Congruente incongruencia

Editorial
 
   
 
 

 

Y la obra cumbre del sexenio en cultura no es tal, no fue pensada así, no nació así… Hay congruencia.

 

Sobre el Centro de las Artes gravitan varias historias.

 

La intención del gobernador Mariano González Zarur, confesada públicamente, fue el rescate del viejo casco de una antigua fábrica, fue responder al llamado de ayuda de un amigo hacendado. El traslado del Instituto Tlaxcalteca de la Cultura (ITC) a la remozada construcción fue sólo la excusa, el asidero. Pudo haber sido cualquier otra cosa.

 

El deseo no fue instrumentar nuevas políticas de cultura.

 

Reconoció Zarur –así lo dijo- la inicial resistencia de algunos artistas… Pero la resistencia perdura, y no en algunos, no es un número reducido, por eso su ausencia en el acto inaugural del Centro de las Artes. De ahí su renuencia a respaldar algo que no comparten.

 

Tebac partió a regañadientes. Tipav casi hubo que arrastrarlo. La Escuela de Música no tuvo otra opción. Y cómo no, si dejan desprotegida a la capital, ese centro neurálgico que todo traga y a quien le han prodigado tanto alimento. Hoy la capital languidece, adelgaza, sin actividades oficiales en cultura.

 

Y los restantes centros culturales palidecen en el desamparo, ceñidos a una dirección de extensión cultural del ITC inexistente en los hechos, usada más para cebar una deformada imagen personal. Los centros culturales, primer contacto con la sociedad en el estado, vacilan en el borde del desastre.

 

Festinan un Centro de las Artes pero cierran los ojos al desplome de la actividad cultural en el estado.

 

¿Qué pensar ahora del abandonado teatro construido al lado del Palacio de la Cultura en Tlaxcala? Es una fuerte inversión que pretende tirarse a la basura, ¿sólo por los Ortiz? ¡La sociedad, los artistas, los teatreros no tienen la culpa!

 

¿Pensarán que toda la actividad cultural del estado se desarrolle en Apizaquito?

 

¿Será un tipo de supernova deslumbrante que todo absorba hasta anularlo?

 

¿Vocación?

 

La vocación de la capital es el turismo, por eso la cultura debía de salir de la capital. Un descubrimiento: ¡Una ciudad, una capital que no tiene vocación para la cultura!

 

Y si la gente acudía a la capital, también puede ir a Apizaquito, fue el argumento. Se trata de trasladar el centro político al centro geográfico. Sólo fue cosa de mover el centro, no de ampliar el horizonte de atención, no de llegar a más tlaxcaltecas. Si la gente venía a la capital, bien puede ir a Apizaquito. Un sinsentido. No se trata de ir o venir. Se trata de poner actividad oficial aquí, allá y en todos lados.

 

Se trata de crear una red horizontal de centros culturales cuya ubicación y actividad responda a un diseño de políticas públicas. Se trata de abarcar el estado todo, no solamente las zonas de élite. Se trata de instrumentar políticas democráticas, para todos, no sólo para unos pocos. Se trata de diversificar, no de concentrar.

 

Pero no es sólo la amplitud de la cobertura de los servicios oficiales. Es además el diseño y puesta en operación de una estrategia didáctica por niveles, capaz de tomar a los más niños y llevarlos hasta la obtención de un título de licenciatura. Urgente es instrumentar cursos, talleres y seminarios de largo aliento, no los actuales de 20 o 40 horas, espacio de tiempo suficiente apenas para intercambiar números de teléfono.

 

La oferta educativa debe incluir licenciaturas en letras, arte dramático o artes escénicas, artes visuales, historia del arte… y las que se añadan. Claro, previo diseño de una propuesta académica acorde a las necesidades y a las aspiraciones.

 

Ideas, propuestas, nociones, pensamientos, muchos en mucha gente, sólo basta con recabarlos y darles forma orgánica. Voluntades para hacerlo, muchas.

 

Y un detalle inocuo, intrascendente, insípido: el casco de la ex fábrica de San Luis Apizaquito tenía nuevo dueño por la vía del robo. Zarur lo dijo: habían falsificado la firma del apoderado legal de los hermanos Solana y tenían ya nueva escritura. El o los perpetradores quedan a la imaginación de cada quien, pues Zarur no los identificó.

 

¿Por qué dar una noticia de tal dimensión en un acto casi familiar, como es la presentación de un libro, y al final del sexenio?

 

¿No merecía el hecho un gran despliegue legal y mediático?

 

¿No merecía el gremio artístico, la sociedad, estar al tanto?

 

 

 

 

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