Cosecha

José Luis Puga Sánchez
 
   
 
 
Edgar Degas: 1 four dancers c

Humedece con sangre y rocío la tierra apenas yerma. Días circulares que el hombre gasta con ensimismado arrobo, mientras cuelga en el aire un canto de júbilo. Sabe que la armonía y la naturaleza enhebran un juego de extrañas coloraciones, y se prepara para responder al desquiciado llamado de la hormona.

 

El viento es suave… las fragancias… sensuales. El campo explota en frenesí de nidos y palomas, mientras sobre los prados se extiende un manto de deleite. El hombre, escasamente maduro, con dulce sonrisa trenza y destrenza diminutas plantas alineadas con precisión matemática. Se esmera. Limpia con detenimiento el musgo que abriga los imberbes tallos, deshecha alimañas, reconstruye defensas. La azul luna baña soledades y despierta anhelos.

 

El rabioso aliento de la primavera incuba pequeñas alas, ojos, piernas… ninfas. La naturaleza llama.

 

Ahí, a incontables kilómetros de todo; a interminables horas de nadie, con no más compañía que el viento, el sol y las remotas montañas que ocultan el valle, él ha transitado su escasa vida casi sin más sonidos que su propia voz y el murmullo de la cuenca.

 

Muy lejos, allá en las curvas de su memoria, apenas subsiste el recuerdo de una voz materna, retocada apenas con matices de tibieza. Nunca supo nada del sentimiento paterno. Siempre ha caminado el sendero de la soledad, guiado sólo por el instinto animal.

 

El descubrimiento fue fortuito, casi accidental. Hoy, muchos años después, es la única fuente de vida que conserva… que lo mantiene.

 

El sol violento irrumpe dentro y fuera del valle, en una mañana dispuesta para el arrebato. Han transcurrido cuatro semanas desde el primer brote de los botones en las apretadas hileras de plantas. De ahí, la lenta, desesperante, metamorfosis. La mutación de esos incipientes tubérculos a los gráciles cuerpos que hoy se extienden, en apretados racimos, en el interior de las herméticas cabañas.

 

Él vibra… transpira satisfacción. La larga espera morirá cuando esa noche, observado por la luna, ingrese al territorio del éxtasis. Cuando cuidadosamente… amorosamente empiece a deshojar la cubierta de aquellos gráciles cuerpos, de aquel granado racimo de hijas ninfas paridas por la madre tierra.

 

El sortilegio llega. El contrato entre el tiempo y la naturaleza se cumple. La madre tierra le entrega sus hijas a cambio de preservar la especie… Aquel que conoce el amor sabe quien eres…

 

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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