La ciudad literaria de Miguel N. Lira

Pavel Granados
 
   
 
 
Miguel N. Lira

 

¿Por qué el nombre? Porque don Miguel, creo yo, era una ciudad en sí mismo, una ciudad con muchas cosas interiores, con un paisaje interior, pero también porque fue el personaje, creo yo, más importante de la cultura de Tlaxcala por una sencilla razón: durante el tiempo que estuvo aquí la hizo una capital cultural. Creo que nunca han llegado tantas cartas de intelectuales tan importantes en el mundo, como cuando don Miguel estuvo en Tlaxcala: cartas de Pablo Neruda, de Alfonso Reyes, de Frida Kahlo, de Gerardo Diego… Y no sé si ya se publicaron todas sus cartas. En el epistolario faltan muchos años… Imagino que faltan muchas cartas por publicar.

 

Y Frida Kahlo fue la mujer más cercana a don Miguel… queda un solo parrafito de Frida Kahlo escrito en 1927: “Hermanito, desde hoy lunes estoy otra vez en Coyoacán y me dará mucho gusto volverlos a ver. Tu retrato casi está terminado, así es que el miércoles los espero como siempre. Por favor diles a los muchachos. Sigo mala del espinazo y estoy que me lleva la recién casada. No te imaginas deveras cómo sufro con esto. Bueno, no hay más remedio que aguantarme, ¿no crees? Saludos de tu hermana, friducha”.

 

¡Qué lástima que sea nada más este único párrafo que tangamos de una no nadas más pintora, sino también escritora como fue Frida Kahlo!

 

Aquí adelantito hay otra carta de uno de mis personajes preferidos: Renato Leduc, a quien de manera anónima don Miguel le publicó un poema que ha sido de los más populares en nuestra historia: el Prometeo. Dice la carta:

 

“Paris, 1936.

 

Querido mikelin, excúsame si ni siquiera te he dado las gracias por los diversos y amables envíos que me has hecho, pero sabes que soy un huevón fantástico y aquí mal creé la inquietud del momento en que vivimos y demás puñeterías de esa índole me he vuelto peor.

 

Te juro que dos o tres veces he pensado escribir, y aún he escrito sendas cartas para ti pero siempre se me hacen viejas en la bolsa, así es que ahora provecho esta ocasión para darte las gracias por todos los envíos pasados y por los subsecuentes. Para felicitarte por tus ediciones cada vez más depuradas y limpias y que nada piden a las similares que he visto por acá. Para saludarte y por tu conducto, a todos los antiguos comanches. Para ponerme a tus órdenes para los efectos de envío de libros, revistas, etcétera. Me tardaré un poco para enviártelas, pero puedes estar seguro que te serviré. Y finalmente para tratar el asunto de la edición de mis glosas; he resuelto cortarme la coleta literaria.

 

Tratando aquí o viendo actuar a las gentes que desde allá admira uno tanto, he llegado a la conclusión de que los literatos bajo todas las latitudes son como el difunto Cabello. ¿Sabes cómo era el difunto Cabello?: era chingón y valía verga.

 

No me interesaría, pues la publicación de tales glosas si no tuviera con Lolita Suárez, desde hace ya tres años, el compromiso de dedicárselas. Créeme que este compromiso incumplido a veces no me deja dormir.

 

Hace días tuve la suerte de ganar en las carreras y antes que vuelva a perder, quiero que me digas cuánto necesitas en tiempo y en dinero para hacer la edición que desde luego encomiendo a tu indiscutible buen gusto, para girarte el importe.

 

¿Sigues sacando Fábula? Si sí, por qué no me mandas una suscripción.

 

Te abraza muy cordialmente.

 

Tu viejo amigo”.

 

El libro refleja en interés de un poeta como Pablo Neruda, de un poeta tan vanguardista como Gerardo Diego. Javier Villaurrutia diciéndole a don Miguel: “Te mando unos poemas. Si no te interesa publicarlos, regrésamelos”… con qué modestia un hombre, que es una de las glorias literarias de México, le escribe a don Miguel N. Lira.

 

Qué lástima que se me escape un poco el personaje de don Miguel. No conozco entrevistas con él, no lo filmaron, no conozco un libro autobiográfico. En las cartas se muestra como un personaje de lo más simpático. Se ve que fue un hombre muy querido y por eso creo que es una lástima que hoy los escritores o los biógrafos no lo hallan revisitado. Si vi una entrevista donde Octavio Paz recuerda haber ido a la colonia Portales a dejarle su primer libro a don Miguel N. Lira.

 

La ciudad literaria de Miguel N. Lira

 

Hay tres ciudades literarias: aquella que es la nuestra, en la que vivimos y en la que, si tenemos suerte, dejaremos nuestra huella. Esa ciudad ameritará varias cosas: una placa que diga que ahí nos gustaba sentarnos a ver el paisaje, pero el paisaje habrá cambiado tanto que los turistas se extrañarán de nuestras costumbres. Una parada obligada para decir en voz alta, una nota al pie acerca de nuestras costumbres cotidianas: por aquí pasaba; esa está llena de lugares que se pierden todos los días, se transforma y luego de un tiempo de ya no estar en ella, de esa ciudad, se vuelve tan extraña como si nunca la hubiéramos conocido. Será trabajo de los arqueólogos del futuro hacerla coincidir con aquellos que la habitaron.

 

La segunda ciudad es la que está adentro de las obras literarias, la que vive en los poemas y en las novelas, ¿Y cómo saber si corresponde a la realidad? A lo mejor el gran amigo del autor nos puede decir: sí, se refería a un edificio que existió en una calle muy cercana; si el edificio se ha caído, por lo menos queda en pie en un libro o en un poema. Esa ciudad es deforme por naturaleza, porque la palabra escrita deforma las ciudades. Como son un punto abstracto en el camino, le damos la forma que necesitamos nosotros para la evocación.

 

Pero hay una tercera ciudad literaria, una que comienza a existir porque un autor le da vida, la inventa sólo viviendo en ella. Aquella ciudad que ocupa un lugar en la geografía literaria, porque despierta una cantidad de resonancias en nosotros.

 

De la primera de ellas no sé nada, la he visto en fotos; no la podría recorrer porque me perdería. Es la ciudad de ustedes y no me necesitan a mí para que se las enseñe.

 

Pero de las otras dos les pudo hablar, puedo decir algo pues finalmente son las que puedo habitar como un lector… Y como lector uno busca un lugar en el mundo, un lugar que no ocupe mucho espacio porque nada más tiene dos dimensiones y se siente a gusto entre unas cuantas páginas.


Acerca de la tercera, puedo decir que se logra reconocer recorriendo las páginas de los autores, pero las que no están en la literatura, sino en los bordes y en las márgenes de las páginas. Es algo así como una labor de anticuario, que busca entre las páginas de los libros algo más…

 

Por un tiempo yo fui a la Biblioteca Nacional de México a conocer las páginas de la revista que hacía don Miguel N. Lira, a conocer la textura del papel, porque leer que un autor escribe en una revista, es enterarse de muchas; lo importante es ir a buscar esas páginas y saber cuánto miden, cuánto costaba la revista, en dónde se reunían sus autores a deliberar qué se podía publicar… y yo fui a leer la revista Huytlale, que apareció en los años 50. Era una revista con un papel grueso, con grecas que parecían adornar más que una página, la plaza central de una ciudad, pues parecían columnas novohispanas. Siempre, en cada número de Huytlale una postal de Tlaxcala a color y una sección de cartas de amigos: de Alfonso Reyes, de Andrés Soler… un pequeño rincón, aunque prominente, para la amistad.

 

De la misma manera, Alfonso Reyes había publicado por un tiempo la revista Monterrey, un correo amistoso. Eso era también Huytlale en su tiempo. La manera en que Miguel N. Lira salía de su ciudad en alma, volaba por los estados y volvía a su casa, entre los tipos móviles, imprentas, libros y olor a tinta.

 

Ese mundo de las cartas, esa forma un poquito burocrática de la amistad, pero permite que no se pierda. Correo amistoso que permitía que la amistad no se desdibujara, porque como decía Julio Cortázar: hasta las amistades más sólidas se desvanecen si no se procuran aunque sea con unas cuantas cartas.

 

Huytlale era el nombre del lugar en que vivía don Miguel (entiendo que ya no existe) y que significaba ‘lugar grande’ o ‘tierra grande’.

 

Entre los amigos del editor estaban Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Renato Leduc y Eduardo Colín, entre otros muchos.

 

Tenían sus publicaciones un poco el aspecto de las hojas volantes del siglo XIX, impresas algunas secciones en ese papel que se parecía al papel de china, con sus colores verdes y rojos. En esos encartes que ponía en sus revistas publicó a sus amigos, pues no había impedimento y hasta era un pequeño honor publicar en las páginas de las revistas de don Miguel N. Lira. Ya antes había publicado Fábula, su revista más conocida, en donde también incluía la obra de sus grandes amigos.

 

A diferencia de las otras publicaciones literarias mexicanas, las revistas de Lira eran publicaciones de un solo hombre; no eran grupos de amigos, sino que se parecía más bien a la obra de un hombre solitario. Llegué a estas páginas buscando a uno de los amigos de don Miguel, a Eduardo Colín, un escritor del Ateneo de la Juventud del que se contaba que como quería ser como Frederick Nietzsche, el filósofo, se paraba a las 4 de la mañana a bañarse con agua fría. Don Miguel incluyó su librito de poemas en prosa titulado ‘Mujeres’ En un número de la revista Fábula. Yo, que andaba tras los pasos de ese escritor, fui a dar al taller tipográfico de don Miguel. Creo que estaba por Tlalpan, en los años 30, en la colonia Portales… ya no lo sé… mis pasos eran inseguros y mi memoria ya es muy opaca. Pude tener entre mis manos esas hojitas. Eduardo Colín era celebrado por Alfonso Reyes y por Francisco Monterde y hoy… por nadie, motivo de más para leerlo y para estar en contacto con el mundo de don Miguel.

 

Tomaba sus tipos móviles y los iba poniendo cuidadosamente sobre las cajas metálicas, armando cada pequeña prosa poética. Qué mejor manera de degustar las palabras que poniendo letra por letra en una imprenta… Y yo así, gracias a Miguel N. Lira, pude leer este poema en prosa que tanto me gustó de Eduardo Colín.

 

Siempre me ha llamado la atención que Miguel N. Lira fue también el primer editor del ‘Prometeo’, ese poema de Renato Leduc que circuló por mucho tiempo de manera anónima y que a veces, como decía Carlos Monsiváis, aparecía pintado hasta en las pulquerías, de tan popular. Leduc odiaba las visiones idealizadas de lo helénico, así que hizo un poema en que Prometeo, en vez de robarles el fuego a los dioses, les robaba sus maneras de fornicar y se las enseñaba a los hombres… y era también una burla al Prometeo liberado de Vasconcelos, burla a la que se prestó feliz don Miguel N. Lira.

 

Esa edición tuvo que circular de manera anónima y sin pie de imprenta, pues lo que decía, en 1934, era terrible como para lograr que los rayos del Zeus de la censura cayeran sobre las cabezas del poeta y de su editor.

 

Hay que pensar que por entonces una novela de Rubén Salazar Mallén, ‘Cariátide’, tuvo que llegar a los tribunales porque un capítulo fue publicado en la revista Examen de Jorge Cuesta.

 

Claro… la ciudad de la que yo hablo es Tlaxcala, aunque Lira estuvo mucho tiempo en la Ciudad de México; ahí conoció a don Octavio Paz. Don Miguel tuvo el extraño privilegio de editar el primer libro del poeta de Mixcoac en 1933, ‘Luna silvestre’, libro que luego leería y reseñaría Jorge Cuesta. Se dice que sólo se tiraron entonces 75 ejemplares.

 

Me imagino todo pequeñito en la casa de don Miguel, llena de curiosidades bibliográficas, juguetes, papeles, trenecitos, paisajes como de teatrinos italianos, flores de algodón, calaveras mexicanas… un escenario puesto en homenaje a Ramón López Velarde.

 

Luego que publicó su libro ‘Romances’, en 1931, don Miguel compró una imprenta, una muy vieja imprenta, de hecho dicen que fue una de las primeras de ese tipo en llegar a México.

 

Como imprimía como podía y cada que quería, le llamó ‘La caprichosa’, pero don Miguel la logró amaestrar hasta convertirla en una de las imprentas más eficaces, más trabajadoras y más elegantes.

 

‘La caprichosa’, yo no sé si lo supo Octavio Paz, fue la imprenta que hizo el trabajo de publicarle su primer libro. Cuando don Miguel veía que escribían libros acerca de la historia de la edición en México, y que en cada uno de ellos se le ignoraba a él y a ‘La caprichosa’, se enojaba muchísimo. Quizá esta fue una de sus grandes amarguras… y tenía razón: hasta hoy no brilla el nombre de don Miguel, y muchos menos el de ‘La caprichosa’, como gran editor del México del siglo 20.

 

Viviendo en Chiapas en 1958 le escribió a Francisco Antúnez, su colega impresor: “Muchas veces he leído en artículos que se han publicado sobre la tipografía en México, el bla, bla, bla de los que se dicen eruditos. Se habla de todo, menos de los esfuerzos que desarrollan las pequeñas imprentas de aficionados y la que yo bauticé con el nombre místico de Fábula. Ni una alusión, ni una ficha ni mucho menos un comentario.

 

“Y quiérase o no, Fábula creó en determinado momento de la vida tipográfica de México, un modo de hacer libros hasta donde la máquina y el papel lo permitían, pues el afán humano y el gusto por presentar la obra, eran ascendentes. No niego que me dolió vender mi imprenta, pero más me dolió ver que los tipos que sirvieron para reflejar el pensamiento de los grandes poetas que editó Fábula, se dedicaron a grabar invitaciones para festivales escolares, o para imprimir decretos oficiales, las más de las veces insustanciales.

 

“Sigue usted, pues, en deuda conmigo por su responso a mi Fábula. Dígale a Paco Díaz de León que a él también le pedí unas líneas por el eterno descanso de ellas, y sobre todo de mi prensa ‘La caprichosa’. Fue una gran imprenta que murió en su cama, como los generales actuales: sin grandes aspavientos, sin melodrama, sin tragedia. Lentamente se consumió y lentamente murió. Que de Dios goce”.

 

Todos los hombres de los poemas de don Miguel, héroes y villanos, todos, parecen de utilería, hechos de cartón o hechos para un teatro guiñol para representar tragedias. Eutiquio Rivera, que se manchó las manos de sangre por la traición de una mujer, tenía puñal de luna en las manos y sol de sangre en las ropas.

 

Con esos elementos también don Miguel hizo su ciudad literaria.

 

La luna y el sol son como cosas de cartón que se pueden llevar en las manos y en la ropa. La de cosas que uno se imagina cuando lee a Lira: los campos, los valles y ese conocimiento de la ciudad que le da algo de sombra a la vida. Es que antes, frente a la naturaleza, el alma era más libre y más luminosa. Las mujeres tenían un poco más de comprensión y de recato pero las de la ciudad, esas conocen unos secretos que no todo mundo sabe.

 

Cuando Miguel N. Lira se aprendió los secretos de la vida, su poesía cambió.

 

Ese joven que aprendió a escribir siguiendo la obra de Ramón López Velarde, fue cambiando y se hizo dueño de una malicia muy especial, una malicia literaria que más bien parecía bondad. En las almas de sus personajes se hace de día y se hace de noche, se colorean sus almas de colores matizados.

 

El mundo que concibió este autor tiene el tamaño de una maqueta. Hasta en su narrativa de la revolución hay algo que impide que las cosas que pasan sean completamente trágicas, como si todo fuera un simulacro de drama. Por las venas de sus personajes, más que sangre, circulan tiritas de cartón, como en las piñatas o en los Judas de semana santa.

 

Curiosamente la obra de don Miguel es una mezcla de géneros: es poesía, novela, cine, música, pintura y teatro. La sicología es mínima, es apenas la que cabe en un verso octosílabo. No era un escritor interesado en esas profundidades del alma, lo que le importaba era el ambiente poético, el contexto y las tramas que embonaran a la perfección.

 

Permítanme muy rápido entretejer las artes que gustaban a don Miguel. La poesía era, en su caso, un hallazgo que hoy quizá nos costaría entender. Quiso parecerse a los dos amigos que más admiraba: Enrique Fernández Ledezma y Ramón López Velarde. Naturalmente el segundo era bastante mejor, pero López Velarde tenía el don de la adjetivación, del deslumbramiento basado en una sola palabra, y Miguel N. Lira no, no logró que su procedimiento le funcionara como él quería. Fue audaz, porque no le importó que los poetas mayores le dijeran que no publicara sus primeros poemas fallidos.

 

En 1921 –Lira tenía 16 años- Rafael Heliodoro Valle le escribió: “no seas impaciente. Cuando uno tiene tu edad, le parece que el mundo va a concluir bien pronto, y nada nos reserva más deliciosa sorpresa que este mundo. Haces muy bien en leer a esos autores porque te confortarán y te orientarán. Aprende a ser su mejor interlocutor. Los versos que me envías no deben ser publicados aún; se arrepiente uno tanto después y ya tan tarde. Hay en ellos algunas cositas que me atrevo a llamar triviales y quiero que charlemos como se debe”.

 

Pero Miguel N. Lira prefirió no hacerle caso, mejor arrepentirse después y publicó los poemas de juventud a su novia ingenua, aquella novia que le arreglaba la corbata si se la veía desanudada, con palabras sinceras y provincianas y toda la cosa.

 

Primero se dijo que había copiado a López Velarde, pero también a Francisco González León, el poeta de Lagos de Moreno, Jalisco. A él le guardó un cariño especial que le duró toda la vida. Siempre le pedía poemas para su revista y a pesar de que González León le decía que ya casi ni escribía, hacía el esfuerzo por escribir algo y mandarle otra nueva colaboración a la revista de Tlaxcala que tanto le gustaba.

 

En cierto momento Lira volteó a ver a su tierra y a su infancia, pero también volteó a ver al presente; es decir, volteó a ver a la figura poética más importante de su tiempo. Don Miguel fue, quizá, el primer poeta en traer a México la influencia de Federico García Lorca… fue como su descubridor.

 

Miguel N. Lira hizo del corrido un género íntimo, una forma de apropiarse, él, de nuestra historia colectiva, la historia de la revolución, y convertirla en una experiencia íntima, el medio para hacer de los personajes históricos partes de una gran mitología personal. Con el corrido le dio voz a una forma poética que todavía no terminaba de encontrarse. Al principio los poetas ni siquiera se habían dado cuenta de que la revolución estaba ahí, afuera, detrás de las ventanas, rondándolos. La revolución quería entrar en los poemas, es cierto. Pero si ni siquiera era apreciada, ¿qué podía hacer? ¡Sólo rondar! La revolución mucho tiempo no tuvo los medios para entrar a la gran poesía mexicana. Vagaba por los campamentos entre los campesinos.

 

Pasaron años, ya que los primeros poetas se mostraron, primero huertistas y luego evasionistas de la realidad inmediata, y hasta se refugiaron en sí mismos antes que pensar asomarse a la ventana de sus ojos.

 

Pasó que además los poetas contemporáneos de los hechos que siguieron a la caída de Porfirio Díaz, ni siquiera hablaron de la revolución ni de los hechos más importantes, los cuales pasaron a su lado como una sombra. Muchos otros poetas fueron aliados y admiradores de Victoriano Huerta y otros, poquitos, estuvieron del lado de los caudillos revolucionarios, pero prácticamente nadie habló ni de Emiliano Zapata ni de Francisco Villa. López Velarde y Salvador Novo cuando hablaban de ellos sólo decían que eran unos asesinos Zapata y Villa.

 

Conozco un florilegio de poetas revolucionarios hecho en 1916 por el poeta de Querétaro Juan B. Delgado y no hay ni un solo poema ni para Zapata ni para Villa. Por el contrario, lamentos a la muerte de Madero y elegías a Carranza. Esos poetas que tanto deseaban llevar su flama épica al pueblo, pero su forma, su poética y su retórica, todo eso, los alejaba del pueblo al que le querían cantar.

 

Carranza se fue a Veracruz en 1915 y entre sus seguidores había otro poeta: Alfonso Cravioto. En el puerto este poeta decidió abrir un museo dedicado a la Nueva España, quería hablar de la colonia, le gustaba la poesía colonial pero nada de mexicano en su poesía. Esa fue la respuesta de la ciudad de México a la revolución. En vez de contar lo que pasaba frente a sus ojos, mejor les gustaba ver el pasado. Hacia el futuro no les gustaba ver mucho.

 

Don Miguel fue el poeta que resolvió este problema literario. Él resolvió por su cuenta la complejidad de los sentimientos que significaba la revolución mexicana. Para él, fue un recuerdo en los pórticos de la infancia, los niños que lucieron en su pecho medallas hechas de latón, juegos que recorrieron todos los patios del pueblo y después una toma de distancia, una formulación irónica, unos personajes legendarios, como si fuesen salidos de los romances medievales, aunque por todos lados encontramos la poesía de García Lorca.

 

Dentro del poeta se formó una gran referencia sentimental y la desarrolló sobre todo en una gran serie de corridos dedicados a héroes históricos e inventados. Quizá esta fue la mejor manera de contar la revolución; no una epopeya, no un gran poema épico, sino pequeños poemas narrativos, irónicos y muy sentimentales.

 

En 1932 publicó México Pregón. Lira aprendió ahí los grandes recursos de la poesía española. Le gustaba mucho Ramón López Velarde, pero al mismo tiempo aprendió también a dejar atrás a la literatura francesa, lo que tanto le había gustado. Leer un poema de Miguel N. Lira es como ver un cuadro de Manuel Rodríguez Lozano; es decir, esos artistas que podrían convertir el arte popular en gran arte.

 

De Miguel N. Lira hay que decir una noticia que es a la vez buena y a la vez mala: que lo mejor de su obra está por descubrirse. Fue novelista, pero no nada más en sus novelas, porque desde que escribió sus corridos se aficionó a contar historias, la historia de lo que pasó en la revolución en Tlaxcala, pero siempre escribió con los ojos de un niño, nunca dejó de mirar la vida mexicana así. Si a esos héroes los alcanzaba una bala, a lo mejor se rompen como grandes galletas o como enormes piñatas, y nada más les salen dulces de adentro como en las posadas, en vez de sangre. Don Miguel no sabe lo que es la muerte, ni tampoco sus personajes. Tiene una novela, ‘Mientras la muerte llega’, que tiene como fondo la guerra de los maderistas contra los porfiristas en Tlaxcala. El líder de los alzados, Pedro Ferreira, antes de huir de la ciudad entra a la casa de su enamorada para raptarla, pero a huir es alcanzado por las balas de unos campesinos que lo hieren, entonces es llevado como prisionero con su enemigo, quien lo condena a muerte. Ferreira espera frente al paredón de fusilamientos y su última voluntad es que los músicos le toquen ‘Las golondrinas’. Ahí se pone a esperar la muerte… Y entonces, como si el tiempo se detuviera, don Miguel cuenta la historia que está detrás de esta historia. En realidad ambos enemigos cortejaban a la misma mujer y el porfirista Agustín del Villar aprovechó que capturó a su rival para vengarse, no nada más a su gobierno, sino vengar su propio orgullo. Mientras Ferreira está en el paredón, está esperando que las balas salgan de los fusiles y le atraviesen el corazón.

 

Don Miguel entonces detiene la historia y nos cuenta, como cuando se dice que al final de la vida vienen los recuerdos en cascada.

 

No se detiene el tiempo en realidad, como en el cuento de Borges en el que un condenado a muerte le pide al destino que detenga el tiempo, para que él pueda cumplir una promesa. No, aquí la magia no está en la realidad que se detiene, sino en el estilo de don Miguel.

 

Lo que llama la atención es que incluso en esta novela tan poco valorada por la crítica, hay una búsqueda de recursos muy modernos. La publicó en 1958 cuando tenía tres años de aparecido Pedro Páramo… y se nota que don Miguel ya tenía muy claro que la obra de Juan Rulfo era una novela que no podía pasar desapercibida. Curiosamente ‘Mientras la muerte llega’ comienza igual que Pedro Páramo: con dos campesinos que se dirigen por un camino casi desértico a un pueblo en guerra. Uno de ellos viene a buscar a su pariente porque su madre le dijo que podría ayudarlo a hacer fortuna, igual que en Pedro Páramo.

 

Sin duda la obra de Juan Rulfo ayudó a Miguel N. Lira a comenzar su historia. Y sea, quizá, la novelística de Lira un poco menor, una exploración literaria un poco más modesta. Tal vez. Pero no hay que olvidar que tiene un gran mérito: contribuir a la búsqueda de nuevas formas literarias, de nuevas formas novelísticas.

 

Cuando don Miguel era joven leía a los escritores franceses, pero cuando publicaba sus últimos libros estaba interesado en entender la técnica de Faulkner. Carlos Fuentes le parecía a don Miguel lo más avanzado de la novela del México de su tiempo. Por eso escribió: “me interesan a mí cuatro novelas: ‘Los de abajo’, de Mariano Azuela; ‘Ulises criollo’, de José Vasconcelos; ‘El águila y la serpiente’, de Martín Luis Guzmán y ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo”.

 

Aunque yo no estoy de acuerdo que digan que el cine hizo que Miguel N. Lira perdiera profundidad, sí hay que decir que sus narraciones tiene una técnica cinematográfica, como también la tuvo Martín Luis Guzmán. Lo que pasaba era que su novela ‘La escondida’ fue llevada al cine por Roberto Gavaldón, con María Félix y Pedro Armendáriz, una historia de amor entre dos hijos de peones. Quizá don Miguel quería hacer más novelas para el cine. La adaptación fue de José Revueltas y Gunther Gerzso, y con ello Lira obtuvo una extraordinaria fama.

 

La música, sin que yo sepa si Miguel N. Lira sabía cantar, fue fundamental. Sus romances tenían esa musicalidad que permitió que muchos otros los quisieran cantar. Cuando la declamadora Berta Singerman vino en uno de sus viajes a México, eligió el Corrido de Catarino Maravillas para declamarlo en el teatro Arveu. En esa ocasión La caprichosa hizo una buena edición especial con grabados, ante la felicidad de don Miguel, del Corrido de Catarino Maravillas.

 

Catarino Maravillas es el revolucionario que siempre se equivoca de bando. Hoy andaría de partido en partido y a lo mejor ya habría apoyado al partido verde o al partido de la maestra Elba Esther… aunque no sé si yo estoy traicionando el espíritu revolucionario de don Catarino Maravillas. Le puso música el admirado músico Daniel García Blanco, le hizo además un arreglo maravilloso y se lo dio a Amparo Ochoa para que lo cantara. Desafortunadamente Miguel N. Lira ya no lo pudo escuchar. Yo lo considero el mejor de sus poemas. El más emocionante, aun cuando los amigos de don Miguel consideraban que Domingo Arenas era el mejor. Domingo Arenas sí existió pero eso lo saben mejor ustedes que yo porque era un revolucionario tlaxcalteca al que seguramente vio en persona… o por lo menos vio su sombra o vio su leyenda caminar por las calles de Tlaxcala. Era un panadero de Zacatelco cuando llegó la revolución, así que se unió al movimiento y apoyó los repartos agrarios. De hecho fue uno de los personajes de aquí que más hicieron en su tiempo por el agrarismo mexicano.

 

Lo que pasaba era que el padre de don Miguel intervino para que Domingo Arenas, ‘el manco’ Arenas, no se lo llevara a la leva. Por eso años más tarde, cuando el padre de Lura fue acusado de gobiernista, Domingo Arenas intervino por su vida. Esa misma tarde dijo a don Miguel padre: “váyase de aquí que esta misma tarde se va a armar una muy gorda. Me voy a rebelar contra Máximo rojas”. Y el papá de Miguel N. Lira se fue huyendo de Tlaxcala.

 

Domingo Arenas después se volvió zapatista, pero luego en un desacuerdo con zapata fue fusilado. Todo esto se lo contó don Miguel a la actriz Magda Donato. Siempre, lo digo de nuevo, don Miguel se asoma a su ventana de la tierra grande y piensa que sigue viviendo en la infancia. Su mirada por los portales le trae más noticias de él mismo que de la revolución. Quizá por eso hasta le escribió una carta abierta a la revolución, para afirmarse como un individuo que tenía una biografía paralela y sentimental, una biografía infantil y colectiva.

 

Le decía en esa carta abierta a la revolución, hablando de él cuando era niño: “De batalla en batalla recorrimos los patios de las calles solariegas, el atrio de la iglesia parroquial, los pastizales y la cementera con hálitos de trigo y de maizal y aun en las calles que quedaron a ciegas, porque una vez las balas verdaderas entraron en la luz de las bombillas y, destructivamente dominantes, su esplendor transformó en reguero de astillas de irisados fulgores parpadeantes”.

 

Sólo así, de este modo, la guerra le puede seguir pareciendo un juego toda la vida… y también le pareció un juego el hecho de escribir…

 

…Abran la ventana que llega una carta. Carta de Jaime Sabines… Carta de José Vasconcelos… Carta de Elías Nandino… Los mejores poetas de la lengua le mandan sus poemas a Miguel N. Lira. Los mejores pintores, como Frida Kahlo, y la voz poética de Carlos Pellicer salen desde una carta, lo mismo que la de Javier Villaurrutia… A mí también me gustaría escribirle. Llegar y habitar su ciudad literaria.

 

¿Pero cómo hay que hacerle? ¿Cómo formar parte de estas amistades de otro tiempo? Si se pudiera, don Miguel, le mandaría una carta al pasado, no para contarle las desgracias de hoy porque se deprimiría, sino para hablarle de la nostalgia de su mundo. Será cosa de volver a escribir este mismo texto, pero dirigiéndome a usted, y dejarla por aquí en su museo, como una carta entre sus cosas, a ver si su fantasma, que seguramente sigue siendo muy desordenado y muy curioso, da con ella y me envía una carta de regreso. Es mi petición imposible para que yo también sea parte de su ciudad literaria, de la cual a mí también me gustaría ser un habitante.

 

 

* Pavel Granados es escritor y ensayista, becario del Centro Mexicano de Escritores, coordinador del catálogo de música popular mexicana de la Fonoteca Nacional, donde actualmente realiza una investigación sobre el bolero en México.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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