Sebastiao Salgado: entre
la fama y la sospecha

Óscar Colorado Nates
 
   

Sebastião Ribeiro Salgado nació en 1944 en Minas Gerais, Brasil. Su padre era un terrateniente que llegó a tener diez haciendas y 15 mil cabezas de ganado. Tião (como le llamaba su padre) fue el único hijo varón con siete hermanas y resultó, desde joven, un inquieto viajero.

 

Inició los estudios universitarios de Derecho para abandonarlos y decidirse por la Economía que cursó en Vitoria hasta llegar al doctorado en París… pero….

 

“Descubrí la fotografía por casualidad. Mi esposa es arquitecta, cuando éramos jóvenes y vivíamos en París, se compró una cámara para tomar fotos de edificios. Por primera vez miré a través de una lente – y la fotografía de inmediato comenzó a invadir mi vida”.

 

Sebastião y Lélia, su esposa, emprendieron juntos la aventura de abandonar una vida cómoda para que Salgado pudiera dedicarse por entero a la fotografía. Vendieron todo y con el dinero compraron el equipo que el artista necesitaría.

 

A partir de entonces, Salgado “…comenzó a registrarlo todo: desde bodas y retratos de su esposa, hasta documentar dramas sociales y humanos, el de los refugiados y desplazados por el hambre y la guerra, y las agrestes condiciones de vida de agricultores y trabajadores de las minas de oro. Ahí, la hambruna en Etiopía, los yacimientos de petróleo ardiendo en la Guerra del Golfo, el genocidio en Ruanda en 1994… Ese encuadre en temáticas sociales también ha abarcado la explotación y la crueldad del modelo capitalista y el fenómeno, muchas veces doloroso, de los éxodos y migraciones humanos, acompañado de la violencia desalmada solventada por la misma especie…”.

 

La obra de Salgado ha sido mundialmente reconocida y alabada. No ha faltado quien diga que “él es una súper estrella en la tradición de Robert Capa, Chim y Henri Cartier-Bresson”. También se ha escrito que “su influencia en el fotoperiodismo actual y su función como modelo hacen de él, con total seguridad, la cámara más importante de la época. Es una especie de Cartier-Bresson de fines del siglo XX y principios del XXI. Pero mientras que en Cartier prevalece el afilado cálculo del constructivismo, Salgado persigue las emociones”.

 

Sin embargo, como contrapunto, también ha sufrido críticas feroces:

 

En una nota de página completa en el prestigioso diario francés Le Monde, el crítico Jean-François Chevrier no dudó en descalificar el trabajo de Salgado acusándolo de hacer «voyeurismo sentimental» y de aprovecharse del sufrimiento de los demás para hacer arte. Esta acusación de hacer fotos a costa de la miseria de los otros, se ha reiterado a numerosos fotógrafos que se presentan como humanistas.

 

Parafraseando a Javier Ferreira, el fotógrafo podría convertirse en un coleccionista de la miseria ajena y un retorcido recopilador de la crueldad y la injusticia para transfigurar al sujeto, morbosamente, en objeto de contemplación artística. Incluso se le ha calificado de frívolo y de dramatizar excesivamente el sufrimiento ajeno hasta convertirlo en un “esteta de la miseria”.

 

Una de las figuras torales en la discusión y reflexión fotográfica del siglo XX, Susan Sontag, también arremetió contra Salgado:

 

“Una foto puede ser terrible y bella. Otra cuestión: si puede ser verdadera y bella. Este es el principal reproche a las fotografías de Sebastião Salgado. Porque la gente, cuando ve una de esas fotos, tan sumamente bellas, sospecha. Con Salgado hay otro tipo de problemas. Él nunca da nombres. La ausencia de nombres limita la veracidad de su trabajo. Ahora bien: con independencia de Salgado y sus métodos, no creo yo que la belleza y la veracidad sean incompatibles. Pero es verdad que la gente identifica la belleza con el fotograma y el fotograma, inevitablemente, con la ficción”.

 

Como podemos recordar, Lewis Hine dotó de nombre y apellido a sus niños trabajadores para convertirlos en personas y no en objetos. Como anota Michael Kimmelman “Los nombres convierten a las personas en individuos”. Salgado es el protagonista de su obra donde se arguye que sus sujetos se convierten en mera escenografía del genial y épico drama salgadiano.

 

 

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