New York Night

Diego Pedro Minero Arredondo
 
   
 
 

 

Durante años había soñado con vivir en New York, en su propio apartamento en la cima de un rascacielos. Cuando recién llegó a la ciudad y abordó el taxi que lo llevaría a su edificio, estaba completamente seguro de que, apenas arrancara el motor, iba a empezar a sonar New York, de Sinatra, y que de algún modo todas las cosas que valía la pena ver aunque fuese de un vistazo iban a coincidir, convenientemente, en la ruta que tomaría el taxi, para que él pudiera verlo todo por la ventanilla.

 

Pero no fue así, porque es una ley natural no escrita que, invariablemente, cuando imaginamos un acontecimiento de cierta manera, es una forma de asegurarnos de que no sucederá así. Cada variante en que nos imaginamos el desarrollo de algo es un método infalible para ir descartando esas posibilidades, que ya son imposibles por el sólo hecho de haberlas imaginado.

 

Por ejemplo, él nunca imaginó que llegaría a New York con prisa, ligeramente angustiado, porque tenía que resguardarse antes de que se desatara una de las peores tormentas jamás registradas en el país, según advertían los expertos de la televisión.

 

Apenas estuvo en su apartamento dejó las voluminosas maletas en la sala y, sin encender más de un par de luces, se dejó caer en un sofá. No se dio cuenta de cuándo se quedó dormido, así de cansado estaba por el viaje. Esa no era, de ninguna manera, la glamorosa primera noche en NY que había imaginado incontables veces para sí mismo. Lo dicho: imaginarlo es cancelarlo.

 

Despertó violentamente, poco después de medianoche, a causa de un ruido que, al inicio, le pareció el estruendo de una explosión. Pronto se dio cuenta de que en realidad el ruido eran truenos furiosos como nunca había escuchado en su vida. Se sintió desconcertado porque la tormenta debía comenzar, según todos los pronósticos, hasta la mañana del día siguiente, muy temprano. Lo siguiente que notó fue que el par de luces que dejó encendidas apenas llegó ahora estaban apagadas; si conseguía distinguir dónde estaba era por los continuos relámpagos de la tormenta.

 

Se levantó del sofá y se dirigió al ventanal. No había pensado que la primera vez que se asomara, en vivo, por una ventana para mirar la silueta nocturna de la ciudad sería en medio de una tormenta tan salvaje. Mucho menos imaginó que, al asomarse, iba a encontrarse con un apagón total en la ciudad. Los edificios reducidos a descomunales monolitos, bien podrían ser ruinas antiquísimas de roca negra, iluminados por los relámpagos y agitándose bajo el temblor que traían los truenos. Una ciudad negra y sin luz, bajo un cielo negrísimo que escupía luz con rabia.

 

Entonces vio, en la distancia, lo que era más extraño que una tormenta adelantada o una ciudad entera a oscuras: una figura inconcebiblemente inmensa, humanoide, inmóvil. Parecía que hubiera aparecido ahí de pronto, tal vez brotado de la tierra pero, por alguna razón, resultaba más convincente pensar que había caído del cielo, probablemente envuelto en un relámpago más grande que todos los demás juntos. La figura, con cuatro caras alrededor de una cabeza coronada, alzó el brazo, señalando el cielo admonitoriamente, y abrió al unísono las cuatro bocas. El grito fue más potente que los truenos, similar a una trompeta enorme, metálica, que no iba a terminar de sonar nunca.

 

Se quedó de pie frente al ventanal, ante esa visión que no había imaginado nunca en su vida y, por eso, era perfectamente posible. Nunca se habría imaginado que cuando el mundo terminara, él iba a encontrarse completamente solo, y tan lejos de todo, y por lo tanto, así fue.

 

 

 

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