La lírica y la muerte

Marlene Villatoro
 
   
 
 
Víctor Hugo en su lecho de muerte

La literatura muestra claramente que todo en nuestra vida es un continuo, nos empeñamos en marcar épocas, estilos, corrientes y escuelas donde todo es un hilo que se va hilvanando a partir de la madeja coetánea de nuestras experiencias. A medida que los siglos avanzan, en el XVII el estilo barroco, por ejemplo, muestra un mundo retorcido, un mundo exasperante, un mundo de sombras, atrás queda el orden y las ideas rectas del Renacimiento.

 

El triunfo de una nueva tecnología como es la imprenta, que se convirtió en un indispensable pero floreciente negocio, un arma de guerra en las batallas religiosas de la Reforma y la Contrarreforma, así también la lírica, de cualquier género, fue cambiando de acuerdo al antojo de cada época, porque la forme de ser, de sentir del hombre, dígase pintor, músico, poeta, arquitecto, etc., es según la respiración de la época que le toca vivir. La lírica es ese género literario en cuyos escritos el autor plasma sus más hondos sentimientos, emociones y sensaciones, a fin de comunicar sus íntimas vivencias, aquellas que constituyen su ser, dándole consistencia, carácter, individualidad y rostro a sus ilusiones, sus alegrías, penas, temores, dudas, introspecciones, etc., desde la perspectiva de un yo que a todos abarque porque los atañe universalmente.

 

No podemos renunciar nunca al tema de la muerte porque a través de todas las épocas y los diferentes estilos, es presencia ineludible en nuestra vida, tan próxima en cada momento de la existencia, tan inaplazable en cada coyuntura por solventar, tan patente en cada emplazamiento del horizonte, tan factible y definitiva en cada paso a lo largo del sendero. La muerte siempre está allí, jamás distante, ni física ni mentalmente, es una presencia que acompaña al hombre por una eternidad.

 

El poema detiene el tiempo, suspende la acción, crece en vertical: su aliento es súbito, erguido y esbelto, prospera sin retroceder ni avanzar, nunca es explicativo, llano o lineal, desciende hasta lo más hondo del recoveco y se lanza a las alturas en pos de su inspiración en un efímero lapso, pasado y futuro se reúnen en un intersticio, una rendija, una ventana del espacio: aquí; y en un solo instante, un presente irrepetible, entrañable y perpetuo: ahora. Así la muerte, tratada en poesía, se cristaliza, depura, concentra, sublima; se vuelve una entidad palpable; se convierte en una compañera, un obstáculo, una meta, un interlocutor, una enemiga, consuelo, salvación. En cualquier caso, al dejar de ser una abstracción, al perder su incorporeidad, su vaga e inaprensible índole, su inquietante e inminente poder, esa inmaterial presencia adquiere personalidad y dominación. El poeta, cuyo mundo interior es hogar del alma o de la psique humana (como prefiera llamársele) y cuya voz lírica es canto de la voz de todos, atrapa a la muerte, la hace suya, la retiene en el tiempo, la dibuja en su página, la esparce en sus versos y participa en su acción. Deja de estar a su merced para integrarla a su destino, vislumbrando y asumiendo el trance. Pero, primordialmente, le confiere al pensamiento una noción del todo, una cohesión a la realidad, una redondez al universo. Y, a la propia persona, una conciencia inefable del principio y fin de su estancia en la tierra; lo que no significa redimirla de su muerte inmanente, ni trascender para la posteridad. La poesía, como una aseveración del vivir y un ensayo del morir, se revela en cada poema, sucesivamente, uno tras otro. La trascendencia comienza y termina en el mismo acto de creación, siempre que acontece. Y el poeta, quien encarna al hombre, no es que se libre de morir, ni supere su miedo o su dolor; simplemente, establece un diálogo, construye un puente, entabla una relación, antes que la muerte lo alcance y tome por sorpresa.

 

¡¿Qué sería de nosotros, los pobres mortales, sin poder acceder a lo que no vemos, pero intuimos, sin escuchar el silencio, sin imaginar el futuro o evocar el pasado, sin inventar lo posible?! El poeta se recrea a fin de transmitir eso que barrunta, experimenta, discierne, sabe, adivina, supone, conoce, pero que debe nombrar para que exista en un mundo legible: dotar sus vivencias y sus concepciones de un cuerpo, una lengua y una palabra.

 

Una vez en su interlocución con la muerte, el poeta la aborda de abundantes y distintas formas: ¿De cuál persona emanan sus palabras... de un yo ficticio, un yo indefinido o un yo manifiesto? Que es igual a preguntarse, ¿a quién representa, además de a sí mismo, ese yo lírico? Y en un poema cumplido, la respuesta podría ser: al propio lector, a un tercero, los demás, cualquiera, alguien en particular, miles, un desconocido. Como repite Arthur Rimbaud en sus dos ‘Cartas del vidente’ publicadas póstumamente, en las que antepone a una poesía académica y caduca una nueva poética sustentada en la revolución de los sentidos: la primera que remite a un ex profesor, Georges Izambard; y la segunda dirigida a su colega poeta, Paul Demeny: Yo es otro. O como propone Fernando Pessoa con sus tres heterónimos: Ricardo Reis, latinista y monárquico, quien avala la herencia clásica en la literatura occidental; Álvaro de Campos, un decadentista influido por el simbolismo, quien se incorpora después al futurismo; y Alberto Caeiro, un hombre sabio, con escasos estudios formales, cuya vida transcurre mayormente en el campo, atento a la realidad y maestro de todos; para hacer de su propia voz un coro amplio y acuciosamente diferenciado, a fin de sugerir: yo soy múltiple. He aquí un misterio por desentrañar, tato para el poeta como para críticos y filósofos: ¿Quién habla?, ¿Quién adopta la primera persona?

 

Por lo demás, ¿a la muerte de quién alude el poeta… a la suya? ¿A la del ausente… aquel o aquella… sus bien amados que ya no están… sea que fallecieron o lo abandonaron, haciendo patente la terminación de su cariño, equiparable a la muerte misma, constancia del vínculo indisoluble entre ésta y el amor? Es decir, el amor a la vida, al compañero, al amigo, al amante, a la madre, al padre, al hermano, al hijo y a todos los seres y todas las cosas; el amor como fuerza vital, con la íntima certeza de que el lazo entre vida y muerte es imperecedero; sin la una, no tiene cabida la otra, y viceversa; y ambas se corresponden y necesitan; sin cuya intelección y reconocimiento, el ser humano no puede aspirar a darle sentido a su historia, personal y colectiva.

 

Nacimiento y muerte, culminación de la vida, final de la propia existencia y la de los seres queridos, tan dolorosa y avasalladora. Tema lírico por excelencia: mi muerte, tu muerte, nuestra muerte; a fin de asimilar el traumatismo.

 

De igual modo, en tal coloquio, ¿qué aspecto, qué compostura, qué semblante le otorga el poeta a su objeto lírico? ¿Cómo lo personifica, tácita o explícitamente?

 

La muerte ha sido representada desde que las primeras sociedades humanas pusieron pie en la tierra, miles de años atrás, cuando grabaron sobre la roca desnuda formas elementales y diversas de las que ahora subsisten tan solo algunos trazos borrosos y desgastados que no logramos descifrar, pero que dan testimonio de una noción sobre su propia mortalidad, por rudimentaria que sea, y que despiertan en nosotros una atávica fascinación. Esa iconografía se ha ido transformando a lo largo de los milenios y siglos, porque cada época, así como cada cultura, le aporta uno o más sellos distintivos que expresan su tiempo y su idiosincrasia, de manera alegórica y simbólica. Hasta llegar a la actualidad, cuando nos encontramos ante un repertorio vasto y heterogéneo de figuras arquetípicas que han habitado cuevas, cúpulas, lienzos y libros, formando nuestro imaginario colectivo; por citar algunas: en la mitología griega, el alado Tánato, personificación de la muerte natural, sin violencia, por ello, de suave toque, al igual que su gemelo Hipnos, el sueño. En el entorno romano, las tres Parcas, personificaciones del destino, que controlan el hilo metafórico de la vida de cada individuo, desde su nacimiento hasta su muerte, temibles para hombres y dioses sin excepción. En la cronología azteca, Mictlantecuhtli, dios de la muerte y señor de los nueve infiernos, aterrador e imponente, quien mantiene sus ojos abiertos de par en par porque habita la oscuridad y extiende las manos para atrapar cualquier alma que pretenda escaparse. En el marco del hinduismo, Iama, dios de la muerte, señor de los espíritus de los difuntos y guardián del inframundo, originalmente benévolo, aunque adquiere un carácter más restrictivo y severo al paso del tiempo. En el culto yoruba, Ikú, señor de la muerte y la muerte misma desde una perspectiva física, encargado de llevarse, día con día, a quien ya cumplió su ciclo en la tierra. Y a lo largo de la tradición cristiana, el esqueleto antropomórfico, inflexible y macabro, empuñando una guadaña, descarnado o cubierto por una lúgubre túnica con capucha, de modo que sólo se advierte su calavera, imagen tan predominante en occidente.

 

En esta amplia gama de celebridades, quizás, al margen de culturas y de épocas, la representación de la muerte que hace el poeta sea la más íntima y próxima, muy asequible al género humano. Porque el coloquio que entabla es personal, privado, introspectivo y anímico.

 

Hay un primer acontecimiento que suscita en el poeta ese intercambio con la muerte y suele remitirse a su infancia; puede tratarse de una inusitada revelación a nivel de la conciencia ante un incidente fortuito que no lo atañe directamente, cuando aprehende el sentido cabal de su finitud y comprende que ese destino es común a todos los seres; o, bien, una vivencia precoz devastadora en un entorno más íntimo, un desastre en el ámbito de las emociones, que lo enfrenta a su sobrecogedor significado, estableciendo un vínculo y desencadenando una incipiente relación. Como sea, la idea de la muerte y los insondables sentimientos que ella despierta dejan su simiente, que habrá de germinar en un diálogo perdurable cuyo carácter varía y se transforma a medida que avanza el tiempo y se repite la circunstancia.

 

Cuando el poeta escribe sus poemas inaugurales, ya trae consigo un bagaje, un cúmulo de planteamientos, sensaciones, actitudes y reacciones a partir de su experiencia: angustia, rebeldía, fortaleza, desconcierto, horror, vacío, rabia, entendimiento, pena, desolación; todos ellos, como efecto de la indeleble impresión que la realidad ha causado en su espíritu, demostrándole su intrínseca fragilidad. La índole corruptible de su naturaleza y la transitoriedad de su existencia. Cada vez que se reaviva su inspiración debido a un nuevo encuentro y anuncia una palabra sobre la muerte, ese sentimiento preponderante de su voz, esa idea que subyace en su canto, afloran irremediablemente, impulsan su pluma y constituyen su motivo lírico, imprimiéndole un sello inconfundible a su creación, hasta desarrollar una estética propia, en este caso, una estética de la muerte.

 

Y, ¿bajo qué estado anímico se encuentra el poeta al momento de escribir? ¿Con qué temple lírico emprende el poema? ¿Llora… ríe… combate… asimila… suplica… reniega… se burla… lamenta… invita… maldice… acepta… reclama…? ¡Cuántas emociones gesta la muerte! Sea su recuerdo, su acontecimiento, su repetición, su eventualidad, su inminente presencia. Se trate del propio trance o del trance de aquellos a quienes amamos; se formule como un suceso natural o como resultado de la voluntad; en sentido metafórico o como un hecho real; desde una perspectiva estética, religiosa o moral; con el íntimo sentimiento de despojo y perdida, el afán de provocar una contienda, el iluso propósito de negociar y suscribir un acuerdo, la esperanza de retener largamente el semblante del bien amado y saciarse, a partir de un entendimiento y una camaradería al fin alcanzados. La muerte, como sujeto de la poesía, se suspende en el tiempo, habita, ocupa su espacio, forma parte del ser y es acervo de la experiencia humana. El pensamiento la materializa y el pensamiento siempre da frutos, siempre incide en la acción. Y le otorga un significado a la vida.

 

¡¿Cómo olvidar tantas y tan hermosas imágenes que los poetas nos han dejado a lo largo de la historia, que restituyen nuestro espíritu y nos reconcilian con la vida y la muerte como un todo?! Palabras imborrables que permanecen en nuestra memoria y resuenan armoniosas. En tiempos no muy lejanos, las de Gérard de Nerval, El desdichado viudo inmerso en Las quimeras, quien atraviesa el Aqueronte, vencedor por dos veces, y pulsara la lira de Orfeo, alternando el llanto de na santa con los gritos del hada. Las de Charles Baudelaire, cuando declara en Las flores del mal respecto de la Muerte de los artistas: “… que la Muerte, al alzarse como un sol de otro estío, hará por fin que se abran las flores de su mente”. Las dulces y tiernas palabras de Miguel Hernández en sus Nanas de la cebolla, quien le canta desde la cárcel a su segundo hijo recién nacido, poco después de que falleciera su primogénito: “Vuela niño en la doble luna del pecho. Él, triste de cebolla. Tú, satisfecho. No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”. Las de Cesare Pavese en su poema Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, cuando vislumbra su propio trance con dolorosa lucidez sentenciando: “Oh, cara esperanza, aquel día sabremos, también nosotros, que eres la vida y eres la nada”. Las de José Gorostiza en su Muerte sin fin de largo aliento, quien comienza por decir: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga, mentido acaso por su radiante atmósfera de luces que oculta mi conciencia derramada, mis alas rotas en esquirlas de aire, mi torpe andar atientas por el lodo”. Las de Xavier Villaurrutia, quien exclama desafiante en su Décima muerte: “Qué prueba de la existencia habrá mayor que la suerte de estar viviendo sin verte y muriendo en tu presencia”. Por último las sabias palabras de Octavio Paz en su poema Hermandad, para afirmar que la vida y la muerte son partes de un eterno y único ciclo: “Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea”.

 

No, no estamos solos, somos parte de un todo y, mientras morimos, alguien pronuncia nuestro nombre. Y la muerte tampoco está sola, porque la colman las voces de los hombres.

 

 

* Conferencia dictada en el festival La muerte tiene permiso, realizado por alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala en este 2016.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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