Cuatro décadas de Cacaxtla

Mario Eloy Cesáreo Ríos Reyes
 
   
 
 
El gran bazamento a poco de ser descubierto

 

Un agradecido recuerdo para

Roberto García Moll y

Manuel Vega

 

 

Cacaxtla significa “lugar de los cacaxtlis”, sitios de los empaques de carga. Un cacaxtli es un armazón de mochila, “a frame of back pack”, los cacaxtlis tenían un mejor diseño que simples bultos detenidos por mecapal.

 

Cacaxtla en Tlaxcala fue la sorpresa del milenio. Durante el siglo XX ocurrieron los trabajos de exploración de Tizatlán, resultantes a más de estructuras en unos cuatro metros cuadrados de pintura mural. De los cuatro señoríos se conocían los vestigios. En el resto de la superficie del estado había indicios, restos líticos, murallas más o menos mitológicas, y tepalcates, millones de tepalcates.

 

Ángel García Cook y Beatriz Leonor Merino recorrieron y registraron los 4 mil metros cuadrados de la entidad federativa, haciendo arqueología de superficie y logrando correlaciones con múltiples tradiciones mesoamericanas.

 

A partir de la década de 1950, el maestro Desiderio Hernández Xochitiotzin plasmó en los murales del Palacio de Gobierno su visión del devenir de la cultura tlaxcalteca. Relataba los anales del que sería un exitoso grupo étnico, una confederación de altepetls, un oponente de la hegemonía de Tenochtitlán, un aliado trasatlántico del imperio español.

 

Cacaxtla estuvo presente en la tradición oral de su entorno, la misma que informó a los ibéricos de una muralla de defensa contra los huejotzincas y cholultecas anterior al siglo XIII.

 

Tlaxcala no tenía hace 40 años ninguna pirámide, grandioso templo prehispánico ni basamento monumental. Tenía, eso sí, los reciclados restos de conventos franciscanos, resultados del auge del siglo XVI y víctimas de la secularización propugnada por el ahora beato Palafox y Mendoza en el siglo XVII.

 

Por ello el descubrimiento del Hombre Ave apenas a unos cientos de metros del santuario de otra entidad alada: San Miguel del Milagro, fue tan impactante.

 

La búsqueda del tesoro –el oro colectado por los conquistadores- o el lingote escondido por los carrancistas, se convirtió en el hallazgo de una obra de arte: pintura con formas simétricas, agradable combinación cromática y el asombro ante símbolos extraídos de códices y múltiples textos.

 

A partir de la notificación o denuncia, se iniciaron los protocolos de la investigación, de la exploración arqueológica, con sus tortuosas búsquedas de presupuesto.

 

Pronto se encontraron los arqueólogos con una elaborada geometría: con rectángulos, cuadrados, alineaciones, formas de talud-tablero, escasas formas de piedra y abundantes paredes de adobe, de lodo seco, de arena y de delgados estucos.

 

El gran basamento, como finalmente se denominó, no estaba hecho para durar un milenio o dos, era una sucesión de construcciones para, suponemos, durar un siglo mesoamericano, y después de esos 52 años, si acaso no hubieran sido destruidos, cubrirlos con respeto y delicadeza y sobre ellos impulsar otra obra, otro arte, otra reliquia o advertencia.

 

Los arqueólogos comenzaron a enfrentar las preguntas ¿Quiénes hicieron esto? ¿Qué idioma hablaban? ¿A qué altepetl imperio, reino, tribu o etnia pertenecían? ¿Mayas, teotihuacanos, cholultecas? Por lo pronto quedaba claro que eran mesoamericanos.

 

Las comunicaciones arqueológicas a fuerza de ser objetivas, claras, con referencias a pie de página pretendiendo ser precisas, son recatadas en cuanto a interpretaciones e interpolaciones.

 

Y llegaron los visitantes, se percibió la industria sin chimeneas: el turismo. Dentro de este denominativo también los amantes de la historia y los peregrinos de la arqueología; los escolares con sus libretas, los profesores con sus preguntas, interpretaciones y propuestas. Y los guías de turistas repitiendo lo poco que podían obtener de los especialistas.

 

El pasado cultural se conoce por los escritos o por los hallazgos, por la historia o por la arqueología. La historia de forma a partir de los datos escritos y su interpretación es la historiografía. Todos queremos saber de nuestros antepasados, de sus testamentos; algunos conocimos a nuestros abuelos, pocos afortunados a los bisabuelos, otros apenas a la hermana mayor.

 

La pedagogía (conducción de infantes) utiliza los relatos, cuentos, leyendas para que entendamos el devenir del tiempo: ahí está el rey, la reina, la madrasta, la princesa, el príncipe, el bufón, el sabio y la bruja.

 

Las genealogías, estirpes, dinastías, familias están allí y tratamos de averiguar algo de los vasallos, lacayos, palafreneros, mucho averiguamos a través de los testimonios de los vecinos o de sus chismes. Nos inventamos los nombres del elenco.

 

En un memorable examen de oposición para optar a la titularidad de la cátedra de historia de la ENAH, el candidato comparó nuestra información del asesinato de Julio César, inmortalizado por Shakespeare, con el tele difundido de John F. Kennedy.

 

En el primero, a pesar del paso de un par de milenios están claros los motivos y los autores intelectuales y materiales. En el segundo se siguen barajando hipótesis. Es lo que nos fascina del pasado: la recreación de los hechos.

 

La arqueología en pocas ocasiones tiene sitios con abundancia de información, de encontrar el cadáver congelado de una cultura, dando poco espacio a la imaginación porque todo está presente.

 

Pompeya, comprimida por los lahares y el polvo volcánico continúa asombrando cada día, hasta que el Vesubio vuelva a despertar. Ahí quedaron sus palacios, talleres, prostíbulos y circo gladiatorio. Ahí está dando la oportunidad al siglo XXI de devolver rollos carbonizados de papiro y poder leer el latín de aquellas bibliotecas, amén de los dictados de Plinio el viejo.

 

En Tlaxcala, Tecoaque combina las noticias de las fuentes de los conquistadores con el asombro de los arqueólogos.

 

Cacaxtla está muy lejana de las crónicas. Tlacaelel seleccionó textos para elevar la grandeza de los mexicas. Fray Juan de Zumárraga quemó la codiceteca de Texcoco, mientras que Landa se encargó de acabar con las memorias de Myapan.

 

Cacaxtla ha entregado magníficos lienzos con escenas sin antecedentes ni continuidad.

 

Se ha observado que los pintores pertenecieron a una “escuela” en el sentido del arte renacentista, se ha averiguado que la factura recayó en diferentes manos apenas con decímetros de distancia, se han identificado símbolos pan mesoamericanos.

 

No se pueden dar nombres, estirpes, dinastías. No sabemos fechas exactas. A una pregunta de madame Mitterrand a propósito de la temporalidad del sitio respondimos “De axterix a Jan ‘DArc”.

 

Se establece un corredor teotihuacano. Se plantea el comercio de obsidiana y de joyas: plumas, turquesas, pieles, rindiendo pleitesía a Tláloc.

 

De muy lejos han llegado los visitantes: lingüistas rusos, embajadores, presidentes y ex presidentes, una princesa de Polonia convertida en cronista, escritoras italianas y periodistas de Soles incrédulos.

 

Cacaxtla: lugar del comercio, la posta hermosa, el palacio de recaudación de impuestos, el sitio de reposo y de recambio, el lugar de privilegio protegido por los pochtecas, el asombro de los astrónomos, la ruta protegidas por los tlatoanis de ambos extremos, o de los múltiples extremos. Ha sido un privilegio y una paradoja, una belleza demasiado frágil.

 

Recuerdo una película de Federico Fellini: Roma. En una de las escenas de este semi documental, en un recorrido entre las obras urbanas de aggioenamiento, una parvada curiosa penetra a un subterráneo recién excavado. Ahí para su asombro se ven frescos, murales, pinturas etruscas. Y con la admiración viene el desencanto, al contacto con el aire exterior o por el bióxido de carbono de los intrusos, las pinturas se van desvaneciendo.

 

Tal como muchas cosas de la vida, el arte está construido con la misma materia que los sueños.

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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