Temor a vivir

Editorial
 
   
 
 

 

No vemos el mundo tal como es, lo vemos tal como somos, pespunteó ya una puntillosa Anais Nin. A eso, es necesario hilar esa verdad filosófica de que el ser humano está incapacitado para percibir absolutamente todo lo que le rodea, en vista de que somos, los humanos, moldeados por la lengua, el mito, el arte y la religión. Son esos los límites de nuestro universo simbólico.

 

Si deseamos ampliar nuestra visión, si queremos ensanchar nuestro horizonte, si buscamos amplificar nuestra percepción de eso que nos rodea y abraza, debemos entonces expandirnos nosotros mismos, dilatar nuestros sentidos y con ello abultar nuestro entendimiento y nuestra sensibilidad.

 

Y eso, todo eso, se logra con la práctica, el conocimiento, la perseverancia y el contacto con otras visiones, con otras sensibilidades, con otras experiencias.

 

El artista, el trabajador de la cultura, tiene por ello la imperiosa necesidad de entrar en contacto con otras formas de cultura, con otros creadores, con otros artistas. Ese roce, ese empalme posibilitará mayor conocimiento y sensibilidad a los involucrados.

 

Ya en el número inaugural de Piedra de Toque el pintor Martín Rojas hablaba de la necesidad de experimentar en otros espacios, en otros países, en otras lenguas, en otras culturas. “Hay vida más allá de la Malinche”, incluso retaba.

 

Y en este número 37 de Piedra de Toque otro artista, ahora el escritor Iván Farías, reflexiona sobre la búsqueda del profesionalismo en el campo del arte (y muchos más) que lleva inexorablemente a la migración, a salir de Tlaxcala ante la ausencia de una estructura que satisfaga esa necesidad. Se resisten los artistas tlaxcaltecas a abandonar la comodidad de lo poco que tienen aquí, intenta justificar.

 

Y tanto en Martín rojas como en Iván Farías hay razones de peso para escucharles… y para enderezar proas.

 

Quien pinta, quien relata, quien baila, quien actúa, quien toca… toda persona que tiene una actividad creativa forzosamente, irremediablemente maneja solo lo que percibe, lo que conoce, lo que entiende, lo que siente. No hay salida ni bifurcación. Es la única ruta.

 

Las técnicas en cualesquiera de las disciplinas artísticas que se emplean en Tlaxcala, reclaman una visita al departamento de mantenimiento, piden adecuaciones y actualizaciones. Pero es el campo de las temáticas donde la urgencia adquiere visos de alarma.

 

Encerrados entre los tres volcanes, quienes se atrincheran en este breve espacio pocas oportunidades tienen de revisar sus cómos. Los qués son tan cerrados como la tan angosta mirada nos lo permita.

 

Encerrada en sí misma, la sociedad tlaxcalteca -donde los creadores nacen, crecen, se reproducen y mueren- desprende un profundo tufo a rancio. Poseedora de una añosa historia, Tlaxcala está envuelta en un grueso ropón que le preserva hongos y esporas, que le produce una desgastante humedad que roe su piel, sus venas, sus sentidos. Por mantenerse siglos alejada del aire puro y vivificante que esparce el movimiento, ha visto, o mejor aún, le han dicho como la cultura en el mundo se convulsiona, se angosta y se expande para moldear nuevos seres humanos. Los tlaxcaltecas se han protegido de nuevas enfermedades, pero también se han perdido de nuevas imágenes, nuevos amaneceres, nuevos mundos.

 

Y hoy los productos artísticos locales, en su mayoría, hablan de un pasado insigne y de un angosto presente. Cada vez menos pero aún muy visible, pasea por el estado una granada muestra de expresiones artesanales, rostro visible de ese pasado poderoso y, a la vez, tirano.

 

En el arte propiamente se narran relaciones tradicionales de pareja, de amistad o familiares; sus anécdotas son llanas, sin grandes ornamentos. La pintura está aún en el camino de búsqueda. La música se recarga sólo en los programas oficiales, por tanto es música de pentagrama. La danza permanece con respiración artificial…

 

Claro, definitivamente en todas las disciplinas hay exponentes que dan pasos hacia nuevas praderas. Se exploran nuevas técnicas; se desarrollan otras temáticas. Alba Tzuyuki, Gabriela Conde, Iván Farías… y varios más son obsidiana que rompe diques, pero son los menos, son aún marcada minoría quienes trepan escalones.

 

No es tocada aún por el arte esa exuberante mitología que cubre la región. La honda muesca dejada en la historia por los pueblos originarios tampoco ha sido tema. Virginal para los artistas es aún la propia historia de que mucho se ufanan.

 

Aún más, pero en sentido contrario, tampoco hay estertores siquiera de fantasía, de ficción, de surrealismo… de revisión analítica y crítica a nuestra vida colectiva actual. No tratamos de entender y explicarnos nuestro entorno. No planteamos, menos aún, nuevos mundos, nuevas visiones. No buscamos dialogar entre nosotros con los temas que nos son comunes, con nuestras propias características, con nuestro sello.

 

Imperativo ya es abrir caminos para el diálogo interno. Entendernos. Explicarnos… Transformarnos.

 

Lo dijo antes Martín Rojas y lo repite ahora Iván Farías: impostergable es romper el recelo y lanzarse hacia otros escenarios, conocer nuevos maestros, enfrentar nuevos públicos, vivir nuevas experiencias.

 

Salir del adormecimiento que hoy nos ata reclama abrir los párpados, profundizar la mirada, ampliar el pensamiento, afilar la susceptibilidad, entrenar la sensibilidad.

 

El mundo en todo su agudo peligro, pero en toda su esplendente belleza, está al alcance de la mano… pero nos negamos a navegar en él.

 

¿Hasta cuándo?

 

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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