No vayas tanto a Heildelberg

Heinrich Boll*
 
   
 
 

 

Para Klaus Staeck, quien sabe que este cuento es ficticio de principio a fin, pero al mismo tiempo completamente real.

 

Por la noche, ya en piyama, se sentó a la orilla de la cama en espera del noticiero de las doce, fumó un último cigarro y trató de reconstruir el momento en que ese hermoso domingo se había echado a perder. La mañana había sido soleada y fresca, con el temple de mayo, aunque ya era junio y se palpaba el calor que haría más tarde; la luz y la temperatura lo hicieron recordar sus entrenamientos de antaño, entre las seis y las ocho antes de ir a trabajar.

 

Esa mañana dedicó una hora y media a la bicicleta. Recorrió caminos laterales entre las zonas residenciales, los pequeños jardines y los parques industriales; pasó entre campos, cenadores, huertos verdes y el gran panteón hasta llegar al lindero del bosque, ya muy lejos de los límites de la ciudad. En los tramos asfaltados aceleró para poner a prueba su arranque y velocidad, intercaló carreras cortas y descubrió que su condición física aún era buena y que tal vez podría arriesgarse nuevamente como amateur; sus piernas participaron de la alegría por el examen aprobado y el propósito de entrenar otra vez con regularidad. Con el trabajo, la escuela nocturna, la necesidad de ganar dinero y los estudios no había tenido mucha oportunidad para hacer deporte en los últimos tres años. Sólo le hacía falta una nueva bicicleta, pero no habría problema si mañana llegaba a algún acuerdo con Kronsorgeler, y de eso no dudaba.

 

Después del entrenamiento hizo ejercicios sobre la alfombra del departamento, tomó un baño, vistió ropa limpia y se fue en el coche a desayunar con sus padres: café y pan tostado, mantequilla, huevos frescos y miel sobre la terraza que su padre había agregado a la casita, protegida por su bonita persiana regalo de Karl; mientras avanzaba la mañana cada vez más calurosa, las manifestaciones tranquilizadoras y estereotipadas de sus padres: “Ya casi terminas; ya pronto terminas”. Mamá decía “pronto”, papá “casi”, y una y otra vez evocaron gozosos la aprensión de los últimos años, que no le habían reprochado sino vivido con él: el paso de campeón amateur del distrito y electricista hasta el examen aprobado de ayer. Era una aprensión ya superada que empezaba a convertirse en el orgullo de la experiencia ganada, y una y otra vez le preguntaron cómo se decía esto o aquello en español: zanahoria y coche, Reina de los Cielos, abeja y diligencia, desayuno, cena y arrebol vespertino. Cuánto se alegraron cuando se quedó a comer y luego los invitó a una fiesta de celebración el martes en su departamento. Su padre salió a comprar helado para el postre, y él aceptó el café a pesar de que a la hora tendría que tomar más con los padres de Carola. Todavía aceptó el kirsch y platicó acerca de su hermano Karl, la cuñada Hilde, los niños Elke y Klaus; estuvo de acuerdo en que estaban muy consentidos con todas esas garras de pantalones y flecos y grabadoras; y una y otra vez los complacidos suspiros: “Ya casi terminas, ya pronto terminas”. Esos “casi” y “pronto” lo inquietaban. ¡Había terminado! Sólo faltaba la entrevista con Kronsorgeler, con el que congenió desde el principio. Había salido bien parado de sus cursos de español en la universidad popular, y de los de alemán en la preparatoria para adultos.

 

Más tarde ayudó a su padre a lavar el carro y a su madre a desyerbar, y cuando se despidió ésta todavía sacó del congelador zanahorias, espinacas y una bolsa de cerezas en conserva; los guardó en una pequeña hielera y lo obligó a esperar mientras cortaba tulipanes para la madre de Carola; entretanto, su padre le revisó las llantas, hizo que encendiera el motor, lo escuchó desconfiado, se acercó a la ventanilla abierta y preguntó: “¿Todavía vas tan seguido a Heidelberg, y por la autopista?” Trató de dar a entender que la pregunta se debía a las condiciones en que se encontraba el coche, viejo y bastante estropeado, que dos o tres veces a la semana tenía que recorrer esos ochenta kilómetros de ida y vuelta.

 

—¿A Heidelberg? Sí, todavía voy dos o tres veces a la semana. Supongo que pasará mucho tiempo antes de que pueda comprarme un Mercedes.

 

—Ah, sí, un Mercedes —contestó su padre—. Ayer ese funcionario del gobierno, de Cultura, creo, me llevó su Mercedes para que lo revisara otra vez. Insiste en que yo lo atienda. ¿Cómo se llama?

 

—¿Kronsorgeler?

 

—Sí, ése. Es un hombre muy agradable. Sin tratar de ser irónico hasta lo llamaría elegante.

 

Entonces su madre llegó con el ramo y dijo: “saluda a Carola de nuestra parte, y a sus padres, por supuesto. Nos vemos el martes”. Poco antes de que arrancara, su padre se le acercó otra vez: “No vayas tanto a Heidelberg... ¡en esta carcacha!”

 

Carola no estaba cuando llegó a la casa de los Schulte-Bebrung. Había telefoneado para avisar que todavía no terminaba los informes, pero que se apuraría; que no la esperaran con el café.

 

La terraza era más grande; la persiana, aunque desteñida, más lujosa; y el conjunto lucía más elegante. Incluso la decrepitud apenas perceptible de los muebles de jardín y la hierba que se asomaba por las juntas entre las losas rojas tenían algo que lo irritaba, tanto como a veces lo hacía la palabrería de las manifestaciones estudiantiles; esas cosas y las cuestiones sobre ropa eran motivo de disgustos para Carola y él, pues ella siempre le reprochaba que fuera tan formal y burgués en su modo de vestir. Con la madre de Carola habló sobre jardinería y sobre ciclismo con su padre; el café se le hizo peor que en su casa y trató de dominar su nerviosismo para que no se convirtiera en irritación. Eran personas realmente simpáticas y progresistas que lo habían aceptado sin prejuicio alguno, incluso de manera oficial tras el anuncio de esponsales. Es más, había llegado a cobrarles cierto afecto, incluso a la madre de Carola, cuyas continuas exclamaciones de “¡qué lindo!” lo molestaron al principio.

 

Finalmente el doctor Schulte-Bebrung —al parecer un poco apenado— lo invitó a pasar al garaje para enseñarle su nueva bicicleta, con la que acostumbraba “dar unas vueltas” por el parque y el panteón viejo en las mañanas. Era un modelo de lujo, la elogió entusiasmado y sin envidia. Dio una vuelta al jardín para probarla, explicó el funcionamiento de los músculos de las piernas a Schulte-Bebrung (¡se acordaba de los calambres que siempre habían sufrido los ancianos del club!) y cuando ya se había bajado y apoyado la bicicleta en la pared del garaje, Schulte-Bebrung preguntó: “¿Cuánto crees que tardaría en ir de aquí a Heidelberg, digamos, con esta bicicleta ‘de lujo’, como tú la llamas?” Parecía un comentario casual e inofensivo, sobre todo cuando Schulte-Bebrung continuó: “Yo fui a la universidad en Heidelberg; en aquellos tiempos también andaba en bicicleta, y —con mis fuerzas juveniles— tardaba dos horas y media en llegar aquí”. Sonrió, realmente sin segundas intenciones, habló de semáforos, de embotellamientos, del tránsito automovilístico que antaño no era tan denso. Con el coche tardaba treinta y cinco minutos en llegar a la oficina, ya había hecho la prueba, y con la bicicleta sólo treinta. “¿Y cuánto haces a Heidelberg en coche?” “Media hora”.

 

El hecho de que preguntara sobre el carro empañó un poco el carácter casual de la referencia a Heidelberg, pero en ese momento llegó Carola —simpática y bonita como siempre, un poco despeinada—: de verdad se notaba exhausta. En la noche, sentado al borde de la cama con un segundo cigarro sin prender en la mano, no pudo contestarse si el propio nerviosismo, convertido ya en irritación, se lo había comunicado a ella, o si ella, nerviosa e irritada, se lo pasó a él. Por supuesto lo había saludado con un beso, pero a susurros le comunicó que no lo acompañaría a su departamento después; hablaron sobre Kronsorgeler, que lo elogiaba mucho; sobre trabajos de planta y los límites del distrito, sobre el ciclismo, el tenis, el español, y si habría sacado un diez o sólo un nueve. Ella había conseguido apenas un ocho. Cuando lo invitaron a cenar puso como pretexto que estaba cansado y todavía tenía que trabajar; a nadie se le ocurrió insistir. Ya se sentía el fresco sobre la terraza y ayudó a meter las sillas y los trastes. Carola lo acompañó al coche, lo besó con sorprendente vehemencia, lo abrazó, apoyó la cabeza en él y dijo: “Sabes que te quiero muchísimo y que pienso que eres un tipo estupendo, pero tienes un pequeño defecto: vas demasiado a Heidelberg”.

 

Dicho eso corrió hacia la casa, agitó la mano en señal de despedida, sonrió y le lanzó besos. Al alejarse vio por el espejo retrovisor que seguía moviendo fuertemente el brazo.

 

No podían ser celos. Ella sabía que visitaba a Diego y Teresa para ayudarles a traducir sus solicitudes y llenar formas y cuestionarios; que redactaba y pasaba en limpio peticiones dirigidas a la policía encargada de los asuntos de extranjeros, al departamento de ayuda social, al sindicato, la universidad, la bolsa de trabajo; que se encargaba de las inscripciones de la escuela y el jardín de niños, de becas, ayuda financiera, ropa, servicios médicos. Ella conocía sus actividades en Heidelberg; en varias ocasiones lo había acompañado y escrito solícitamente a máquina, mostrando un asombroso dominio del lenguaje burocrático; es más, había llevado a Teresa al cine y a tomar café e incluso consiguió que su padre hiciera una donación al fondo chileno.

 

En lugar de ir a su departamento se dirigió a Heidelberg, pero no estaban Diego ni Teresa, tampoco Raoul, un amigo de Diego. De regreso se atoró en un embotellamiento, poco antes de las nueve pasó a ver a su hermano Karl, que le sacó una cerveza del refrigerador mientras Hilde preparaba unos huevos estrellados, y juntos vieron un reportaje sobre la Tour de Suisse, en la que Eddy Merckx no estaba haciendo un buen papel. Al despedirse Hilde le entregó una bolsa de papel llena de ropa infantil para “ese simpático flaco chileno y su mujer”.

 

Por fin empezó el noticiero, pero sólo le prestó atención a medias. Pensó en las zanahorias, las espinacas y las cerezas que todavía tenía que guardar en el congelador. Finalmente decidió encender el segundo cigarro. En algún lugar —¿Irlanda?— habían tenido elecciones; en otro, un alud de tierra; alguien —¿realmente sería el presidente?— se había pronunciado a favor del uso de las corbatas; alguien había desmentido algo; las cotizaciones de la bolsa estaban subiendo; todavía no se hallaba rastro alguno de Idi Amin.

 

No terminó de fumar ese segundo cigarro y lo apagó en un vaso medio vacío de yoghurt. Estaba realmente cansado y se durmió pronto, aunque la palabra “Heidelberg” siguió dándole vueltas en la cabeza.

 

Su desayuno fue frugal, sólo pan y leche; recogió todo y se bañó y vistió con esmero. Al anudar la corbata recordó al presidente, ¿o había sido el canciller? Quince minutos antes de la cita ya estaba sentado sobre la banca fuera de la antesala del despacho de Kronsorgeler. Junto a él esperaba un gordo vestido a la moda, pero descuidadamente, al que había visto en los cursos de pedagogía; no sabía cómo se llamaba. El gordo le dijo al oído: “Soy comunista, ¿y tú?”

 

—No —contestó—, no, de veras; no me lo tomes a mal.

 

El gordo no tardó mucho con Kronsorgeler; al salir hizo un ademán que probablemente quiso decir: “Se acabó”. La secretaria lo hizo pasar; era simpática, no muy joven, y pese a que siempre lo había tratado con amabilidad se sorprendió al recibir un empujoncito de aliento. Había pensado que era demasiado reservada para una cosa así. Kronsorgeler lo recibió afablemente. Era simpático, conservador pero imparcial, y no viejo; cuando mucho tendría unos cuarenta años de edad. Era aficionado al ciclismo y lo había apoyado mucho. Primero hablaron sobre la Tour de Suisse, sobre si Merckx habría fingido cansancio con la finalidad de que no se apreciaran sus posibilidades reales para la Tour de France, o si realmente habría bajado su rendimiento. Kronsorgeler opinaba lo primero, pero él que Merckx estaba casi acabado, puesto que no se podían fingir ciertos indicios de agotamiento. Siguió el tema del examen: habían debatido por mucho tiempo sobre si podían otorgarle el diez, pero resultó imposible debido a la materia de filosofía; por lo demás, había prevalecido su sobresaliente trabajo en la universidad popular y la preparatoria nocturna, y el hecho de que ni siquiera participara en las manifestaciones. Sólo existía —Kronsorgeler sonrió con auténtica deferencia— un pequeño problema.

 

—Sí, ya lo sé —dijo—. Voy demasiado a Heidelberg.

 

Kronsorgeler casi se sonrojó; en todo caso, su turbación resultó evidente. Era un hombre que se caracterizaba por su gran tacto y discreción, casi timidez, y no le gustaba hablar de tales cosas lisa y llanamente.

 

— ¿Cómo lo sabe?

 

—Todos me lo dicen. No importa a dónde llegue o con quién hable. Mi padre, Carola, el padre de ella: lo único que oigo es “Heidelberg”. Lo escucho con claridad, y creo que también lo oiría si hablara al servicio de la hora o a la información de los trenes: “Heidelberg”.

 

Por un momento tuvo la impresión de que Kronsorgeler se pondría de pie y le colocaría las manos sobre los hombros para tranquilizarlo. Ya se había puesto de pie, pero bajó las manos para apoyar las palmas sobre el escritorio y dijo: “No se imagina cuán penoso me resulta esto. He seguido su camino de cerca, con simpatía. Ha sido un camino difícil, pero contamos con un informe nada favorable sobre ese chileno. No puedo pasarlo por alto; es imposible. No sólo debo acatar los reglamentos, sino también las órdenes que recibo; aparte de una orientación general, también me dan recomendaciones telefónicas. Su amigo... ¿supongo que es su amigo?”  —Sí.

 

—Ahora dispondrá de mucho tiempo libre por unas semanas. ¿Cómo lo ocupará?

 

—Entrenaré mucho, andaré otra vez en bicicleta, e iré con frecuencia a Heidelberg.

 

— ¿En bicicleta?

 

—No, con el coche.

 

Kronsorgeler emitió un suspiro. Era obvio que sufría, que realmente sufría. Al estrecharle la mano susurró: “No vaya a Heidelberg, no puedo decirle más”. Luego sonrió y dijo: “Recuerde a Eddy Merckx”.

 

Tras cerrar la puerta y cruzar la antesala, empezó a considerar las alternativas: traductor, intérprete, guía de turistas, encargado de la correspondencia en español para una agencia inmobiliaria. Era demasiado viejo para dedicarse al ciclismo profesional, y ya había muchos electricistas. Olvidó despedirse de la secretaria; regresó y lo hizo con un movimiento de la mano.

 

 

* Nació el 21 de diciembre de 1917 en Colonia y murió en 1985 en la misma ciudad. Escribió cuentos y novelas principalmente sobre la problemática de la guerra y el caos del periodo inmediatamente posterior, oculto deficientemente tras la fachada de una Alemania “restaurada”. Con cada libro fue desarrollando su particular forma y estilo en vista del compromiso contraído, según sus propias palabras, con la verdad desnuda y las polémicas despertadas por casi todos sus libros. La crítica se ha concentrado hasta la fecha, injustamente, más en la temática que en los méritos literarios de su obra.

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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