El desafío de poner en perspectiva el comportamiento de los lectores en México

Roberto Igarza
 
   
 
 

 

Más allá de las tensiones tradicioinales

 

Indagar en el comportamiento lector representa un desafío creciente. En parte, esto se debe a la complejidad que han adquirido las prácticas de lectura cada vez más plurales y abiertas, en las que se entremezclan finalidades, soportes y funciones expresivas o comunicativas. En parte, también se debe a la necesidad de representar mediante indicadores simples fenómenos culturales susceptibles de ser intervenidos por políticas públicas que deben ser implementadas, controladas y evaluadas.

 

La Encuesta Nacional de Lectura 2015 aborda estos desafíos, entre otros. De una vastedad que cuenta con escasos antecedentes en la región, el trabajo es una representación atravesada por numerosas tensiones que se ponen de manifiesto gracias al carácter de las preguntas realizadas, tanto como por las maneras de expresar los resultados. Sin estar sobrerrepresentadas, el trabajo evidencia tensiones tradicionales, como la tensión ciudad-ruralidad y, más intensamente aun, entre megalópolis y pequeñas poblaciones, del mismo modo que registra las distancias que hay entre segmentos poblacionales de ingresos bajos y altos, infaltables en la descripción de una situación que, desde una perspectiva histórica, evoluciona favorablemente en la región.

 

El alcance del trabajo supera el dominio tradicional adentrándose con énfasis en las problemáticas actuales: evidencia la evolución de las formas que adoptan las prácticas de la lectura y la escritura entre las nuevas generaciones respecto de los adultos mayores, mirada que anticipa una necesaria revisión de las políticas públicas en un país con estatuto de potencia sociodemográfica; describe la posición relativa entre hábitos tradicionales y prácticas sociales cada vez más connotadas por el vigor del paradigma digital; deja entrever el efecto de los comportamientos comunicacionales sobre la lectura y la escritura, interesado en informar acerca de escenas más complejas y situaciones no tradicionales mejor iluminadas que en estudios anteriores. Sin descuidar las particularidades de cada universo, da cuenta de manera discriminada e integradora de las lecturas “por gusto” y “por necesidad”. Esta investigación de las motivaciones, junto a descriptores más abiertos sobre contextos de lectura, prácticas socio-comunicativas e incidencia del paradigma digital en la lectura y la escritura, le agregan valor al estudio por, al menos, tres razones. Al poner de relieve otras formas de leer y de escribir, procura evitar la encerrona “ilustrada” que restringe las prácticas de lectura y escritura a los modos canónicos. Al facilitar un entrecruzamiento entre soportes, contextos y contenidos, ofrece un registro diverso de las prácticas, al mismo tiempo que promueve una puesta en perspectiva de los comportamientos, distinta a la mirada dicotómica que divide la población entre lectores y no lectores, lo que a su vez favorece la evolución hacia taxonomías más complejas y potencialmente más eficaces para definir la intervención del Estado en la promoción de la lectura. Al interesarse más decididamente en el vínculo lectura-escritura deja entrever la riqueza de una relación que, más allá de los estímulos mutuos de por sí virtuosos, tiende a incidir en la evolución de la manera de poner en circulación y de consumir contenidos culturales.

 

Acerca de los resultados

 

En términos generales, los resultados informan la posición relativa de la lectura entre y en relación con otras actividades, tanto o más que reportan la situación del libro entre los diversos soportes. En cuanto al promedio de libros leídos al año, al menos en parte, y en la espera de estudios complementarios, los resultados pueden explicarse por la representación de las prácticas de lectura extendidas a contextos diversos y a la combinación de soportes y finalidades. Es de destacar que la población que “disfruta mucho” la lectura, lee por gusto y por necesidad casi 80% más libros al año que el promedio nacional. Motivados por razones laborales o de estudio, casi cuatro de cada 10 informa leer por necesidad, entre los cuales más de una tercera parte practica la lectura, al menos, una hora al día, y cerca de uno de cada cuatro lee seis o más libros al año. Adicionadas las motivaciones, “por gusto” y “por necesidad”, casi seis de cada 10 encuestados afirma leer libros, un tercio de éstos afirma hacerlo todos los días y casi dos tercios al menos una vez a la semana. Por otro lado, la frecuencia de lectura respecto del pasado indica una ligera polarización: los que aseveran leer menos (43%) y los que dicen practicar más lectura (42%) son universos similares.

 

Cuando asocia las diferencias en las prácticas al nivel de escolaridad y el nivel de ingresos de los lectores está confirmando un estado anterior, un dato con historia. La distancia entre lectores según los segmentos es análoga, por una parte, entre aquellas personas con menor nivel de educación y los universitarios (14% / 40%) y, por otra, entre las de menores ingresos económicos y las de mayores ingresos (16% / 41%). Al mismo tiempo, la caída en volumen y frecuencia de lectura que suele registrarse al finalizar el periodo de escolarización (después de los 18 años) se sitúa en torno a 15%, inferior a los datos históricos de la región, lo que probablemente se deba a la segmentación etaria adoptada en el instrumento. También informa que casi un tercio de la población jubilada o pensionada mencionó la lectura de libros entre sus actividades recreativas, número mayor a la media nacional. Mientras que la comparación entre géneros, en cuanto a la práctica lectora en general indica un mayor porcentaje entre las mujeres, la diferencia es tres veces superior cuando se trata de leer revistas y otros materiales como actividad recreativa. Aun cuando se evidencia una correlación entre cantidad de lectores y volumen poblacional, en las ciudades con más de 500,000 habitantes (estrato superior) las personas que declaran leer libros, revistas u otros materiales representan menos que el promedio nacional. Singularmente, sobresale el D.F. dónde el resultado es 57% superior al promedio nacional en el caso de libros y 33% en el caso de revistas.

 

Cabe destacar, una vez más, la relevancia del estímulo familiar y escolar para la lectura y la escritura, en especial, y para los consumos culturales, en general, valor que presenta una evolución favorable entre los más jóvenes respecto de las generaciones anteriores. La encuesta revela la incidencia directa de los padres y del magisterio en todas las categorías de actividades vinculadas a los consumos culturales. Sobre la población encuestada, casi uno de cada dos afirmó haber recibido estímulos familiares durante la infancia para leer textos distintos a los escolares, y más de un tercio informó haber sido motivado a escribir, como una actividad ajena a las labores escolares. En paralelo, una mayoría informó del papel protagónico de los maestros para el desarrollo de la lectura de publicaciones distintas a las escolares. Mientras que una minoría señala que algún miembro de su familia practicaba la lectura con ellos, la mayoría recuerda las lecturas de sus maestros. Si bien las lecturas son un tema preeminente de conversación familiar sólo para una pequeña minoría, los resultados impulsan la hipótesis acerca del valor de los relatos familiares, en general, y de los relatos históricos y locales, en particular, como estímulos a la lectura y la escritura entre los niños, aun incluso si no puede establecerse, al menos en esta etapa del estudio, una relación directa entre esos hábitos y ese tipo de pláticas hogareñas.

 

La mayoría de los encuestados informa tener libros en su hogar1, espacio privilegiado de lectura, ya que uno de cada cuatro dice tener más de 25 libros, un fenómeno más relevante cuanto más grande es la población en la que habita. Alineada con esta declaración, una mayoría declara que la biblioteca hogareña ha sido uno de los recursos más significativos para acceder tempranamente a materiales de lectura, incluso más que la escuela.

 

Abrevar en la hipótesis de que trabajar y residir en grandes urbes y centros de servicios impone extensos tiempos de desplazamiento y espera y, por lo tanto, incide en la evolución de los comportamientos sociales, podría colaborar para explicar por qué se lee en el transporte público, los parques y la oficina. La misma hipótesis puede no ser suficiente para explicar lo que surge de la encuesta al señalar que una oferta mayor de bibliotecas, como la que hay en las grandes ciudades, no las convierte en un espacio privilegiado para la lectura. De hecho, entre las limitantes específicas para no leer más, los encuestados ubican casi en el mismo rango la falta de tiempo y la ausencia de una biblioteca. Al mismo tiempo, cuatro de cada 10 personas que se autoperciben como lectoras dicen leer al menos una hora al día, y siete de cada 10, de entre los que “no leen”, afirman que no lo hacen por falta de tiempo, una causa mencionada tres veces más que la apatía o el aburrimiento.

 

Las lenguas indígenas, principalmente, el náhuatl, el maya y el mixteco, que algunas personas (12%) han adquirido en su hogar, no están igualmente representadas entre las “lenguas leídas”. Son una pequeña minoría las personas que leen en alguna lengua indígena, lo que evidencia una vez más que, si bien se intensifica la sensibilidad de las políticas públicas sobre el particular (ediciones en idiomas indígenas y bilingües, promoción de la lectura en idiomas indígenas, bibliotecas especializadas), la tarea de estrechar el vínculo entre idiomas hereditarios y de los pueblos originarios, por una parte, y prácticas de lectura, por otra, es una labor inacabada. Respecto de las personas que leen en alguna lengua extranjera, éstas también son minoría (11%) y generalmente lo hacen en inglés.

 

Sin ningún ánimo conclusivo, resalta que la práctica lectora está en segunda posición entre las actividades de consumo de contenidos culturales, lo que informa acerca de la fortaleza de dicha práctica sobre la evolución de los comportamientos sociales, así como sobre la variabilidad de los soportes de lectura y escritura, y más allá de la llegada de jóvenes generaciones.

 

Incidencia del paradigma digital en la relación lectura-escritura

 

Para profundizar en la explicación de la evolución de las prácticas de lectura y escritura, podría afirmarse que ambas son cada vez más atravesadas por otras prácticas sociales. Además de enriquecidas por actividades vinculadas como buscar información complementaria y tomar notas o subrayar, la lectura se ve incluida en escenas transmediales, situaciones más intervenidas por otras prácticas de creciente valoración social, como la comunicación interpersonal mediatizada o la navegación en internet.

 

La lectura de libros en formato digital presenta una evolución sin estridencias ni estallidos. Aunque para algunos géneros pueda serlo más que en otros, el paradigma digital no parece ser un paradigma de reemplazo, sino de acumulación. Del total de los encuestados, uno de cada seis cuenta, en su hogar, con libros digitales que no son manuales de textos escolares o de estudio. Entre ellos, la diferencia por género y nivel de educación se incrementa respecto de quienes poseen libros impresos. Poco más de una de cada 10 personas descarga libros digitales, principalmente libros de política, novelas, idiomas, cine, arte y ciencias. Los usuarios principales son los jóvenes de entre 18 y 30 años y, en particular, los ciudadanos de los grandes centros urbanos. Esta situación podría ser una nueva evidencia de que la brecha generacional y espacial (ciudad ruralidad) aún subsiste, a pesar de la mejora en el acceso a internet y en la tasa de alfabetización digital-mediática. Para interpretar las cifras del consumo digital caben dos observaciones. Por un lado, una porción de los informantes puede considerar “descargar” una operación vergonzante, lo que implicaría una subrepresentación de las prácticas vinculadas al paradigma digital. Por otro, si se considera que uno de cada seis informantes declara obtener sus libros mediante préstamos bibliotecarios o en salas de lectura, los porcentajes anteriores se vuelven más relevantes.

 

El paradigma digital atraviesa la práctica de la lectura de modos diversos. Más allá de que 13% de los encuestados informa leer exclusivamente en soporte digital o en ambos soportes, las prácticas asociadas a la lectura y escritura están cada vez más asociadas al uso de internet. Entre quienes usan internet, más de la mitad del universo encuestado, la amplia mayoría de las actividades que declaran implican competencias de lectura y escritura. Si bien sólo alrededor de 10% lee libros en internet y cerca de 6% lee otros tipos de materiales en la web, “participar en redes sociales”, una actividad en crecimiento entre los usuarios, supone entrecruzar prácticas de lectura y prácticas de escritura, aunque éstas puedan ser de una naturaleza distinta, menos intensivas o con mayor alternancia que la lectura y la escritura en escenarios tradicionales. Si se trata de buscar información, conversar (chat) o usar el correo electrónico, las actividades de lectura y escritura serán más intermitentes que cuando se trata de estudiar o trabajar, actividades que siguen en orden de importancia a las búsquedas y al intercambio comunicacional, entre las actividades más frecuentes. Por otra parte, una de cada cuatro personas declara escribir en internet y 12% de los lectores usan las redes sociales para “compartir la lectura”.

 

La encuesta representa —de manera más amplia y profunda que en estudios anteriores— los procesos, contextos y finalidades de la escritura, tanto como la relación de esta práctica con la lectura. Al preguntar a los encuestados sus motivaciones respecto de la escritura, resalta en los resultados la incidencia que tiene la escritura en las tareas escolares, en primer lugar, pero luego y, en el orden, en las funciones comunicativas (recados, mensajería en el celular), la producción de documentos de trabajo, la correspondencia tradicional (cartas) y los intercambios en las redes sociales. Es notable la cantidad de personas que informan un gusto por la escritura. Casi uno de cada tres informa que “le gusta” o “le gusta mucho” escribir, proporción que se eleva a casi uno de cada dos entre los jóvenes de 12 a 17 años, y más, en general, entre la población residente en las grandes ciudades. Así como la finalidad más citada es de naturaleza comunicacional, la siguiente razón en orden de importancia es la necesidad educativa o laboral.

 

Recalibrando el instrumento-brújula

 

Los resultados permiten identificar las prácticas de cuatro grupos sobre las cuales la suficiencia del instrumento requeriría una ampliación cualitativa. Un primer colectivo constituido de personas a quienes leer les resulta “difícil”, que es una pequeña minoría. Un segundo grupo mucho más significativo, el que integran personas que informan “no comprender lo que leen” (45%). Un tercero, de similares proporciones, conformado por las personas que únicamente leen cuando se ven en la necesidad de hacerlo. Un cuarto, los que declaran “no leer libros” ni “haber leído antes” (1/6). A estos cuatro, podría sumársele el grupo constituido por casi una de cada dos personas que declara no concluir los libros que comienza. Los resultados invitan a observar con atención el devenir de estos colectivos si se pretende evitar una representación polarizada lector-no lector.

 

Debido a la falta de una metodología común para el análisis del comportamiento lector —algo que el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) de la Unesco procura subsanar2  y en cuya tarea México está destinada a un liderazgo regional— todo ensayo de comparabilidad resulta imperfecto. Son notorias las diferencias metodológicas que conllevan diversas miradas sobre los hábitos de lectura, tanto como lo es la ausencia de una definición común de lector, generalmente simplificada con base en la autopercepción o en la cantidad de libros leídos en el último año3.

 

La situación actual en los países de la región indica la importancia de describir y explicar más acabadamente el valor cultural, económico y político de los hábitos de lectura del campo estadístico “medio”, ese sector de la población que escapa a la dicotómica visión de lectores y no-lectores. De manera articulada con lo anterior, podría transformarse en algo crecientemente relevante la incidencia de la lectura en otros soportes que los tradicionales, así como la lectura combinada que se realiza navegando entre varios soportes o que tiene predominancias temporales, como el periódico en formato digital durante la semana laboral y la lectura en formato impreso durante los fines de semana. Aun cuando, de un modo u otro, la mayoría de los estudios tiende a sostener que estos tipos de lectura refuerzan más que debilitan el perfil del lector, la lectura en pantallas está lejos de reflejarse de la misma manera en los estudios nacionales y regionales, así como están lejos de expresar el potencial del paradigma digital en las formas combinadas y fragmentarias de la lectura y en cómo se intersectan con otras prácticas sociales.

 

En ese contexto, pueden interpretarse mejor los estudios “comparados”, por ejemplo, el estudio realizado por la OEI, que indica que el promedio de libros leídos al año por habitante era en 2013 inferior a cuatro, por debajo de los volúmenes de Argentina, Brasil, Colombia, México y Uruguay. El mismo informe señalaba que, en promedio, casi uno de cada dos habitantes de la región “no lee nunca” o “casi nunca” por motivos profesionales o educativos y cuatro de cada diez afirmaba lo mismo para la lectura de entretenimiento o por interés personal, mientras que uno de cada cinco había leído en el último mes por razones profesionales o de estudio y uno de cada cuatro por gusto.

 

De manera análoga a lo que sucede en otras partes del mundo, se percibe en la región la preocupación de enmarcar los estudios especializados, como el de la lectura y escritura, en estudios más amplios y contextualizadores, en especial, los que informan sobre la evolución de los consumos culturales y sobre los factores que inciden en esa evolución. Es una dimensión de análisis que debería incluirse en toda mejora de los estudios comparados, especialmente para los registros sobre lectura y escritura digitales. Desde esta perspectiva, cabe señalar que la media regional del acceso a internet se aproxima a 50% frente a más de 80% en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esa situación no explica todas las diferencias en materia de lectura y escritura digitales, pero permite contextualizar la interpretación de los resultados. En Francia, casi una de cada cinco personas se declara lectora de los dos soportes, porcentaje que alcanza 30% entre los encuestados de 15 a 24 años. En España, casi uno de cada cinco lee libros en formato digital o en ambos formatos, cifra que se eleva a más de un tercio de los encuestados cuando se consulta sobre lectura de diarios. Mientras tanto, en Brasil, los lectores digitales y multiformato supera el 14%, y en Argentina, uno de cada cinco informa leer diarios en internet.

 

También es pertinente, a efectos de la puesta en perspectiva, señalar que la evolución de las estadísticas regionales dan a entender que en un próximo futuro dos tercios de las personas en actividad accederán a internet desde el teléfono móvil y que, entre las personas que acceden a internet, el tiempo de la conectividad incluido el tiempo laboral y el de entretenimiento, tiende a asemejarse al tiempo de consumo tradicional de televisión que es de entre 3.5 y 5 horas diarias. Considerando la influencia de la cuarta pantalla (dispositivos portátiles, especialmente teléfonos celulares) y la incidencia de internet sobre un creciente volumen de actividades humanas, se impone una revisión en profundidad del modo de registrar las prácticas de lectura en la diversidad de contextos y soportes.

 

La riqueza de la información resultante de este estudio nos recuerda que la importancia de este instrumento-brújula se debe a tres razones esenciales: i) aporta al entendimiento de fenómenos complejos como son las prácticas de lectura y de escritura, nunca antes tan estrecha y masivamente relacionadas; ii) sitúa éstas entre los consumos culturales y entre y en relación con las formas expresivas y comunicativas, y iii) deja en evidencia la evolución de las prácticas que identifican colectivos sobre los cuales las políticas públicas pueden focalizar sus esfuerzos.

 

Para que estos instrumentos incrementen su valor cultural y político, debe prevalecer la intención de registrar sin determinismos la evolución de las prácticas de lectura y escritura, deben facilitar el reconocimiento de la incidencia de los cambios en los comportamientos sociales, especialmente los vinculados al hogar y a las relaciones de familia, y describir la evolución de las mediatizaciones y soportes que diversifican los contextos de lectura y escritura e inscriben esas prácticas en la intersección con otras. El interés por indagar en esa creciente complejidad nos invita a seguir renovando las formas conocidas de medir la lectura y la escritura. Nunca antes medir el comportamiento del lector fue algo tan plural, abierto y desafiante.

 

 

 

1 Si bien a mayor cantidad de habitantes en un municipio, mayor número de libros en el hogar, a partir de 100,000 habitantes ese crecimiento se detiene.

 

2 R. Igarza, y L. Monak, (2015) Metodología común para explorar y medir el comportamiento lector. El encuentro con lo digital. Unesco/Cerlalc. Accesible en http://www.unesco.org/new/fileadmin/MULTIMEDIA/FIELD/Havana/pdf/Metodologia_Comportamiento_Lector.pdf

 

3 Suele identificarse “lector” y “no lector” por la declaración del informante (autopercepción), por la cantidad de volúmenes leídos (especialmente libros) o por la dedicación temporal (minutos seguidos de lectura en un periodo dado).

 

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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