El cartel

Ilse Aichinger *
 
   
 
 

 

—¡No he de morir! —dijo el hombre que estaba pegando los carteles, y su voz lo asustó, como si bajo el vibrante calor se le hubiera aparecido su propio fantasma. Disimuladamente volvió la cabeza a la izquierda y a la derecha, pero no había nadie que lo pudiera creer loco, nadie debajo de la escalera. El metro acababa de salir, y otra vez había abandonado las vías a su brillo. Frente a él en la estación, una mujer sostenía a una niña de la mano. La niña cantaba a media voz. Eso era todo. La quietud del mediodía descansaba sobre la estación como una mano pesada, y la luz parecía abrumarse con su propia exuberancia. El cielo era azul y violento encima de los techos protectores, no sabía si cuidarlos o derrumbarse sobre ellos; y hacía mucho que los cables telegráficos habían dejado de zumbar. La lejanía devoraba lo cercano, y lo cercano la lejanía. No era para sorprender que muy pocas personas tomaran el metro a esas horas; quizá tuvieran miedo de convertirse en fantasmas y espantarse a sí mismos.

 

—¡No he de morir! —repitió el hombre, amargado, y escupió desde la escalera. Una mancha de sangre se dibujó sobre las losas claras. El cielo pareció paralizarse del susto repentino. Era casi como si alguien le hubiera advertido: nunca anochecerás; como si arriba de la estación el propio cielo se hubiera convertido en un cartel llamativo y grande como un anuncio en la playa. El hombre arrojó la brocha a la cubeta y bajó de la escalera. Recargó la espalda en el muro, pero el mareo le pasó rápidamente. Se colgó la escalera al hombro y se fue.

 

El muchacho del cartel se reía horrorizado, enseñando los dientes blancos y con la mirada fija hacia el frente. Quería seguir al hombre con la vista, pero no podía bajar los ojos. Los tenía muy abiertos. Semidesnudo, con los brazos en alto, se le había congelado en el cartel mientras corría, como si hubiera sido castigado por pecados de los que ni tenía memoria; lo rodeaba la espuma blanca, sobre él estaba el cielo demasiado azul y a sus espaldas la playa demasiado amarilla. El muchacho reía con desesperación hacia el otro andén, donde la niña cantaba a media voz y la mujer lo contemplaba con mirada vaga y anhelante. Le hubiera gustado explicar a la mujer que todo era un engaño, que no tenía delante de sí al mar, tal como quería hacerlo creer el cartel, sino sólo el polvo y el silencio de la estación y la placa que decía: “¡Prohibido pisar las vías!”, igual que ella. Se hubiera quejado de su propia risa, tan desesperante como la espuma que salpicaba a su alrededor sin refrescarlo.

 

El muchacho del cartel no debía concebir semejantes ideas. Ni a la joven de la izquierda, que apretaba contra su pecho un ramo de flores de una determinada tienda, ni al señor de la derecha, que se apeaba de un coche reluciente, se les hacía rara su situación. No se les ocurría rebelarse. La muchacha no deseaba soltar el ramo, que sus brazos rosados apenas podían sostener, y las flores no querían agua. El señor del coche parecía pensar que tal postura inclinada era la única posible, pues sonreía contento y no soñaba con incorporarse, ponerle el seguro al coche y seguir un poco a aquellas nubes claras. Es más, las nubes claras se mantenían inmóviles, enmarcadas con líneas plateadas, como cadenas que no las             vagar. El muchacho entre la espuma era el único que escondía la rebelión tras una risa petrificada, así como la tierra transparente quedaba oculta detrás de la costa amarilla.

 

La culpa era del hombre de la escalera, que había dicho: “¡No he de morir!” El muchacho no tenía idea de lo que significaba “morir”. ¿Cómo iba a saberlo? Sobre su cabeza unas letras claras, proyectadas en ángulo sobre el cielo, como una nube olvidada de humo, deletreaban la palabra “juventud”, y a sus pies, sobre la engañosa franja de mar verde cardenillo, se leía: “¡Acompáñanos!” Era uno de los muchos anuncios para un campamento de verano.

 

El hombre de la escalera había llegado, mientras tanto, hasta arriba. Apoyó la escalera en el muro sucio de la estación, intercambió unas palabras sobre el calor con un mendigo inválido, y atravesó la calzada para comprarse un vaso de cerveza en el puesto del puente. Ahí volvió a intercambiar unas palabras sobre el calor y ninguna sobre la muerte, y regresó por la escalera. Todo estaba cubierto con un velo de polvo, en el que inútilmente trataba de envolverse la luz. El hombre recogió la escalera, la cubeta y el rollo de los carteles y volvió a bajar al otro lado de la parada del metro. El siguiente convoy aún no llegaba. A esas horas a veces pasaba tanto tiempo entre uno y otro que era como si confundiesen el mediodía con la medianoche.

 

El muchacho del cartel, que no podía hacer más que fijar la mirada hacia el frente y reírse, observó cómo el hombre colocaba la escalera en un punto exactamente opuesto a él para otra vez empezar a pasar la brocha sobre los muros, donde inmóviles esperaban unas mujeres ataviadas con espléndidos vestidos y el pérfido deseo de conservar lo que no podía conservarse. El deseo de no llegar hasta el fin de la noche se les había cumplido. Tanto miedo le habían tenido al amanecer que ya no podían hacer más que publicidad para la sala de espejos de un salón de baile, ligeramente recostadas y rígidas en los brazos de los señores. El hombre de la escalera sacudió la brocha. Ya les tocaba ser tapadas. El muchacho lo vio claramente. Y observó cómo, amables e indefensas, dejaban que se les hiciera lo terrible.

 

Quiso lanzar un grito, pero no gritó. Quiso estirar los brazos para ayudarles, pero tenía los brazos alzados. Era joven, hermoso y radiante. Tenía el juego ganado, pero se le exigía el precio. Estaba congelado a la mitad del día, así como los bailarines de enfrente a la mitad de la noche. Como ellos, tendría que dejarse hacer todo, indefenso; él tampoco podría tirar al hombre de la escalera. Tal vez todo se relacionara con no poder morir.

 

¡Acompáñanos... acompáñanos... acompáñanos! Lo único que debía tener en la cabeza eran las palabras a sus pies, el estribillo de una canción. Eso cantaban los jóvenes cuando se iban de vacaciones, eso cantaban cuando el aire les agitaba el cabello. Eso seguían cantando aunque el tren se detuviera en el camino, eso cantaban aunque el cabello se les congelara en el aire. ¡Acompáñanos... acompáñanos... acompáñanos! Y nadie sabía cómo continuaba la canción.

 

Detrás de la frente del muchacho se inició una actividad frenética. Blancos veleros entraban sin ser vistos a la bahía invisible. El estribillo cambió: ¡No he de morir... no he de morir... no he de morir! Era como una advertencia. Él no tenía idea de lo que significaba: “Morir”, tal vez significase lanzar una pelota y extender los brazos; “morir” tal vez fuese sumergirse en el agua o formular una pregunta; “morir” era saltar fuera del cartel; había que morir —ahora lo entendía— había que morir para que no lo taparan.

 

Ya hacía mucho tiempo que el hombre de la escalera se había olvidado de sus palabras. Si a una mosca sobre el dorso de su mano se le hubiera ocurrido repetírselas, las hubiera negado. Las había dicho en un arrebato de amargura, de una amargura que había ido en aumento desde que se dedicaba a pegar carteles. Odiaba esos rostros tersos y jóvenes, porque él tenía la cicatriz de una quemadura en la mejilla. Además, tenía que, cuidarse para que la tos no lo tirara de la escalera. Al fin al cabo, pegar los carteles le daba para vivir. El calor se le había subido a la cabeza, nada más; tal vez había hablado entre sueños. Basta.

 

La mujer se acercó a la escalera con la niña. Tres muchachas de vestidos claros bajaron a la estación haciendo sonar los tacones. Finalmente, todas rodearon su escalera para verlo trabajar. Eso lo halagó y no le quedó más que iniciar por tercera vez una conversación acerca del calor. Todas le hicieron coro ansiosamente, como si por fin hubieran dado con la razón de sus alegrías y sus tristezas.

 

La niña se había soltado de la mano de su madre y andaba girando sobre sí misma. Quería marearse. Pero antes de marearse descubrió el cartel de enfrente.

 

El muchacho reía, suplicante. “¡Mira!”, exclamó la niña y lo señaló con la mano, como si le gustaran la espuma blanca y el mar demasiado verde.

 

Él no podía moverla cabeza, no podía decir: “No, ¡eso no es!” Pero tras su frente la agitación se había vuelto insoportable: ¡Morir... morir... morir! ¿“Morir” sería cuando el mar por fin mojara? ¿“Morir” sería cuando el viento por fin soplara? ¿Qué era eso: “morir”?

 

Enfrente, la niña frunció el entrecejo. Él no sabía a ciencia cierta si ella reconocía la desesperación contenida por su risa o si sólo quería jugar a hacer gestos. Pero él no podía fruncir el entrecejo, ni para darle gusto a la niña. “Morir—pensó—, ¡morir para ya no tener que reír!” ¿“Morir” sería cuando uno pudiera fruncir el entrecejo? ¿Sería eso “morir”?, se preguntó sin palabras.

 

La niña estiró un poco el pie, como queriendo bailar. Echó una mirada atrás. Los adultos estaban sumidos en su conversación y no reparaban en ella. Hablaban todos al mismo tiempo para ofrecer resistencia al silencio de la estación. La niña se acercó a la orilla del andén, contempló las vías y les sonrió sin medir la profundidad.

 

Estiró el pie un poco sobre el vacío y lo escogió otra vez. Entonces volvió a sonreírle al muchacho, para facilitarle el juego.

 

“¿Qué quieres decirme?”, preguntó a su vez la risa de él. La niña levantó un poco el delantal. Quería bailar con él. Pero ¿cómo iba a bailar si no sabía morir, cuando siempre tenía que permanecer así, joven y bello, con los brazos alzados, semidesnudo entre la espuma blanca? ¿Cómo, si no podía lanzarse al mar para nadar bajo el agua hasta la otra arena amarilla, si la palabra “juventud” pendía siempre sobre su cabeza, como una espada que no quería caer? ¿Cómo iba a bailar con la niña si estaba prohibido cruzar las vías?

 

De lejos se escuchaba el acercamiento del siguiente convoy. Más bien no se escuchaba. Era sólo como si se hubiera intensificado el silencio, como si la luz, en su punto más claro, se hubiera transformado en una bandada de pájaros oscuros que se acercaban impetuosos.

 

La niña sujetó el dobladillo del vestido con ambas manos. “Así... —cantó— y así...” —y saltó como un pájaro sobre la orilla del andén. Pero el muchacho no se movió. La niña sonrió impaciente. De nuevo estiró un pie sobre el borde, el uno... el otro... el uno… el otro... pero el muchacho no sabía bailar.

 

—¡Ven! —exclamó la niña. Nadie la escuchó. —¡Así! —y sonrió otra vez—. El convoy doblaba la curva a toda velocidad. Junto a la escalera, la mujer se percató de su mano libre. El vacío de la mano la conminó a voltear. Trató de sujetar el dobladillo de un vestidito, y era como tratar de sujetar el cielo. “¡Así”, exclamó la niña, enfadada, y saltó a las vías antes de que el tren ocultara el retrato del muchacho. Nadie pudo detenerla. Quería bailar.

 

En ese instante el mar empezó a humedecer los pies de él. Una prodigiosa frescura invadió todo su cuerpo. Los guijarros puntiagudos le lastimaron las plantas de los pies. El dolor le cubrió las mejillas con una sensación de éxtasis. Al mismo tiempo se dio cuenta del cansancio de sus brazos, los estiró y bajó. Los pensamientos que le llenaron la mente lo hicieron fruncir el entrecejo y cerrar la boca. El viento empezó a soplar y le llenó los ojos de arena y de agua. El color verde del mar se intensificó y se hizo opaco. La siguiente ráfaga de aire borró la palabra “juventud” del cielo azul, desvaneciéndola como humo. El muchacho levantó la mirada, pero no vio que el hombre saltaba de la escalera, como si alguien lo hubiera empujado. Se llevó las manos a las orejas para escuchar mejor, pero no oía los gritos de las personas ni la sirena estridente de la ambulancia. El mar empezaba a subir.

 

“Me estoy muriendo —pensó el muchacho—, ¡puedo morir!” Respiró profundamente, por primera vez.

 

Un puñado de arena cayó sobre su cabeza y le tiñó el pelo de blanco. Estiró y encogió los dedos y trató de dar un paso hacia adelante, tal como la niña se lo había enseñado. Volvió la cabeza y reflexionó sobre si debía ir por su ropa. Cerró los ojos, los abrió otra vez y se topó con el letrero de enfrente: “¡Prohibido pisar las vías!” De golpe lo asaltó el temor de que fueran a congelarlo otra vez, con su risa de dientes níveos y el resplandeciente destello blanco en cada ojo; que fueran a sacudirle otra vez la arena del pelo y a arrancarle el aliento de la boca; que otra vez fueran a hacer del mar una engañosa franja debajo de sus pies, incapaz de ahogar a nadie, y de la tierra una mancha clara a sus espaldas, en la que nadie podía apoyar los pies. No, no iría por su ropa, ¿no era cierto que el mar tenía que convertirse en mar, para que la tierra pudiera ser tierra? ¿Cómo había dicho la niña? ¡Así! Trató de saltar. Empujó contra el muro para desprenderse de él, rebotó y volvió a tomar impulso. Justamente cuando se hubo convencido de que nunca lo lograría, una ráfaga de viento sopló desde el puente. El mar se desbordó sobre las vías y arrastró al muchacho, que saltó y jaló la costa. “Me muero —gritó—, ¡me muero! ¿Quién quiere bailar conmigo?”

 

Nadie hizo caso de que uno de los carteles estaba mal pegado; nadie se dio cuenta cuando se soltó, cayó a las vías y fue destrozado por el tren que entraba en sentido inverso al anterior. Al cabo de media hora la estación quedó vacía y silenciosa otra vez. Enfrente y un poco hacia un lado había una mancha clara de arena entre las vías, como si el aire la hubiera traído desde el mar. El hombre de la escalera había desaparecido. No se veía a nadie.

 

La culpa de la desgracia la tenía el metro, que a esas horas pasaba tan de vez en cuando que parecía confundir el mediodía con la medianoche. Hacía perder la paciencia a los niños. Entonces la tarde descendió sobre la estación como una sombra ligera.

 

 

 

* Nació el 1 de noviembre de 1921 en Viena, donde fue víctima de la persecución política de los nazis durante la ocupación de Austria. Empezó a estudiar medicina después de la guerra, pero abandonó la carrera para terminar una novela, por la que en 1952 recibió el premio del Grupo 47 así como el de la ciudad de Bremen. A partir de 1949 trabajó como editora en la casa editorial S. Fischer. En 1953 se casó con el poeta Günter Eich, también miembro del Grupo 47. Aparte de dicha novela, Die grössere Hoffnung, ha escrito cuentos, guiones para radio y poesía. En su prosa poética pretende crear una forma narrativa moderna para la comunicación alegórica de la verdad, que la ha establecido como legítima sucesora de F. Kafka.

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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