La muerte en la escritura
de Roberto Bravo

Roberto Bravo
 
   
 
 
Arnold Bocklin Autoretrato (1872)

 

Tengo muchos muertos muy queridos, pero quiero recordar hoy a uno: al doctor Salvador Croquet. Yo fui paciente de Salvador Croquet.

 

Cuando estuve en la universidad en Xalapa, para ser precisos… pues… le entré demasiado a las anfetaminas, a los psicotrópicos y a todo lo que ustedes quieran y caí en un estado psicótico… y caer en un estado psicótico es un infierno, es un verdadero infierno. Ustedes no tienen ni idea de lo que es eso… Bueno, a la mejor sí. Y quien me sacó de ese estado psicótico fue el doctor Salvador Croquet.

 

Tendría yo que aclarar sólo una cosa: Salvador no solamente curaba con sustancias alucinógenas, con psicodislépticos, sino también curaba con medicina alópata. Por ejemplo, para sacarme a mí del estado psicótico en que me encontraba, me dio tratamientos para psicóticos: pastillas para la depresión y pastillas para la ansiedad y con eso en 15 días me sacó del estado psicótico. Pero me dijo: el problema no es que ya estés fuera del estado psicótico, el problema es por qué consumías todo lo que consumiste, todo lo que te pachequeaste, ¿Por qué? ¿Cuál era la razón por lo que lo hacías?

 

Y me trató con psicodislépticos y alucinógenos. Debo haber hecho unos 40 viajes con todo tipo de material… de ese tipo. Pero esos viajes, esas terapias que llegaron a durar hasta 18 horas, a las que llegaron a ir gente connotada del medio artístico y algunos escritores, y me quedé con él hasta que cayó preso por la misma causa que Timothy Leary (por su peligro para la ideología oficialista). En esa época no solamente Salvador hacía ese tipo de terapias. Estaba también Hoffman en Europa, Zuzuki en Japón…

 

Como reprimimos nuestras emociones, siempre ponemos barreras muy fuertes frente a nuestra conciencia, frente a nuestro yo, para mostrarnos en la sociedad. Lo que hacían los psicodislépticos y los alucinógenos era quitarte todo tipo de resistencia, entonces te mostraban a ti tal como eras… eso que querías ocultarle a los demás, salía a flote, pero lo hace de una manera tan extraordinaria, tan grande que, o te vuelves loco, o terminas por ver eso que estás reprimiendo dentro de ti. Y la única cura que tenemos es aceptar qué somos. Y solamente cuando ves quién eres y eso que eres lo estás reprimiendo para que la sociedad no vea lo qué eres, cuando aceptas es cuando te curas.

 

Ese era el fenómeno que producían los hongos alucinógenos: quitare toda resistencia, todo tipo de resistencia consciente, que tú te dieras cuenta. Los demás sabíamos. El que se reprime piensa que está ocultando a los demás su represión. No, al único a quien se la oculta es a él mismo.

 

Acompañé alguna vez a Salvador con María Sabina, una chamana extraordinaria que quería curar a su gente; le cobraba a la gente que iba en un plan frívolo a tomar los hongos con ella; a ellos sí les cobraba. Pero a su gente la curaba. A los indígenas de la sierra mazateca, a los indígenas de Huautla los ayudaba para recuperar su alma, porque ella decía que el espíritu de la enfermedad está perdido y los hongos, que son los niños del submundo, te permitían encontrar a su espíritu perdido para que lo recobraras. En el momento que tu cuerpo recobraba su espíritu, tu enfermedad era curada.

 

Más en el punto que me convoca, que nos convoca, la muerte para mí es el miedo a la muerte, un miedo espantoso. Todas las representaciones, idealizaciones, que tenemos sobre la muerte, significan que es una presencia demasiado importante para nosotros, pero parte de esa importancia es el miedo que tenemos. Lo que debemos de preguntarnos es por qué tenemos miedo a morirnos.

 

La muerte es el olvido, la muerte es el fin del tiempo, es el fin del pensamiento. Y lo último que llega con la muerte es el olvido.

 

Pero… ¿Cómo ha influido la muerte en mi obra?

 

Bueno, mi obra está en progreso, se está haciendo todavía y en eso se ha convertido la muerte para mí…

 

… A lo largo de mi vida he enfrentado muchas depresiones. He sido una persona muy frágil, muy enfermiza. Realmente mi vida se debe a la medicina moderna, a mis muertitos que me ayudan a sobrevivir todavía, a mí mismo. Mi primera gran depresión fue cuando yo tenía cinco años, cuando empecé a tener conciencia de lo que era la vida. Y en ese momento yo no comía y cuando me vieron muy mal me llevaron para que me pudieran suero, sangre y otras cosas, en fin…

 

Luego pasé a otra gran depresión que tuve en la adolescencia; fue por motivos religiosos y por el cambio de la niñez a la pubertad. Todos los cambios de era o de edad o de etapas de la vida, siempre sufrí una depresión. Y la depresión consistía para mí en tener miedo a la muerte, y estar pensando en la noche en que me iba a morir, ese iba a ser mi último día y me iba a perder todo lo que representaba la vida. La vida era una gran cosa para mí, pero a la que no tenía acceso por las culpas religiosas. Yo no sé por qué tenía miedo… miedo… miedo… miedo a morir.

 

Después se me viene –bueno… es parte de lo mismo- el problema de los psicotrópicos, de las bencedrinas, anfetaminas, mariguana y otras cosas que tomé cuando estaba en la universidad que me provocaron el estado psicótico que me llevó con Croquet.

 

Allí descubrí lo que para mí es el secreto de la muerte, o el secreto de morir, o de nacer para morir, o de vivir para morir. Para muchos escritores la existencia es como una mesa: de un lado está el nacimiento con un abismo antes, porque no sabemos que hubo antes que nosotros naciéramos, no sabemos absolutamente nada. Y del otro lado está el abismo que es la muerte, de la cual tampoco sabemos absolutamente nada porque nadie ha regresado de un estado de muerte a decirnos de qué se trata, qué hay en la otra orilla. Lo que hay son leyendas… lo que hay son imaginaciones literarias que han creado las religiones.

 

La muerte. El miedo a la muerte… son las religiones.

 

Yo fui educado en la religión católica. Y la religión católica es la religión de la muerte porque desde que naces hasta que mueres, según los preceptos ortodoxos de nuestra religión, todo está determinado, todo está determinado por preceptos y por leyes capitales que te dicen cómo debes actuar en la vida, y si te sales de ese actuar en la vida, estás en peligro de muerte y estás en peligro de caer en el infierno. Es una vida marcada. Es una vida que te dice todo, desde que naces hasta que mueres; no te permite ninguna libertad.

 

La libertad tú la adoptas porque entre otras cosas se dice que dios nos dio el libre albedrío, pero también nos dio sus sacerdotes y nos han dado una cantidad enorme de preceptos que nos dicen cómo debemos vivir y si alguien nos dice cómo debemos vivir, pues no estamos viviendo. Estamos viviendo lo que dice el otro, no lo que yo quiero vivir, lo que yo quiero ser. La muerte es eso precisamente. La muerte es el temor a vivir, porque no sabemos qué hacer con nuestra vida. La muerte termina cuando sabemos qué hacer con nuestra vida. Y para mí el miedo a la muerte terminó cuando supe que quería ser escritor y eso sucedió a los 27 años.

 

El tiempo no se convirtió en mí en no ser, sino se convirtió en ser y mientras eres… estás vivo… y no piensas en la muerte. Entonces el tiempo se convirtió en mi siguiente libro llamado ‘Vida del orate’ y en ese libro, de 32 cuentos 18 hablan de la muerte. Después hice mi siguiente libro de cuentos, después murió mi hijo de mi primer matrimonio y le hice un cuento, un cuento terrible: habla de un hombre que asiste al entierro de su hijo, pero mientras está en el sepelio empieza a ver perros en los sepulcros aledaños y arriba de las cruces, eso le provoca una risa muy grande y sale corriendo del cementerio y se va -eso ocurre en el puerto de Veracruz- y en unos aparadores ve un disco que le gusta mucho, que siempre quiso tener, y ese día sus amigos generosamente le dieron dinero para lo que se le pudiera ofrecer en el entierro de su hijo, y no gastó ese dinero, lo traía en la bolsa y se compró el disco que le gustaba tanto, llegando a casa puso el disco en la tornamesa y lo que empieza a oír son puros aullidos. Ahí termina el cuento y el hombre está, por supuesto, en el manicomio platicando su historia. Eso sucede en mi libro ‘Lo que quedó de Roy Orbison’, publicado por la Universidad Veracruzana.

 

Posponer la muerte ha significado para mí la realización de mi siguiente libro, tan es así que tengo dos novelas sin publicar y esas dos novelas hablan exclusivamente de la muerte.

 

Para mí la novela más notable sobre la muerte es Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y hay un libro de poesías que todo mundo debe leer que se llama Spoon River Anthology del poeta estadounidense Edgar Lee Masters, cuyo caso es de esos raros dentro de la literatura universal porque escribió 18 libros que no eran buenos, no eran malos, pero en su libro 19, que fue Spoon River Anthology, todos están muertos y están hablando sobre su vida.

 

A mí me marcó mucho Pedro Páramo y Spoon River Anthology. Desde entonces quedé con la idea de escribir un libro donde todos estuvieran muertos, pero todos los muertos hablaran sobre una persona que estaba viva. Hice entonces una novela muy larga aún sin publicar que tiene 450 páginas con 95 personajes todos muertos hablando sobre un personaje que está vivo.

 

Y en mi última novela, que terminé apenas hace pocas semanas, todos están muertos también, solamente al principio dos están vivos. La novela es el camino que hacen Mario Santiago y el narrador porque ese día saben que ese día murió un poeta de La Onda, Jesús Luis Benítez, ‘El bucker’, que murió de tomar, murió borrachón y de inhalar tinner y de todo; al final era un monstruo. La novela es el velorio de ‘El bucker’ y se lo hacen los infrarealistas que están muertos, que son Roberto Bolaño, Mario Santiago y los hermanos Cuauhtémoc y Ramón Méndez y se lo organizan en el Palacio de Bellas Artes. Y puros muertos van a ese velorio, ilustres ellos como José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Agustín Lara… más bien los muertos que yo admiro. Esa es toda la novela.

 

Yo no soy poeta ni en el aire las compongo. Finalmente este poema lo empecé a escribir cuando murió mi hermano, lo seguí escribiendo cuando murió mi padre y lo terminé de escribir cuando murió mi mamá. Puede parecer mui familiar y un poco cursi, habla de la muerte y ahí les va:

 

 

Flores en las ramas

 

Una lengua salida del sol lame la tierra,

interrumpe el fluido que hace posible la voz,

seca los intersticios por donde el sonido avanza.

Los autos se detienen cuando la sombra,

ese magma,

hace palidecer los árboles.

 

Pasarán los días antes de que el vapor de los océanos

se reagrupe y mitigue al suelo ardiente.

Nada interrumpe el flujo vital.

La peste de los muertos sube al cielo densa, intensa,

como gases sin ruta.

Llueve sangre.

Bichos se abaten sobre puertas, ventanas,

buscan resguardo humano.

 

El agua, aunque corre, huele a derrota,

la noche es refugio y su luz proyecta sombra a los cuerpos.

 

Tu pensamiento no alcanza a anclar ninguna idea,

tu historia discurre como granizo.

Inútil es clamar, todo se mueve

sólo el sol derrumba

 

II

 

Por la resequedad crujen los vínculos de las flores con las ramas,

el menor aliento los quiebra,

hace días no se mueve una hoja,

el calor en olas revienta contra la superficie una tras otra.

 

Hace días no comes,

no quieres levantarte de tu lecho,

ya no hablas ni abres los ojos,

quisiera encarnar el espíritu del remedio y combatir tu abulia.

¿Alguien puede vivir con lo que tú vives?

 

Las hojas están quietas,

sólo los tordos al atardecer cantan,

piden agua a las nubes,

extenuados están los árboles que plantaste,

las calandrias se esconden.

 

Tus signos vitales son correctos,

respiras bien, pero no comes.

 

Desde que nací he sentido mucho miedo,

nunca te lo dije,

es mentira que sin su voluntad

no se mueve de un árbol cualquier hoja.

 

Las aves duermen.

Si hubiera ruiseñores no sería la oscuridad ruido de insectos.

Desfallecen las plantas,

el río está convertido en una pena

tan espeso es el aire,

hay que abanicarlo para quitar sus moscas,

no esa de tierra,

es aliento de cuerpo descompuesto.

 

Sé un poco aquel que fuiste,

ven, siéntate en esta terraza,

miremos la noche nublar al diurno miasma.

 

Como el cuchillo en la piedra de afilar,

una tangente hace contacto con el disco del mundo,

de sus esquirlas nace la existencia.

 

Cierras tus ojos,

tratas de palpar los senos a la joven que te asiste,

las rosas se secaron,

las aves que de ellas viven partieron,

tardarán cuatro años en volver

si esta tierra vuelve a dar frutos.

 

Esta tarde es tarde,

nada se escucha,

nadie trabaja,

es hora de agotar el sueño.

 

En edénico fin la vida muere,

los despojos son motivos para meditar,

el televisor dice nada,

encendido como engaño, sólo emite ruidos y sombras.

 

Cabeceas recuerdos,

ninguno queda en la red que tejes,

no hay prado por tanto sol,

blanca es la tierra,

es una tristeza el jardín.

 

Las aves no agradecen

que nada se oponga a la cegadora luz,

sólo la oscuridad vuelve benigna

esta tierra calcinada.

 

Raz, raz, raz,

la cuchara renueve la mezcla.

 

Fuimos tan puntuales

como quien hace un traje a la medida.

 

Antes que la lluvia nos alcanzara en la calle, caminamos,

marcamos cada uno de los pasos.

El murmullo de los pies,

se empastelaba con los ruidos de la calle.

 

La música no calló,

Lo que sucedía, sucedía en la avenida,

éramos nosotros.

 

Raz, raz, raz

raz, raz.

 

El oficio cuando se hace,

se logra con dignidad, sin prisa,

paso a paso,

observando, sin alegría ni disgusto,

humilde en la tarea.

 

Raz, raz, raz

 

Denle vuelta,

debe entrar con los pies por delante.

 

Franquearon la entrada las dos torres

No necesitaste óvolo,

el alfa y el omega iba en nuestros hombros,

nuestra tristeza cargaba contigo,

con ella fue la vía camino libre.

 

Déjenlo aquí, sobre la carretilla.

Fuimos puntuales.

 

La guillotina de una de las torres dio las tres.

Pun, pun, pun.

 

El día fue benévolo, franco.

Llovió por la mañana,

no nos humilló el sol.

 

El gris va a estos días a los ojos

queda ese color.

 

En el velorio platicamos del país,

por momentos volvíamos a ti,

tema recurrente,

fue tu mejor despedida.

 

Tin, tin, tin,

deslizaron la carretilla con tus pies por delante,

hasta el final del pasillo.

 

Adusto, sin rasurar,

un hombrecito de salud quebradiza te esperaba,

pidió que nos pusiéramos de pie,

con un esparcidor roció agua a tu simbólico traje.

 

Con voz educada profirió cosas que no quería escuchar,

mientras caminábamos fue menos difícil,

pero frente a dos ventiladores apagados,

quise sentir el calor de esos momentos

en que sus aspas giran.

 

Un hombre solo, con una guitarra,

empezó a colmar la estancia con su voz,

era una sola voz,

el instrumento era rasgado con una sola de sus manos.

 

Un solo hombre.

Una sola voz.

Un solo instrumento.

Una sola mano

Llenaron la estancia desde su silla,

concentrado, moreno,

la sola voz de su boca era bella.

 

(…)

 

Mi corazón se volvió la quietud del tuyo,

Se movieron tus labios otra vez,

Tu voz no lastimó de rojo el aire.

 

Por no imaginar tu cuello quieto,

quisiera llegar a ti,

limpiarte los zapatos,

tu rostro que ya no refleja

ese semblante de la ausencia.

 

Te aguarda la tierra,

la que recibe para siempre.

 

Los árboles, los frutos, las nubes

Serán espléndidos.

Las rosas destellarán,

la naturaleza volverá a ser contigo,

como lo fue en todos tus años,

generosa.

 

Descenderás a esa infranqueable frontera,

de aquellos cuyo oficio es enterrar.

Con manos sólo diestras para humillar

a otros hombres cubriéndolos de tierra.

 

¿Cuándo volverá a amanecer tu día?

¿Puede la belleza acercarse a la muerte

para crear belleza en imposible?

¿Cuántos sistemas ha elaborado el hombre

para protegernos de esto?

¿Cuántas filosofías y religiones?

 

Con agua, cemento y grava tapiaron tu voz,

nada los distrajo.

No podré acercarme a ti ya nunca.

 

 

 

* Roberto Bravo hizo estudios de Economía y Letras mexicanas en la Universidad Veracruzana. Ha ganado el primer premio del Quinto festival de teatro organizado por la Universidad Veracruzana y adaptación para teatro de la novela ‘Los hermanos enemigos’ de Nikos Kazantzakis de 1973, premio nacional de literatura, genero cuento, otorgado por el INBA y la Casa de la Cultura de San Luis Potosí en 1980, primero lugar del premio de cuento Sogem Bayern 2007. Ha obtenido la beca de narrativa otorgada por el INBA en 1980, la beca para escribir una novela otorgaba por Fonapas en 1981, apoyo del programa Artes por todas partes del Gobierno del DF en 2005 y la residencia artística en Alberta, Canadá, para escribir 20 textos otorgada por el Fonca, Conaculta y el gobierno de Canadá 2006. Ha publicado en narrativa ‘No es como usted dice’ (1982), ‘Itinerario inicial: La joven narrativa de México’ (1988), ‘El infierno es un horizonte abierto. Cuentos’ (2009), ‘El hombre del diván’ (2010), ‘Antología de escritores escoceses contemporáneos’ (2015), entre otras.

 

* Le presente conferencia fue regalada durante el festival La Muerte Tiene Permiso 2016 realizado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

 

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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