Distanciadas en Tlaxcala las agrupaciones de teatro

José Luis Pérez Hernández "Guicho"
 
   
 
 
En el maratón teatral 2014

Llevo 18 años dedicado al teatro. Lo he elegido como mi forma de vida. Después de dos carreras, me decidí por profesionalizarme en el Teatro. Y sin afán de hacer alarde, sólo quiero manifestar un pensar y un sentir muy profundo que siento por mi tierra, por mi gente y por mi profesión y oficio. Trataré de dar ciertos elementos para poder avanzar en la comprensión de estas palabras. Por ello, quisiera contar cómo sucedieron las cosas. En estos 18 años ininterrumpidos que llevo de hacer teatro, nunca había vivido una mayor experiencia que la ocurrida en el Primer Festival de Artes Escénicas, ante un foro lleno, de pie, agradecido por estar con ellos y ellos con nosotros, por lograr una trascendental comunión entre el público y el escenario. Hoy, quiero escribir esta pequeña y muy personal memoria a manera de esparcir las imágenes, los recuerdos, y a fin de aclarar la vida del teatro en Tlaxcala, pues a ello me ha llevado el pensar y repensar de este Festival y el objeto que el arte persigue a estas alturas y en este contexto, cuando nuestro país es un grito suspendido en el aire, grito que poco a poco ensordece a los mexicanos a fuerza de triste costumbre.

 

En Apizaco, mi tierra natal, no existe hasta la fecha un teatro. La única arquitectura teatral que hubo corresponde al Teatro Victoria construido en 1915, luego se convirtió en cine, para después ser demolido mucho antes de que yo naciera; hoy es un banco. Nunca, hasta que cumplí 19 años de edad, había visto una obra de teatro. En mi barrio no existía eso, no era común con la mayoría de la gente; aún no lo es. Crecíamos eso sí, en medio de los juegos callejeros sobre pavimentos de tierra apisonada y al margen de lo que nos ofrendara la televisión. Vivíamos, en fin, como casi todos los mexicanos crecemos: aislados de la cultura, las artes y alejados, incluso, de una educación digna que se ha reflejado hasta ahora en nuestras figuras institucionales, en gran parte de las autoridades culturales que se han mantenido al margen de “elitizar” la cultura o en otros casos de aniquilarla y en los limitados planes de desarrollo cultural y artístico de la región. Ahí, en aquel tiempo, el teatro no existía, por lo menos para las bajas esferas -en las que crecemos la mayoría de la población-.

 

En esta tierra, cuando iba a mi casa me quedaba de paso el cuartel militar que anteriormente había sido sede de la cárcel de la ciudad, comandancia de policía y puesto de socorro, además de presidencia municipal. Ahí, en ese mismo espacio de celdas y calabozos, de armas y barrotes, se edificaría por primera vez un centro cultural en Apizaco; no podía recibir otro mejor nombre que el de “La Libertad”. Ahí, en esos mismos suelos que por mucho tiempo sembraron hierro, sombras  y presidio, brotarían las raíces del principio más elemental del ser humano: la libertad.

 

Fue Verónica Rascón (q.e.p.d.) quien dio tan necesaria pauta para la creación de un centro de artes y cultura bajo la luz (no la sombra, la luz) de un excelente y afortunado equipo de trabajo con los maestros Cleofas Villegas (q.e.p.d.), Jorge Barrios, Amalia Romero, Arturo Cházaro, Oscar Valencia y, por supuesto, Gloria Miravete, la provocadora de esta memoria y estas palabras, pero sobre todo de este festival internacional, del grupo de teatro Tlaloque, de decenas de seres humanos formados con y en el teatro… y del mismo teatro que no tiene nacionalidad, pero que ella a glorificado en Tlaxcala, con sede en Apizaco.

 

Y en este espacio de ha desarrollado el festival Tlaxcala, Cuna del Teatro, donde es indispensable reconocer a quienes sí colaboraron para ser y estar con este festival. A los grupos de teatro que han participado, a todos aquellos que han sacrificado un poco de sí para poder compartir su trabajo con la gente de Tlaxcala. Yo he sido testigo, emocionado y grato testigo, de siete compañías con las que trabajé que aceptaron participar con todo el orgullo en estos dos certámenes internacionales de las artes escénicas. Todos, al igual que múltiples grupos nacionales y compañías de nueve países en sus dos emisiones, han venido gustosos a compartir y departir con los tlaxcaltecas: con el público y su gente de teatro. En contra parte, precisamente quisiera manifestar mi crítica hacia la gente de teatro en Tlaxcala, si es que la hay, y mi desacuerdo con su escasa participación. En las actividades en que he participado no la he visto ni de cerca. Es triste que ninguna otra agrupación que se dice hacer teatro en este estado no se interese por participar o acudir a las actividades culturales que se ofrecen de manera abierta y gratuita para todos. De la docena de eventos en que he participado en Tlaxcala como actor, director o docente, sólo me ha tocado ver la escasa y aislada participación de muy pocas personas del gremio escénico en Tlaxcala.

 

Da tristeza y preocupación la enorme distancia que existe entre las agrupaciones artísticas y pesa más que ello signifique llevar el teatro tlaxcalteca hacia su agonía. Es triste que Tlaxcala no figure en los eventos y muestras nacionales desde hace varios años, pero ello es consecuencia de una falta de trabajo y constancia en todos sus grupos y talleres de teatro. Con tristeza veo cómo la tendencia se inclina hacia el teatro comercial… o hacia comerciar un supuesto teatro. Pocos son quienes portan dignamente el estandarte del teatro como un arte y no sólo como una forma para “chambear”, sino como un lenguaje que permite denunciar e inventar realidades, como un arte que permita continuar reforzando el tejido social, que pueda resarcir nuestra identidad, nuestra historia, y que nos permita ser cada vez mejores humanos.

 

“Si el teatro no es una ciencia de la vida, entonces no lo es”, alguna vez se citó en un tríptico del ya extinto Comité Consultivo de Teatro, y tal parece que Tlaxcala se ha encerrado en un caparazón “artístico” que evite ver la luz de nuevas propuestas, otras creaciones, nuevos métodos de trabajo y más visiones para hacer teatro, para incidir en la vida y en la naturaleza humana, pues es el objeto de este oficio.

 

Vivimos en un país agónico, estamos inmersos en una sociedad maniatada y oprimida y siempre, en cada civilización y cada pueblo, las artes han florecido ante la adversidad. Las crisis alimentan el espíritu humano, porque le enseña a erguirse y a ser fuerte para no claudicar en el intento. A ser. Todo ello significa y es la razón para hacer arte. Desde la antigüedad se ha sabido de la enorme importancia que ello significa para la humanidad. Las artes y la cultura nos permiten volver a ligarnos con ese universo que es la vida misma. El hombre hoy, más que nunca, debe volver a trabajar para los demás, debe volver a amar a su prójimo, a la naturaleza y al universo en sí. Ese re-ligare no puede continuar siendo el de las falsas religiones, los vacuos sistemas políticos, ni los frívolos poderes económicos que nos han cerrado más puertas y cada vez achatan más el pensamiento de las sociedades, impidiéndonos creer como cuando éramos niños en la posibilidad de lo imposible, impidiéndonos sólo creer y soñar de nuevo. El teatro nos ha de devolver ese niño interno y provocará la rebeldía de creer en lo más lejano, en el cambio más radical y en las mejores causas para vivir dignamente.

 

México, D.F. y Tlaxcala, Tlax.

Invierno de 2015

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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