Colonización tlaxcalteca,
relaciones de poder

Sergio Ramos Galicia
 
   
 
 
Peones de hacienda en 1904

Intervención del autor en la presentación del libro ‘Los colonizadores tlaxcaltecas Siglos XVI al XIX’ de Yolanda Ramos Galicia, Jaime Sánchez Sánchez y Armando Díaz de la Mora, sucedida el jueves 9 de junio en el Museo de la Memoria de Tlaxcala.

 

 

En la conquista, en este escenario múltiple, como su fuera un circo de tres pistas, hay que combinar todos los problemas que nos proponemos investigar, de cualquier tipo, porque dentro de la historia en estos escenarios, inclusive en la vida cotidiana, se manifiesta el problema del poder, que en el fondo es el problema de la colonización.

 

Dice una bula que en nombre de dios, el dios cristiano, “nos concedió el Papa en exclusiva el derecho para invadir y conquistar su vida y reducir a esclavitud perpetua las gentes descubiertas”, desde Colón y todos los que siguieron. Y la razón invocada para fundamentar tal derecho era precisamente la evangelización.

 

Leí con mucho interés este libro ‘Los colonizadores tlaxcaltecas’, que es la segunda versión del mismo libro que ya se publicó en 2014. La estructura del libro yo la dividí, independientemente del índice, en tres partes: la primera incluye varios momentos desde la construcción de la nación tlaxcalteca hasta la toma de Tenochtitlán, pasando por la llamada alianza hispano-tlaxcalteca; la segunda contiene el proyecto de colonización desde las primeras campañas, en 1537, hasta las colonizaciones de la tercera etapa, de 1593 a 1801, empezando por la clásica jornada de las 400 familias en 1591.

 

El tema del libro, la colonización, tiene que ver con la guerra y el poder, pero me causó sorpresa que hayan separado de la colonización el tema de la evangelización, porque los españoles no daban paso en la conquista militar y política sin que los dieran en la evangelización. Desde sus primeros pasos en este continente, lo que hacían primero era construir un templo, plantar una cruz y una imagen de la virgen, bautizaban incluso a las primeras mujeres que los caciques les regalaron. Y todo esto se repite hasta la caída del templo mayor en Tenochtitlán.

 

La guerra adquiere diferentes manifestaciones. En muchas crónicas de los diversos actores y testigos de la época, las manifestaciones de la guerra son muy descriptivas, a veces se anuncian los hechos como si fueran decisivos, o no se dan los elementos suficientes para poder reconstruir el proceso de la guerra en su inicio, desarrollo y culminación que nos permita inclusive aceptar la credibilidad de lo que dicen. Por ejemplo está el momento en que Moctezuma entrega el poder a Cortés, que describe Bernal Díaz del Castillo, que dice que le dijeron.

 

Pero más allá del calificativo que queramos poner a este momento teatral, donde se encuentra un emperador temeroso y un personaje engreído como Cortés, debemos pensar esta situación con más cuidado por las implicaciones que tiene, porque comentando ese simple tránsito de poder, para que esto sea creíble se tiene que inventar a su vez que Moctezuma tenía un gran poder individual, tal que se le quiere despojar de él. Si esto fuese así, entonces nos obliga a pensar por qué no persiguieron a los españoles hasta acabar con ellos, si existía un gran imperio. U otro: que realmente no existían ni emperador ni imperio.

 

En todo caso tenemos que repensar críticamente la naturaleza de las crónicas de los soldados, sacerdotes, cronistas y administradores.

 

Por ello mismo no se puede omitir que la descripción que hacen los autores (del libro) de la colonización merece, en otra edición, que el estudio del problema de la misma se le agregue el de la evangelización, para tener una noción más completa de cómo en este proceso de conquista se iban destruyendo las formas prehispánicas de dominación, de explotación, y construyendo nuevas relaciones de poder.

 

Los apéndices del libro son cuatro, uno es el acta levantada en el río San Juan que contiene la cuenta, por sus nombres, de los indios de Tlaxcala que llegaron a poblar entre los chichimecas en 1591. Este documento, además de los nombres de los jefes de familia de los cuatro señoríos que componen esta caravana, incluye datos de su estado civil, nombre de su esposa, de sus hijos y las edades.

 

Por cierto, noto ahí que el censo de familias colonizadoras de 400, que se menciona siempre como el dato histórico, se ha reducido a 342, por lo cual este evento cambiará de nombre para ser simplemente la colonización tlaxcalteca.

 

El segundo documento contiene los mapas de las rutas de las 400 familias tlaxcaltecas que migraron hacia el norte novohispano en 1591, desde Tlaxcala hasta encontrarse con el camino real de México a Zacatecas, tramo mejor conocido como la ‘ruta de la plata’. Por cierto, estos mapas fueron realizados conjuntamente con investigadores del Colegio de San Luis Potosí. En este segundo apéndice, los autores nos aclaran el punto de salida de las 400 familias de Tlaxcala, porque se tenía la idea que los colonizadores tlaxcaltecas salieron en un solo grupo y el punto de reunión era el convento de Nuestra Señora de las Nieves, ubicado en San Juan Totolac. Pero con la nueva información que nos proporcionan, es más lógico suponer, dicen, que el inicio de la marcha tuvo que realizarse desde cada tlaltocayotl, siguiendo el camino más accesible para favorecer el desplazamiento de sus carretas, que se supone eran de un solo eje y tracción animal, hasta Cuautitlán, en el estado de México, deteniéndose ahí para realizar un recuento de los migrantes y de las bajas ocurridas, hasta llegar al Cuisillo, en Zacatecas.

 

En este lugar, según se nota en el mapa correspondiente, las familias se distribuyeron según un plan preconcebido antes de la salida de Tlaxcala, para ir dando acomodo definitivo a las familias tlaxcaltecas.

 

El apéndice 3, que se llama La Probanza, de 1573, refiere a los interrogatorios que se hicieron a algunos residentes en Guatemala y el Salvador, respecto a si conocían o no a algunos moradores tlaxcaltecas en ese lugar.

 

El apéndice 4 es el listado de todas las poblaciones con asentamientos tlaxcaltecas localizadas hasta el momento de la investigación. Este listado abarca desde los años 1520 hasta 1591 y se subdivide en tres fases. La primera, de 21 a 37, periodo que se caracteriza por la participación de los tlaxcaltecas como guías y acompañantes de los españoles, cuyo propósito era la ampliación de la dominación territorial. Yo diría que más que acompañantes, realmente eran tamemes. En este apéndice los autores mencionan en total 67 tlaxcaltecas, ubicados 56 de ellos en 16 estados de la república, 8 en Centroamérica (Guatemala, El Salvador y honduras) y 3 en Estados Unidos.

 

Pero en un documento que se llama ‘Catálogo de las provincias de esta Nueva España’, se dice que con la ayuda de los valerosos tlaxcaltecas, con la fuerza de sus brazos ganaron, conquistaron, pacificaron y poblaron aquellas dilatadas y populosas provincias de Guatemala, Chiapas, Honduras, Nicaragua, Campeche y Florida… y otras que por no hacerme prolijo no refiero. Nicaragua quiere decir ‘Hasta aquí llegaron los nahuas’.

 

Se agrega que este informe fue realizado a fines del siglo 17 y fue firmado por 17 testigos de los primeros conquistadores. De ser válido este documento y con tal información, los asentamientos tlaxcaltecas pueden ser más de 67 que los reportados por ustedes (los autores en el libro), aunque en ese documento que señalan se menciona solamente a 62.

 

Todos estos asentamientos tlaxcaltecas colonizados son parte de las conquistas que iniciaron antes del sitio a Tenochtitlán. En este periodo Cortés envió a algunos capitanes a someter los territorios cercanos, con el propósito de cortar el abastecimiento que Tenochtitlán recibía del exterior, para iniciar así su campaña de asedio que para los años de 21 a 24 la derrota y la conquista del antiguo imperio mexica estaba ya concluida.

 

Aquí comienzan más ampliamente las conquistas regionales: el Pánuco, Coatzacoalcos, Michoacán… Pero no todas las conquistas se realizaron de la misma manera, algunos sitios se entregaron pacíficamente a los españoles y Cortés explica la razón, porque “ellos eran súbditos de aquel señor Moctezuma y como por mí tuvieron noticia de vuestra alteza y de su poderío, dijeron que querían ser vuestros vasallos. Le rogaban que los defendiese de aquel señor Moctezuma que los tenía por fuerza y tiranía”.

 

Sorprende que en la lista de las primeras conquistas regionales no se encuentren los poblados de Zempoala, Tlaxcala, Huejotzingo, Huaquechula, Acatzingo e Izúcar, que son los primeros aliados de los conquistadores.

 

Aunque la colonización y la evangelización continuaban siendo la estrategia general después de la conquista, también se encontró resistencia como la que opusieron valientemente los pueblo de Malinalco, de Matlazinco y de Atlixco, al grado que algunos sitios como Xaltocan, Yautepec, Jilotepec e Iztapalapa la conquista solamente se logró por la destrucción material de los poblados y la desaparición de sus habitantes. O de plano el aniquilamiento total como en Yecapixtla.

 

Tomando las ideas de Rosa Dupeirón en un artículo que propone repensar las guerras indígenas en las crónicas de la conquista, afirma que los discursos evangelizadores tiene el propósito de construir una nueva memoria colonizada, una nueva identidad para el indio, que marca el camino y el destino de los futuros indios sometidos, redimidos y despojados de su futuro y por tanto ‘deshistorizados’.

 

Pero también algunos mensajes actuales de la propaganda oficial tienen el mismo propósito que la evangelización: sujetar la memoria de una población que estaba sometida y explotada al poder de las haciendas, por la memoria y la tradición española. Me refiero a la fotografía que se encuentra en el módulo turístico frente a la oficina de correos, en la que se muestra a una mujer indígena en el interior de una hacienda con la leyenda más ofensiva y humillante que he visto en Tlaxcala: “El esplendor de nuestro pasado en nuestras haciendas”.

 

Primero las autoridades de Turismo logran difundir exactamente la decadencia de las haciendas, porque la población campesina no se traga el mensaje de que su tradición era disfrutar la ostentación de las haciendas, porque en su memoria existen aún los tiempos de sufrimiento y los tiempos de explotación y el maltrato que recibían los peones, sus esposas y sus hijos en esas haciendas.

 

A veces las conquistas no eran duraderas. En Pánuco, por ejemplo, el sometimiento iniciado por Cortés termina con un levantamiento de indios y tiene que regresar Gonzalo de Sandoval para pacificar esas tierras. Los ‘cascales’ se levantaron en 41 y tendrá que ir a pacificarlos el mismo virrey de Mendoza. Y hasta mediados del siglo 20, como es el caso de la tribu seri, todavía conservaban su autonomía frente a cualquier tipo de intromisión del poder local o federal.

 

A mediados del siglo 16 se estaba en vísperas de la explosión de la gran revolución chichimeca que ocurrió en 1541, llamada la guerra del mixtón, la cual ponía en peligro los territorios ganados por los españoles y en los que se estaban descubriendo las minas de oro y plata. Este lugar del descubrimiento fue llamado Zacatecas. Pero las políticas de exterminio y esclavitud en esas minas, constituían un excelente caldo de cultivo para el estallamiento de la serie de rebeliones que ocurrieron en el norte del país. Este proyecto de colonización y evangelización hacia el norte, fue realmente una guerra, de ser una guerra a la que se enfrentaron los españoles que tuvo una duración de 40 años, una guerra que no tiene comparación con los dos años que emplearon los españoles para la conquista de Tenochtitlán. Esta guerra, además de ser la más prolongada en toda la historia de México, fue el primer enfrentamiento completo y constante de la civilización contra el salvajismo de este continente.

 

Esta guerra, agrega Powell, era una nueva clase de guerra, ajena a la experiencia tanto de los españoles como de sus aliados indios, negros, mestizos y mulatos. Los chichimecas firmaban tribus y naciones nómadas y semi nómadas en el norte de México; su forma de vida era muy primitiva porque andaban desnudos, pero eran individuos tan extraordinariamente valerosos, excelentes arqueros y maestros en la táctica de pica y huye, en súbitos ataques y retiradas. Para someter a estos guerreros, el instrumento de la diplomacia que empleó Cortés con tlaxcaltecas y mexicas resultó totalmente ineficaz. Estos chichimecas eran el terror de los caminos de los nuevos asentamientos ganaderos y de los campos mineros; llegaban y combatían en grupos pequeños o bandas, casi sin jefes visibles o respetados; no había caudillos importantes capaces de comprender o negociar, o poner en vigor algunos de los tratados de paz que los virreyes y generales querían imponer.

 

Pero además había una gran resistencia al proceso de evangelización, lo cual hizo casi infructuosos los esfuerzos de los misioneros en la empresa de pacificar a esos chichimecas.

 

Como no había modo de convencer o derrotar a los bárbaros chichimecas, después de 40 años de lucha, la táctica fue emplear la diplomacia necesaria para atraer a las tribus al acuerdo de establecer la paz, un esfuerzo misionero que diera cohesión y un objetivo espiritualmente loable a toda la empresa. Importante en esta política de evangelización es que se llevó a cabo con los frailes misioneros y ya no con los soldados conquistadores, y en ello puede haber alguna diferencia tanto en el modo como en el método de evangelización y su contenido.

 

En los capítulos primeros del libro subyace la idea respecto a la versión histórica de que la derrota de los mexicanos se debe a la alianza que establecieron los tlaxcaltecas con los españoles. En la conquista hay derrotados y vencedores… y también hubo aliados, pero en este episodio de la conquista sólo tenemos la versión de los vencedores, pero no la de los derrotados ni de los aliados, por eso creo que una versión crítica, escrita por los tlaxcaltecas, la cual creo que no existe, sería de suma importancia no solamente para aclarar las circunstancias históricas de los hechos de la conquista, sino para destruir la leyenda negra contra los tlaxcaltecas.

 

Es necesario romper la doble personalidad que decía Masae Sagawara que teníamos los tlaxcaltecas: ser mexicanos y ser tlaxcaltecas. Esta doble personalidad nos impide romper el nudo que nos ata al papel que nos ha otorgado la historia liberal del país. Agrego que esta historia ha sido escrita fundamentalmente por criollos, porque a este país, México, lo crearon grupos criollos triunfantes de la independencia.

 

Mi versión es que los tlaxcaltecas no fueron aliados de los españoles, por el contrario. La presencia de los españoles dio la oportunidad a los tlaxcaltecas y a otros pueblos de usarlos como mercenarios, de revelarse y enfrentar a los aztecas y liberarse para siempre del sello permanente y el yugo que les querían imponer.

 

Por supuesto, como sucede en todas las guerras, los mercenarios se volvieron conquistadores, los tlaxcaltecas fueron traicionados por los mercenarios y se clausuraron aliados y la famosa triple alianza fue derrotada.

 

Desde antes de la invasión española sabemos que la violencia azteca sobre los pueblos dominados ocasionó un levantamiento general que acompañó la llegada de los españoles en el altiplano central. Hay fuertes indicios de que estaba en proceso una rebelión de los pueblos tributarios, como demuestran totonacas, tlaxcaltecas y muchos otros pueblos descontentos por la explotación de que eran objeto por parte de los mexicas.

 

Es decir, la conquista de los españoles hay que verla como una rebelión de los pueblos tributarios, que el enemigo principal a derrotar era la triple alianza, que la fuerza opositora estaba compuesta por tlaxcaltecas y los otros pueblos tributarios, que los líderes principales para dirigir esta campaña era Xicohténcatl el joven, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, y no Cortés y su ejército.

 

Lo que Cortés hizo fue arrebatar las consignas de la guerra y la dirección del movimiento a Xicohténcatl el joven, como lo demuestra su posterior asesinato por Cortés.

 

 

 

* Sergio Ramos Galicia tlaxcalteca sociólogo por la UNAM, estudios de maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de la Unesco, con sede en Santiago de Chile y estudios de posgrado en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres. Es profesor e investigador jubilado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, profesor en el Departamento de Sociología rural de la Universidad Autónoma de Chapingo, coordinó la carrera de sociología de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y coordinador del Centro de Investigación de Organizaciones Civiles de la UAM.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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