único camino abierto es hacia abajo”. Y justamente, hacia allí, hacia abajo fue donde se dirigió Ricardo Reis, comprometiendo su vida en amoríos incomprensibles: uno, lujurioso, con una camarera del hotel, otro, platónico, con una doncella lisiada; mientras Pessoa insistentemente le recrimina esos aires de Don Juan que no le sientan y no le van a un médico confundido que no sabe si permanecer en Lisboa para que, en el consultorio, sus pacientes sean “el enfermo médico de un médico enfermo”.

 

La mudanza de Reis del Hotel Bragança a la Rúa Santa Catarina sirvió para que los poetas sostuvieran, en medio del frío, la lluvia y la niebla, una conversación acerca del sentido último de la soledad, de esa, sin límites, que se experimenta estando donde no se está, “la que anda con nosotros, la soportable, la que nos hace compañía. Hasta a ésa a veces no logramos soportarla, suplicamos una presencia, una voz, otras veces esa misma voz y esa misma presencia sólo sirven para hacerla intolerable”. Soledad constitutiva de la vida de las ciudades a la que Lisboa no escapa, no puede sustraerse, porque en ella también habita el desencanto, la frustración, la comprensión de que la ciudad en la que se vive no es la ideal para la realización personal, aunque indefectiblemente se tenga  “que vivir en algún lugar, comprender que no existe lugar que no sea lugar, que la vida no puede ser no vida”, y que, como esperanza alienadora, al igual que ocurre con Lisboa, “también en el interior del cuerpo la tiniebla es profunda y, pese a todo, la sangre llega al corazón”.

 

Pero si la soledad es triste e inevitable, mucho más lo es el olvido. Con esa sabiduría despojada de intereses y prejuicios, que se adquiere cuando ya la experiencia y la madurez no importan porque la muerte se adueñó de todo, libertando e igualando a los hombres para hacer efectiva la verdadera democracia en el más allá, Pessoa le comenta a Reis que sabe a ciencia cierta cuanto es el tiempo requerido para que los muertos pasen al olvido: “son nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras madres, creo que aún no nos pueden ver, pero todos los días piensan en nosotros, después de morirnos ya no nos pueden ver y cada día que pasa nos van olvidando un poco más, salvo casos excepcionales, nueve meses bastan para el olvido total”.

 

Lisboa generosa, permisiva, complaciente, propiciadora de los encuentros de Pessoa con Reis, de Reis con Pessoa, para que uno y otro dejen de ser uno y otro, en el momento mismo en que el poeta vivo tomó la decisión de acompañar al poeta muerto desde hace nueve meses, a ese lugar desde el cual un solo y único poeta, Pessoa, podrá evocar a plenitud la ciudad del gran río, de la magnificente dársena, del imposible sosiego, esa donde se “acaba el mar y empieza la tierra”.

 

París y Julio Cortázar 

              

                                                                          Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas

                                                                                  para un mismo desconcierto.

                                                                                                                         Julio Cortázar

 

Cada quien puede construir su propia vivencia, su personal metáfora de esta ciudad plural, siempre inédita, que a nadie deja indiferente. Para uno es el fasto de los grandes bulevares, la trepidación del colectivo, la majestad de unas avenidas triunfales que raudas desembocan en monumentos llenos de historia y tradición para crear carrefours que propician el cruce de gente, culturas y gentilicios. Para otros, es el espectáculo nocturno, luces, plumas, candilejas, música y champán, alimentando un inmanente trasfondo voyeurista que estimulan bellas y bien formadas marjorettes que cubren precariamente sus depilados Montes de Venus con una prenda mínima e innecesaria.

 

Para algunos, París puede ser también estrellas que se ponderan, golosamente, en unas guías gastronómicas que generan salivaciones inmediatas, dudas acerca de cuál sabor, cuál gusto, sustentará una comida que deja de ser simple acto de supervivencia para transformarse en comentario obligado, en consejo o advertencia para aquellos amigos gurmandos que también perciben el mundo a través de las papilas gustativas.

 

Sin embargo, para Cortázar y sus personajes, para esos que no están esperando “otra cosa que salvarse del recorrido ordinario de los autobuses y de la historia”, París es una afrenta, la posibilidad última de ser lo que se anhela ser, de concretar una ilusión, una esperanza, que no conoce las medias tintas porque la ciudad sólo sabe de éxitos o fracasos.

 

Para esa compleja fauna de artistas de segunda en busca del protagonismo, de exiliados políticos, falsos estudiantes, mitómanos y expatriados a voluntad, París es una manera de vivir, de entender la vida, lejos de recorridos turísticos, de confirmaciones del vuelo de regreso, de preocupaciones por el número de maletines de mano o por el exceso de peso del equipaje. Para esos tantos Oliveiras y Magas, la ciudad es un vagabundo circunscrito, sin nuevos o trascendentes destinos, cuya ruta la aconseja la circunstancia, una frase escuchada al azar, un súbito deseo de besarse en una plaza anónima donde aún reposan las rayuelas, “los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el cielo”.

 

París oculto, construido de falencias y precariedades, erigido sobre la escasez de dinero y la falta de espacio, donde se tropieza con las paredes, un bidé sirve de biblioteca, y las medias sucias acompañan en la repisa de la chimenea a unas botellas vacías que atestiguan una noche de tristeza y de nostalgia por la novia o la patria lejana, por los familiares que no se felicitarán esta Navidad y, sobre todo, por la constatación de que no se es lo que se quiere ser en esta ciudad donde, en palabras de la Maga: “somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo”.

 

Ciudad limitada a las andanzas por los sitios de siempre, el Barrio Latino, el Boul Mich, Saint-Germain-des-Prés, con su miríada de callejuelas: la Rue Bonaparte, la Dauphine, la Buci con sus puestos de venta de alimentos en plena calle, en los que una pierna de ganso, unas clementinas, un filete de salmón, una porción de terrine o una secuencia de entrecôtes rojas y frescas se convierten en verdadera obra de arte, en decoración disruptiva que altera procesos fisiológicos, porque los alimentos se digieren primero con los ojos antes que con la boca. Callejuelas generosas, conectoras, como la Rue de Seine que comunica el boulevard de cemento y el bullicio de los cafés al aire libre con el de agua, el Quai de Conti, ese borde plácido, donde el Sena aporta su contribución para que París asuma ahora la forma de luz “ceniza y oliva”, reflejada en el río, de lento serpenteo de péniche, de besos apasionados y manos agarradas confirmando una promesa de amor adolescente que, por su frescura, se torna en sombra descifrable.

 

Imposiciones culturales transforman también la vida de los personajes de Cortázar en un conjunto de eventos que se deben presenciar por vez primera o volver a ver, simplemente porque “il le faut” : Potemkim, Mercedes Sosa, el Ciudadano Kane, Jacques Prévert leído por no se sabe quién, Moustaki, el Teatro Negro de Praga o el Quilapayún, asumen la forma de mandatos ineludibles a los que se debe asistir sin importar la lluvia, la nieve, el calor, la huelga de trenes y metro, la ausencia de acompañante, porque se trata simplemente de algo verdadero, auténtico, desinteresado.

 

Ciudad adulta y para adultos, en la que los niños se acarician con guantes de goma, asépticos, se encuentran prescritos y proscritos debido a que su llanto molesta a los vecinos y, en especial, a la conserje, a esa Torquemada cotidiana que juzga lo bueno y lo malo, lo oportuno y conveniente, lo socialmente aceptable que excluye, por supuesto, al bebé Rocamadour, “dientecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete”, y, en consecuencia, a las nociones, a las realidades de padre y madre. Adultos que sólo saben hacer el amor en cuartos marchitos, en camas de jergones pretéritos, adornadas con coberturas rancias y deshilachadas, compartida por dos soledades que confunden el acto sexual, el jadeo de pie, arrodillado, parado, en cuclillas, con el verdadero amor, porque la felicidad para el escritor tiene que “ser otra cosa, algo quizás más triste que esta paz y este placer... una caída interminable en la inmortalidad”.

 

Urbe protagonizada por las contradicciones, hecha indistintamente de proezas y frustraciones, de éxitos rotundos y fracasos contundentes en la que los diversos personajes de Cortázar deambulan de un lado a otro, sin cumplir metas y objetivos personales, contándose sus penas,  porque “es mucho más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres”.  Ciudad incoherente, habitada por ciudadanos corrientes, en donde “sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito”, razón por la cual Oliveira percibe que “yo en realidad no tengo nada que ver conmigo mismo”, porque los expatriados terminan por sentir “como una última luz que se va apagando en una enorme casa donde todas las luces se extinguen una por una”.

 

París desconocido por turistas efímeros, cotidiano, profundo, hecho tanto de gauloises, pastís, panaches de cerveza y limonada, cafés de quartier, hediondeces perfumadas, supositorios para cualquier enfermedad, como de suciedades permitidas, loterías de miércoles y viernes, besos franceses plenos de lengua, copas de blanco y rojo, mascotas consentidas, y de clochards que prefieren la policía al frío; habitado, en fin por una pléyade de tránsfugas, quienes, imposibilitados de regresar a sus lugares de origen, resignados, descreídos, confirman con Cortázar que “es mejor pactar como los gatos y musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces... Así es como París nos destruye despacio, silenciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino...”.

 

 

 

 

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