En busca de una obra:
el enigma de Miguel N. Lira

José María Espinasa
 
   
 
 

Hace poco busqué por curiosidad en esas revistas de juegos que venden en los puestos de periódicos, uno de aquellos que consiste en unir números con líneas para trazar un dibujo que con la torpeza de mis manos y sin la ayuda de la guía numérica, sería incapaz de trazar.

 

No suelen, desde luego, esos dibujos ser obras maestras, pero sí son ejercicios didácticos que causan sorpresa. Me la causaban a mí cuando era niño, más que por la figura que aparece sobre el papel, por hacer sentir a alguien como yo, negado para el asunto, capaz de dibujar.

 

En el otro extremo de esto están aquellos programas, que tal vez alguno de ustedes vio, que transmitió Canal 11 durante años en los que Bob Ross, un pintor norteamericano, nos enseñaba a pintar un paisaje o un bodegón en minutos… y con resultados sorprendentes. Esas obras estaban de plano fuera de mi alcance. Yo podía seguir la numeración y trazar un dibujo, pero no imitar a Bob Ross porque me hipnotizaba ver surgir, en cuatro pinceladas, el paisaje y me distraía la explicación técnica para llevarlo a cabo.

 

Alguna vez pegunté a un amigo pintor y me respondió: Es cuestión de práctica… pero yo creo que en el fondo es más que eso. En todo caso, tuve una nueva sorpresa cuando ese pintor, Bob Ross, murió y supe que el veloz autor de pinturas figurativas era, fuera de la televisión, un importante pintor abstracto en la plástica norteamericana.

 

Volviendo a la revista de juegos, los sudokus, los crucigramas, los números cruzados han desplazado totalmente aquellos juegos de mi infancia. Ya no recuerdo cuál era su nombre y supongo que les queda muy poca vida, o ya no la tienen, porque han sido sustituidos por algo mucho más corriente y popular en la web. Si yo quiero enseñar a un niño a dibujar, ya no lo hago con números sino que lo pongo en la red.

 

No cito esos juegos por nostalgia, sino para señalar que si la vocación del dibujo prende, la guía de los números se abandona en aras del azar y la libertad. El orden está implícito en el oficio de la mano y/o del ojo, igual ocurre con el lector. Por ejemplo: al aprendiz de pintor hay que enseñarle que el que debe ser educado es el ojo, no la mano… y el ojo como memoria. Es decir, si yo puedo pintar muy bien un caballo a galope, no es porque tenga una habilidad en la mano, es porque mi ojo retiene la imagen del caballo a galope y la pinto de memoria.

 

Cuando Ortega y Gasset, el conocido filósofo español, señala que una biblioteca personal es un proyecto de lectura, olvida decir que ese proyecto tiene mucho que ver con el azar y no es del todo consciente que muchas veces los libros se adquieren “por caminos muy extraños”, tanto que se han olvidado y parecen aparecer ahí, de repente, para proponerse a nuestra lectura. Y no son uno o dos casos, sino que abundan en cualquier biblioteca.

 

Viene esto al caso porque durante años estuvo rondando mi escritorio el epistolario “Castas Escogidas 1921-1961” de Miguel N. Lira, como si el libro tuviera la convicción de que algún día lo leería.

 

Se trata, perdón, de una de esas ediciones feas hechas por los gobiernos de los estados en algún momento en honor a una de sus figuras locales. Debí adquirir el libro, o me lo regalaron, supongo pero no lo recuerdo, cuando di algunos cursos en la ciudad de Tlaxcala, de donde Lira es oriundo y en donde pasó los últimos años de su vida.

 

Yo sabía quién era Lira, sobre todo por su labor de editor, pero no había leído nada debido a su pluma, y no parecía que lo fuera a hacer pues mis intereses eran, entonces, muy distintos. Sin embargo el libro, el epistolario, seguía ahí, apareciéndose, insinuándose de vez en cuando a la lectura, hasta que un día lo consiguió. Los lectores buscamos nuestros libros, pero los libros también buscan sus lectores.

 

Cuando me decidí a leerlo mi interés en Miguel N. Lira era ya mayor. Fue un gran editor y publicó hermosas ediciones en una prensa a la que bautizó como La Caprichosa en su editorial Fábula.

 

Fue también impulsor de revistas, novelista con cierto éxito, poeta apreciado por pocos en un momento en que su lírica de índole popular y nacionalista no estaba en el gusto del lector. Ni, dicho sea de paso, podía competir en calidad con la de los cosmopolitas Contemporáneos, estrictos compañeros suyos de biografía. Lira era un poco más sobrio, pero ese poco establecía una diferencia. Fue, como la mayoría de los escritores de su tiempo, abogado con aspiraciones políticas. Llegó a ocupar puestos de cierta importancia tanto en el gobierno como en la universidad y al final de su vida luchó por ser gobernador de Tlaxcala… y no lo consiguió.

 

Fue, por cierto, también académico de la lengua. Después de su muerte terminó en el limbo del semi olvido por los lectores.

 

La primera pregunta que la crítica o el lector debe hacerse es por qué no se asimiló al grupo de Contemporáneos. Probablemente por su búsqueda nacionalista y por su actividad política vinculada a esta tendencia.

 

Sin embargo, su literatura, sobre todo su poesía, pudo en cualquier momento transformarse en parte de ese grupo por la atención a la forma y la visible voluntad musical. Hay que comparar los poemas de Enrique González Rojo con los de Miguel N. Lira para ver que hay una comunión estética bastante fuerte.

 

Es frecuente encontrar el nombre de Lira en epistolarios, memorias y autobiografías. Ocurre algo muy raro en la literatura mexicana: todos hablan bien de él. Fue amigo de Alejandro Gómez Arias y de Frida Kahlo, quien le hizo un muy buen retrato.

 

Su labor editorial fue muy importante, pero también generosa. Su catálogo es extenso y notable. Editó no sólo a maestros suyos como Alfonso Reyes o a sus compañeros de época, sino a los jóvenes muy jóvenes de entonces como Octavio Paz y Efraín Huerta y a importantes escritores de Cuba y España. Cito al azar: Jaime Salina, Rafael Alberti, Federico García Lorca. Es un tema pendiente, pero necesario, hacer un estudio serio sobre Fábula y Miguel N. Lira desde el punto de vista editorial y tipográfico.

 

Pero lo temas pendientes con él son muchos. En un medio académico que sólo se ocupa de los famosos y donde infinitas son las tesis sobre Carlos Fuentes, nadie se ha planteado recientemente -hay una allá de hace cinco años- una biografía, un estudio de su teatro, de su narrativa y–lo cual me parece muy grave- no se ha recopilado su poesía en un solo volumen. Algunas tesis universitarias han avanzado en ese camino, como la de Daniel de Lira, que es un trabajo muy bien documentado sobre Fábula, y sobre todo con indicaciones de en qué bibliotecas están los libros.

 

La verdad es que su figura está injustamente olvidada tanto por el mundo editorial que tanto le debe, como por el literario, que le debe más y en donde es un eslabón clave.

 

Al no haber ediciones de sus textos reunidos y aquellas que se han hecho circulan poco o nada, hoy su obra es una curiosidad de ratón de biblioteca. Ni la Universidad Nacional –donde trabajó- ni el fondo de Cultura Económica ni en su estado de origen Tlaxcala se ha tomado como proyecto una edición de sus obras completas. Existe, afortunadamente, el museo que lleva su nombre, pero por ejemplo el trabajo sobre su archivo y la elaboración de una buena edición de su epistolario y un estudio biográfico moderno, son tareas pendientes.

 

El hecho es que al leer el mencionado epistolario me sentí como ante la página con números que permite, uniendo las señales, dibujar un retrato de la época en que me surge el rostro nebuloso de un Miguel N. Lira. En las cartas publicadas –se dicen que hay más de mil, pero se incluyen 300- no hay ninguna que discuta ampliamente algún tema sustancial, o que conserve aún actualidad. No destaca por su estilo, más bien sencillo y eficiente para complicar lo necesario. Pero el conjunto da el retrato de un personaje muy interesante en un momento clave de nuestra historia, el de la formación de una patria cultural después de la revolución mexicana, así como la instauración hegemónica de una idea, de una ideología nacionalista. Sí, al leer sus páginas sólo hay que unir los números para que ese retrato de Lira surja, pero hay que intentar hacerlo sin números.

 

Hay preguntas sobre una literatura que tuvo mucha importancia en su momento y que después desapareció del gusto del lector y de las modas estéticas desgastadas por su uso político.

 

Hoy muy poca gente lee a Miguel N. Lira y a nadie se le ocurriría, por ejemplo, poner en escena obras de teatro suyas, a pesar de que en el sentido del cambio del gusto fue un autor muy valorado en los años 40 y 50 y sus novelas, incluso, fueron llevadas al cine por directores de muy alta calidad como Roberto Gavaldón.

 

Si alguna atención se le presta, ahora, es desde el ámbito académico, por su filiación con la narrativa indigenista, específicamente la que considero la mejor de sus novelas: ‘Donde crecen los tepozanes’, de 1947.

 

En Lira, fueron frecuentes sus estrenos teatrales y se adaptaron varias de sus novelas al cine. Destaca ‘La escondida’, dirigida por Roberto Gavaldón, interpretada por María Félix, en cuyo guión, muy importante, colabora José Revueltas.

 

No es descubrir el hilo negro decir que de los años 50 para acá, después de Arreola, Rulfo y Fuentes el gusto del lector de novela cambió.

 

No se trata de volver a aquellos años, pero no me impide esto, el cambio de gusto, señalar que el caso de Lira es sintomático, sintomático de lo que ocurre con nuestra literatura, de esa falta de memoria que impide justamente, y de eso se trata, olvidar. El pasado no debe ser un limbo, sino en todo caso, y si lo merece, ser pasado, lo que significa que en algún momento fue y puede volver a ser presente.

 

Así, a lo largo de sus páginas el epistolario de Lira, según los prologuistas y editores, apenas incluye una mínima parte del acervo.

 

Lo que más llama a protesta entre nuestra tarea pendiente, es que después de su muerte las obras inéditas permanecen así: inéditas. No ha existido o no se ha materializado ningún proyecto de obra reunida, salvo los dos volúmenes de teatro que se hicieron aquí en Tlaxcala. En México, un país en el que se gasta mucho dinero en ediciones de boato, esta dejadez es imperdonable.

 

Pero ya sabemos que después de muerto, el escritor suele entrar en un limbo que en el caso de Lira dura ya demasiado.

 

Una de las tareas de la crítica académica sería no tanto como se ha hecho ahora, recoger la faceta histórica y documental del escritor, sino saber qué de su temperamento y sensibilidad puede hoy seguir interesando al lector. Es decir: leerlo…leerlo… leerlo con pasión e inteligencia.

 

Cuando se piensa en más de mil cartas en el archivo, en la mentalidad de hoy nos parece asombroso, pero resulta natural pues, como se sabe por el inmenso epistolario de Alfonso Reyes, en la primera mitad del siglo 20 las cartas eran el medio de comunicación más adecuado para una cultura que se basaba en la escritura. Si la cantidad de cartas fuera de mails no nos extrañaría, no nos parecería excesiva, entre otras cosas porque los correos electrónicos no se suelen guardar, no nos toma tanto tiempo escribirlos y, si se me permite decirlo, es una escritura más allá de la escritura, cerca de lo oral; una escritura no permeable a la creación.

 

Por eso las cartas de Lira -y en el epistolario hay tanto las suyas como las que le dirigen- no son tanto el diario de una vida, sino la novela de su vida, y los corresponsales se nos presentan como personajes. Por eso me parece natural que su última novela publicada en vida, ‘Una mujer en soledad’, sea una narración en cartas, una novela epistolar, cosa poco frecuente en nuestra narrativa.

 

La primera carta de la novela, a la que antecede un prólogo que nos advierte de lo que vamos a leer, es curiosamente el inicio de una novela policiaca: un pasajero muere envenenado en un autobús que va de Tlaxcala a Puebla. La novela desarrolla la historia indecisa entre la historia de amor presidida por la mujer fatal y la narración policiaca y de aventuras.

 

Una novela de la droga, antecedente, me parece a mí, de la muy famosa ‘El complot mongol’ de otro contemporáneo de Lira: Rafael Bernal. Y en buena parte es un antecedente de lo que hoy llamamos literatura del narco.

 

Algunos tópicos de los que Lira debió estar cerca y conocer algunos pormenores, se hacen presentes, como la vida de las actrices en el cine nacional. Que a la heroína, la droga, se le llame así, heroína, es bastante sintomático. Y Lira arrastra la estética de sus novelas rurales e indigenistas a esta narración, sin mucha fortuna. Conserva, en cambio, una visión moral teñida de cierto puritanismo.

 

La división en cartas es un recurso capitular. Vuelve más sencillo incorporar el epílogo que resume y da sentido a la trama, escrito como la nota de advertencia inicial por el destinatario de las supuestas misivas.

 

La novela se tiñe de la estética de la época y de los clichés de lo femenino que el cine había incorporado en películas como ‘La diosa arrodillada’, dirigida por Roberto Gavaldón -quien también dirigió ‘La escondida’-, y en la que María Félix puede encarnar, con la misma soltura que a la soldadera, a la mujer fatal. Hay que recordar que María Félix era pésima actriz, pero su presencia llenaba de tal manera la pantalla que el que fuera mala actriz no importaba.

 

La razón de adoptar, aunque sea superficialmente, la forma epistolar se debe, creo yo, a que Miguel N. Lira, enfermo y retirado a su Tlaxcala natal, se mantenía en contacto con el mundo intelectual gracias a la correspondencia.

 

Ese formato le debió parecer el más indicado para relatar una historia de amor marcada por el crimen. Hay que recordar también que varios de sus poemas llevan por título “Carta a…”. Creo que esto responde a que la carta es una manera de hacer público algo, sin que abandone del todo la esfera privada.

 

Lira, no se debe olvidar, tuvo un papel esencial en los años 30 y 40 en el plano editorial desde un aspecto independiente con Fábula, pero también desde la Secretaría de Educación Pública y la universidad (UNAM) –recuérdese que fue director de la imprenta universitaria- y que en su gran apertura y generosidad publicó a su maestro Alfonso Reyes, pero también a Octavio Paz, Efraín Huerta y Jaime Sabines, éste ya en los años 50.

 

Es de todos conocida, y está documentada, la anécdota a principios del siglo 20 en que una viuda de Puebla pide en una carta al gobierno de Porfirio Díaz que apoye la educación de sus hijos. La tradición de contestar estas cartas viene de lejos, desde la época virreinal. Porfirio Díaz responde mediante uno de sus ayudantes, y le promete que la educación de sus hijos hasta la universidad correrá a cargo del gobierno. Esos niños, cuatro hermanos, tres serían muy importantes, se apellidaban Flores Magón. Porfirio Díaz le pagó la educación a los que iniciarían su caída. Eso nos define en nuestro funcionamiento epistolar.

 

¿Qué contenido de nuestra historia no se apoya en los epistolarios? Los políticos conservan las suyas, también el escritor y el enamorado. Por otro lado la equivalencia fónica entre la palabra ‘carta’ (epístola) y la palabra ‘carta’ (naipe), nos permite señalar que en las cartas se ponía en juego mucho, desde el inicio de una guerra hasta la vida de un hombre.

 

Ya lo dije: me parece grave que no se haya reunido en un solo volumen su poesía completa a tanto tiempo de su muerte. El cambio del gusto lector fue muy subrayado en los años 50 y sobre todo 60. Es el arco que va de la publicación de ‘Libertad bajo palabra’ hasta ‘Poesía en movimiento’. Este me parece un dato importante.

 

Miguel N. Lira debió estar en ‘Poesía en movimiento’, una antología que supuestamente reunía los momentos culminantes de las vanguardias mexicanas.

 

¿Por qué no lo incluyeron? Probablemente porque lo consideraban, de manera equivocada, un tradicionalista. Es un poco lo que sucede a no pocos escritores de la generación del Ateneo y siguientes, que evolucionan de un compromiso con la revolución, sus causas sociales y búsqueda de justicia en los años 20, a posiciones mucho más conservadoras al final de su vida. El ejemplo más importante: Martín Luis Guzmán. No hay duda que es uno de nuestros grandes narradores; también es cierto que sus declaraciones en 1968 son las de un desgraciado.

 

Lira muere desencantado de la revolución, a la que sin embargo cantó en muchos de sus libros. El grupo con el que forma fila en la preparatoria, los famosos ‘cachuchas’, está constituido por Alejandro Gómez Arias, José Gómez Robleda, Manuel González Ramírez, Carmen Jaime, Frida Kahlo, Agustín Lira, Miguel N. Lira, Jesús Ríos y Valles y Alfonso Villa. Tendrá un muy importante protagonismo en la cultura y en la academia mexicana.

 

Para Lira las aventuras literaria y editorial fueron magníficas, pero no la política, sobre todo a partir de su regreso a Tlaxcala en los años 50, donde se sintió derrotado, pero eso no lo llevó al desencanto. Su temperamento y estilo acompañaron al nacionalismo de los 30 y 40 en su faceta menos demagógica, pero para el medio siglo las cosas estaban cambiando. El ascenso de los gobiernos civiles, la consolidación de una clase media con aspiraciones cosmopolitas y lo que Gabriel Zaid ha llamado los ‘universitarios al poder’ caracterizan la época.

 

Es cierto que Lira fue universitario. Se tituló en la Escuela Libre de Derecho y trabajó para nuestra máxima casa de estudios, pero su talento correspondía más a una generación que consolidó las iniciativas vasconcelistas de los años 20. Construía y no usufructuaba su tarea.

 

Tres puntos son muy importantes en su evolución: Su deuda con Ramón López Velarde. Lira quedó muy marcado por el breve magisterio del poeta zacatecano y sobre todo por algunos aspectos de ‘La Suave Patria’: el de la imaginería autóctona, folclórica y popular. No en cambio por su barroquismo ni tampoco por su angustia fúnebre ni su erotismo crepuscular; tampoco por su humor muy ácido.

 

El segundo elemento muy importante es su labor editorial. Fue la que mejor encarnó una idea de la publicación literaria promovida por Alfonso Reyes. La similitud entre el correo de Monterrey y Huytlale son evidentes, sólo que el ingente latinoamericanismo de Lira en los años 30, con su relación con los autores españoles del 27 o los cubanos de la época, no adquirió después un rasgo cosmopolita y ecuménico. Lo mexicano se le volvió un peso muerto.

 

Tercer punto muy importante: la tentación teatral y narrativa coronada por el éxito. La poesía, por muy exitosa que sea, nunca da el público que dan la novela y el teatro. La labor de Lira en Fábula fue retomada por Juan José Arreola en los años 50. La editorial ‘Los presentes’ es un gran homenaje a Cumplido en el siglo 19, pero también a Miguel N. Lira. Entre ambas empresas literarias, como sabemos poco comerciales, hay sin duda nexos y es probable que el escritor de Zapotlán tuviera muy presente lo que había hecho su antecesor.

 

En el teatro, en los años 50 apareció el primer movimiento de vanguardia teatral: ‘Poesía en voz alta’… y poco después los trabajos de Gurrola, Mendoza y otros. El teatro estaba sufriendo un cambio radical, un cambio en el que el teatro de Lira no tenía cabida.

 

Basta comparar el provincianismo deliberado de Huytlale con lo que busca, por ejemplo, una revista posterior apenas unos años: ‘El corno emplumado’. Una acaba donde empieza la otra, pero también acaban un concepto y empiezan otro.

 

Podríamos decir que Lira al final de su vida fue, como la mujer de su novela, un hombre en soledad y que las cartas fueron una manera de aliviarlo de esa soledad.

 

Lira publica todavía algunos textos en ‘Estaciones’, la revista dirigida por Elías Nandino, el más longevo de los contemporáneos. Esa misma revista, ‘Estaciones’, acogería a  escritores tres o cuatro décadas más jóvenes que Lira y el propio Nandino, quienes vendrían a cambiar la literatura mexicana. Dos nombres claves: José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

 

Lo dicho hasta ahora hace imperativo la recuperación de Lira. En mi ‘Historia mínima de la literatura mexicana’, publicada hace un par de años, lo traté muy bien, aunque no pude dedicarle el espacio que requería. Actualmente estoy tratando de avanzar en una historia de la edición independiente del siglo 20 y en esa ocupará un espacio enorme.

 

Pero la labor de una persona no basta. Entre los escritores de mi generación, Adolfo Castañón y Josué Ramírez, son quienes se han ocupado de la obra y de la presencia de Miguel N. Lira.

 

En estos años, mediados de la segunda década del siglo 21, es un buen momento para volver a él. Por ejemplo, la edición como la concebía Lira en los años 20 y 30, está otra vez de moda. La poesía infantil que practicó con brillo y calidad también ha vuelto por sus fueros. Su narrativa, a pesar de los referentes revolucionarios e indigenistas, ha ganado con el tiempo por su dibujo anecdótico y la firmeza de su estilo. De su teatro puedo hablar muy poco porque prácticamente no lo conozco. Pero es su poesía la que representa, para mí, un verdadero hallazgo.

 

Lira se pasó a la novela porque le gustó el éxito de la novela, pero la poesía era su verdadera vena. Él concebía la edición como una manera de estar en el mundo y hay que agradecérselo.

 

 

* José María Espinasa es periodista, editor, ensayista, crítico de cine, profesor, poeta y ahora director del Museo de la Ciudad de México. Esta es su conferencia dictada en Tlaxcala durante la semana cultural desarrollada del 10 al 15 de octubre para conmemorar el 111 aniversario del natalicio de Miguel N. Lira y el décimo aniversario de la creación del Museo Miguel N. Lira

 

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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