México por Tacuba, un extracto

Piedra de Toque
 
   
 
 
El escultor en su hábitat

 

Recuento amoroso de anécdotas modeladoras de su biografía, México por Tacuba es, puede decirse, el testamento que en vida nos ofrece Federico Silva, uno de los más reconocidos escultores que se pasean por este país.

 

Publicado en 2013 por el gobierno de Tlaxcala en alianza con la editorial Plaza y Valdés, el libro contiene aquellos pasajes anclados en la memoria del taciturno escultor y pintor avecindado en Tlaxcala.

 

Y por tratarse justamente de su encuentro con este estado, su gente, su clima y sus demonios de mil cabezas, es que Piedra de Toque extracta estos capítulos donde Silva habla de su “Estrella”, del pueblo de Amaxac y traza el perfil de un director estatal de Cultura.

 

Sírvase usted pasar:

 

(…)

Después de cincuenta años de trabajar como pintor y escultor, y debido a mi rechazo de producir obra para el comercio o para la complacencia de los críticos, había acumulado decenas de pinturas y de esculturas de diversos materiales y dimensiones, desde alguna pieza de yeso hasta las monumentales de piedra o de hierro.

 

María Esther González Tovar que ha sido mi compañera por más de veinte años, dejó su casa del Pedregal de San Ángel y me ha acompañado a las más diversas aventuras, desde reconstruir “La Estrella” hasta padecer la vida en Choix, Sinaloa, durante cuatro años pintando la cueva de Huites.

 

La casa en la que vivíamos en Coyoacán, en la ciudad de México, no era ya suficiente para almacenar tal cantidad de obra, y en una decisión heroica cambiamos la casa de la ciudad por una ex fábrica de hilo en el estado de Tlaxcala. Diez hectáreas del tercer mundo por mil metros de la urbe, naturalmente ganamos en espacio, en árboles, en tecolotes y víboras, sin contar con los centenares de murciélagos y alacranes.

 

Los días eran luminosos, de cielos abiertos y por las noches una rara claridad ennegrecida de silencio.

 

Vivíamos a la expectativa, sin organización en el trabajo, incomunicados, sin teléfono, lo que no era tan malo como la hostilidad de quienes controlaban la única salida, los vecinos que nos veían como extranjeros invasores de su espacio; las amenazas y provocaciones fueron frecuentes y hubo que enfrentarlas.

 

                                                                       *

Un día pudimos iniciar la reconstrucción de la ex fábrica “La Estrella”.

 

El director de Cultura del estado de Tlaxcala (Sabino Yano Bretón, aclaración de Piedra de Toque) gustoso nos ayudó, acompañado de un grupo de trabajadores que iniciaron la demolición de algunos viejos muros.

 

Los pisos del recinto, colocados en los tres patios, fueron levantados y con diligencia subidos a los camiones de la dirección de Cultura para trasladarlos a su hacienda (Tenexac, de Sabino Yano, nueva aclaración de Piedra de Toque).

 

Mientras tanto nosotros vivíamos en un hotel de la ciudad, desde donde a diario nos transportábamos a la ex fábrica.

 

Mi coche Mustang, nuevo, padecía al entrar a lo que sería nuestra casa, y me propusieron -por el mal camino que tenía que soportar y para su protección- que me deshiciera de él a cambio de colocar una cerca de alambre.

 

Empezaron a llegar puertas y ventanas de antiguas demoliciones coloniales, y un albañil talentoso las adaptaba y las colocaba con exactitud; entretanto, el director de Cultura (Sabino Yano dixit) se había aprovisionado de un poderoso detector de metales y recorría paso a paso la propiedad, sin dejar paredes, pisos y techos sin explorar.

 

Se nos dijo que ya pronto podríamos instalarnos en “La Estrella”, solamente faltaba sustituir las vigas podridas, y como ya no teníamos dinero el arquitecto (¿¿?? otro dixit) de la dirección de Cultura no tuvo empacho en recibir el coche de María Esther a cambio de dos docenas de vigas aún en buen estado, desprendidas de otra vieja construcción.

 

Ya solamente faltaba instalar la corriente eléctrica y ese problema fue negociado a cambio de una escultura llamada Miquixtli, que desde hace 20 años lució en la entrada de la ciudad, y que bien les sirvió a los profesores de la señora Gordillo para protestar, pintarrajeando con mala ortografía sus demandas educativas.

 

En 2008 pudimos apreciar su demolición. La obra fue desmantelada y sus despojos entregados en mi taller. En el sitio que fue La Miquixtli, ahora en 2012, se ha colocado una pieza mayor que se llama Piedra de Maíz.

 

Terminado lo esencial para poder habilitar la ex fábrica, compramos lo necesario para pasar la primera noche: una estufa de petróleo, mientras se instalaba el gas, enseres de cocina, café, leche y pan, una cama y cuatro cobijas.

 

La ropa la transportamos en cajas de cartón; ya teníamos asegurado su acomodo, nos habían regalado dos roperos que les sobraban en alguna hacienda.

 

Después de unas copas de champaña, y el inicio de la batalla en contra de los alacranes y los murciélagos, se inició la nueva vida.

 

María Esther, por valiente, resistió sin queja; podría decirse que con alegría inició una primera etapa de agricultura sembrando decenas de pinos y de ailites, cubriendo el flanco del río; su tarea tuvo éxito y hoy puede apreciarse un pequeño bosque, que los lugareños dicen que sembró Netzahualcóyotl.

 

Esto lo escribo en 2008 y lo que relato ocurría en 1988, año que Tlaxcala lucía muchos brillos culturales. El gobernador Tulio Hernández no solamente era aficionado a las corridas de toros, también al teatro, a las artes plásticas y a la música.

 

Casado en segundas nupcias con una actriz muy famosa, Silvia Pinal, hizo que se remozara el teatro Juárez (Xicohténcatl, en realidad: dixit), y se hiciera una decoración mural en el plafón, con la idea de celebrar a las musas de las artes. Silvia Pinal destacaría por su belleza entre las más hermosas mujeres.

 

Para preparar el espacio que debería ser pintado, hubo que “desaparecer” el gran candelabro, antigüedad de la época de Maximiliano y Carlota.

 

Se dice que la decisión para escoger al artista pintor fue difícil; el candidato natural era el reconocido muralista Desiderio Hernández Xochitiotzin, pero cuando Silvia Pinal vio los murales del palacio de gobierno, se horrorizó e hizo que se contratara a un afamado pintor estadounidense, quien viajó desde Andalucía para satisfacer la demanda.

 

La obra fue tan celebrada que el mismo director de Cultura se hizo pintar montado a caballo por el célebre artista en un gran lienzo, a la manera de los que fueron realizados por Velázquez y lucen espléndidos en el Museo del Prado.

(…)

 

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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