Nunca como ahora

Fernando de Ita *
 
   
 
 
Poema visual de Cornel Swoboda

Desde hace 2 mil 500 años nunca como ahora el teatro se había movido tanto; mover en el sentido de desplazamiento, de avance y retroceso, de movilidad artística y social. Nunca como ahora tantas universidades públicas habían ofrecido licenciaturas en teatro y al menos en la ciudad de México, hay varias escuelas privadas de muy diverso nivel teórico y práctico, pero que igualmente lanzan a la calle a supuestos profesionistas del teatro. Nunca como ahora hemos visto a tanta gente tratando de vivir del teatro.

 

Como periodista de la cultura y crítico de teatro he sido testigo de 40 años de teatro en México y gracias a estas tareas, he asistido a los más destacados festivales de América y Europa, entrevistando a varias de las grandes personalidades del teatro de occidente del siglo XX y parte del XXI y convivido con creadores de la talla de Jerzy Grotowski, Eugenio Barba, Juan José Gurrola, Ludwik Margules, lo digo naturalmente para presumirles, pero también para señalar que he visto con mis propios ojos los cambios que ha sufrido el hacer teatro de un siglo a otro.


Desde los entretelones del teatro he visto como los autores fueron depuestos por los directores como reyes de la escena, y ahora miro el intento de los actores por recuperar el sitio central del espectáculo que tuvieron durante tantos siglos. Pero acaso el movimiento más profundo que he presenciado en estos años, es el estallido de la unidad aristotélica de espacio, tiempo, acción y estilo, aunque del derrumbe de las convenciones que sostuvieron el teatro por dos milenios, hablaré más delante, si el tiempo lo permite.

 

Ahora, quiero agregar que nunca como ahora la gente de teatro puede tener tanta información sobre lo que ocurre literalmente en el mundo del teatro. La red virtual nos permite estar en contacto con teorías y prácticas del teatro que antes de la internet se tardaban lustros para llegar a nuestros ranchos (yo le digo ranchos a nuestros lugares de origen que queremos. No se sientan ofendidos porque yo también soy de rancho y entonces para mi es una palabra emblemática, no es peyorativa)

 

Sin embargo, esta sobre información forma parte de la incertidumbre que acompaña a los jóvenes estudiantes de teatro y a los nóveles farsantes de la escena, como se les llamó originalmente a los hacedores de la farsa, de la simulación de la vida que es el teatro.

 

Gracias a Edgar Morín sabemos que la realidad no se puede expresar unidimensionalmente; esto es, desde una sola perspectiva. A partir de la teoría del caos el filósofo y pedagogo francés desarrolla el pensamiento complejo que es, por definición, interdisciplinario, transdisciplinario o como quieran llamarle a la conjunción de la ciencia, el arte, el humanismo, la física cuántica, el pensamiento salvaje, la cosmogonía milenaria y la política, para mencionar algunos de los hilos que forman el tejido de la complejidad, del ‘complexus’ griego, lo que se teje con distintos hilos de la misma madeja: el pensamiento humano.

 

Nunca como ahora el mundo en general, y en consecuencia el mundo del teatro, había sido tan complejo. ¿Cómo abordar esa complejidad si en la academia se sigue impartiendo una educación unidimensional? ¿Cómo saber qué teatro quiero hacer cuando hay tantas opciones que escoger, al menos teóricamente? ¿Cuál es el teatro del presente mexicano? Responder esta pregunta nos da la llave para muchas otras interrogaciones, porque así como no hay una unidad nacional llamada México, como creyeron nuestros padres, tampoco puede haber un solo teatro mexicano.

 

Pensando mayéuticamente como aconsejó Sócrates, tuve tantas preguntas son respuesta que opté por un método básico para responderlas. Comencé preguntándome: ¿Teatro para qué? ¿Teatro para quién?

 

En el pasado, hacer teatro era una herencia que pasaba de padres a hijos y de maestros a sus discípulos y amanuenses, hoy es una profesión como tantas para la que se estudia en la universidad y por la que se obtiene un título, aunque a diferencia del dentista, el ingeniero, el abogado… la gente de teatro no suele poner un despacho que diga en la puerta “Ricardo Pérez Quitt, dramaturgo” o “Darío Fo, actor cómico”. Porque sucede que el teatro es una acción colectiva por naturaleza, pues aún los soliloquios requieren de un director, un actor y un tramoyista, por lo menos.

 

Somos una fuerza laboral sui generis que aún carga con la idea romántica del artista que da la vida por la verdad y la belleza. La verdad, la neta, es que nos matamos por las becas y en honor a la globalización queremos hacer el mismo teatro que hacen los europeos, que cuentan con varias centurias de tradición dramática y escénica. Lituania, por ejemplo, es un país con apenas 3 millones de habitantes que está entre Rusia y el mar Báltico. Ahí, el 95 por ciento de la población asiste al teatro por lo menos una vez al año, así que en Lituania hay un teatro nacional sustentado en la misma lengua, la misma tradición y una educación y condiciones de vida semejantes.

 

México es un país inmenso con 130 millones de habitantes, de los cuales 100 millones nunca han visto una obra de teatro. México es un país con 10 millones de nativos originales que hablan más de 60 lenguas. En México la desigualdad económica va de la mano de la desigualdad educativa y de las oportunidades de trabajo y de desarrollo personal y colectivo. México es un país en el que el centralismo político, económico y cultural sigue definiendo modos de vida, de manera que no podemos hablar del teatro de Jalisco, sino del teatro de Guadalajara; no podemos decir el teatro de Nuevo León, sino el de Monterrey y tampoco el teatro de Chihuahua porque en Juárez sí hay teatro, y así las cosas.

 

¿Cómo definir para qué y para quién deseo hacer teatro? Para intentar una respuesta quiero recurrir a una vivencia personal, porque se acerca más que cualquier teoría a lo que quiero compartirles: Yo tengo un hijo de 20 años y un nieto de 17 abriles, aunque nació el mes de septiembre. Ustedes se preguntarán cómo es que mi hijo y mi nieto se llevan tan pocos años y lo único que viene al caso responder es que son producto del mismo instrumento pero de diferentes mujeres. Las madre de mi hijo era actriz y el creció entre bambalinas, así que ahora es actor, compositor y cantante; se puede hablar de quién, como los antiguos comediantes, heredó el oficio. Mi nieto encontró en el futbol su deleite personal, pero listo como es este año comienza una carrera universitaria. En otras palabras, mi hijo no tuvo que escoger el teatro y la música, porque ambas disciplinas lo escogieron a él. Mi nieto aprovechó su capacidad futbolística para ganarse una beca en el Tec. de Pachuca, que de otra manera no podría pagar. En el primer caso estoy hablando de una vocación; en el segundo, de una estratagema.

 

¿Cuántos de ustedes escogieron el teatro o la literatura por vocación o por artimaña? Yo jamás le inculqué a mi hijo el amor al teatro. Es más, cuando vi que tenía esa funesta inclinación, lo comenté con Olga Harmony, quien fue una de las críticas de teatro más sobresalientes de México, antes de que la mayoría de ustedes viera el mundo… Y me dijo: no te apures, llévalo a las muestras regionales de teatro y se le quita. Lo hice, pero como iba actuando en lugar de alejarse del teatro lo hizo suyo. Él tenía un motivo para dedicarse a esa pasión malsana ¿Cuál? Es el suyo.

 

¿Para qué quieren hacer teatro? En el teatro de verdad no se alcanza la fama, ni la fortuna, ni el reconocimiento social porque incluso las estrellas del espectáculo no dejan de ser cómicos y faranduleros ante la gente de poder.

 

¿Para qué quieren seguir una profesión que no sirve para nada? Quiero decir: que no tiene efectos prácticos, tangibles, sustentables.

 

En este momento del mundo hay físicos nucleares trabajando de taxistas, biólogos marinos chambeando en pescaderías, astrónomos sobreviviendo como adivinos y aquí, en el cuerno de la abundancia, hay mucha gente de teatro haciendo qué… ¿teatro?... ¿qué tipo de teatro?...

 

Desde los griegos el teatro ha sobrevivido a las eras del tiempo porque ha cambiado con el flujo económico, político, cultural y tecnológico de la historia, pero lo ha hecho desde las tablas; es decir, desde la práctica del teatro, no desde la ilusión y me atrevo a decir que ni siquiera desde la teoría del teatro. Pongo un ejemplo magnífico: Antonin Artaud. Ojalá todos supieran realmente cuál es la propuesta de su teatro de la crueldad. Por si acaso eso no sucede sólo quiero añadir que él quiso reintegrarle al teatro el poder mágico que tuvo el origen de la acción y la palabra humanas, por eso se fue a tu tierra tarahumara, a comer hongo para ver si así recuperaba el poder divino de la palabra.

 

Lo que hace de Antonin Artaud un hombre de teatro fuera de serie, es que puso su vida en juego para lograrlo. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a enloquecer por y para el teatro?

 

Claro que es mejor jugar intelectualmente con la idea de hacer un teatro rompemadre, sin arriesgar un átomo de nuestro confort físico y mental. Entonces hacemos teatro de salón, como se decía a la antigua. O teatro virtual como se dice ahora, porque sólo existe en el Facebook.

 

Coño, camaradas. El teatro ya sea convencional, ya sea moderno, postmoderno, inhalado, exhalado, expandido… para ser teatro de verdad exige la insanidad. ¿Quién en su sano juicio ensaya de tres a seis meses para hacer siete funciones en su rancho? La gente de danza, claro está, que trabaja más y tiene menos funciones que los teatreros, aunque ellos al menos se ponen buenísimos con sus prácticas. Pero la cuestión sigue vigente: ¿Para qué chingados hago teatro?... ¿Y para quién?

 

Es mentira que haya artistas que ejercen su artificio para sí mismos. Si así fuera, nos habríamos privado de buena parte del mejor arte pictórico, literario, musical, dancístico, dramático y escénico de todos los tiempos. Hasta Kafka que dijo que quemaran su obra, allá en el infierno-cielo donde está se alegró de que su amigo no haya quemados sus obras porque ahora lo podemos disfrutar tantas generaciones, uno de los grandes intelectos de la literatura mundial.

 

Se comienza quizá actuando frente al espejo, pero luego existe la necesidad de actuar para los otros. ¿Para quién?

 

Cada época tuvo sus espectadores. Los griegos actuaron para todos los griegos, porque todos cabían en los anfiteatros que diseñaron para tal fin. Cuando eran las grandes obras de Eurípides, de Esquilo, en Atenas había 10 mil espectadores. Ahí sí todo el pueblo veía teatro.

 

Los romanos ya hicieron una distinción: teatro para la realeza y teatro para la plebe.

 

Curiosamente, en la edad media, la edad oscura, donde el fanatismo religioso alcanzó grados superlativos, comenzó el teatro callejero, el teatro profano que logró su virtuosismo en el teatro renacentista, de la comedia del arte, el teatro español de la edad dorada y el teatro isabelino de Marlow y de Shakespeare.

 

Vamos al hoy, al canalla presente mexicano. ¿Para quién escribes? ¿Para quién diriges? ¿Para quién actúas? ¿Para quién…?

 

Un teatro sin público es un teatro vacío no solo en el sentido físico de la palabra. Un teatro sin público es un teatro inútil, masturbatorio, ineficaz. Vamos, no es teatro porque la naturaleza del teatro es colectiva.

 

Entonces, ¿por qué seguimos haciendo un teatro gremial?, no para la gente de fuera, sino dentro del teatro. ¿Por qué no trabajamos como en la antigüedad, para la gente de la calle y para la gente a secas? ¿Por qué deseamos actuar en el mejor teatro del estado, en lugar de actuar para la gente de nuestro barrio?

 

Si no tenemos claro para qué hacemos teatro, tampoco sabremos para quién queremos actuar, seguimos la inercia. Botargas del doctor Simi para comer una o dos veces al día. Teatro para infantes para pagar la renta. Teatro de búsqueda para hallar que sólo encontramos la sala vacía, verga, pues, para decirlo con Legom (NdeR: referencia al estilo del dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, creador de la corriente teatral denominada narraturgia, la cual busca prescindir del texto dramático). Verga para el teatro que se hace sin saber para qué y para quién se realiza.

 

Toda pasión tiene un sentido; mejor dicho, un sinsentido, porque se llega ahí, al corazón de la exaltación para consumirse en el intento de arder por lo imposible, por amor al teatro.

 

Regreso a la realidad. Concluyo que nuestra principal obligación como gente de teatro, es llevar gente al teatro.

 

A finales del siglo XIX, cuando Alfred Jarry estrenó en París el ‘Ubú Rey’, que abre la escena con la palabra ‘mierda’, el público se encolerizó y su escándalo llevó a la fama a su autor como el precursor del teatro del absurdo. Lo absurdo hoy es actuar para nosotros mismos. Lo absurdo hoy es desconocer que en México hay cien millones de personas que nunca han ido al teatro. Lo absurdo es olvidar la complejidad del mundo en sí y del mundo del teatro, para pregonar que no hay más ruta que la nuestra, ya sea la del teatro convencional o la del teatro de punta, para no decir de vanguardia, porque esa definición ya está superada por la moda lingüística. Dicen los que saben que la vanguardia ya no existe.

 

El teatro sobrevive en la era digital porque es un acto de comunión personal que se convierte en colectiva cuando se comparte con otro cuerpo presente, no virtual.

 

Entiendo perfectamente la necesidad de sacar al teatro de los teatros y pedir la abolición de la teatralidad, en beneficio de la socialización política… ¿De qué?... Ya no del teatro al que se está renunciando. Es un movimiento que ya en México tiene fuerza. Se está renunciando como invención poética, sino acaso hacerlo como un documento de la realidad, o el de una acción sobre la realidad. De nuevo, esa tendencia no nació entre nosotros, sino en la vieja Europa donde no hay cien millones de seres humanos que jamás han presenciado una obra de teatro, como ocurre en México. Tal es mi resistencia para recibir como una natividad el cambio de paradigmas.

 

La otra es que todo advenimiento cultural nace, crece y se desarrolla sin autocrítica, porque todo su esfuerzo está centrado en la propaganda de su llegada al mundo: he aquí la buena nueva. Ha llegado el mesías del no teatro, del teatro expandido… y si a ti, pinche crítico de los llanos de Apan, se te ocurre hacer un reparo a su alabanza a la guillotina del teatro, estás gagá, viejo y pendejo… coño y verga, para seguir con legom.

 

Si no quieren hacer teatro están en todo su derecho, pero que no jodan a la gente que apenas comienza a saber lo que es el teatro, para presentárselo a la gente que jamás ha ido al teatro.

 

Lo que me extraña de tan grandes intelectos y tan grandes y queridos amigos, y lo digo sin ironía, que han renunciado al teatro en favor de la marcha por el bien común, es que sigan presentándose como gente de teatro, en lugar de alinearse abiertamente como activistas sociales con un pasado inconfesable, como haber sido alguna vez gente de teatro.

 

En fin, comencé esta disertación tratando de darles alguna luz a los jóvenes estudiantes y egresados de teatro, sobre la compleja de nuestro país y nuestro teatro… y me temo que sólo he aumentado su desconcierto. Que así sea para que indaguen por sí mismos dónde está la salida del túnel del país y del teatro.

 

En lo que concuerdo por completo con mis amigos de punta, para no decirles de vanguardia, es que en cualquiera de sus formatos nunca como ahora el teatro de hoy no puede ignorar la atroz realidad que nos tiene como uno de los países más corruptos, desiguales, tranzas e injustos del mundo. La cuestión es qué y cómo hago para que el teatro, sin ser panfletario, sin ser didáctico, como invención poética, como causa en el hacer y el decir, logre llevar gente al teatro, esa es la gran cuestión. Llenar los teatros para luego sacar a ese público a la calle, a la plaza, a la marcha por el bien común.

 

 

* Periodista, crítico y dramaturgo

 

 

Conferencia dictada dentro del seminario de dramaturgia impartido en el Centro de las Artes de Tlaxcala del 2 al 9 de abril de 2016.

 

 

 

Contacto: piedra.de.toque@live.com

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia