Dicen que usted puede tener
tratos con el demonio...

Federico Silva
 
   
 
 
Federico Silva en La Estrella

 

El taller en el que hoy trabajo hace veinticinco años fue una fábrica de hilo, formó parte del complejo textil de la región de Tlaxcala. La construcción fue hecha con criterio de hacienda, techos muy altos y muros de piedra de más de un metro de grosor. Tres grandes patios, uno con una enorme pileta de laja negra para meter el hilo en ácido y limpiarlo de impurezas, otro para colgarlo y aguardar a que seque. Fresnos y ailites rodean cuanto existe; y un grupo de ahuehuetes esplendorosos que, se dice, fueron sembrados por Netzahualcóyotl.

 

Lo más extraordinario es la cantidad de animales, que habiéndolos protegido, han aumentado en número: desde luego los pequeños tecolotes que caen de su nido, las ardillas, chiquinas, armadillos, tejones, mapaches, y durante las lluvias los sapos y las ranas; desde luego existen numerosas serpientes, principalmente de cascabel. Es de considerar también el gran número y diversidad de pájaros y de insectos con los que prácticamente convivimos: abejas que suelen hacer sus panales en la sala, pájaros que en la primavera anidan entre las vigas de la cocina, y otra suerte de aves que llegan en parvadas, escandalizando con graznidos histéricos, comiéndose los granos tiernos de maíz; así como los pájaros azules que se transportan por las ramas bajas de los árboles, una hermosa especie que fue típica del valle de México, ahora en extinción.

 

Las plagas de grillos, de alacranes y de hormigas aparecen y desaparecen en los cambios de estación: en septiembre los grillos, y en abril las hormigas y las arañas, estas últimas con gran variedad de color y de tamaño.

 

Una mañana desperté con un extraño sobresalto: sobre la cobija que me tapaba hasta los hombros se posaban miles de insectos: pequeños, negros y muy activos, eran las hormigas de primavera, que me cubrían de pies a cabeza. Era de no creerse, ¿será una pesadilla? Al levantarme me aterroricé, el piso y los muros del cuarto estaban cubiertos de aquellos silenciosos e hiperactivos insectos. Abrí puertas y ventanas caminando con repulsión, y después de agenciarme una escoba y la ayuda de dos mujeres, expulsamos -no sin dificultad- a las invasoras, que formaban una larga cola superpoblada, que iniciaba a unos treinta metros de distancia en el patio exterior, desde un nido oculto a un metro de profundidad.

 

Los animales son el contrapunto vital entre los trabajos fallidos, las noticias por televisión y, ocasionalmente, la hostilidad de algunos vecinos que se sienten súbditos directos de Felipe II, miembros honorarios de la estudiantina de Salamanca o por lo menos de la de Guanajuato.

 

Amaneciendo, un día de noviembre fui despertado por el alboroto de los perros, disparos de escopeta y un gran vocerío; seguramente era la televisión, la debo haber dejado encendida. Me acababan de instalar una antena parabólica y la novedad y la catarata de películas me hacían desvelarme, anonadado, ante la sucesión sin fin de la pornografía y violencia. ¡Pero no!, el ruido se aproximaba, amenazante, lo primero en que pensé fue en localizar la pistola. ¿Dónde la dejé? Después de vestirme rápidamente -los perros seguían ladrando-, no encontraba loa zapatos ni la camisa; encima del pijama me puse el pantalón y cualquier suéter. ¿Qué ocurría? ¿Cómo iba a sospechar que venían a reclamarme la muerte de doña Merced? Me asomé por la ventana de la cocina, desde donde se ve la reja que separa la casa de un gran patio: el parque “Federásico”, a decir del arqueólogo Eduardo Merlo.

 

La gente agitaba los brazos exigiendo que saliera; había niebla y hacía frío, en esta región de Tlaxcala así son todas las mañanas de otoño.

 

                                                                   *    *   *

El municipio donde está “La Estrella” se llama Amaxac, uno de los pueblos más feos de Tlaxcala; sin embargo, tiene una iglesia muy bella del siglo XVII, a la que le han puesto una ventanería de aluminio anodizado en dorado.

 

La gente de Amaxac es muy católica y el cura de la iglesia muy aficionado a la música; sin duda posee una considerable cultura, los domingos se escucha en toda la región a Rachmaninov, a Jachaturián y en repetidas ocasiones la marcha de los marines de Estados Unidos, todo esto a través de sendas bocinas que lucen en lo alto de los campanarios.

 

En un medio tan armónico, no es difícil comprender que mi posesión de la propiedad más importante de Amaxac fuera vista con recelo, y que el triste accidente de doña Merced naturalmente fue asociado conmigo; por eso una madrugada llegó un grupo a reclamarme.

 

Doña Merced era una señora de más de noventa años, que a diario iba penosamente al mercado de Apizaco a vender flores-, regresaba a su casa como una sombrita: frágil, lentamente, tambaleándose silenciosa, cuando los perros del vecino se le acercaban, ladrando y asustándola; el más grande, blanco, de cola enroscada, otro colorado y otro más. Doña Merced, con voz muy queda, se protegía cerrando sus brazos sobre el pecho: ¡lárguense!, ¡lárguense! Las mujeres que lavaban ropa en la orilla de la calle se concentraban en el espumoso detergente, indiferentes a los ladridos.

 

Los perros acosan y marean a doña Merced, que se derrumba apretando más los brazos sobre su cuerpo; un perro le quita su zapato y corre con él, otro muerde su delgado tobillo y también su brazo. Finalmente, un hombre se asoma malhumorado, y con una pedrada y un grito espanta a los perros.

 

Doña Merced, de negro, mínima, abnegaba, reservada, silenciosa, yace en el camino de tierra sembrada de basura, aceite y cervezas, bolsas de plástico y muñecas de trapo desmembradas. Cuando en el pueblo se supo lo de doña Merced, nadie dudó que hubiera sido víctima de los perros de “La Estrella”, los perros diabólicos de un alemán refugiado en el paraíso, que se dedica a la magia negra haciendo espantables figuras del demonio.

 

El hecho ocurrió de manera más o menos accidental.

 

Durante mis primeros años en “La Estrella” algunas personas, principalmente mujeres, se metían a robar la leña o las ramas tiernas de los árboles, con el religioso propósito de adornar las calles al paso del Santísimo. También incursionaban niños o señores con su ganado, vacas ladinas y borregos chamagosos, que en compañía de sus perros tomaban posesión.

 

Desde mi llegada a “La Estrella” los vecinos me consideraban un intruso, naturalmente desconfiaban de mí y más aún de la naturaleza de mi trabajo, el cual empezaron a considerar inverosímil y al que más tarde le adjudicaron poderes malignos.

 

Se corrió la voz que ahí se practicaba algún rito satánico; esta certidumbre, aunada al hecho de haber empezado a prohibir el saqueo de la leña y el pastoreo del ganado, agravó la conseja.

 

Un día, un maestro soldador que ocasionalmente trabajaba conmigo y con quien había hecho amistad, me dijo:

 

- Algunas de las mujeres cercanas al cura dicen que usted puede tener tratos con el demonio, por lo cual están dispuestas a organizar un linchamiento; no lo tome en broma, estas cosas son muy serias, acuérdese como lincharon a un grupo de estudiantes en San Pablo del Monte, acusados de comunistas ateos.

 

Desde luego tomamos providencias: María Esther González Tovar, ahora mi esposa, se presentó con el cura del pueblo y le dijo: “soy de la orden de Santa Imelda y le pido que venga a ‘La Estrella’ para bendecir las esculturas”

 

Después de los trámites necesarios, se fijó una fecha para que el cura del pueblo viniera a mi taller. El sacerdote de Amaxac cedió el compromiso a un párroco de una iglesia cercana, quien en fecha convenida se apersonó con una buena dotación de agua bendita, en compañía de sus ayudantes.

 

- ¿Cuáles son las esculturas?, -preguntó el párroco incrédulo, estando parado en medio de todas ellas.

 

- Estas son, señor cura, -le decía señalando los objetos que nos rodeaban.

 

Caminando de uno a otro sitio, en medio de los fragmentos dispersos, el sacerdote manipulaba con destreza su rociador, salpicando con agua bendita todo lo que creyó obra de arte.

 

El peligro fue conjurado y ese día, reunidos en una gran mesa en el jardín, trabajadores, amigos, el cura y sus sobrinos, festejábamos con pulque, barbacoa y una buena porción de tortillas, que las mujeres acusadoras echaban diligentemente en los comales ennegrecidos de calientes.

 

De aquellas piedras surgió lo que más tarde sería una escultura de quince toneladas que fue a parar a Japón.

 

* Pintor y escultor. Extracto de su libro México por Tacuba.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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