Nunca te fíes del tío Perrault

Oliva Blanco Corujo
 
   
I
 
 

 

Abordar el estudio de los llamados cuentos de hadas es una tarea que desde el primer momento conlleva numerosas dificultades. Para empezar, si preguntáramos por la autoría de aquellas personas que se dedicaron al género, seguramente recibiríamos como respuesta los nombres de Perrault y los hermanos Grimm en los siglos XVII y XVIII y el de Andersen en el XIX, pero con toda probabilidad casi nadie aludiría a Madame Le Prince      Beaumont, pese a ser autora de una de las obras cuya vigencia llega hasta nuestros días bajo el sello de la factoría Disney: La bella y la bestia (1770), por no hablar de otras escritoras de la época que triplicarían el número de los autores citados, y que son unas perfectas desconocidas para el gran público (1).

 

Las mujeres escribieron las tres cuartas partes de la producción cuentística, aunque su identidad permanezca olvidada y no haya llegado hasta nosotros, salvo en contadas excepciones, la labor que desarrollaron. En este ámbito literario los nombres de las autoras más destacadas a quienes vamos a referirnos a lo largo de este artículo para intentar subsanar ese desconocimiento son: mademoiselle L’Heritier, mademoiselle Bernard, mademoiselle de la Force, madame Murat, madame Durant, madame d’ Auneuil y la más famosa de todas ellas madame d´Aulnoy.

 

En segundo lugar, las disquisiciones en torno al fondo y forma de los cuentos, su relación con la tradición clásica o popular, su recopilación y sus destinatarios por no hablar de su finalidad, oscurecen más que aclaran el tema que nos ocupa. Después de tres siglos de manipulaciones editoriales y críticas interesadas, la definición del ‘cuento de hadas’ como sinónimo de un género breve, separado y destinado a niños o jóvenes, plantea numerosos problemas e inexactitudes que intentaremos desbrozar a lo largo de esta exposición; y para lo cual no sería una guía nada desdeñable fijarse en los títulos de las obras o comunicaciones de los estudiosos del tema, pues nos dará muchas pistas acerca de lo complejo del asunto (2).

 

LAS AUTORAS DE CUENTOS EN EL XVII O LA SEGUNDA OLA DEL PRECIOSISMO

 

No se puede entender el fenómeno de la floración de cuentos escritos por mujeres en la Francia del siglo XVII sin tener como referente el fenómeno del Preciosismo, y como telón de fondo las guerras de religión y la revuelta nobiliaria de la Fronda. Basta una breve ojeada a la sucinta cronología que figura como anexo a este artículo para darse cuenta de esta afirmación. El Preciosismo es un fenómeno que puede abordarse en una doble perspectiva: literaria y social con una vertiente psicológica en relación con el fenómeno amoroso y uno de sus corolarios: el matrimonio, que tuvo su epicentro en los salones.

 

Los debates en torno al Preciosismo son complejos y abundantes: Desde la negación de su existencia hasta la acerada crítica del mismo que propicia un ‘preciosismo ridículo’. En el mejor de los casos, puesto que el término es una hetero-designación, la palabra es signo de exclusión. Así se calificará a las jansenistas si se quiere defender el catolicismo, a las provincianas frente a la Corte, a las burguesas si se ensalza la aristocracia… a las escritoras que pretenden que se reconozca su autoría frente a sus homólogos masculinos. Llamar a alguien ‘preciosa’ suele ser una declaración de enemistad. A lo sumo tendrá un sentido positivo si se utiliza individualizadamente, como excepción, pero cargado de connotaciones negativas si se utiliza colectivamente (3).

 

Los géneros literarios cultivados especialmente por las preciosas fueron: la literatura epistolar, las gacetas, los retratos las máximas y, en lo que se ha denominado la segunda ola del Preciosismo, los cuentos (4). En todos estos géneros se manifiesta una tendencia a la reflexión moral, una suerte de laicización del examen de conciencia, en la que algunos críticos han querido ver una tentativa de descristianización sistemática. Las mujeres utilizarían estos géneros no tanto por ser “femeninos”, afirmación que se vierte insidiosamente sobre ellas para desprestigiarlas, sino para afianzarse como individuos secularizados y reivindicar su estatuto como autoras y críticas literarias. Las ‘preciosas’ supieron realizar la más directa traducción de la vida en la literatura, adelantándose a lo que sería el ideal dieciochesco de “enseñar deleitando”, al aunar el placer y el provecho en sus escritos, frutos directos de su saber mundano, adquirido en los salones (5).

 

LOS SALONES: ESOS ESPACIOS FRONTERIZOS

 

Antes de adentrarnos en algunas consideraciones generales sobre estos espacios, ya que un estudio pormenorizado y sistemático de los mismos rebasaría los límites de este escrito, es preciso señalar que el término ‘salón’ no existe en el siglo XVII, al menos en su acepción moderna. En dicha centuria se hablaba más bien de “ruelle”, compañía, o “cercle”, círculo (6). La especificidad de estos lugares en el Gran Siglo estriba en que constituyen un fenómeno urbano, laico e igualitario en los que va a realizarse la fusión entre la cultura cortesana y los representantes de lo que se ha denominado ‘la República de las Letras’. En estos “auditorios alternativos” se ensayarán nuevas formas de pacto social y especialmente gracias a ellos “la querelle féministe” dejará de ser coto privado de teólogos y moralistas y pasará a ser un tema presente en la opinión pública.

 

Como acertadamente señala D. Roche, “Bajo el antiguo régimen, el salón y el “boudoir” son los espacios donde el sexo débil puede afirmar su originalidad intelectual y manifestar su poder en el universo aristocrático” (7). Desde que Madame de Rambouillet abre su famoso salón “La chambre bleue”, en torno a 1613, hasta la década de los 90 de aquel siglo, en que se produce la eclosión de la moda de los cuentos de hadas, las mujeres recorren un largo y no fácil camino para ser reconocidas como autoras, si bien hay que tener en cuenta la opinión de algunos críticos según los cuales la derrota de la Fronda retrasó 250 años la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres al poner fin a las ambiciones políticas de éstas.

 

Es obvio que la pléyade de mujeres que se dedicaron a escribir cuentos a finales del siglo XVII en Francia, tenía ilustres predecesoras en el difícil territorio de la escritura: Christine de Pizan, María de Francia, Margarita de Navarra o la poeta Louise Labé, por citar sólo algunos nombres relevantes, pero es preciso señalar algunas diferencias entre éstas y el fenómeno que ahora nos ocupa. En primer lugar, no se trata de figuras aisladas con ese carácter de excepcionalidad con el que frecuentemente tiene que lidiar el sexo femenino. Por el contrario, las cuentistas del Gran Siglo estaban unidas por lazos de amistad cuando no de parentesco, frecuentaban los mismos círculos y se reunían en los mismos salones manifestando abiertamente la relación que las unía. Ellas van a crear el género y la crítica del mismo, homenajean a sus predecesoras y se citan entre sí reconociéndose unas a otras. Asistimos pues al paso del ‘yo’ al ‘nosotras’ para decirlo con palabras de la filósofa Amelia Valcárcel (8).

 

Por lo que respecta al tema que nos ocupa, ya muy tempranamente, en 1656, madame de Sevigné en una carta dirigida a la duquesa de Montpensier va a incluir un breve relato de hadas: Histoire de la canne de Monfort, pero será a madame d´Aulnoy a quien se considere la iniciadora del género con la publicación de L´íle de la felicité que forma parte de Histoire de Hipolyte, cuya publicación es de 1690. Por otra parte, ella es la primera autora que utiliza la palabra ‘hada’ en el título de una obra suya: Les contes de fées et Les fées á la mode, recopilación que vio la luz en 1697 (9).

 

Me detendré brevemente en esta autora, pues el análisis de su vida y obra nos proporciona una serie de indicaciones muy útiles para el tema que estamos abordando. Su nombre verdadero es María Catalina Jumel de Berneville; casada a los 16 años con un hombre de 46, a los 19 años era madre de cuatro hijos, uno de los cuales murió muy joven, y a los 25 años tendría su última hija que la acompañaría posteriormente en un viaje por España. De dicho viaje publicará sus impresiones que no dejarán indiferentes a los estudiosos de esta obra (10). Una contemporánea suya, madame Murat se referirá a ella en su cuento Anguillette (1697) como un hada moderna, más sabia y más educada que las de la antigüedad, tema sobre el que volveré a tratar en la ‘Querella entre antiguos y modernos’ en el XVII. El elogio de madame Murat era, en última instancia, una defensa de las escritoras de la época de las que alaba la inteligencia y el talento unido al refinamiento propio de su elevado origen social. Madame Murat, Henriette Julie de Castelnau (1670-1716), es una autora de cuentos que según sus memorias tuvo una vida rocambolesca que era la comidilla de los salones. Separada de su marido hace gala de lucidez feminista cuando respecto a esta situación dice: “Una mujer separada ofrece armas contra ella y no se cree que se la injurie si se sospecha de su conducta”. A su círculo de amistades pertenecían Madame d ´Aulnoy, Catherine Bernard y su prima Charlotte Rose Caumont de la Forcé, todas ellas autoras de cuentos.

 

Como toda obra de arte es obvio que los cuentos de madame d´Aulnoy, en particular, y los cuentos en general, admiten diversas lecturas a modo de palimpsesto. Alguien tan cultivado como Friedrich Schiller afirmaba que encontraba un sentido más profundo en los cuentos de hadas de su infancia que en las verdades que la vida le mostraba. Este juicio no dista mucho de lo dicho por Jean Paul Sartre en su autobiografía Las palabras, en la que subraya la importancia de los cuentos en su formación: “Mis primeras historias sólo fueron la repetición de El pájaro azul, El gato con botas…”. De Schiller a Rubén Darío, de Sartre a Calvino, los cuentos han servido de inspiración a numerosos escritores hasta nuestros días, aunque nunca se reconozca la importancia de las mujeres en tanto que autoras de los mismos (11).

 

EL SEXO DE LA LENGUA O LA LENGUA “PRECIOSA”: ALGUNAS PRECISIONES ESTILÍSTICAS

 

El binomio mujer/lenguaje es un campo minado. Una de las críticas más frecuentes vertidas sobre el Preciosismo y sobre las autoras de cuentos que nos ocupan, fue que sus textos corrompían el lenguaje; sin embargo sus preocupaciones anticiparán muchas de las actuales concepciones lingüísticas y plantearán nítidamente el problema de la relación entre sexo y lengua (12). Si nos ceñimos a las opiniones de los contemporáneos, vemos cómo las mujeres van a ser atrapadas en una especie de contradicción. Según Pierre Jacques Brillon “las mujeres tienen la ventaja natural de hablar mejor que nosotros. Sus expresiones son finas, delicadas, tiernas y llenas de vivacidad. Decir que piensan mejor es concederles demasiado”. Para Grenaille “la fuerza del razonamiento es para los hombres, pero la gracia del lenguaje para las mujeres” (13). A través de estas afirmaciones —que no dejan de ser un elogio envenenado— se fija sibilinamente el estatuto femenino. Como el lenguaje era un don natural para ellas, estaba fuera de duda que no debían aspirar al estudio que algunas reclamaban y obviamente, la razón estaba del lado de la barba.

 

Se ha señalado con frecuencia que el éxito de Perrault se encuentra en su lenguaje, en un estilo que prescinde de pomposidades y amaneramientos. Mientras madame d´Aulnoy era prolija, Perrault apostaba por la brevedad y concisión huyendo de los barroquismos que salpican la obra de dicha autora. Hay que subrayar que esta “jerga”, como ha sido repetidamente calificado el lenguaje precioso, constituía un sistema de expresión propio, una manera de distinguirse aristocratizante y de ahí su preocupación por las cuestiones lingüísticas en un momento en el que se estaba planteando la fijación de la lengua. Vaugelas lo expresará claramente al definir la Corte como compuesta por hombres y mujeres, aunque son éstas, a su juicio, quienes deciden el uso de la lengua (14). Pero tras esta aparente oposición estilística se debaten, como vemos, problemas de mucho mayor calado que tienen como referente la polémica entre antiguos y modernos y el estatuto de la mujer escritora en el siglo XVII.

 

LA QUERELLA DE ANTIGUOS Y MODERNOS O CÓMO NO ESTAR NUNCA EN EL LUGAR APROPIADO

 

El debate o querella de antiguos y modernos es un tópico de la cultura occidental consistente en establecer una comparación entre los autores considerados clásicos y los que en cada momento se tienen por actuales, bien sea en el campo de las artes o de las ciencias. A través de la Edad Media y el Renacimiento se había llegado a una fórmula de compromiso plasmada en la frase de “enanos a hombros de gigantes”, los gigantes serían los antiguos y los modernos los enanos que verían más lejos por su privilegiada situación (15).

 

Sin embargo, con el término “querelle” se alude en el siglo XVII, en sentido estricto, al enfrentamiento entre dos facciones que tendrían como referentes a Perrault en el bando de los modernos, apoyado entre otros por Fontenelle, y a Boileau en el bando contrario al que sostendrían autores como La Bruyère o La Fontaine y que alcanzaría su cénit con la publicación en 1688 de la obra en cuatro tomos de Perrault que lleva por título Parallèle des Anciens et des Modernes, y en los que se ejemplificaría un nuevo episodio de lo que Paul Hazard ha llamado “la crisis de la conciencia europea”. El debate o querella de los antiguos y modernos es un tópico de la cultura occidental consistente en establecer una comparación entre los autores considerados clásicos y los que en cada momento se tiene por actuales.

 

En la querella entre antiguos y modernos se enfrentaban dos concepciones del mundo que utilizaban a las mujeres como pretexto para sustentar sus posturas, a la vez que definían cuál debería ser el papel jugado por éstas en la sociedad. Y de muy poco va a servir que ellas se posicionen mayoritariamente del lado de los modernos. El fuego lo abre Nicolas Boileau con la publicación de la Sátira X contra las mujeres en 1667. En este texto, bajo una aparente defensa del matrimonio, se lleva a cabo la denostación del sexo femenino que no se aparta un ápice de las diatribas que a lo largo de los siglos se han vertido contra las mujeres, desde Rabelais a Boccacio, pasando por Molière. El autor va a arremeter contra la infidelidad femenina, tema que le sirve entre otras cosas para criticar a mademoiselle de Scudery que, según él, calificaba de amigos a los amantes, así como contra el afán por la moda de las mujeres y su afición al derroche y al lujo. Los ecos de la polémica llegarán hasta el siglo XVIII. En 1736 Voltaire publicará su poema “Le Mondain” donde critica la idea de felicidad basada en la austeridad y el sacrificio. Por lo que respecta a España, Boileau tendrá defensores como Vargas Ponce en La proclama de un solterón.

 

Pero lo más interesante es el subtexto. En realidad una lectura entre líneas permite descubrir las guerras encubiertas que se están ventilando: la fijación del canon, las diferencias religiosas, la postura respecto a las novedades científicas, ejemplificada en el brutal ataque contra madame de la Sablière, por no hablar del desprecio hacia la burguesía ascendente: las mujeres, “ángeles graciosos antes del matrimonio, se convierten en salvajes burguesas después de éste”. Marguerite Hessein de la Sablière, madame de la Sablière (1636-1697), física, astrónoma y matemática regentó uno de los salones más famosos de la época. Protegió a La Fontaine y fue objeto del sarcasmo de Boileau (16).

 

Perrault publicará en 1694 su Apología de las mujeres en respuesta a Boileau. El tono de la obra es aquí más ligero y amable. Se apoyará en la ley natural para defender el matrimonio y cual una sor Juana Inés de la Cruz “avant la lettre” culpará a los hombres de los reproches que se hacen a las mujeres. Pero si bien es cierto que Perrault va a poner el acento en la mujer prudente y virtuosa, se cuidará muy mucho de rehabilitar a la lectora ilustrada y por ende mucho menos a la escritora (17).

 

Fue una mujer, Mademoiselle Lhéritier, sobrina de Perrault, e “hija espiritual” del mismo, quien zanje la polémica al criticar la toma de postura de Boileau a favor de la antigüedad y conceda a los cuentos cartas de nobleza elevándolos a la categoría de fábulas, al mismo tiempo que defiende y reivindica a su predecesora mademoiselle de Scudery, cuyas admirables novelas, a su juicio, son verdaderos poemas en prosa, pero de una prosa tan elocuente como refinada (18).

 

A la vista de lo anteriormente expuesto es necesario responder afirmativamente a la pregunta planteada por algunos críticos sobre si los cuentos del siglo XVII son un género sexuado. Las escritoras de dicho siglo han llevado a cabo una tarea doblemente transgresora desde el punto de vista estilístico y temático, dando la vuelta al argumento de la moda para justificar su creación literaria, invirtiendo la jerarquía de los sexos respecto a los géneros literarios, formulando la teoría del cuento y sus reglas, reivindicando la herencia folclórica nacional frente los defensores de la tradición clásica y, lo que es más importante, perfilando el papel de la “nueva mujer” a través de la figura de las hadas. Como dice madame Murat: “Las antiguas hadas del territorio estaban mal vestidas, mal educadas y eran rústicas. Sus ocupaciones eran barrer la casa, preparar la comida, hacer la colada, dormir a los niños, batir la mantequilla y ordeñar las vacas”. Frente a éstas se alzan las hadas modernas que saben hablar y poseen “sprit”. Todos los milagros que llevan a cabo son producto de la inteligencia y del lujo, pues son “bellas, refinadas, elocuentes y poderosas” (19).

 

A MODO DE CODA

 

Un ejercicio interesante y altamente recomendable para establecer las diferencias entre la visión femenina y masculina en los cuentos, se puede llevar a cabo comparando someramente las versiones de una misma obra, por ejemplo, Riquete el del Copete (20). En mayo de 1696 ve la luz la novela Inés de Córdoba, de Catherine Bernard, en la que se incluye el cuento aludido. Catherine Bernard (1662-1712) es una autora francesa de origen hugonote, sobrina de Corneille y prima de Fontenelle, convertida al catolicismo, poco antes de la revocación del Edicto de Nantes. Recibió por sus poesías varios premios de la academia francesa y a ella se debe la máxima estética por la que se deben regir los cuentos: “Las aventuras deben ser inverosímiles y las emociones naturales”. Fue nombrada miembro de la Academia de Ricovrati de Padua, bajo el nombre de Calíope.

 

Riquete es la historia de un príncipe gnomo casado con una débil mental a quien un hada concede la gracia de la hermosura. Ella utilizará este don para cometer una infidelidad que será descubierta por el marido el cual se vengará convirtiendo al amante en gnomo y condenando a la protagonista a pasar las noches intentando dilucidar quién es el marido y quién el amante. El cuento de Catherine Bernard representa, a grandes rasgos, una crítica virulenta al matrimonio y a sus falsas salidas, amén de trastocar la tradición de los finales felices. En octubre del mismo año Perrault escribirá su versión sobre el mismo tema, muy diferente de la de Bernard. Perrault va a juzgar la dicotomía belleza inteligencia respecto al sexo femenino, manifestándose sin ambages a favor de la primera: “La belleza es una ventaja tan grande que compensa cualquier otra cosa” y remacha advirtiendo al sexo femenino que “no hay mayor prueba de inteligencia que creer que se carece de ella”. No se podía decir más claro. Para los hombres, la doctrina; para las mujeres, la gracia.

 

FINAL

 

Modernidad, autoría, filiación y estatuto de la condición femenina son campos de batalla en los que se ajustan dolorosas cuentas, viejas cuentas que quedan por saldar, y en cuyo balance estamos ahora. Como señala el crítico canadiense Adan Gopnik, los historiadores, y los críticos literarios y autores, añado yo, han querido hacernos pasar de largo del salón, y del dormitorio, para introducirnos en la biblioteca y en el laboratorio, pero nosotras, al descubrir que la mayoría de las veces nos acostábamos con príncipes y despertábamos con cerdos, empezamos a desconfiar del tío Perrault.

 

 

 

(1) Madame Le Prince de Beaumont (1711-1780) trabajó como institutriz y profesora de música en la corte de Lorena. Tras su divorcio viaja a Londres entablando amistad con Daniel Defoe, con quien comparte ideas sobre la importancia de la educación, Funda un periódico, Magasins des enfants, des adolescents et des pauvres y alcanza cierta notoriedad por sus libros de cuentos. En El almacén de los niños, publicado en 1757 dará a conocer la versión de La Bella y la bestia.

 

(2) Sobre la dificultad de acotar el género desde un punto de vista formal, pensemos que el cuento Riquete el del Copete, de Catherine Bernard, formaba parte de la novela de la autora Inés de Córdoba (1696 y 2004) adelantándose así a la recopilación hecha por Perrault, Nouvelles galantes du XVII siècle (Marc Escola ed., París).

 

(3) BRAY R. (1968, 1.ª ed. 1948): La preciosité et les précieux, de Thibaut de Champagne a Jean Girodoux. París, Ed. Nizet.

 

(4) REYNARD, Sophie (2002): La seconde preciosité. Floraison des conteuses de 1690-1756. Tübingen, PFSCL.

 

(5) DEMORIS, R. (1976): Le roman á la première personne, París, Ed. Armand Colin. DIDIER, B. (1981): Le journal intime, París. De la misma autora (1981): L´ecriture de femme, París P.U.F. Asimismo NEUMANN, B. B: Identidad personal, autonomía y sumisión. B. A. ed. Y de sumo interés para el tema AA. VV. (1977): Critique et creation litteraire en France au XVII siécle. París, C.N.R.S.

 

(6) La expresión “ruelle”, literalmente ‘callejuela’, designa al espacio entre una cama y la pared de un dormitorio, y más generalmente el dormitorio completo como podemos apreciar en los grabados de A. Bosse. En este espacio las damas recibían a sus amigos más íntimos. Es preciso señalar la evolución de los salones franceses en los siglos XVII y XVIII: la sociabilidad fuertemente femenina de los salones del XVII va a ser sustituida por una reunión fuertemente masculinizada presidida por una dama, a lo largo del siglo XVIII. Para mayor abundamiento Marie Gougy FRANÇOIS (1965): Les grands salons feminins. París, ed. Debresse. Más recientemente Jacqueline HELLEGUOARCH (2000): L’ esprit de societé. Cercles et salons parisiens au XVIII siécle. París, Ed. Garnier.

 

(7) El término “boudoir” se refiere a la habitación de las señoras y sus piezas adyacentes donde recibían a sus amistades íntimas. GUIBERT, P. y ROCHE, D. (1984): Les français et l´Ancien Régime. París. Ed. Armand Colin.

 

(8) Para abundar más en este tema y dilucidar los tortuosos caminos de la igualdad Amelia VALCÁRCEL (1991): Sexo y Filosofía. Sobre mujer y poder, Barcelona Ed. Anthropos. De la misma autora (1993): Del miedo a la igualdad, Barcelona, Crítica.

 

(9) M.ª del Carmen RAMÓN DÍAZ (2001): Las hadas modernas en el cuento clásico francés escrito por mujeres ¿Personaje o autor?, “Thélème. Revista complutense de Estudios Franceses”, 16:95-107.

 

(10) Condesa d´AULNOY (1962): Viaje por España en 1679 y 1680 y Cuentos féericos, traducción y notas por Marta Corominas y Mercedes. M. Villalta, Barcelona, Iberia.

 

(11) D´AULNOY, Madame (1979): Cuentos de hadas. Prólogo de Carmen Bravo Villasante, Barcelona, Bruguera, 5-16. Existe una edición más reciente en Siruela, titulada El cuarto de las hadas. Para ahondar más en la producción literaria de madame d´ Aulnoy: DEFRANCE, Anne (1998): Les contes des fées et les nouvelles de Madame d’Aulnoy (1690–1698): L’imaginaireféminin à rebours de la tradition. Genève, Droz. También JASMIN, Nadine (2004): Naissance du conte féminin. Mots et Merveilles: les contes de fées de Madame d’Aulnoy (1690-1698), “Féeries”, 1 [En ligne], mis en ligne le 29 janvier 2007.

 

(12) Para rastrear la filiación de muchos de los temas abordados por las Preciosas respecto al lenguaje Claudine HERMANN (1976): Les voleuses de la langue. París, ed. Des femmes; Marina YAGÜELLO (1978): Les Mots et les femmes. París, Payot. De la misma autora (1983): Alicia en el pais del lenguaje. París, ed. Seuil.

 

(13) Pierre Jacques BRILLON (1671-1736) es un brillante jurista que participó en la querella entre Antiguos y Modernos a favor de los primeros. En 1701 publicó una Apología sobre el señor de La Bruyère. Por lo que respecta a François de Grenaille (1616-1680) era un monje de Burdeos que llegó a ser historiador de Gastón de Orleans. Publicó en 1640 una interesante obra: La Bibliotheque des dames.

 

(14) Es significativo que Marguerite Buffet publique en 1668 sus Nouvelles observations sur la langue française.

 

(15) HAZARD, Paul (1988): La crisis de la conciencia europea (1680-1715). Madrid, Alianza ed. Sobre este tema, MARAVALl, J. A. (1966): Antiguos y modernos. SEP. Asimismo, Bury, J. B. (2009): La idea del progreso. Alianza. Recientemente Marc Fumaroli ha vuelto sobre el tema incidiendo en el aspecto de que la modernidad sería, así, atrofia de la memoria, negación de cada herencia, funesta y narcisista esterilidad en (2008): Las abejas y las arañas. La Querella de los Antiguos y los Modernos. Madrid. Ed. Acantilado.

 

(16) Benedetta CRAVERI (2001): La cultura de la conversación. Madrid, Siruela, 267-270.

 

(17) En la línea de Perrault, Jean François Regnard, escritor y dramaturgo francés (1655-1709) escribió una Sátira contra los maridos en respuesta a la sátira contra las mujeres de Boileau.

 

(18) (1696): Les Bigarrures ingénieuses ou recueil de diverses pièces galantes en prose et en vers par mademoiselle L’Héritier. Paris.

 

(19) El excelente artículo ya citado de M.ª Carmen Ramón Díaz. Respecto al término ‘sprit’, de muy difícil traducción ya que siempre depende del contexto, aquí me inclino por traducirlo por ‘talento’.

 

(20) Monique VINCENT (1995): “Les deux versions de Riquet à la Houppe: Catherine Bernard (mai 1696), Charles Perrault (octobre 1696)”. Littératures classiques, n.º 25, 299-309.

 

 

 

 

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