La muerte en la historia

Luis Rafael García Jiménez
 
   
 
 

De acuerdo con Iribarren (1965), los únicos capacitados para hablar de la muerte son los muertos; pero los muertos nada dicen porque están mudos y delegan en los vivos la pretensión imposible  de comprender y definir el gran enigma.

 

La muerte (Albornoz, 1990) en sentido general  se refiere al deceso de un ser vivo; así entendida es que nos dice Sartre que la muerte es un simple hecho como el  nacimiento. Cuando la muerte se considera como algo que ocurre a la existencia humana, entonces es posible apreciar varias concepciones acerca de la misma. Así tenemos:

 

La  muerte como principio de una nueva existencia. Esta es una concepción religiosa y presupone que el alma es inmortal, que en el acto de la muerte se separa del cuerpo para pasar a llevar otro tipo de existencia.

 

Algunas religiones orientales consideran la muerte como el retorno al mundo del cual hemos  salido; de ahí el “tierra eres y en tierra te  convertirás”, también la idea del “eterno retorno”.

 

La muerte entendida como limitación  de la existencia. Para el existencialista Karl Jaspers la muerte es la situación límite, inevitable a todo hombre. En tal sentido es  decisiva, esencial, ligada a la naturaleza humana en cuanto tal, signo inequívoco de la finitud.

 

La muerte es el problema fundamental del hombre, el sólo hecho de tomar conciencia de la muerte, basta para engendrar la angustia y caracterizar la existencia humana. La existencia es la vida, más la conciencia de la muerte.

 

EL CULTO A LOS ANTEPASADOS

 

El hombre de Neanderthal es considerado el primer homo sapiens, el quinto de la clasificación de los homínidos (australopitus, oreopitus, zinjantropos, heidilber). Ha dejado testimonios de su espiritualidad y ejemplo de ello tenemos en las sepulturas, en estos enterramientos se ha podido observar el cuidado con que se disponía el suelo (cubriéndolo con cantos rodados), el cadáver (en posición encogida) y las ofrendas. Estas últimas prueban la creencia en una vida de ultratumba que requería la ayuda de los vivos (Salvat, 1974).

 

Parece ser que la muerte era una realidad que no podía pasar inadvertida para estos hombres del paleolítico, dotados cada vez de mayor conciencia.

 

En los diferentes continentes los arqueólogos y antropólogos han encontrado diversos enterramientos, pero no siempre será posible determinar si el esqueleto descubierto correspondía a una muerte casual acontecida en el lugar del hallazgo o si su situación en ese punto correspondía a una elección deliberada por parte de quienes le sobrevivieron.

 

Las conclusiones actuales de los investigadores es que el hombre prehistórico no sólo respetaba a sus muertos, sino que, incluso, estaba preocupado por la vida de ultratumba.

 

Parece evidente que, para ellos, la muerte era la entrada a un reino del sueño, del que ignoramos si pensaban que podían despertar, es decir, si la muerte era un estado transitorio o definitivo. Aunque no se pueda afirmar rotundamente, es muy posible que los alimentos y objetos de silicio, que aparecen junto a los esqueletos con relativa  frecuencia, fueron depositados como ofrendas para que el muerto pudiera utilizarlos en el tránsito de un mundo a otro.

 

El hombre del neolítico continuará con manifestaciones de culto a los muertos. Las primeras comunidades neolíticas enterraban cuidadosamente a sus muertos, a quienes ofrendaban muchas veces vasijas con alimentos, pequeños objetos y otras  piezas de ajuar, pero sin excesivas complejidades.

 

A partir de estos primeros momentos en la  evolución del hombre, demuestran que no  hay sociedad humana que no someta sus difuntos a atenciones particulares, cuya  función es integrar el fenómeno brutal e inevitable de la muerte y, en cierta forma, negarla. Así se explican las actividades frente a la  descomposición del cuerpo y al espanto que suscita.

 

Hay un esfuerzo por suprimir esta descomposición quemando el cadáver y conservando las cenizas, como por ejemplo las urnas funerarias de los zapotecas de  México. Sanoja y Vargas (1992) señalan que para los indígenas que habitaron la actual región costera del oriente venezolano, las ceremonias funerarias tenían un carácter    diferencial en cuanto al rango del individuo; cuando se trataba de caciques o jefes principales, los cadáveres eran disecados al fuego y los huesos pulverizados eran ofrecidos a todos los presentes, mezclados en una bebida fabricada con grasa que había destilado el cadáver durante la cocción (el alimento puede convertirse en el instrumento que ponga al hombre en relación estrecha con lo sagrado: ofrenda a los muertos, a los dioses). Los Koriaks de Siberia dispersaban las cenizas.

 

El culto a los antepasados reposa en dos ideas principales: primeramente, la muerte es  muy raramente una aniquilación total del ser: el difunto sobrevive de cierta forma en un mundo que le es propio y mantiene, se presenta el caso, relaciones estrechas con los vivientes.

 

Después, como lo ha expresado Jensen (1954), esta actitud frente a los muertos se funda en la idea de que el hombre es un elemento de la divinidad, ya que sea hecho a la imagen de Dios, o que haya recibido de la divinidad una entidad espiritual que es su verdadera substancia vital, o que descienda directamente de la divinidad por la cadena de los antepasados y participe de la divinidad por el milagro de la generación y del nacimiento. 

 

Este sentimiento de lazo entre la humanidad y la divinidad lleva lógicamente a ciertas creencias concernientes a las relaciones entre vivos y muertos.

 

El culto de los antepasados es la más antigua religión practicada por los chinos. La civilización china del hombre de Pekín enterraba a sus muertos, hecho que los ubica  como portadores de la cultura de tipo paleolítico. Los chinos en sus primeros tiempos profesaban un profundo respeto a los mayores, principalmente a los antepasados, a  quienes se rendía culto en altares familiares para que los protegieran. 

 

El sintoísmo (religión tradicional del Japón, oficial hasta 1945) concedía una plaza  privilegiada a los Kami, o espíritus de los difuntos.

 

Los israelitas de la época primitiva pensaban que sus muertos vivían en el Seol, desde donde se interesaban por la suerte de sus hijos y nietos.

 

Los antiguos egipcios que, como aseguraba Heródoto, fueron “los más religiosos de todos los hombres”, morían preocupados por su comparecencia ante el tribunal de  Osiris (como veremos más adelante), con el  alegato de su justificación bien aprendido. Nadie como ellos buscaron en los profundos arcanos de la muerte. Rendían culto a las almas de los muertos y no tenían por tales, en el sentido material de la palabra, mientras sus cuerpos no fuesen destruidos o sus imágenes se perpetuaran en la piedra. Esto explica el rito de los embalsamamientos por ellos practicados. La  profusión de momias y estatuas lo comprueba. Así, pues, los antiguos egipcios, aun después de morir, se resistían a abandonar los espacios vitales de la naturaleza y de lo divino.

 

Los egipcios consideraban que toda persona tenía tres partes: el cuerpo, el ka y el alma. El cuerpo vivía esta vida como un hecho pasajero. El ka o doble era la fuerza vital que sobrevivía después de la muerte y quedaba en esta vida. El alma se manifestaba en este mundo por los sentimientos y las acciones; era inmortal e inmaterial. A la muerte del individuo, el alma debía hacer el viaje al más allá para ser juzgada. Era conducida a un tribunal de cuarenta y dos jueces (demonios, constituidos en acusadores del difunto) presidido por Osiris (el dios que, a su vez, fue despojado de la vida), dios de los muertos, y sus acciones pesadas por el dios Anubis (dios de cabeza de perro) en una balanza, el dios Tot se desempeñaba en la función de secretario. Si no tenía pecados pasaba a gozar de los beneficios del reino de Osiris y ser como los propios. Si los tenía, iba al Duat, lugar donde carecía de libertad. Antes de dictarse la sentencia, el alma debía justificar ante el tribunal su comportamiento en esta vida, para lo cual le servía el libro de los muertos, conjunto de consejos propios para la actuación en el otro mundo (Nack de Emil, 1966).

 

Para los griegos, las divinidades primigenias de su mitología (Rojas M, 2002) eran meras abstracciones simbólicas poco o nada personalizadas. Del caos original procede el Erebo (tinieblas infernales) y la Noche, de cuya unión amorosa nacen Éter (cielo)  y el día. El Éter corresponde a la región más limpia, elevada y luminosa del firmamento y debe ser distinguido de Urano, otro cielo fuertemente personal. También son hijos de Caos: Hipnos (el sueño) la estirpe de los ensueños (Oneiros), la Burla y la Desdicha, así como las divinidades personalizadas: el Engaño, el Concúbito, la Vejez, el Amor y el Dolor. Pero también son hijos del Caos, Moro, Cer y Thanatos, tres nombres que son casi sinónimos de la muerte.

 

En los libros Vedas, de la India, se destaca la metempsicosis, que es la transmigración  o reencarnación de las almas individuales. Afirmaban que el alma no ofrece ningún alivio, porque el alma renace en otro cuerpo; enseñaban que, de acuerdo con la  conducta que se había tenido, se podía ascender o descender en la reencarnación. Si se  pertenecía a una casta inferior, pero si había mostrado una conducta correcta, se renacía como miembro de una casta superior; por el contrario, si la conducta había sido incorrecta, se volvía a vivir como seres de castas inferiores o aun en animales. Estas ideas se fueron transformando con la aparición primero del Jainismo, que pretendía acabar con la idea de la transmigración del alma y destruir así uno de los elementos que, de manera firme, apoyaba al sistema de castas. Segundo, el budismo, que estableció la negación del alma y afirmó que la pasión es la fuente de todo mal, y que no puede ser satisfecha jamás; recomendaba entonces el control y el total abandono de los deseos (Harrison et al, 1991).

 

En el África negra el animismo (creencia en un alma de las cosas en un mundo de los espíritus y en una fuerza vital) tiene una real importancia y toma incontestablemente  manifestaciones de pluralidad. Para los dogon (Mali), el culto de los antepasados asegura la continuidad del hilo social, es decir, descendencias que se siguen a través de las generaciones y que aseguran la continuidad del grupo social (Akoun, 1981).

 

Los indígenas que poblaron la cuenca del lago de Tacarigua o Valencia, desarrollaron un modo de vida jerárquico cacical caracterizado por la construcción de complejos de montículos (funerarios y de habitación), producción de bienes suntuarios dedicados al culto a los muertos (Vargas, 1990).

 

LA MÁSCARA Y LA MUERTE

 

Los egipcios fueron los primeros en recubrir las caras de los muertos con máscaras  funerarias. Prisionero de su semejanza transfigurada, el difunto no podía ya tener acceso al mundo de los vivos. La máscara egipcia nace ligada a la muerte. Se presentaba, a primera vista, como un tabique estanco, una separación entre dos mundos. En realidad, la muerte en Egipto era delgada como una máscara. Era una muda y no un aniquilamiento, un paso y no un final, morir era viajar con serenidad como un sueño. No había muerte, sino muertos.

 

Los primeros romanos rendían culto a los antepasados y las máscaras cumplían funciones funerarias. Éstas se moldeaban con cera en las caras de los difuntos, que eran llevadas por los miembros de la familia en cada nueva muerte y que representaban  a los antepasados. Con el pasar de los tiempos la conciencia trágica se perderá con la máscara escénica de los romanos, grotesca y caricaturesca.

 

La máscara griega, destino y tragedia. Máscaras de oro de Micenas, trabajadas sobre las caras mismas de los muertos, son sobrecogedoras huellas de una vida que se ha coagulado. Esa rigidez cadavérica era la de las máscaras griegas que se paseaban por escena, llevadas por los actores que resucitaban los hombres de antaño.

 

La máscara africana no es la fijación de una expresión, sino una aparición que hace nacer la angustia de una presencia mágica. Asociada a los ritos agrarios, funerarios o iniciáticos, la máscara en África  Occidental constituye el apoyo de fuerzas espirituales que interesan unos grupos restringidos o una sociedad entera, permite captar y controlar, canalizando y aprisionando la fuerza vital que impide errar, en particular después de la muerte de un ser humano o de un animal que provoca una liberación de energía.

 

LOS CRISTIANOS DESDE LOS PROFETAS A LA EDAD MEDIA

 

Los cristianos aseguran que la muerte es el  estipendio y la paga del pecado. Así  consta en el libro del Génesis (I, 27; XX, 2), y San Pablo lo confirma y recuerda en casi todas sus epístolas (a los Romanos, V, 12; VI, 23. A los Corintios, Primera, XV, 21. A los  Efesios, II, 15. A los Colosenses, II, 13. A Timoteo, Primera, V, 6). Jesucristo destruía la muerte con la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mi aunque hubiere muerto vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre”. (San Juan, XI, 25 y 26).

 

En los tiempos heroicos del cristianismo morían los fieles gozosamente, con la alegría del viajero que sabe de antemano que le aguarda la felicidad al término de su viaje. Nada les causaba temor; ni las incomodidades del trayecto, ni el dolor físico de la jornada. Al contrario, eran méritos y trabajos santificantes que harían más apetecible el placer de llegar. Los primitivos cristianos sabían por qué morían y para qué morían. Esta certidumbre infusa, proclamada por legiones de mártires, les permitió prever y disfrutar anticipadamente los goces inefables de la vida eterna.

 

Esos tiempos heroicos pasarán cuando Constantino (gobernó entre 312-337) con el Edicto de Milán (año 313) decretó la tolerancia al cristianismo. Con Theodosio (gobernó entre 379-395), el cristianismo triunfó, por lo que el nuevo emperador lo declaró religión oficial y única del imperio (año 380), aboliendo el paganismo en el año 394.

 

El cristianismo triunfará y el imperio romano se dividirá y luego se derrumbará dándoles paso a la Edad Media y a la hegemonía de la Iglesia y el poder a los Papas. La  socorrida imagen medieval representará al universo y al mundo como una inmensa liza dispuesta para el triunfo de la muerte sobre cabezas coronadas, mitras bamboleantes  e infernales orgullos.

 

En los fastos rudos de la Edad Media la muerte parece significar término y castigo. Se muere lentamente, día a día, hora a hora, con plena consciencia de que morir es solucionar todos los conflictos humanos. Pesa la muerte más que la vida en la balanza de las apreciaciones históricas. Su presencia hace del día noche y de la canción plañido.

 

La  fatalidad de la muerte, evidenciada por los moralistas y los teólogos, polariza  todas las preocupaciones y centra el pensamiento universal en un montón de tibias cruzadas y calaveras. La técnica de morir se eleva entonces al rango de arte. De la Edad Media puede decirse, no que muere viviendo, sino que vive muriendo. Hombres  y mujeres visten mortajas. La muerte armada y ensabanada, con una clepsidra en la mano, se enseñorea de las ciudades y cantan las horas, castañeteo de sus desiertas mandíbulas, en un terrible y constante ¡Recuérdenme!

 

LA MUERTE PARA LOS JUDÍOS, LOS ORTODOXOS Y LOS ISLÁMICOS

 

La mayoría del pueblo judío, con excepción de algunos justos, era y sigue siendo materialista. Sitúa es este mundo el premio y el castigo de las buenas o malas acciones y considera la mansión del Señor inaccesible a los mortales. La muerte, para muchos de ellos, significa carroña y fin de todo. Interpretando a los profetas a modo de  oráculos políticos, el Mesías se define en sus mentes, no como redentor del género humano, sino como una especie de caudillo racista que levantará al pueblo elegido de su postración y lo sacará del oprobio. Presuponemos la decepcionada extrañeza de los  judíos nacionalistas que creían en Jesús.  “Mi reino no es de este mundo”, (San Juan, XVIII, 36).

 

Para el pensamiento ortodoxo, la muerte está decretada a los hombres por Dios y su hora es incierta. Debemos mirarla con sacrificio grato al Todopoderoso. Es puerta de acceso a la inmortalidad y por ello la muerte de los seres queridos no debe contristarnos.

 

Los árabes, a través de Mahoma y los preceptos del Corán; la vida del hombre está predestinada, el juicio final y la reencarnación existen.

 

EL RENACIMIENTO

 

Durante el Renacimiento se dan cambios trascendentes, como sucedió cuando el hombre abandonó la preocupación por la existencia de mundos ultraterrenos de carácter metafísico, para fijar su atención en la naturaleza como fuente de conocimiento y de creación artística. En el Renacimiento europeo, pintores, poetas y músicos celebraban una muerte buena como la ars moviendi (el arte de morir). La muerte, como el Renacimiento, se vio como parte del ciclo de la vida, incluso una causa para celebrar la salvación del alma (Gelles y Levine, 1995).

 

EL SIGLO XX. LA FASCINACIÓN POR LA MUERTE

 

Todos los contemporáneos de la antesala del siglo XX son reflejo de la crisis de valores que fragmenta las sociedades europeas (Nouschi, 1999). El desfase entre las mutaciones tecnológicas, las conquistas materiales y la fuerza de las tradiciones está más o menos pronunciado, según los piases. En la Alemania de Guillermo II (1859-1941) –último emperador  alemán, su agresiva política exterior fue uno de los factores desencadenante de la I Guerra Mundial y la extinción del imperio- adoraba el arte con casco y convencional, las jóvenes generaciones se refugiaban en el irracionalismo, el anticonformismo y sobre todo el individualismo, vivero de las nuevas tendencias.

 

Luego vendrá la II Guerra mundial, las guerras del sureste asiático y las del Oriente medio, en donde el arte de matar se va tecnificando sin necesidad de ver al enemigo frente a frente, de una trinchera a la otra.

               

LA MUERTE EN LA LITERATURA Y EN EL ARTE

 

EN LA LITERATURA

 

Sobre la fuerza emocional telúrica de la muerte que ha sido, es y será punto de partida del más grave raciocinio, tiene Unamuno palabras felices y aclaratorias: “Un Miserere cantado en común por una muchedumbre azotada del destino vale tanto como una filosofía”. Podemos recalcar que dicho canto se hace en las tinieblas de profunda incertidumbre. Pocos escritores, artistas y músicos se han sustraído al tema de la muerte. El misterio, compartido por todos, que encierra es manantial inagotable de  inspiración para la poesía. La muerte (thanatos) y el amor (Eros), inseparablemente unidos, fecundan la conciencia del hombre y le sugieren ideas  y sentimientos.

 

La muerte destruye, para unos; el amor crea, para otros. Este crear y destruir, en riguroso turno de poder, forman la trama de la gran tragedia de la vida. Quién pregona el triunfo definitivo de la muerte; quién la victoria de la muerte. Muerte y amor, en incansable forcejeo, se disputan nuestras codicias, nuestros afanes, nuestras ilusiones. Y así hasta la consumación de los siglos en una especie de guerra fría y paz ardiente.

 

La muerte, he llegado a comprender, no se define; se siente, se teme, se llora o se canta. Para el filósofo es motivo de meditación; para el poeta, ritmo y melancolía. La Danza Macabra (1874), de Camile Saint Saëns (1835-1921), nos describe el paisaje nocturno de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que una danza macabra siempre ha sido un tema alegórico en arte, literatura, teatro y música que se caracteriza por la representación del esqueleto humano como símbolo de la muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de la inevitabilidad de la muerte, así como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social.

 

Es también una amonestación  a la necesidad de arrepentimiento.

 

La novelística universal debe a la muerte sus mejores capítulos, los más intensos y densos del contenido humano. Y aquí la ficción nunca es ficción porque calma su sed en los abrevaderos experimentales  de la realidad. Desde los llamados Libros de  los Muertos de los antiguos egipcios, que se colocaban junto a los cadáveres a modo de itinerario, pues contenían minuciosos detalles de los parajes ultraterrenos, hasta “Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías” de uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), pasando por  la “Diferencia entre lo temporal y lo eterno”, de Padre Juan Eusebio Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, más o menos ascética, más o menos humorística, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningún país, ni tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideológico y geopolítico.

 

La inquietud de la muerte flota como un fantasma sobre la lírica del mundo entero. Hay poesía del amor y hay poesía de la muerte, que a veces se funden en un solo gran poeta que se llama “el temor”. Así nos encontramos con:

 

César Vallejo (1892-1938). Cuando decide morirse porque sí. Por las experiencias del dolor cotidiano que es la muerte por cuotas; la visión de un mundo como un lugar penitencial sin certeza de salvación.

 

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Consternado por la soledad en que se quedan los muertos.

 

Antero Quental (1842-1891). Quien consideraba el mutismo de la muerte más resonante que el clamoroso mar.

 

Joaquín Teixeira de Pascoaes (1877-1952). Que deseaba morirse como la luz, como el paisaje, a la dulce hora del crepúsculo.

 

Faver Páez, para quien la muerte debe pesar mil noches juntas.

 

Tenesse Williams (1811-1983) nos decía que los funerales son hermosos comparados con las muertes.

 

Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. Ernesto Sábato nos guía sobre “Héroes y tumbas.

 

Miguel Otero Silva nos lleva a visitar sus “Casas Muertas” y denuncia “La muerte de Honorio”. Gabriel García Márquez nos anuncia una “Crónica de una muerte anunciada” y en “Ojos de perro azul” se enfrenta cara a cara con esa presencia inevitable que es la muerte, descubriéndola como una parte gemela de nuestro cotidiano vivir.

 

La muerte conocida desde la vida y en la vida misma. La muerte vislumbrada en los sueños y luego conocida como experiencia total: del alma y del cuerpo. La muerte como una constante inminencia que nos revela hasta qué punto nuestro propio ser está formado por aspectos distintos y nunca imaginados.

 

En la “Tercera Resignación” nos dice el Gabo: “En el polvillo bíblico de la muerte”.

 

Acaso sienta entonces una ligera nostalgia, nostalgia de no ser un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo borroso de sus parientes. Sabrás entonces que va a subir por los vasos capilares de un manzano y a despertarse mordido por el hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces -y eso le entristecía- que ha perdido su unidad, que ya no es –siquiera- un muerto ordinario, un cadáver común.

 

La dicotomía del thanos y el ros, aunque parezca dos elementos distintos, se convierte en uno solo. Vargas Vila la resalta en su Ibis en una sola unidad: “Teme al amor como a la muerte, que es la muerte misma”. Entre los poetas y escritores latinoamericanos que tratan la muerte de manera especial y sus incertidumbres constantes del deceso, se encuentra en Rubén Darío:

 

A lo Fatal: Dichoso es el árbol que apenas es sensitivo / y más la piedra porque esa ya no siente / No hay mayor dolor que el dolor de estar vivo / Ni mayor pesadumbre que una vida consciente / ser y no saber nada y ser su recurso cierto / y el temor de haber sido y en futuro tierra / y el espanto seguro de estar mañana muerto y sufrir por la carne y por la tierra / y por lo apenas sospechado e imaginarnos / sin saber siquiera a donde vamos / ni dónde venimos.

 

En la poesía venezolana, el tema de la muerte es frecuente en Lazo Martí en su “Silva Criolla”; la resalta con su “es tiempo de que vuelva, es tiempo de que tornes y la lluvia con sus esteras verticales, trae la muerte”. Pérez Bonalde en su “Vuelta a la Patria”, engolfa a su madre y su muerte: Madre aquí estoy / de mi destino vengo / a recibir  en tu glacial regazo / la triste para que el pecho tengo / y darte cubierta de la ausencia mía.

 

Escritores y poetas han vivido rodeados de muerte. Ejemplo de ello lo tenemos en Horacio Quiroga (1878-1937), quien siendo niño ve el suicidio de su padre, la esposa también se suicidio, él accidentalmente manipulando una pistola mató al poeta Federico Ferrando, sus dos hijos -Rubén y Haide- también fallecieron por suicidio y él también se mató. Todos los cuentos de Quiroga tratan sobre la muerte. El primero, por ejemplo, se llamó “Cuentos de amor, de locura y de muerte”. 

 

El segundo ejemplo lo tenemos en Ernest Hemingway (1899-1961) y su juego con la muerte; en su conciencia, en su pasado, en su recuerdo y en su futura descendencia: su abuelo, su padre, él, su hija y su nieta decidieron acabar con su vida y encontrarse con la muerte en el momento cuando ella, ellos o el destino lo consideraron oportuno. Su obra precipita hacia la fatalidad todas las verdades de la vida, con la presencia de la muerte.

 

La muerte en toda su expresión la encontramos en todos los libros de Hemingway, especialmente en “Adiós a las armas”, “Muerte en la tarde” y “Por quién doblan las campanas”. En su obra se desprende que el hombre es, en la creación, el único ser que sabe de antemano que ha de morir, y que tiene la facultad de pensar en ello en los momentos en que la alegría y el orgullo de vivir podrían embriagarle más.

 

De igual modo que ésta es la idea fundamental de la obra de André Malraux  (1901-1976). En ella cohabitan una acción fonética y un pensamiento angustiado, en las “Voces del Silencio”, Malraux da todas sus resonancias a la palabra destino para librar al hombre de su fatalidad mortal: “sabemos muy bien –escribió- que esta palabra cobra su verdadero sentido por el hecho de expresar la parte mortal de todo lo que ha de morir”. Es también lo que constituye toda la soberanía del hombre a los ojos de Hemingway. Esta soberanía aparece tanto más clara por cuanto surge de la tremenda lucha que sostienen la vida y la muerte en el seno de la naturaleza.

 

El realismo de Hemingway pinta esta lucha con tan vivos colores, que es capaz de evocar todas las opulencias de la vida. Véase, por ejemplo, en “Tener o no tener”, la página en que nos muestra el bullicio de unos pececillos pegados a un barco a la deriva sobre el cual agoniza un hombre mortalmente herido: los peces se sacian con la  sangre que se desliza por el flanco de la embarcación y se diluye en hilillos viscosos en el mar. Así la vida fluye hacia la muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Sólo cuando el hombre aparece en esta repugnante aventura, es con ciencia y conciencia de su destino. Vive como el resto de la naturaleza, en un caos análogo de absurdos y de violencia. Pero sabe que tiene una cita con la muerte, y cuanto más se lanza a una vida arriesgada, tanto más tiene fijos los ojos en la muerte.

 

Todas las distinciones que hace Hemingway entre los hombres, se basan en el valor que poseen para sostener esta mirada. Él visitó muchos pueblos. Su predilección iría, entre todos, hacia el que, dijo, “se interesa por la muerte”, hacia el pueblo español. Escribiría en Muerte en la tarde: “Cuando un  hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por sí mismo uno de los atributos divinos, el de darla”. Pero en “Por quién doblan las campanas” su héroe afirma: “hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto, todo se corrompe”. Es una de las supremas bellezas del libro, esta depuración de la idea de la muerte más allá de una vida en la que la muerte está constantemente presente en acción y en imágenes vividas. 

 

En la obra de Hemingway encontramos también otra fuente de emoción, consiste en la inminencia de la muerte dentro de la vida ardiente del amor. Pero él siempre decidirá cuándo llegará la muerte.

 

 

 

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