La coyuntura de la decadencia

Edeberto "Pilo" Galindo Noriega
 
   
 
 
"Pilo" Galindo en su hábitat

Resulta curioso y a veces hasta incómodo oír y ver como se hace y deshace el paisaje del norte y centro del país, como un arquetipo del que se sacan copias idénticas, pero no hablamos igual, ni somos iguales, ni las circunstancias son las mismas en Tijuana que en Monterrey, en Reynosa que en Nogales, en Matamoros que en Juárez. Allá en Juárez no vestimos sombrero ni usamos espuelas. No nos gusta la música de banda, ni la tambora y nos tienen hasta la madre los narcocorridos. Creo que se oye más música norteña en el centro y sur del país, que en el mismo norte.

 

Para nosotros es más como el border line curius que se ofrece a incautos turistas, más que la cultura verdadera.

 

Pintores, escultores, narradores, escritores no solo crean y alzan la voz por el acontecimiento en el reducido circuito lógico de la franja fronteriza del norte de México, también nos ocupa y nos duele la situación en Guerrero, Veracruz y Tamaulipas, más los desplazados en Siria, los atentados en París y Bruselas, la trata de personas, el deterioro del planeta…

 

El norte de México no es un paréntesis, sino una ventana con una vista panorámica al mundo.

 

Ciertamente sobre Juárez pesa una oscura y triste celebridad que todos ustedes ya conocen. Sin embargo, mi ciudad vive ahora uno de los momentos de mayor oscuridad: la indiferencia. A veces, parece difícil imaginar una ciudad norteña como Juárez conmovida por los asesinatos de los hermanos Kennedy y antes por el de Martin Luther King, o por el sismo del 85 en la ciudad de México; imaginar a una sociedad civil cerrando la frontera en 1986, en un movimiento que aglutinó a todas las corrientes, las más disímbolas, y una causa que ponía en jaque al totalitarismo de aquel régimen cerrado y absolutista que padecía nuestro país.

 

Imaginar a una ciudad que defendía su identidad en esa mezcla sajona y latina en la música, la danza, la literatura, donde Juárez y El Paso eran una sola comunidad, pasando por movimientos estudiantiles en los 70, la rebeldía juvenil haciéndole frente al cacicato ancestral de aquel priismo omnipotente, aquella juventud nunca resignada que hizo un asalto al cuartel militar de Madera, en aquel ya célebre 23 de septiembre, y que hacía pintas con vivas a Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. Aprendimos a cantar a José de Molina y Atahualpa Yupanqui.

 

Sí, resulta difícil imaginar a una ciudad sumida en el terror por la guerra de los carteles, o los crímenes brutales contra mujeres… y ahora totalmente apática, indolente, dormida, sumisa.

 

Tenemos en Chihuahua al gobernador más ladrón que hemos tenido nunca, con una corrupción que desborda todas las vergüenzas y despliega un cinismo tal, que ni siquiera acertamos una respuesta, mucho menos una reacción lógica ante tal impunidad. Él anuncia con bombo y platillo ante medios nacionales, que ha abatido la violencia y que ahora en Juárez se respira tranquilidad, cuando justo antes de venirme a Tlaxcala, aparecen cuatro hombres descuartizados y una docena de mujeres desaparecidas en lo que va del año.

 

Pero ese no es el problema. El problema somos nosotros, la sociedad. Ya no nos conmueve nada, no nos duele nada, no nos importa nada. Ese es el problema. Que la oscuridad emana de nosotros, porque cuando una sociedad ha extraviado todos sus asombros, solo le queda una cosa: la decadencia.

 

Esos son los vientos del norte que no llegan a ninguna parte y de los que nadie habla.

 

Si no nos importa nada, por qué habría de importarnos el teatro. En estas circunstancias a quién diablos le importa el teatro. Cuando a una señora la interesa más meter a su hija de diez o doce años a un concurso de perreo, con un reguetón mal hecho para que se gane una dotación de frutsis, que ir a una obra teatral.

 

Jaime Chabaud en este mismo espacio hablaba de suspender al público. ¿Cómo hacer eso? Con un público que no se sorprende con nada… bueno cuando hay público.

 

En los cinco últimos años he estado trabajando con niños de la calle, más por una cuestión romántica del samaritano bueno, que por unas expectativa esperanzadora. Monté una obra con ellos, ‘Hidalgo y su costilla’, con un formato didáctico apropiado para niños. La directora de cultura del municipio nos compró la función… nos pagó 3 mil pesos por la función. Al terminar, las señoras, mamás de los niños que fueron a ver la obra, hacen una fila frente a mí. ¿Quieren una foto con los niños actores?, ¿con el autor de la obra?… pues no. Empezaron a pedirme la despensa que les prometieron por ir a una función de teatro.

 

Les importa un comino el teatro, la historia, los niños, les importó madre todo. Un poco como la teoría del caos, la decadencia también es una coyuntura para construir algo. Podemos hacer teatro realista, tremendista, con humor; no importa cómo lo hagamos, pero no podemos hacerlo sin conciencia, y la conciencia compromete. Los teatristas tenemos la obligación moral de transmitir, propagar esa conciencia de una manera divertida si quieren. Ayer decía Fernando de Ita: hagan reír al público y entre risa y risa se la van dejando ir, despacito. Es importante que no sea una obra vacía.

 

Algún día entenderemos que la decadencia nos exige más que una evolución, una revolución y que esta comienza en cada uno de nosotros, al menos así entendemos el teatro en Juárez… y eso es lo que estamos haciendo.

 

Esa es una posible respuesta a la pregunta de por qué diablos hacemos teatro.

 

Tengamos una causa común: la esperanza. Porque tiene un enemigo común: la estupidez. Y todos los días la estupidez asesina a la esperanza. Y ahí está un tonto actor obstinado, tratando de salvarla sin siquiera darse cuenta que todos los días nos salva un poco a todos.

 

* Conferencia dictada dentro del seminario de dramaturgia impartido en el Centro de las Artes de Tlaxcala del 2 al 9 de abril de 2016.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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