La colonización tlaxcalteca
en el norte, salto al vacío

Eduardo Merlo Juárez
 
   
 
 
Mural de Xochitiotzin: La partida de las 400 familias

Síntesis de la intervención del autor en la presentación del libro ‘Los colonizadores tlaxcaltecas Siglos XVI al XIX’ de Yolanda Ramos Galicia, Jaime Sánchez Sánchez y Armando Díaz de la Mora, sucedida el jueves 9 de junio en el Museo de la Memoria de Tlaxcala.

 

 

El libro es una extraordinaria síntesis de la historia de Tlaxcala. La primera parte nos está hablando de esa historia de Tlaxcala, por eso cuando le ponen el título ‘Los colonizadores tlaxcaltecas Siglos XVI al XIX’ se equivocaron, nos están diciendo que los tlaxcaltecas son colonizadores por lo menos desde el siglo XIII, cuando salieron de Aztlán o Chicomostoc o de cualquiera de aquellos lugares lejanos en busca de mejores tierras y empezaron a buscar donde colonizar. Se nos narra esa peregrinación de los chichimecas.

 

Para los pueblos civilizados de Mesoamérica, todo lo que quedaba más allá de Querétaro era la gran Chichimeca. Todos eran chichimecas hasta donde se perdía la memoria. En el norte inclusive los primeros mapas que hacen los europeos dejan abierto el norte porque no saben qué hay más allá. Es lo que nadie conoce, lo que todo mundo se imagina, las ciudades de oro y plata que se imaginan los españoles y muchos de ellos van en busca de eso que nunca encontraron.

 

Y los colonizadores tlaxcaltecas no se paran en el siglo XIX, siguen en el XX y en el XXI.

 

Cuando uno recorre los Estados Unidos con gran sorpresa se encuentra uno colonias tlaxcaltecas en todos lados. Están en Chicago, en Nueva York, en Los Ángeles, en Houston y en todos lados… siguen colonizando. Pero este libro es el preámbulo de esa historia.

 

El tema del libro se refiere básicamente a los colonizadores que salieron ya de la Tlaxcala colonial, de la Tlaxcala después de la conquista a colonizar el norte. El virrey Luis de Velasco, el joven, no segundo sino el joven, sabe que una de las posibilidades de aplacar a los grupos trashumantes del norte, a los nómadas, es mediante el establecimiento de colonias, establecer poblaciones, pues tiene la idea que con las poblaciones éstos grupos voluntariamente se van a incorporar… lo que no sucedió. Entonces hay que llevar gente que esté acostumbrada a vivir en un solo lugar, para supuestamente atraer a los nómadas, a los trashumantes.

 

Ya desde 1570 se hace este experimento. Incluso se pide a los señores tlaxcaltecas, a los cuatro gobernantes tlaxcaltecas, que son respetados todavía, que aporten colonos, o candidatos a colonos, para que vayan al norte… y se oponen… se oponen y con toda razón. ¿Cómo así nada más?... Pues no.

 

Ante esa negativa, el virrey, que no es todavía Luis de Velasco, se disculpa diciendo: “ya no se molesten, ya mandamos a los de Jilotepec”. Es decir, a los otomís ya los echaron para allá, que al fin y al cabo esos voluntariamente fueron a decirle a Cortés que querían ser sus vasallos.

 

No es fácil la tarea, por eso en diciembre de 1590 el virrey decide que lo mejor es mandar a gente de confianza, a gente segura, y los más confiables para él son los tlaxcaltecas. Es la gente que después de presentar resistencia a los españoles, hizo un pacto con ellos que se respetaba según el tiempo: a veces sí, a veces no; si se presionaba mucho había respeto, si no se presionaba había abuso. Pero era la gente de confianza.

 

Se organiza todo entonces. Se pide a los gobernantes de los cuatro señoríos que todavía siguen funcionando; es decir, hay en teoría un respeto a la antigua organización que los españoles llaman república, y esta vez acceden. Se pide a cada señorío cien familias para ir a colonizar el norte. Y el norte es una palabra vaga… hasta allá… donde quién sabe qué habrá… donde da vuelta el aire…

 

Por eso, en la propia pasta del libro se transcribe un poco del texto original antiguo en boca del virrey, que dice: “Los indios de Tlaxcala caminan ya. Y habrá 8 días que salí 5 leguas de esta ciudad para verlos y animarlos y hacerles proveer lo necesario. Van en todo lo que yo he podido bien acomodados y parece que ya van de gusto y voluntad”.

 

Imagino a los tlaxcaltecas felices de la vida en unos carretones de un solo eje. Ni siquiera son carros de cuatro ruedas. Son de dos arrastradas por mulas, por caballos, por bueyes… no sé. ¿Y cuánta gente cabe en una carreta de estas, cargando todas las cosas que se tienen que llevar?

 

Y ciertamente cada uno salió de su propio señorío, no desde la romántica versión de que salieron del ex convento de Nuestra Señora de las Nieves. Y sí se juntan en un convento franciscano en el estado de México, a donde el virrey va y de ahí emprenden la marcha hacia el norte.

 

Previamente, y estamos hablando de 1591, salen en junio pero no salen juntos, no podían salir juntos; salen unos primero, otros después; desde el 6 hasta el 9 de junio salen las carretas de cada uno de los señoríos, y deben haber ido unos a pie y las mujeres y los niños en los carros todos cargados. Cada uno de ellos sabe que no va a volver, es imposible; está tan lejos lo que llaman el norte que cuándo van a regresar.

 

Saben que van a enfrentar aquello que llega en noticias hasta el centro y que no se sabe qué: los indios bárbaros, los chichimecas, que no entienden de acuerdos y que atacan las caravanas de españoles y de indígenas que van con ellos… y se van a enfrentar a los indígenas cuyos nombres llegan acá con horror: los huachichiles, los pames, los cascanes, los zacatecos, los hirripilas, los nadadores, los huaicuras y más allá, los apaches y comanches.

 

Pero esas menos de 400 familias, porque no se pudieron reunir todas, ponen una lista gigantesca de condiciones para realizar la empresa, y las acepta el virrey: que no sean tratados como los demás indígenas, sino como nobles y señores; que no dependan de Guadalajara sino de México; que se les dé permiso de montar a caballo y traer armas como los españoles; que sus asentamientos no se confundan con los de los españoles, que sean distintos; que los españoles no tengan oportunidad de meterse a sus terrenos de cultivo; que no estén cerca de las dehesas, que son los campos de ganado de los españoles, porque dañarán sus siembras; y si a ellos se les da ganado, que se respeten las tierras de su ganado. Es una lista muy larga… y tienen razón. Van a arriesgar la vida, van a lo desconocido y no saben si van a tener todo lo necesario… y por lo menos en teoría se aceptan todas estas condiciones. Es la primera vez en la historia colonial de este país que se concede tantos privilegios a un grupo de indígenas.

 

Encontraremos, por ello, colonias tlaxcaltecas en esas avanzadas, en San Felipe el Real, en Santiago de Saltillo, en Poesillo, en lo que va a ser Zacatecas, en lo que van a ser las poblaciones de San Luis y más allá, llegan hasta Santa Fe, en Nuevo México… y más allá no pueden ir porque ya no hay nada… no se sabe qué hay más allá, pero ahí están presentes.

 

El libro ofrece la lista de las familias, algo extraordinario, pero muchos de los colonizadores por alguna razón cambiaron sus apellidos. Tlaxcala es uno de los territorios que conservan sus apellidos indígenas, pero de pronto aquí, posiblemente por la ostentación de ir a la par con los conquistadores españoles, el apellido es muy importante para ellos en aquel momento. Hay unos pocos que conservan sus apellidos, pero la mayoría no.

 

 

 

* Eduardo Merlo Juárez es profesor por la Escuela Nacional de Maestros, arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, maestro en ciencias antropológicas y doctor en arquitectura y urbanismo por la UNAM. Actualmente coordinador de arqueología del centro INAH Puebla, catedráticos en varias universidades del país y del extranjero, varios libros en su haber y más…

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@hotmail.com

 

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