Desechos

Editorial
 
   
 
 

Hoy, todo aquel discurso, conferencia o conversación que se aleje, mutile o minimice los conceptos de diversidad, inclusión, democracia, solidaridad, respeto a los derechos humanos… corre el grave riesgo de rechazo, en el mejor de los casos.

 

Sin embargo, permea en la sociedad toda una hipocresía rotunda, pasea en todos lados una doble moral, la bipolaridad está tan extendida y es tan nociva como las promesas de campaña.

 

Todos hablamos de nuestra nación, de México, pero nos negamos a aceptar que Méxicos hay varios y distintos. Lloramos cuando se toca el himno nacional al iniciar los partidos de la selección nacional de futbol, pero rechinamos los dientes cuando está cerca de nosotros alguien (¿será una persona?) con apariencia campesina o indígena. Levantamos el puño en contra del acoso a las mujeres, pero seguimos viéndolas y tratándolas como un objeto sexual. Gritamos nuestro convencimiento de la diversidad pero rechazamos la homosexualidad. Hablamos de respeto pero en los hechos el discurso, doble y mentiroso, es por los jóvenes, porque los maduros, los ancianos ya para qué, se les acabó su tiempo… y así los matamos en vida… y con ellos nosotros también morimos un poco sin darnos cuenta.

 

La paradoja es evidente. En muy amplia generalidad buscamos y aceptamos las cosas cuando maduran, cuando tiene ya las cualidades máximas que pueden tener, cuando destellan sus características plenas: la fruta está madura, el proyecto se concretó, la idea está acabada, la sensación es total, el conocimiento es suficiente, la experiencia nos ha formado ya.

 

Pero no. Si hablamos de inclusión, de diversidad y de respeto, en los hechos nos dirigimos solo a los jóvenes… porque son el futuro… a ellos hay que enseñar… porque esperamos que hagan lo que nosotros no hemos podido o no podremos hacer. Porque descargamos en ellos la solución a nuestra ineficiencia. Les endilgamos nuestras frustraciones. Los maduros o los ancianos no harán ya eso por nosotros, pensamos.

 

Desdeñamos así el presente que hemos construido en aras de un futuro incierto. Y al cerrar los ojos cerramos también la posibilidad de corregir errores, de enderezar el camino. Solo aquello que aceptamos que existe podremos componer, porque ¿cómo transformar lo que para nosotros no existe?

 

¿Y los maduros? quienes probablemente tienen ya más experiencia y conocimiento que nosotros, y pueden tener alternativas de solución: Los ignoramos

 

¿Y los ancianos? que han visto pasar la vida ante sus ojos y cuando menos en el acierto y error tienen ya algo qué decir: Los arrinconamos.

 

La verdadera muerte es el olvido. Y, segregacionistas, matamos en vida a los ancianos.

 

¡Ellos ya vivieron su vida!, se justifica.

 

Pero aún viven… y pueden transmitir conocimiento, sensibilidad…

 

El arte debería vacunarnos contra el virus del racismo, de la exclusión, de la discriminación.

 

El arte debería inyectarnos el germen de la justicia, de la solidaridad, de la comprensión, del entendimiento…

 

¡Pero no sucede!

 

Vivimos hoy uno de los climas sociales más violentos social, política y económicamente hablando de que se tenga memoria, la poca o mucha que cada uno de nosotros tenga. Pero los trabajadores de la cultura ven hacia otra parte… o fingen hacerlo para no verse a sí mismos en medio de sus miedos, sus perturbaciones, sus pesadillas. Nos horroriza la imagen que nos devuelve el espejo.

 

Un cuarto de siglo atrás llegó al estado uno de los escultores con más prestigio en el país, compró el casco de una ex hacienda y ahí se encerró para alumbrar enormes piedras ancestrales. Salía muy poco a sus alrededores, el estado mismo casi no lo vio, pero mantuvo su prestigio en el mundo. Hoy Federico Silva tiene más 93 años de edad y nadie sabe de él, nadie pregunta por él, nadie lo busca a él. La muerte está cercana, pero nosotros ya lo hemos matado en vida.

 

Casi medio siglo atrás llegó al estado uno de los poetas más brillantes del México contemporáneo. Se asentó en estas tierras y empezó a sembrar su semilla, esparció al aire miríadas de granos que cayeron en múltiples campos. Hubo semillas que no germinaron, ahogadas por el hastío, la falta de convicción o la ausencia de estructuras, pero hubo semillas que crecieron y florecieron. Hoy el sembrador, Juan Bañuelos, en soledad espera el fin de sus días. Algún “homenaje” en la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UAT) el año pasado, homenaje desairado por las autoridades universitarias, esas que tanto exprimieron el nombre y los conocimientos del poeta.

 

En las artes plásticas los tres reyes magos… o los tres mosqueteros… o los tres chiflados: Leopoldo Morales Praxedis, Teódulo Rómulo y Hermenegildo Sosa pisan ya la orilla de la a tercera edad… y los tres fuera de Tlaxcala, expulsados o desarraigados.

 

Casi medio siglo atrás llegó al estado una pareja, teatrista ella, titiritero él. Soplaron y soplaron hasta inflar el festival de títeres que hoy las autoridades se afanan en destruir. Ellos, Guadalupe Alemán y Alejandro Jara, son los únicos culpables del enraizamiento en Tlaxcala del teatro de muñecos, hoy luchando contra sus monstruos internos.

 

Guadalupe Alemán acaba de jubilarse como maestra de teatro en el Cobat. Muchos de los actuales actores y actrices, directores de escena o llanos simpatizantes del teatro tienen su hierro marcado en la nalga. Y Guadalupe Alemán trata de sobrellevar ésta su nueva era: jubilada… y por tanto menospreciada. Se ha acercado a otra teatrista en su misma condición: Graciela Orozco. Ambas comparten proyectos, medicinas y soledades.

 

Este texto mismo padece amnesias y cercena los nombres, el trabajo y las vidas de muchas y muchos artistas más que superan los 60 años de edad.

 

Acercarse a ellos a través del lente del análisis y el estudio de su obra es necesario, pero la inmensa mayoría de personas sólo los observan por medio de la venda de la vejez vista como un lastre, como algo ya inservible. La excusa para menospreciarlos es solo la edad, no más.

 

Recién ganador del Premio Cervantes de Literatura, José Emilio Pacheco escribió a principios de este siglo un poema mercurial que ilustra perfectamente el cuadro:

 

 

EL MAÑANA

 

A los 20 años nos dijeron:

“Hay que sacrificarse por el mañana”

 

Y ofrendamos la vida en el altar

Del dios que nunca llega.

 

Me gustaría encontrarme ya al final

Con los viejos maestros de aquel tiempo

 

Tendrían que decirme si de verdad

Todo este horror de ahora era el mañana.

 

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia