Mellizos del INAH en Tlaxcala

Jaime Sánchez Sánchez
 
   
 
 
Vista del recién remodelado Museo Regional

Los tlaxcaltecas nos ufanamos del interés de los antepasados en guardar objetos que se relacionan con nuestra historia. La misma historia no ha dado cuenta que ese interés hubiese tenido un paralelo en Tenochtitlán, o que don Hernán Cortés y sus secuaces hayan encontrado algo semejante a lo que encontraron en Tlaxcala.

 

¿Y qué encontraron en Tlaxcala?

 

Las versiones un poco fantasiosas de los señores, de los tlatoanis de aquel tiempo, dicen que cuando Cortés preguntó: bueno, ustedes de dónde vinieron, por qué se establecieron aquí si no eran originarios de esta región, qué pasó. Le contaron un cuento muy interesante, un cuento que tenía el respaldo de algunos objetos que enseguida le mostraron.

 

“Nuestros abuelos llegaron aquí –por supuesto que no eran los abuelos, seguramente los bisabuelos-, a estas regiones y que sus antepasados tuvieron que luchar cruentamente contra gigantes armados y que les hicieron mucho daño, pero que felizmente dichos antepasados tlaxcaltecas los despedazaron. Y como seguramente vieron en los hispanos alguna mirada de suspicacia, el señor que estaba platicando, supuestamente el más viejo, que era Xicohténcatl, debió haber dicho: “bueno, tráiganme esos huesos que tenemos por ahí guardados, para que vean estos señores con qué clase de gente… y trajeron un famoso hueso que quedó registrado en la historia… de Bernal Díaz del Castillo, quien lo describe con mucho detalle: ‘Eran seres grandes de cuerpo, de grandes huesos y grandes manos’. Los gigantes contra los tlaxcaltecas habían luchado en esta región. Respaldando su dicho, trajeron un zancarrón o hueso –dice Bernal Díaz- de uno de ellos y eran muy grueso, y el ‘altor’ –vocablo del siglo XVI- del tamaño como de un hombre de razonable estatura y yo me medí con él y tenía gran altor como yo”.

 

Sin embargo, tan sencilla explicación nos lleva a pensar en la importancia que concedían los tlaxcaltecas a guardar vestigios de sus antepasados, algo que –repito- no sucedió en Tenochtitlán.

 

Al paso de los años… y de los siglos…. ya cuando Tlaxcala era independiente, llega al gobierno del estado el coronel Próspero Cahuantzi, de larga vida en el gobierno -26 años-, pero tenía un corazón como de oro el hombre en relación a la historia de su estado y entre las cosas que se le ocurrieron muy dignas de mencionarse por sus alcances, fue diseñar un museo de objetos antiguos, de arqueología… y lo establecieron.

 

El único dato que nos lleva a conocer la existencia de este museo nos fue heredado por Don Antonio Peñafiel, quien visitó el estado en marzo de 1905 y publicó un libro llamado “Tlaxcala, ciudad virreinal” o “La ciudad virreinal de Tlaxcala”, algo así, dedicado a Porfirio Díaz, que era la tendencia usual en ese momento… Y en una parte pequeña de ese libro habla del que él consideraba anexo a la escuela de niñas en aquel tiempo, que seguramente fue la misma escuela que conocimos después como ‘Educación y Patria’, que todavía existe.

 

Menciona don Antonio la existencia de varias piezas, algunas de ellas vistas con exageración. Él bautizó una estructura que conocimos largo tiempo como el Camaxtli de Tlaxcala. Después vino una antropóloga de México, Carmen Aguilera, y nos sacó de dudas porque lo investigó perfectamente bien: que no era Camaxtli, que se trataba de una deidad tlaxcalteca llamada Teocipactli.

 

Y don Antonio Peñafiel agregó algo más en su libro. Dijo por ahí en una forma totalmente fuera de onda, que vio la escultura del pseudo Camaxtli-Teocipactli que está divido en dos partes, pero que además –no se le ocurrió pensar, su cabecita no daba para más- cómo es que los antiguos tlaxcaltecas habían configurado esta imagen pétrea, combinándola con brazuelos hechos de barro cocido, en eso no se detuvo a pensar, pero sí nos inventó algo que fue la comidilla entonces: que las fracturas de Camaxtli-Teocipactli eran la prueba más evidente de cómo los tlaxcaltecas… dice textualmente: repegado de las quebraduras que sufrió cuando los señores de Tlaxcala, por contentar a Cortés, hicieron pedazos los ídolos…. Totalmente fuera de onda don Antonio

 

Una imagen resquebrajada no guardaría las partes pegadas con tierra; son muy visibles, muy claras. Tampoco opina sobre el barro de los brazos… y sobre este aspecto hay un pequeño detalle que no quiero pasar por alto: cuando yo empecé allá en mi juventud a tratar de formar otro museo, para que sirviera como el descendiente del que había creado don Próspero, anduve buscando el famoso Camaxtli, yo estaba convencido de que era un Camaxtli. Esta estatua durante mucho tiempo existió abandonada en una dependencia de gobierno que se dedicaba al turismo, que se ubicaba en la esquina de la calle Independencia, donde hoy hay un restaurant. Yo iba a la escuela tipo (Luis G. Salamanca) y hacía mis berrinches porque veía como los empleados del aseo de la dependencia le ponían las cubetas de sombrero y los trapeadores de bandera al famoso Camaxtli.

 

Cuando tuve oportunidad de empezar a organizar el famoso museo, anduve buscando la pieza y me detuve porque ya la habían instalado en los bajos de la presidencia municipal. Algunos recordaran que ahí se encontraban dos estatuas, una que se supone era Carlos IV y la otra la de Camaxtli o Teocipactli. Pero cuando la vi, pues mi falta de conocimiento, mi ignorancia, me hizo extrañarme porque la figura, además de que los brazuelos de barro habían sido recubiertos con cemento negro, estaba bruñida, le habían pasado el cincel de forma inmisericorde porque el presidente municipal pensó que estaba muy vieja. No me medí. Era la época en que a los funcionarios públicos los podía uno ver sin mucha dificultad, sin hacer cola. Entré a ver al presidente municipal, un profesor al que le faltaba un brazo, le reclamé la forma en que habían limpiado la figura, que era la pátina del tiempo que tenía que respetarse; estuve a punto de decirle que qué bueno que le faltaba un brazo, porque de lo contrario hubiese hecho más daño a la figura. Me contuve. Fui a hacer mi berrinche aparte.

 

Pasó mucho tiempo. Estando yo en la secundaria sabía que había aquí un pequeño museo no sé de quién, pero creo del doctor Teófilo Pérez y Pérez.

 

En 1949, cuando yo ya había reunido una serie de piezas arqueológicas, cerámica, puntas de proyectil y otras más, pequeñas casi todas ellas, de la región de Tepehitec, que mi lugar de origen, comprometí al director de la Sghel (Sociedad de Geografía, Historia, Estadística y Literatura), que en ese tiempo era don Joaquín Cisneros Molina, quien complaciente me dijo: sí hombre, trae todas las piezas que quieras y aquí te apoyamos… Y entonces inventé el famoso museo de la preparatoria del estado. Y luego convencí a don Joaquín de que el gobernador nos permitiera recoger una serie de piezas que andaban dispersas y olvidadas en diversas dependencias de gobierno y felizmente don Rafael Ávila Bretón, a quien cuando yo le platiqué la historia los ojitos le daban vueltas: sí hombre, cómo no. Haber don Joaquín, apoye usted a este muchacho que recoja lo que esté mal acomodado y se lo traiga a su museo.

 

Vino el cambio de gobierno y llegó Felipe Mazarrasa y tuve la fortuna de entenderme perfectamente bien con su secretario particular, quien no era de aquí pero muy interesado en conocer los detalles de la historia de Tlaxcala, y quizá por eso le tomó un afecto especial al famoso museo, al grado que al poco tiempo se pudo alquilar un par de salas donde ahora está Banorte en el portal Hidalgo, donde pusimos todas nuestras piezas.

 

Don Antonio Mejía hace referencia a un Ehécatl, que efectivamente rescatamos de una dependencia. Por supuesto las piezas nunca se llegaron a enseñar al público, porque faltaba algo que siempre estuvimos pidiendo al INAH en México y nunca nos apoyó: queríamos una clasificación de las piezas, queríamos hacer un inventario decente, queríamos muchas cosas.

 

PIEDRA TRAS PIEDRA, ABAJO

 

Un detalle: en esos días denuncié yo la destrucción de una estructura piramidal que encontré en Temetzontla, en los cerros enfrente de Panotla. Cuando hablé con el dueño del terreno, él estaba destruyendo la estructura, le reclamé y él, socarronamente, me dijo: no te preocupes muchacho, no sabes el tesoro que voy a sacar de aquí. Todavía tuve oportunidad de contestarle: vea si puede llevarse las piedras por kilo, para ver cuánto le saca. Entonces mandó el INAH a un personaje inquieto, como de 60 años, Donaciano Espinosa, quien no sabía los vericuetos que teníamos aquí. Me pidió que lo llevara al sitio. Llegamos a la estructura, muy bella por cierto, tenía unos cuatro niveles, toda cubierta con estuco encalado. Ya la habían roto en muchas partes. Don Donaciano me reclamó entonces:

 

- Oiga joven, ¿y para esto me hizo usted caminar tanto tiempo?

 

- Señor –le dije-, yo no sabía que usted andaba buscando algo especial. Una piedra de sol aquí no la va a encontrar.

 

- Esto es una pequeñez.

 

Regresamos. Mi mamá le dio de comer. Don chanito cambio de color y se fue. Nunca supe qué pasó, pero estoy cierto que en México (en las oficinas centrales del INAH) debe existir la información que forzosamente tuvo que entregar, puesto que fue comisionado. A los dos meses volví a pasar por el terreno y ya estaba completamente llano, sin rastro de la construcción. Tengo una fotografía como único testigo.

 

Y no me extraña porque sé de sobra que nuestros antepasados tlaxcaltecas, por llamarse gente de razón, ayudaron a destrozar todas las cosas que habían creado en la época prehispánica, como ejemplo tenemos toda la sillería que cubre las paredes de los edificios y que originalmente estuvieron pegadas a los monumentos prehispánicos, seguramente dedicados a Coatlicue, a Matlalcuéyetl, al mismo Camaxtli, a Teocipactli, Ehécatl o alguna deidad más, que la cosmogonía de entonces era semejante en Mesoamérica.

 

LA AVENTURA DEL MUSEO REGIONAL

 

Pues bien, nuestro museo de la secundaria lo tuve que dejar porque me fui a estudiar fuera de Tlaxcala. Con todo el dolor de mi corazón entregué al secretario particular de Felipe Mazarrasa, un incipiente listado que no podía llamarse inventario… y con eso cogí camino y me fui…

 

Poco tiempo después supe que el acervo se lo habían entregado en custodia a la Sociedad de Geografía, Historia, Estadística y Literatura de Tlaxcala.

 

Volví, pero ya no pude hacer mucho por el famoso museo. Hice buenas relaciones en México con algunos arqueólogos. Tuve la fortuna grandísima de que alguna autoridad del INAH en su tiempo, dispusiera que me entregaran tres vitrinas que tenían por ahí guardadas, para aplacar mis ánimos y para que no esté yo moliendo tanto.

 

Pasó el tiempo y un día me enteré que había llegado Yolanda Ramos Galicia, comisionada por el INAH de Puebla, del que dependía Tlaxcala. Venía con la misión de erigir un museo en la entidad. Nos conectamos, nos pusimos de acuerdo; se movilizó, llamó a las fuerzas vivas y en este edificio (el ahora Museo Regional de Tlaxcala) convocó a una serie de reuniones de las fuerzas vivas. Venían militares, venían obreros, venían burócratas… venía toda la gente que se interesaba en la historia de Tlaxcala. En reunión hubo votación directa y se creó la sociedad pro Museo Regional de Antropología e Historia del estado y fui electo el primer presidente. El segundo lugar en la votación fue Joaquín Cisneros Molina, el tesorero fue Alfredo González Zapata, el doctor Teófilo Pérez y Pérez fue secretario.

 

Ante la falta de recursos públicos, pero decididos a trabajar, planteamos actividades que no requerían de presupuesto: Recuperar el acervo arqueológico en poder en ese momento del magisterio… y lo recuperamos. En una revisión encontré que había objetos nuevos, pero también faltaban otros ya identificados. Algo similar a lo sucedido en el museo construido por Próspero Cahuantzi, de donde desaparecieron varias cosas como la famosa cédula real que el rey de España había asignado a Tlaxcala, considerándola como “leal ciudad de Tlaxcala”.

 

El segundo objetivo fue crear la biblioteca especializada en temas históricos, aprovechando la semi abandonada biblioteca del estado llamada Miguel Lira y Ortega, cuyo acervo se conjuntó con el que nos había entregado Andrés Angulo Ramírez. Esta es la segunda biblioteca especializada en temas históricos, la otra depende del Museo de Antropología e historia de México.

 

Enseguida nos dedicamos a obtener la custodia del Archivo Histórico de Tlaxcala, incluyendo el del ayuntamiento que se encontraba en lamentable olvido, grave deterioro y nido de ratones.

 

Un día me habla el secretario particular del gobernador Emilio Sánchez Piedras: te haces cargo de la biblioteca mañana, me advirtió. ¡Cómo! ¡Con qué armas!... Y al día siguiente recibí la biblioteca general del estado y además el municipio nos entregó todo el archivo que tenía abandonado en la parte posterior del antiguo edifico, bultos atados con mecates echándose a perder.

 

Aprovechando el viaje logramos rescatar las dos efigies descritas anteriormente, ubicadas en los bajos del ayuntamiento de Tlaxcala. Ya estaba como presidente municipal Joaquín Cisneros Fernández. Y rescatamos también los cuadros que siempre han sido motivo de publicidad, de crítica mordaz y hasta de chiste, donde aparecen los tlatoanis tlaxcaltecas vestidos a la usanza española. Alguna vez comentando con bastante interés este tema, llegamos a la conclusión de que, pintadas en una época que no se ha podido determinar, pero probablemente unos 200 años después de su muerte, se trataba de representar cierta igualdad de jerarquías con las autoridades españolas. Ustedes son reyes allá, nosotros somos jefes aquí. No hay que olvidar que los tlaxcaltecas no siguieron a los españoles por seguirlos, sino que habían creado una alianza formal y fueron aliados del rey Carlos I de España.

 

El 9 de julio de 1980 se formalizó un convenio con el INAH para el manejo y control de archivos históricos, pero sin recursos sobre todo económicos para trabajar. Todo, sin embargo, se concretó cuando vino una orden terminante y unilateral del gobierno federal para que los archivos formaran parte de un solo centro que se manejaría desde México y entonces, también de una forma unilateral, se llevaron archivos de nosotros y nosotros sin saber en qué manos terribles quedarían. Y así hasta el actual archivo histórico de Tlaxcala.

 

Un 28 de febrero de 1981, Yolanda (Ramos Galicia) y yo estábamos en unas de las salas del ahora Museo Regional cuando apareció Tulio Hernández Gómez, con muy pocos días de ser gobernador, sólo para decirnos que necesitaba el museo en 30 días porque llegaba el presidente de la república a inaugurarlo. Se me cayeron los calcetines. ¡No es posible! Y le dijimos:

 

- Señor, si no se ha hecho más es porque no tenemos recursos económicos.

 

- Por dinero no se van a parar; hay dinero suficiente para hacerlo. Así que, doña Yolanda, ¡háganlo!

 

Y efectivamente, era una saliente de la cual nos podíamos agarrar, porque era la única forma en que el museo se hiciera… Y en 30 días Yolanda (Ramos Galicia) logró parar este museo. Muchas obras se inauguran sin estar hechas. Aquí sí se hizo. Se conjuntó el interés económico con el interés político… y el interés cultural nuestro.

 

El 28 de marzo de 1981 el presidente José López Portillo inauguró el Museo Regional de Tlaxcala

 

El edificio se empezó a acondicionar en 1980. Fue abierto al público en 1981. Reinaugurado en 1986. Declarado zona de monumentos históricos en 1986. Cerrado por obras en 2012. Reabierto en 2016 en ocasión de su 35 aniversario.

 

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

 

Pocos años antes de la apertura del museo, cuando Emilio Sánchez Piedras era el gobernador, nosotros acudíamos los sábados a trabajar al ex convento de San Francisco, nos abrían, entrábamos, trabajábamos y nos íbamos, pero uno de tantos sábados el guardián se abrió de piernitas en la puerta y nos dijo: señores, dispensen pero no hay paso, tengo este oficio: Los señores de la asociación general pro museo de Tlaxcala no tendrán acceso a las instalaciones hasta que se registren debidamente y concurran a la delegación (del INAH) en Puebla.

 

Ir a pedir permiso a los poblanos para que nos dejen entrar a nuestro museo: ¡nunca! En caravana nos fuimos derechitos al despacho del gobernador.

 

- ¿Qué les pasa?, nos preguntó.

 

- Venimos con mucho coraje -le dijimos-, a usted y a nosotros nos acaban de correr de las instalaciones del ex convento de San Francisco.

 

- ¿Por qué a mí?

 

- Porque es presidente honorifico de la asociación.

 

- ¿Qué sugiere usted?, interrogó el gobernador.

 

- La independencia inmediata. Pida usted que se abra la delegación del INAH, pero ya.

 

Al poco tiempo lo acompañamos a visitar a Gastón García Cantú (director general del INAH, en ese momento) y él le dijo:

 

- Sí gobernador, lo arreglamos ya.

 

Y don Emilio, seguramente motivado por nuestra actitud, le contestó:

 

- ¡No. Quiero la emancipación de la delegación de Tlaxcala, pero ya!

 

- Ya sé que son ustedes independentistas por tradición, ya lo conozco, pero solamente déjeme correr el proceso administrativo para separar la delegación, aclaró García Cantú.

 

- De acuerdo, pero esta semana que viene, advirtió Sánchez Piedras.

 

A partir de entonces la delegación del INAH goza de esa independencia.

 

 

* Conferencia dictada en el Museo Regional del INAH en ocasión del 35 aniversario de su creación

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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