Medea o el teatro de escoriaciones

José Luis Puga Sánchez
 
   
 
 
Escena de Medea

 

La sencillez en la vida es algo más quimérico que real. La historia desde el primer ser humano sobre la tierra nos lo repite una y otra vez.

 

En la infancia nos narran historias de princesas dolidas por malas ancianas, que finalmente son rescatadas por apuesto muchacho y viven felices por siempre.

 

En la adolescencia nos hablan de muchachitas que quieren ser el centro de la atención, ser objetos sexuales deseados por todos, ellas; ser los admirados mejores deportistas, los más apuestos galanes, ellos.

 

En la madurez nos narran historias de familias felices con hijos en la escuela, una casa propia, perros en el patio y un sobrio futuro.

 

En la vejez… en la vejez no nos narran historias. Los viejos son parte, buenos o malos, de las otras historias, así de desgarrador es nuestro desdén hacia los ancianos que, vistos desde la generalidad, ya no tienen nada qué hacer.

 

Desembarazarse de estos muy gordos ropajes es en extremo complicado. La vida tiene muchas aristas, está llena de recodos, el espíritu humano es denso, aún en su aparente simplicidad.

 

El amor, las relaciones de pareja, la infidelidad, la edad y el abandono son llagas que supuran en ‘Medea en el espejo’, una adaptación del grupo Tlaloque a la adaptación de José Triana al drama de Eurípides.

 

Gloria Miravete y Ana Luisa Paredes, bajo la dirección de Mauricio Garmona, presentaron un montaje sordo, denso, que macera el lento pero inexorable adelgazamiento de las relaciones de una pareja, cuando ella empieza a mostrar el paso del tiempo y él la reemplaza por una mujer más joven. Ella se hunde en la depresión y flaquea su autoestima. Ha fallado como mujer y como esposa.

 

‘Medea en el espejo’ es también una acre crítica a la sociedad cuyos acerados estereotipos agobian la convivencia y la plena realización colectiva e individual. Es un dedo acusador hacia aquellos patrones sociales que victimizan a la mujer, aun cuando el hombre haya confesado su culpabilidad.

 

El montaje describe el lento diluir de una feliz mujer casada que, al paso del tiempo y con los signos de la edad a cuestas, ve como su pareja busca y obtiene una relación con otra mujer más joven, es desplazada y finalmente victimizada socialmente.

 

El discurso toca una vez más esos viejos, muy viejos esquemas de supremacía del macho, de tan viejos que permanecen aún vigentes, aunque ciertamente más delgados.

 

Las actuaciones son sobrias, centradas más en la proyección corporal y gestual que en el volumen de voz. Más que gritos fueron susurros cargados de pasiones, lo que fue un alivio para el oído lastimado por tantos alaridos de actores y actrices nóveles que así tratan de transmitir emociones. Se trata, en Medea, de crear y recrear atmósferas dolidas y asfixiantes. Y lo consiguieron, fundamentalmente Gloria Miravete, en tanto que Ana Luisa Paredes tiene que trabajar un poco más la gestualidad, la expresión corporal. En un entorno donde la mayoría de actuaciones confunde el volumen con la fuerza, sus voces tenues pero cargadas de intensidad fueron eléctricas, aunque hubo ocasiones que de tan tenues no fueron escuchadas en las últimas filas.

 

Telas etéreas como suaves y envolventes pieles que multiplican emociones, máscaras que imaginativamente colectivizan emociones, Medea es hoy y desde la Grecia misma, un lamento femenino que perdura en la historia… Medea es un cruel recordatorio de que aún la sociedad no equilibra su balanza de valores… Medea es una pieza teatral que provoca escoriaciones.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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