Una carta de Paul Valéry a los franceses

Piedra de Toque
 
   
 
 

 

Escrita en 1919, apenas terminó la primera gran guerra, esta carta de Paul Valéry dedicada en especial a sus franceses, da que pensar sobre lo que ocurriría un siglo después en Francia y en el mundo. Produce algunos estremecimientos de temor mezclados con estremecimientos estéticos: la belleza de la prosa asombra; la exactitud del pensamiento asusta.

 

Recuerda el hundimiento del buque Lusitania por un torpedo alemán como un detalle aparentemente menor, pero que significó la chispa de la gran conflagración mundial.

 

La carta vuelve a circular hoy en redes sociales y algunos medios públicos, a raíz de los atentados terroristas de las postrimerías de 2015 en Francia.

 

Se pretende remarcar la circularidad de la estupidez humana. Hoy, casi un siglo después, hay signos de locura en el mundo, prefigurada por Valéry, quien quiso advertirnos de nosotros mismos:

 

 

 

LA CRISIS DEL ESPÍRITU

 

Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.

 

Habíamos oído hablar de mundos completamente desaparecidos, de imperios idos a pique con todos sus hombres y todos sus artilugios; caídos hacia el fondo inexplorable de los siglos con sus dioses y sus leyes, sus academias y sus ciencias puras y aplicadas, con sus gramáticas, sus diccionarios, sus clásicos, sus románticos y sus simbolistas, sus críticos y los críticos de sus críticos. Bien sabíamos que toda la tierra visible está hecha de cenizas, que la ceniza significa algo. Percibíamos, a través del espesor de la historia, los fantasmas de inmensos navíos que estuvieron cargados de riqueza y de ingenio. No podíamos contarlos. Esos naufragios, después de todo, no eran asunto nuestro.

 

Elam, Nínive, Babilonia eran hermosos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros como sus existencias mismas. Pero Francia, Inglaterra, Rusia… serían también hermosos nombres. También Lusitania es un hermoso nombre. Y vemos ahora que el abismo de la historia es suficiente para el mundo entero. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida. Las circunstancias que podrían mandar las obras de Keats y las de Baudelaire a unirse con las de Menandro no son ya totalmente inconcebibles: están en los periódicos.

 

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Eso no es todo. La candente lección es aún más completa. A nuestra generación no le ha bastado aprender por experiencia propia cómo las cosas más bellas y las más antiguas, y las más formidables y las mejor ordenadas, son perecederas por accidente; ha visto, en el orden del pensamiento, del sentido común y del sentimiento producirse fenómenos extraordinarios, bruscas realizaciones de paradojas, brutales decepciones de la evidencia.

 

Sólo citaré un ejemplo: las grandes virtudes de los pueblos alemanes han engendrado más males que cuantos vicios haya podido crear la ociosidad. Hemos visto, visto con nuestros propios ojos, el trabajo escrupuloso, la instrucción más sólida, la disciplina y la aplicación más serias, adaptadas a espantosos designios.

 

Tantos horrores no hubieran sido posibles sin tantas virtudes. Ha sido necesaria, sin duda, mucha ciencia para matar tantos hombres, disipar tantos bienes, aniquilar tantas ciudades en tan poco tiempo; pero han sido necesarias no menos cualidades morales. Saber y Deber, ¿sois, pues, sospechosos?

 

 

Así, la Persépolis espiritual no está menos estragada que la Susa material. No se ha perdido todo. Pero se ha sentido perecer todo.

 

Un extraordinario escalofrío ha recorrido la médula de Europa. Ha sentido, en todos sus núcleos pensantes, que ya no se reconocía, que dejaba de parecerse a sí misma, que iba a perder la conciencia, conciencia adquirida mediante siglos de desdichas soportables, millares de hombres de primer orden, ventajas geográficas, étnicas e históricas innumerables.

 

Entonces, como en una desesperada defensa de su ser y de su haber fisiológicos, ha recobrado confusamente toda su memoria. Sus grandes hombres y sus grandes libros han subido de nuevo hasta ella en mescolanza profusa. Nunca se ha leído tanto, ni tan apasionadamente, como durante la guerra: preguntad a los libreros. Nunca se ha rezado tanto, ni tan profundamente: preguntad a los sacerdotes. Se ha evocado a todos los salvadores, fundadores, protectores, mártires, héroes, padres de patrias, santas heroínas, poetas nacionales…

 

Y en el mismo desorden mental, al llamamiento de la misma angustia, la Europa culta ha experimentado la rápida reviviscencia de sus innumerables pensamientos: dogmas, filosofías, ideales heterogéneos; las trescientas maneras de explicar el mundo, los mil y un matices del cristianismo, las docenas de positivismos; todo el espectro de la luz intelectual ha ostentado sus colores incompatibles, iluminando con una extraña lumbre contradictoria la agonía del alma europea.

 

(…)

 

Nadie podrá decir lo que mañana estará muerto o vivo en literatura, en filosofía, en estética. Nadie sabe aún qué ideas y qué modos de expresión quedarán inscritos en la lista de las pérdidas, qué novedades serán proclamadas.

 

La esperanza ciertamente persiste, y canta a media voz…

 

Pero la esperanza no es más que la desconfianza del ser frente a las previsiones precisas de su espíritu. Insinúa que toda conclusión desfavorable al ser debe ser un error de su espíritu. Los hechos, sin embargo, son claros y despiadados: hay millares de jóvenes escritores que han muerto. Existe la ilusión perdida de una cultura europea y la demostración de la impotencia del conocimiento cuando se trata de salvar cualquier cosa: la ciencia, dañada mortalmente en sus ambiciones morales y como deshonrada por la crueldad de sus aplicaciones; el idealismo, difícilmente vencedor, profundamente zaherido, responsable de sus sueños; el realismo desengañado, descalabrado, agobiado de crímenes y faltas; la codicia y el renunciamiento igualmente escarnecidos; las creencias confundidas en los campamentos, cruz contra cruz, media luna contra media luna (…)

 

La oscilación del navío ha sido tan fuerte que al fin hasta las lámparas mejor sostenidas se han volcado.

 

(…)

 

Ahora, sobre una inmensa explanada de Elsinor, que va desde Basilea hasta Colonia, que toca las arenas de Nieuport, los pantanos del Somme, el gres de la Champagne, los granitos de Alsacia, el Hamlet europeo mira millones de espectros. Medita sobre la vida y la muerte de las verdades. Tiene por fantasmas a todos los objetos de nuestras controversias; tiene por remordimientos todos los títulos de nuestra gloria. Se tambalea entre dos abismos, porque dos peligros no cesan de amenazar al mundo: el orden y el desorden.

 

(…)

 

¡Adiós, fantasmas! El mundo no tiene ya necesidad de ti, ni de mí. El mundo, que bautiza con el nombre de progreso su tendencia a una precisión fatal, trata de unir a los beneficios de la vida las ventajas de la muerte. Cierta confusión reina todavía, pero esperemos un poco y todo se aclarará; veremos por fin aparecer el milagro de una sociedad animal, un perfecto y definitivo hormiguero.

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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