Tres días de otoño

Philippe Curval
 
   
 
 

 

Qué mañana tan fresca, pensó Cordwainer.

 

Un pájaro de cartón piedra giró en el cielo y desapareció. El otoño, el otoño, la niebla extendiéndose como una mariposa: el universo estaba lechoso, la bruma se estaba levantando.

 

—Es la estación de los espejismos —dijo claramente, por el placer de escuchar su voz oponiéndose al silencio. Echó a andar por el vallado que llevaba al laboratorio. Se sentía el olor húmedo de las hojas muertas, de los líquenes y los musgos que se unían para componer el aroma de un hongo indefinible, ni amanita ni seta, síntesis de la germinación en el seno del moho. Algunas espirales de bruma se levantaban alrededor de los troncos pardos, destruyendo la perspectiva de la avenida. El cielo comenzaba al ras de las hojas amarillentas y se disolvía en gruesas gotas grasientas. Cordwainer sintió que una gota penetraba por su cuello y no pudo contener un estremecimiento.

 

Para ignorar la aventura que le esperaba, buscó distracción en los juegos de luz sobre el mosaico, tan otoñal, que formaban los diferentes matices de la fronda. Inducirse, deslizarse, fluir; no había un verbo preciso para designar la tarea que iba a emprender y, sin embargo, había leído cien veces su relato en las revistas favoritas de su adolescencia que hablaban del futuro. Se trataba de uno de los sueños más antiguos de la humanidad: viajar en el tiempo.

 

— ¡Qué broma! En otros tiempos, ¡cuántas burlas hubiera recibido su proposición en el consejo científico! Como un pájaro, Cordwainer dio vueltas alrededor de un árbol joven cuyo tronco había asido. Su mano servía de perno y su brazo de rayo, mientras jugaba al escondite consigo mismo. Las hojas secas, protegidas del rocío por las ramas, crujieron.

 

—El ruido del tiempo. ¿No será un presagio siniestro?

 

Desembocó en un claro donde a la luz difusa jugaban algunos ciervos. Una ardilla hizo una pirueta en el rubio oscuro del follaje y desapareció.

 

— ¡Como yo! —dijo Cordwainer, chasqueando los dedos de un golpe seco—. ¡Zas! No podía controlar esos pensamientos morosos que brotaban en su interior, como las burbujas de un líquido. Sin embargo, era un día glorioso para la humanidad y para él, que iba a zambullirse en el pasado.

 

—Un pasado que conozco. Pero puedo recrearlo. ¿Recrear qué? —La certeza de que originaría una peligrosa paradoja temporal si modificaba el pasado, aun mímicamente, le impedía comportarse más que como un espectador.

 

Porque el pasado seguía existiendo; no tenía ninguna duda. Lo había palpado, lo había sentido, había medido su realidad con aparatos experimentales que había puesto a punto para este proyecto. Y era él, Cordwainer, quien realizaría la misión: dar un salto de un año y volver al momento actual siguiendo el curso normal del tiempo, porque no había descubierto la forma de hacer el viaje de vuelta a partir de la cabina temporal. ¿Por qué razón le hacían el honor de ser el primer viajero? Sintió pánico.

 

—No puede ser; no, ¡no puede ser! —Se cogió la cabeza con las manos y la sacudió varias veces, de izquierda a derecha. Esa especie de exorcismo surtió efecto. Sintió nuevamente el ácido picoteo de la realidad. Se apoyó en el espacio; el paisaje volvió a tomar forma. Contempló el panorama que percibía, ahora que iba a partir; era una escenografía otoñal, poco teatral pero sometida, como todas las escenografías, a los prejuicios de la subjetividad. Le pareció demasiado realista.

 

Esa mañana, Karen le había dicho: «Vete con buen viento, Cordwainer», con una tierna sonrisa. Su lengua rosa, rosa, aparecía entre sus dientes. Le gustaba muchísimo mirarla hablar; movía la cabeza de una forma tan bonita, su boca animal, independiente y dulce, ¡tenía tanto encanto! Ella había logrado hacerle admitir la lógica de que el creador del proyecto tiempo verificara personalmente el buen funcionamiento de la obra colectiva. Pero en cuanto quedaba solo, rechazaba instintivamente la responsabilidad.

 

Brumbrumbrum, la barrera que cerraba la entrada del laboratorio, se abrió con un ruido excesivo. Los mecanismos auxiliares no eran perfectos. Una línea horizontal, después de las verticales de la avenida y de los árboles, deformadas por los movimientos de los ciervos saltando, volviendo a caer, lanzándose en una breve carrera, deteniéndose bruscamente y volviendo a formar un grupo compacto. Ese juego creaba formas curvas, que se desvanecían inmediatamente. ¿Qué significado debía atribuirles? ¿Sería necesario tener en cuenta los desplazamientos a la derecha y a la izquierda? Durante ese momento de intensa ansiedad que precedió a su entrada en la cabina, Cordwainer trató por todos los medios de tranquilizarse. Y no logró más que aumentar su angustia. Pronto, ya no quedaría ninguna huella de su pasaje por una dimensión inexplorada. ¿Se moriría tan fácilmente remontando el tiempo como siguiendo su evolución natural? Ningún testimonio indicaba con certeza que se siguiera siempre el mismo camino yendo desde el presente hacia el pasado, el mismo que se había tomado yendo en el sentido contrario. Existía una hipótesis según la cual el tiempo podría desarrollarse en un número infinito de dimensiones, en las que resultaría fácil perderse. Los ratones y los monos no habían suministrado ninguna indicación precisa sobre ese punto.

 

Sus ayudantes le recibieron entonando una canción de despedida particularmente marcial. Los imbéciles sonreían abiertamente. Eran tan parecidos a la imagen que el mundo tenía de ellos que debían haber elegido su peinado, sus rasgos y sus ropas de acuerdo a los resultados de las encuestas. Todo era tan limpio, tan perfecto, en la civilización de principios del siglo XXI, que ya no había razones para que los objetos se descompusieran o las personas envejecieran. El servicio postventa funcionaba durante las veinticuatro horas del día, y en la conservación de los ciudadanos y sus bienes no había ninguna negligencia. Quizá era a causa de esa perfección que Cordwainer había animado y dirigido el proyecto tiempo; para ver algo sucio. Su abuela lo había mecido tanto con los cuentos de un mundo dormido, oxidado, ineficaz, que sentía nostalgia de él; la comparación con el universo aséptico en que vivía, la blancura rectilínea de las vías de comunicación, los armoniosos fuselajes de las máquinas espaciales, el acondicionamiento higiénico de los alimentos, la sobriedad anónima de la ropa, las imágenes coloreadas por la felicidad de la televisión en relieve, le hacían pensar con nostalgia en el Eldorado perdido. Partidario del pasado, había sentido la llamada de este viaje. Cordwainer quería olvidar las cubas de carne de las grandes empresas de carnicería artificial. Deseaba reencontrar la atmósfera de las ciudades contaminadas por las cocinas domésticas, imaginaba que le gustaría andar por las calles llenas de basura o por los campos sin cultivar, y no quería depender de un ambiente urbano que uno podía lamer, tan limpio era, ni de una naturaleza tan sofisticada que uno seleccionaba para su jardín la estación que deseaba encontrar a la mañana siguiente.

 

Desde que obtuvo su título universitario había pasado todo su tiempo dedicado al tiempo.

 

Ante su silencio, sus colegas abandonaron, uno a uno, sus amplias sonrisas, como si fueran autómatas. Cordwainer sintió que su amargura disminuía; quería mucho a esos hombres con los que trabajaba desde hacía tantos años y que lo habían ayudado a realizar su sueño. O su pesadilla: una mano le dio dos bofetadas. Era así como lo despertaba su abuela, por la noche, cuando su cuerpecito se retorcía entre las sábanas, presa de sueños terribles. Deliciosas agonías de la infancia, ¡trampas oscuras por las que descendía hacia minúsculos abismos donde los osos lo devoraban! Dentro de unos instantes se internaría por la trampa del pasado. ¿Quién lo devoraría? ¡Basta de conjeturas! Hoy no se trataba más que de un viaje experimental; el gran descenso hacia la infancia del mundo no podría comenzar más que algunos segundos después de su partida hacia el año menos uno. En ese momento habría hecho el viaje en sentido inverso y podría sacar conclusiones de su primera experiencia temporal, con sus ayudantes. Cuando volviera, el proyecto tiempo adquiriría su verdadera dimensión. Pero hasta ese día, ¡cuántas incertidumbres! En teoría, se suponía que, a un año de su partida, coexistirían dos Cordwainer: el que vivía en esas fechas y el otro, un año mayor, que se reuniría con él. Si los animales que se habían enviado a unas horas de distancia en el pasado no habían vuelto nunca, era porque regresaban inmediatamente al pasado en cuanto volvían al momento de su partida. Para que el proyecto tiempo pudiera progresar, había sido necesario sacrificar a esos animales y dejarlos en el bucle temporal que implicaba el experimento.

 

Cordwainer actuaría de otro modo e intentaría utilizar con finalidades diferentes los dos ejemplares de su persona. La más joven de las dos reharía exactamente los gestos que estaba realizando, mientras la segunda, después de haber vivido por segunda vez el mismo año, debía evitar la encerrona en el rizo y sobrepasar el momento de la partida hacia el pasado para llegar a su futuro.

 

Cuando entró en la pieza donde estaba la cabina temporal, Cordwainer no pudo evitar un ligero retroceso. Si su hipótesis no era exacta, se vería obligado a vivir eternamente el mismo año, esperando que un día, uno de sus sucesores en la dirección del proyecto tiempo, fuera lo suficientemente inteligente como para descubrir un medio autónomo de viajar en el tiempo.

 

Suspiró, después de la fresca mañana de otoño que acababa de abandonar, se sentó en uno de los bancos acolchados de la cabina y pidió que no cerraran inmediatamente la compuerta.

 

Sus ayudantes realizaron una comprobación cronometrada del experimento, para verificar el funcionamiento de todos los aparatos. Se trataba de hacer funcionar una especie de cañón, capaz de proyectar la cabina temporal hacia el pasado. El éxito de la operación dependía de la exactitud del tiro.

 

—Todo bien, Cordwainer. Por nosotros, puede partir dentro de treinta segundos. Esta aventura tendía a volverse banal; parecía ridículo partir hacia el pasado según un horario tan preciso. Cuando regresara, después de volver a vivir un año, ¿qué quedaría de los segundos ahorrados en el momento de la partida? Habría que decir, cuando él regresa, después de haber revivido un año, ¿qué queda de los segundos ahorrados?, o bien, cuando él habrá regresado, ¿qué quedará? ¡Qué conflictos gramaticales iba a suscitar el viaje en el tiempo! Los recuerdos del viajero se extenderían por todas las direcciones del tiempo: presente, pasado y futuro se confundirían en él. Cordwainer se echó a reír. ¡Tantos millones invertidos para escribir un poema en prosa sobre la eternidad y la duración!

 

Pero ¿no había sido elegido para realizar este proyecto porque era poeta? El gobierno le había confiado esta tarea cuando se había pasado a las ciencias. En la época en que la cultura occidental se derrumbaba, Cordwainer había comprendido inmediatamente qué caminos ofrecía la física a la imaginación. Entonces, en vez de unirse a los últimos grupúsculos de creadores decadentes que producían para los últimos representantes del capitalismo que aún podían ejercer un mecenazgo, había preferido trabajar redactando una memoria de la que había surgido el proyecto tiempo.

 

Esta primera tentativa de viaje temporal ¿acaso significaba el deseo del gobierno de volver a instaurar la poesía en las costumbres públicas? Cordwainer lo dudaba. La civilización visual, nacida del siglo XX, había matado todas las formas de imaginación en los cinco mil millones de habitantes que poblaban actualmente la Tierra. La humanidad había perdido buena parte de su dinamismo, eliminando el poder oculto de los sueños y la especulación intelectual. Los problemas causados por el exceso de población no permitían demorarse en esos detalles ideológicos: había que alimentar, alojar, cuidar. El hombre se aferraba a sus comodidades, tan duramente adquiridas en los últimos siglos, y no deseaba ceder a la promesa ilusoria de una felicidad espiritual; demasiadas religiones, demasiados tiranos lo habían engañado. A fuerza de mirar la realidad, había quedado ciego.

 

El gobierno no podía enviar el exceso de población terrestre a los pequeños enclaves poco hospitalarios que había construido a precio de oro en la Luna, Marte y Ganimedes; la colonización del sistema solar era un fracaso. El viaje temporal, ¿serviría de paliativo a la conquista espacial? ¿Qué resultados se obtendrían enviando muchos cientos de millones de contemporáneos a la era secundaria? ¿Serían eliminados por las catástrofes geológicas, por las condiciones ecológicas, luego de la progresiva decadencia de una civilización prodigiosa? Cordwainer se demoró en estas hipótesis. Los supervivientes de este experimento podrían transformarse en los futuros héroes de la mitología o servir de base a las oscuras teorías sobre los Grandes Antiguos, nacidos cien años antes. Así, el hombre del siglo XXI sería, en realidad, el primer hombre. ¡Una explicación de la eternidad!

 

Como todos los grandes descubrimientos, el viaje temporal provocaba malentendidos; algunos especulaban sobre su rentabilidad futura y otros no veían en él más que una exhibición gratuita. Un porcentaje ínfimo de sus inventores pensaba en sus consecuencias sociológicas. Cada siglo es la Edad Media del que vendrá después. Cordwainer trató de imaginar las rutas del siglo XX, con los autos que las recorrían por la noche, a pesar de su estrechez, apuntándose con los faros los unos a los otros, como para enfrentarse en un duelo fratricida. ¡Y esos hombres estaban muy orgullosos del estadio tecnológico a que habían llegado!

 

Miró como la compuerta se cerraba sobre él. Karen le había dicho: «Haremos el amor durante un año más y podremos disfrutar de las alegrías del triángulo sin sentir celos». Aunque no fuera más que por eso, valía la pena intentar el viaje; los cien años de vida que nos prometen las estadísticas son un mezquino capital de amor. Tenía conciencia de la brevedad de la vida, tanta que sentía pánico. Durante su juventud había creído ser inmortal, hasta que aparecieron los primeros síntomas de la vejez. Lo habían atendido y retocado hasta que dejaron de ser visibles, pero las grietas eran profundas y crecían día a día. ¿Sería ésa una de las razones por las que se había lanzado a desafiar al tiempo?

 

Cordwainer trató de resucitar su placer y el placer de Karen; todo se confundía en una sensación única. Podía volver a ver cada momento de sus abrazos, cada una de sus caricias, sus cuerpos arqueados en el espacio de la habitación, pero sus espasmos no se diferenciaban: intensos o ligeros, agotadores o felices, se caracterizaban siempre por una mordedura en la espina dorsal. Al ser simultáneamente un participante y un testigo de sus juegos, su placer ¿se acrecentaría?

 

Seguramente sería capaz de analizarlo de forma objetiva. Sólo la vida en pareja permitía profundizar las relaciones amorosas, proseguirlas en todos los instantes de la vida, multiplicarlas. Cordwainer estaba seguro de eso; se preocuparía de que este año, que volvería a vivir con su doble, fuera provechoso para su amor por Karen. Iba a descubrir la consistencia de los recuerdos: ¿serían pegajosos, temblarían como la jalea o tendrían el aspecto de un viejo bolso de piel? Quizá se desvanecían, como la naftalina. Todavía no había tomado ninguna decisión acerca de la actitud que adoptaría con el otro Cordwainer. Si le confiaba esos recuerdos, de un año de antigüedad, se arriesgaría a perturbar su existencia; a pesar de los análisis a que se había sometido, ningún psicólogo habría podido tranquilizarlo sobre sus reacciones. Y si dejaba que su doble viviera como un ciego de la memoria, ¿acaso no se lo reprocharía?

 

Su asistente hizo un guiño a través del ojo de buey. Todo estaba listo y sólo esperaban que hiciera una señal. ¿Cómo le habían confiado una responsabilidad tan grande, a él, que no se sentía capaz de dirigir su propia existencia? Lo más que sabía hacer era atisbar entre los escollos. Cuando el proyecto se había puesto en marcha, Cordwainer había procurado no ser más que un integrante anónimo del equipo, pero sus compañeros, sabiendo que había sido el iniciador, le habían hecho comprender que no tolerarían a otro como director. Dio la orden de partida.

 

Las sensaciones que había esperado experimentar lo desilusionaron. Primero el zumbido suave y confuso de los aparatos de control; después, el ronroneo del propulsor temporal. Pudo seguir todos los gestos de sus ayudantes, aun sin verlos; ¡los habían ensayado tantas veces! Tuvo miedo, un miedo terrible, y se empeñó en reprimir su angustia siguiendo mentalmente todas las fases de la experiencia. Silencio. Esperó el formidable impulso del propulsor, un cañón que lo proyectaría hacia el pasado; contrajo todos los músculos. Disgregado. No más miedo. Se había desvanecido.

 

Ahora, una enorme llanura helada parecida a un papel de seda arrugado se extendía frente a él. Cordwainer la reconoció: estaba ante el paisaje que había contemplado exactamente un año antes de la partida. Las dos imágenes coincidían; con una simple mirada remontaba el año que acababa de descender. Un año al derecho, un año al revés… el tejido del tiempo.

 

El gris brumoso de una mañana de octubre. Seguía siendo otoño en un decorado diferente y sin embargo conocido. Abrió la compuerta; el olor de la escarcha en el campo le pareció familiar.

 

Dio algunos pasos en el habitáculo acolchado que había exigido fuera espacioso, y tomó su magnetófono para dictar el relato de su viaje en el tiempo: «La lamparilla violeta se encendió cuatro segundos después de comenzar el experimento; eran cuatro segundos de un infratiempo medido por los instrumentos de a bordo, que no corresponde a ningún tiempo real. La compuerta funcionó mal; hay que revisar el sistema de cierre. Me encontré ante el paisaje que había elegido y que había fotografiado anteriormente con esa intención. Es una enorme llanura en el Vexin; la tierra está sembrada en una extensión de varios cientos de hectáreas y unos pocos brotes de maíz atraviesan en algunos lugares los montículos helados. Por tanto, la deriva espacial que había previsto, como epifenómeno del viaje temporal, se ha producido. Esta llanura está situada a ciento diez kilómetros, en línea recta, del laboratorio. He logrado llegar al lugar que había elegido. Habrá que descubrir si esta deriva es provocada por la memorización previa de la imagen o porque en este momento preciso de mi vida pasada debo estar aquí. La hora de mi llegada no puede determinarse; si el tiro fue exacto, debería corresponder al instante en que pasé por aquí, un año antes de mí partida. Pero todavía no me veo. Me perturba esa conocida sensación que se siente a veces de vivir por segunda vez algún episodio de la existencia. Si no me preocupara por evitarlo, sería fácil olvidar el año que acabo de vivir e integrarlo en mi subconsciente. Pero la cabina temporal es suficiente para estimular mi memoria.

 

Me veo venir hacia mí, ¡el experimento es un éxito! Me parezco a mí, pero hago gestos que no se parecen a los que yo creo hacer; son más torpes, mi cuerpo es más corto y grueso de lo que yo creía. Cordwainer no me ve. Se acerca arrastrando los pies, sumergido en reflexiones que debería conocer, pero que me son ajenas. Él todavía no es yo y no debería serlo nunca, para que yo pueda durar más que él. Dentro de algunos segundos chocará contra mí; nos separan un año y algunos centímetros, pero él no ve ni mi cuerpo ni la cabina.

 

Fibras lisas, músculos estriados, nervios, arterias y venas, huesos y carne comienzan a vibrar. Una fuerza extraña se apodera de mí; no puedo controlarla. Parece producirse a nivel de átomos. Me arranco de mí mismo, me desparramo, no existo más, giro, sigo el maíz, la mañana, la tierra, el viento, me reúno lentamente, existo, me abandono…».

 

Cordwainer pasaba el fin de semana en la pequeña propiedad que poseía en el bosque de Magny, en lo que quedaba del bosque de Magny, parque regional, recorrido por innumerables sendas, calibrado para albergar al mayor número posible de ciudadanos necesitados de naturaleza. Mientras paseaba, siguiendo un itinerario nuevo, en el momento en que atravesaba la gran llanura sembrada que se proponía escoger como objetivo de su futuro viaje en el tiempo, sintió en el bolsillo un pequeño objeto familiar. El magnetófono en el que tomaba sus notas habitualmente. Estaba seguro de no haberlo traído consigo esa mañana. Unos minutos antes de hacer esa comprobación había tenido la impresión de que el espacio se transformaba y que los metros cúbicos de aire que constituían su atmósfera inmediata, sufrían una expansión extraordinaria y se dilataban hasta llegar a los confines del universo. Un profundo estremecimiento lo había sacudido, como si su corazón hubiese sacudido al mundo con una crisis de taquicardia a la escala del fenómeno que observaba. Puso el magnetófono en marcha y escuchó su propia voz, venida del futuro.

 

—La cinta termina allí —constató Cordwainer. De modo que triunfaría; dentro de un año el provecto tiempo habría llegado a su culminación. Sabía que se estaba acercando a su propósito, ya que los modelos experimentales habían funcionado en varias ocasiones, pero esta vez un ser humano había remontado el curso del tiempo, y era él, Cordwainer. Se sintió trastornado. ¿Dónde estaba ese viajero? ¿Sólo quedaba de él esa breve cinta magnetofónica? De ahora en adelante era doble, su cuerpo había adquirido una dimensión suplementaria de un año de longitud. Las fuerzas internas del tiempo habían contraído a los dos personajes en uno solo y era el más viejo de los dos quien recordaba. No subsistían más que trazas ínfimas del acontecimiento; la duración resolvía sus propias contradicciones aniquilándolas. Entonces, ¿el hombre no gozaba de ninguna libertad, no podía jugar con la historia? Había sido un viaje inútil. Cordwainer había calculado que su viaje al año pasado produciría dos ejemplares de su persona y que, en consecuencia, podría duplicar su porvenir. En sus conjeturas más pesimistas había previsto que la memoria del mayor de los dos Cordwainer prolongaría en un año la del más joven y que podría así evitar la trampa temporal en la que acababa de caer. Se apercibía que sus recuerdos se confundían y que era incapaz de adjudicarles una fecha precisa. Hurgando más profundamente descubrió que su memoria no había conservado más que fragmentos inconexos de su futuro, que se mezclaban inextricablemente con su pasado. La ropa que llevaba había sufrido la misma metamorfosis; el tejido y el corte formaban un producto compuesto de las que llevaba hoy y las que llevaría dentro de un año.

 

Miró enternecido los sembrados helados; el otro Cordwainer los había observado con sentimientos diferentes. Las dos imágenes ya no coincidían; el paisaje también era doble. La trampa temporal se había cerrado y era necesario poner en funcionamiento alguno de los quites que había previsto; si no, viviría eternamente dentro del año circular que acababa de crear. La cinta del magnetófono era demasiado sucinta para permitirle conocer exactamente su futuro, pero era suficiente para evitar el peligro. Decidió traer en su próximo viaje el diario que llevaría con toda exactitud desde este momento.

 

—A menos que el tiempo no sea más que una ilusión, que el pasado y el porvenir no existan y que mi conciencia de este momento sea el producto confuso de la memoria de miles de otros Cordwainer que viven en realidades contiguas. Paradoja. Ya iba a modificar su porvenir no tomando la foto que había decidido hacer de la llanura y volviendo rápidamente a su casa. Estaba seguro que en el futuro precedente había continuado su paseo, para elegir amorosamente el lugar donde volvería. ¿Sería siempre tan fácil alterar la trama del tiempo? Quizá, con frecuencia le incomodaría el doble que acababa de endosarse. Miró por última vez el triste paisaje y el pequeño objeto redondeado que tenía en la mano, metió las manos en los bolsillos y pisó el primer surco. Un trozo de escarcha se desprendió de su zapato.

 

— ¿Comprendes, Karen? La mejor solución es prolongar mi viaje un par de semanas, eligiendo una fecha anónima. Así estaré seguro de no conocer el lugar donde me encuentro y no correré el riesgo de encontrarme. Sigo estando convencido de que el viaje temporal puede provocar un desdoblamiento; es indispensable tomar todas las precauciones para que mis dos cuerpos no se superpongan. Ella lo escrutó largamente.

 

—Eres una de esas personas que piensan que si uno cambia una letra a una palabra cambia su sentido, pero que en realidad, sólo consiguen destruir su significado.

 

— ¿Crees que no podré escapar a la trampa?

 

—A menos que te remontes antes del momento de tu nacimiento… Sí; creo que estás prisionero de ese año que transcurre.

 

—Pero el prototipo no está previsto más que para desplazamientos cortos; todavía no podemos construir una máquina tan potente como para franquear un siglo. Dentro de diez años, cuando tengamos la tercera generación de cabinas temporales, si el proyecto evoluciona como yo pienso, será posible.

 

Karen lo había escuchado con atención; ese Cordwainer doble la fascinaba. En los quince años que habían vivido juntos quizá había frecuentado a una cantidad de Cordwainer de diferentes edades que se superponían a aquel con quien vivía, como consecuencia de todos los experimentos que había intentado para evadirse del bucle temporal. ¿Lo amaba, acaso, por la diversidad de identidades que sospechaba en él? Sus relaciones nunca habían reflejado el menor aburrimiento. Desde que el Cordwainer futuro se había asimilado al que vivía con ella, Karen experimentaba sensaciones más intensas cuando hacían el amor: caricias múltiples, besos simultáneos en todas las zonas sensibles de su cuerpo. Cuando él la poseía, Karen tenía la impresión de que miles de amantes la poseían, de que sexos ardientes y multiformes la penetraban.

 

Cordwainer no había revelado nunca a sus ayudantes que ya había recorrido ese año. El día de la experiencia se acercaba inexorablemente y él continuaba sus trabajos, para que pudiese tener lugar. Sólo había modificado el destino del viaje y se esforzaba por olvidar esa llanura de Vexin que había sido testigo de la fusión de sus dos personalidades; no quería volver a encontrarse.

 

El otoño ¿le traería suerte? Al entrar en la avenida que llevaba al laboratorio, ¿experimentaba sensaciones idénticas a las que había sentido el Cordwainer precedente el día del experimento? Hubiera querido poder compararlas. Y lo haría, la próxima vez, ya que grabaría su diario, tomando nota del más mínimo de sus actos, el más insignificante de sus pensamientos. Si alguna vez lograba desdoblarse y preservar la existencia separada de sus dobles, reuniría una magnetoteca fantástica que daría testimonio de la diversidad de las vidas de todos los Cordwainer que habían vivido el mismo año. Pero ¿quién sería el descifrador último? ¿Quién podría saber, finalmente, si el individuo determina su existencia por las elecciones sucesivas que hace en el curso de su vida, y si es posible, cambiando esas decisiones, modificar el porvenir?

 

El pájaro que giraba en el cielo parecía de cartón piedra; sus movimientos eran torpes y mecánicos.

 

Esta vez, Cordwainer no se divirtió girando alrededor de los troncos, como había hecho un año antes. Pensó que «un año antes» era una locución que implicaba una extraña paradoja, ya que se trataba, al mismo tiempo del instante que vivía y del que ya había vivido y que los dos se confundían en el tiempo, pero no en su memoria. Las palabras ya no se adaptaban a las ideas nuevas introducidas por el viaje temporal. La bruma se adhería a la vegetación y goteaba desde las hojas en las que se condensaba; muy pronto, Cordwainer encontraría los ciervos en el claro. ¿Quizá debía dar término al experimento? El subterfugio que había inventado para evitar el encuentro, quizá desembocase en otra trampa imprevisible.

 

Entró en el habitáculo acolchado de la cabina temporal con su miedo intacto. Vio a su ayudante a través del ojo de buey; luego el vacío, el tiempo se reunió con el tiempo. Él esperaba que, dentro de algunos segundos, un tercer Cordwainer, síntesis de los dos anteriores grabaría el informe del año que había recorrido tres veces. Intentó imaginar a ese personaje, que había pasado muchas veces por el laminado de los recuerdos, mientras él franqueaba por segunda vez el año pasado.

 

Al abrir la compuerta, comprobó amargamente que el mecanismo seguía funcionando mal. Lo mencionó nuevamente en el micrófono de su magnetófono. Como destino de este viaje, se había obligado a pensar en un lugar diferente de la llanura de Vexin; una fotografía tomada al azar le había dado la idea. Nuevamente, había habido una deriva: el paisaje representaba la colina de Cévennes que había elegido, cubierta por una finísima capa de nieve. Un sol oblongo salía de la muralla violácea de las nubes que cerraban el horizonte para lanzarse por un cielo de un azul cristalino.

 

Cordwainer escrutó largamente el panorama e inspeccionó las inmediaciones. No había nadie. Pero no tuvo tiempo de constatar que las manchas de vejez que habían aparecido recientemente en su mano izquierda y que no había tenido tiempo de hacer borrar, habían desaparecido y que las canas que llevaba en las sienes por coquetería se habían vuelto castañas. Porque a veinte segundos de su llegada no medía más que un metro cuarenta; ya tenía trece años.

 

La poderosa energía que se había acumulado en él durante su viaje en sentido contrario al tiempo, lo llevaba hacia el pasado a una velocidad cada vez mayor. Esta vez no había encontrado la formidable barrera que representaba su doble, yendo hacia el porvenir; que lo había frenado y después lo había llevado consigo en su desplazamiento natural hacia el futuro.

 

Un débil vagido turbó el silencio matutino. Un espermatozoide y un óvulo desaparecieron en la tierra.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia