Los tlaxcaltecas, 'libro' para entendernos

José Luis Puga Sánchez
 
   
 
 
Andrés Santana, Juan Carlos Ramos, Cesáreo Teroba y Sergio Ramos

 

Más un guiño que un estudio, más una insinuación que una afirmación, con su libro-folleto-revista Los tlaxcaltecas el arqueólogo Andrés Santana Sandoval hace un fugaz sobrevuelo sobre la historia local, justo a la llegada de los conquistadores españoles.

 

El texto sigue las tenues líneas que conforman nuestra identidad local, sin más pretensiones que ser un instrumento de divulgación idealmente en las escuelas de nivel básico, aunque Andrés Santana no pensó nunca esta posibilidad al momento de escribir el texto. “Fue más una imposición de la editorial”, se quejó.

 

‘Los tlaxcaltecas’ fue presentado por el investigador Sergio Ramos Galicia y por el cronista de la ciudad de Tlaxcala Cesáreo Teroba Lara, en un acto inaugural después de la enésima rehabilitación a los museos de Tlaxcala, esta ocasión al de la Memoria.

 

Académico de la Universidad autónoma de Tlaxcala (UAT), Sergio Ramos avanzó en el libro con extremo tacto, como si aún no tuviese claro el camino. Abrió con una extensa reflexión sobre la génesis de los conceptos de propiedad y poder, “alrededor de los cuales gira toda la organización social, económica, política, ideológica de toda la humanidad por toda la historia”.

 

Saltó entonces a la concepción marxista que ubica toda la historia de la humanidad como una lucha de clases, “lo que me permitió preguntarme por las luchas que están mencionadas en el libro, especialmente las guerras floridas. En este proceso, el elemento activo son las guerras. No hay otro”.

 

Dicho lo anterior, Sergio Ramos se sintió obligado a definir las clases sociales: Son amplios grupos de personas que se distinguen por el lugar que ocupan en un sistema de producción históricamente determinado, por sus vínculos mayormente aplicados y regulados por leyes, por los medios de producción, por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo y por consiguiente, por la forma y medida en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de personas, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otros, gracias al distinto lugar que ocupan en un determinado régimen de economía social.

 

Según Andrés Santana –precisó Ramos-, las guerras floridas comenzaron a organizarse con Moctezuma Iluicamina, alrededor de 1440, que era un enfrentamiento ritual de los mexicas con los pueblos que habitaban el valle poblano-tlaxcalteca: contra huejotzingas, cholutecas y tlaxcaltecas. Yo agregaría que se cree que estas guerras comenzaron después de la derrota de Huejotzingo, a pesar del auxilio que solicitaron a los mexicas para repeler el ataque de los tlaxcaltecas, porque aunque Moctezuma acudió en su apoyo y mandó a su hijo con un ejército, quien fue muerto en la batalla, enojó mucho a Moctezuma a tal grado que dijo querer aniquilar a los tlaxcaltecas, para que sus belicosos ejércitos pudieran ejercitarse en el arte de la guerra.

 

En Tlaxcala las guerras floridas surgieron cuando la expansión de Tenochtitlán, en su afán de dominar los contornos del valle de México. Zacualpan, por cierto, era un lugar donde los tlaxcaltecas peleaban mucho contra los cholutecas y los mexicas, que llegaban a meterse hasta acá, hasta que entre Tenochtitlán y Tlaxcala se hizo un acuerdo para llevar a cabo estas guerras, que tenían un ritual religioso en aquella época que era obtener prisioneros para sacrificarlos a sus dioses.

 

Los enemigos seleccionados –añadió- fueron Huejotzingo, Cholula y Tlaxcala. Y se agrega un dato interesante en relación con el inicio de estas guerras: “Españita debió causarle una profunda impresión a Netzahualcóyotl en los años en que estuvo escondido en Tlaxcala, porque una vez consolidado su señorío en Texcoco y establecida la triple alianza entre Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan (Tacuba), dio a la región un carácter ritual señalando el sitio de Altzatzacuala, hoy Españita, como el campo donde deberían celebrarse las guerras floridas en Tlaxcala”.

 

Relevo en el micrófono y cronista de la ciudad de Tlaxcala, Cesáreo Teroba Lara abrió su intervención con una interrogante y múltiples salidas: ¿Qué son los tlaxcaltecas?: ¿una tribu, una raza, una etnia, un linaje, una cultura…?. “Me hice la pregunta, pero como sabía que estaría entre antropólogos, mejor no digo nada…”.

 

… Y mejor empleó su tiempo en sintetizar pasajes del libro. Recalcó las técnicas de cultivo a base de “chinampas”, semejantes a las chinampas que se construían en la cuenca de México, particularmente en Xochimilco y Tlahuac. Después de la conquista –recalcó- los métodos de cultivo cambiaron, los cuerpos de agua se desecaron deliberadamente y el crecimiento de las manchas urbanas han dado lugar a los escenarios que ahora conocemos.

 

“Menciona el autor que existen evidencias de asentamientos muy antiguos en la zona, en Tetla particularmente, donde desde 12 mil años antes de Cristo, aproximadamente, poblaban la región indígenas procedentes de lugares menos hospitalarios en busca de alimentos y de un clima más benévolo”.

 

Teroba se detuvo en narraciones clave del volumen. En el caso de la alianza con los texcocanos, dijo que hace referencia  la batalla de Tepeticpac. “Después de librar varias batallas con los antiguos habitantes del valle, alrededor de 1380 los tlaxcaltecas llegaron hasta Tepeticpac, la cumbre más alta e inaccesible de la región, donde se asentaron y fundaron el primer señorío gobernado por Culhuatecutli. Así empieza el relato del episodio en que, ante las amenazas de los huejotzingas para expulsarlos del sitio donde decidieron establecerse, los tlaxcaltecas pidieron y obtuvieron auxilio de los texcocanos para defenderse. La decisión de Tezozomoc, señor de Texcoco, de enviar a Chiname, un distinguido guerrero con un fino vaso de alabastro como presente para Culhuatecutli, en señal de que los texcocanos serían sus aliados, desencadena una trama en que Camaxtli cumple su promesa y con su ayuda el triunfo de los tlaxcaltecas es glorioso y a partir de ese momento pueblo y territorio formaron una unidad: el primer señorío”.

 

Ya entusiasmado, el cronista visita el episodio de los bergantines, donde –dice- se describe detalladamente los preparativos para la única batalla naval que se ha realizado en el altiplano mexicano, “y que prácticamente puso fin a la historia prehispánica, señala el relator”.

 

En su tercera carta de relación Cortés escribió que los bergantines eran la clave de toda la guerra, lo que muestra la enorme importancia que las embarcaciones tuvieron en el sitio de Tenochtitlán.

 

Estos buques, de dos palos y velas cuadradas, en número de trece fueron construidos –se relata en el libro- en el barrio de Atempan, en la ahora capital tlaxcalteca, al margen del río Zahuapan y junto a la ermita de San Buenaventura. Para proveerlos de velas e instrumentos se utilizaron las que habían abandonado en la costa de Veracruz, para cuyo transporte se utilizaron más de mil indígenas y la urea para impermeabilizar la madera fue elaborada con pinos de Huejotzingo.

 

La construcción hubo de ser muy vigilada, pues en más de una ocasión los mexicas intentaron incendiarlos.

 

Cuando las naves estuvieron terminadas, se probaron en el río Zahuapan para lo que fue necesario construir una represa que permitió subir el nivel del agua.

 

Después los bergantines fueron desarmados y unos cargadores llevaron las piezas a Texcoco, donde fueron nuevamente armados y enseguida puestos en el lago. Cortés relata que para integrar las tripulaciones y los soldados que combatirían, seleccionó a 300 hombres, de los cuales 150 eran remeros y cada nave transportaría 125 españoles.

 

Hernán Cortés –afirma Cesáreo Teroba- utilizó a los bergantines del mismo modo que utilizó a la caballería. En acciones rápidas cargaba contra el enemigo, usando en ocasiones el impulso de la vela y de los remos, con lo cual al tiempo que rompía la defensa de los indios en canoas, los encerraba entre dos fuegos.

 

Por su parte, los indígenas adaptaron a sus embarcaciones con parapetos que los protegían de los disparos y por encima de ellos arrojaban flechas y piedras, al tiempo que aprendieron a hacer encallar los bergantines y a capturarlos, con lo que causaron daños y bajas a sus adversarios.

 

 

 

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