Una mujer en soledad: otro
misterio de Miguel N. Lira

Guillermo Vega Zaragoza
 
   
 
 
Jaime Ferrer, Soledad Martínez y Guillermo Vega

Cuando uno pensaba que ya no había más misterios que develar sobre la rica y vasta obra de Miguel N. Lira aparece, exactamente 60 años después, la reedición de ‘Una mujer en soledad’, su tercera novela, publicada originalmente en 1956 por el Fondo de Cultura Económica. En efecto, este libro es quizá uno de los más enigmáticos en la extraordinaria carrera literaria de Lira, ya que se aparta radicalmente de lo que hasta ese momento tenía acostumbrado al público, no sólo por la temática y el ambiente, sino sobre todo por el atrevimiento técnico y literario que decidió emprender nuestro autor.

 

Pero antes de entrar de lleno a comentar el libro, nunca está de más intentar una apretada semblanza de la inquieta personalidad que fue don Miguel Nicolás Lira Álvarez, quien nació y falleció en Tlaxcala, tierra a la que amó y a cuyos paisajes, colores y personajes ensalzó en sus letras como ningún otro. Vivió la infancia en Puebla, para luego regresar y volver a partir en la adolescencia para estudiar en la Escuela Nacional Preparatoria, donde trabó entrañable amistad con otros jóvenes que, como él, descollarían en el mundo del arte, las letras y la política, como Frida Kahlo, Alejandro Gómez Arias, Manuel González Ramírez, entre otros. Aprendió las artes de la edición y fundó su propia editorial, Fábula, donde publicó sus primeras obras y también las de autores como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Renato Leduc, Javier Villaurrutia, Genaro Fernández MacGregor, Enrique González Martínez, Rafael Heliodoro Valle, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti y Pedro Salinas, entre otros. Reconocido como editor e impresor de excelente gusto, fue llamado para fundar la Imprenta Universitaria y dirigir de 1936 a 1938 la revista Universidad (mensual de cultura popular), de la UNAM, institución donde se tituló como abogado y ejerció como maestro.

 

Lira fue un eminente polígrafo, a la manera de Alfonso Reyes, y cómo él fue también un incesante animador del arte y la cultura, a través de la edición de libros y revistas, como ‘Fábula’ y ‘Huytlale’.

 

Con singular fortuna, “Miguel Ene” se inició —bajo el influjo de Ramón López Velarde y Francisco González León—en el campo de la poesía, sobre todo, la amorosa y la de raigambre popular, con marcada sensibilidad lírica, a través de libros como (1925), La guayaba (1927), Corrido de Domingo Arenas (1932), Segunda soledad (1933), México-pregón (1933), Tlaxcala ida y vuelta (1935), Música para baile (1936), En el aire de olvido (1937), Carta de amor (1938), entre otros.

 

Como bien ha señalado la maestra Olimpia Guevara, “los inicios de Lira en el teatro constituyen realmente un proceso de ajuste de la poesía dramatizada, pasando por la poesía en el teatro hasta llegar al drama puro con un toque lírico, sello inconfundible del autor”. Trasladando su sensibilidad poética al arte escénico, Lira toma en principio como figura señera a Federico García Lorca y dramatiza poemas y corridos, pero pronto se aventura hacia nuevos derroteros en cuanto a géneros y temas, todo ello con sonado éxito, conquistando los escenarios de la capital del país, al abordar en sus obras personajes históricos (‘Carlota de México’, 1941), el teatro infantil (‘La Muñeca Pastillita’, 1942) y el drama urbano (‘El Diablo volvió al infierno’, 1943).

 

Finalmente, en 1947, Miguel N. Lira da el salto a la novela con ‘Donde crecen los tepozanes’, en el que retoma un argumento que había trabajado primero para los escenarios en la obra ‘Una vez en las montañas’, escrita en 1939, pero sin estrenar entonces. Se trata de una obra considerada como de tema indigenista, donde tanto el tema (la vida de un nahual) como el habla de los personajes están tomados del pueblo tlaxcalteca, aderezados por el tono romántico que había caracterizado hasta entonces sus incursiones poéticas y teatrales. Esta primera novela, como lo documenta la maestra Guevara en un acucioso estudio, tuvo un recibimiento algo abrupto por parte del mundo literario, pero poco a poco fue ganando la comprensión de los críticos y, sobre todo, la aceptación del público.

 

Ese mismo año publica ‘La escondida’, el libro que le traería la fama y el reconocimiento que llegan hasta nuestros días. Ganó el Premio Lanz Duret del periódico El Universal, con un jurado conformado, entre otros, por José Rubén Romero y Agustín Yáñez. Otra vez el escenario es Tlaxcala, ahora al inicio de la Revolución mexicana, que sirve como telón de fondo al tortuoso romance de los personajes de Gabriela y Felipe Rojano. Y, de nuevo, la novela está inspirada en corridos y obras de teatro que Lira había trabajado con anterioridad.

 

Con todo, La escondida pasaría a formar parte del canon del género de la novela de la Revolución, al ser incluida en la antología preparada por Antonio Castro Leal en los sesentas y publicada en España por Editorial Aguilar, junto con obras de Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Nellie Campobello, José Rubén Romero, Francisco L. Urquizo, Rafael F. Muñoz y Mauricio Magdaleno, entre otros. Más tarde, en 1955, se convertiría en una película emblemática de la época de oro del cine nacional, dirigida por Roberto Gavaldón, adaptada por José Revueltas y Gunther Gerzso, con María Félix y Pedro Armendáriz en los papeles estelares.

 

Pasarían varios años para que Lira volviera a incursionar en la novela, hasta que, por fin, luego de pasar los vericuetos en busca de editor, como documenta el maestro Jaime Ferrer en el prólogo de la presente edición, en 1956 es publicada ‘Una mujer en soledad’ en la prestigiada colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, donde un par de años antes fueron publicados nada menos que ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo, y el mismo año ‘Casi el paraíso’ de Luis Spota, que en su momento causó revuelo. Cabe mencionar que las anteriores novelas de Lira fueron publicadas por EDIAPSA (Edición y Distribución Ibero Americana de Publicaciones S.A.), de Rafael Giménez Siles y Martín Luis Guzmán, que además tenían la cadena de Librerías de Cristal.

 

El maestro Jaime Ferrer, en el prólogo de esta segunda edición, la considera “su obra de madurez como autor. La acabó a finales de 1951, el mismo año que regresó a Tlaxcala, y con ella trató de caminar por otros rumbos.”. En efecto, Lira eligió dar un giro radical a su obra narrativa escrita hasta el momento. Por principio de cuentas, el tema y el ambiente serían urbanos y contemporáneos. Como en sus anteriores incursiones novelescas, tomaría como punto de partida sus recuerdos y experiencias para insertarlas en la trama, ambientes y paisajes; en esta ocasión, serían su etapa infantil en la ciudad de Puebla y los personajes de los bajos fondos de la ciudad de México. En esto anticipa lo que muchos años después se convertiría en el cáncer que hoy nos carcome: el narcotráfico. Pero, sobre todo, como nunca antes, basaría un personaje en él mismo, hasta el grado de hacerlo casi indistinguible, como el atribulado abogado Miguel, protagonista y víctima postrera de la novela.

 

Como apunta Raúl Arreola Cortés, Lira tenía la clara intención de crear una obra “con cierto matiz psicológico” que ahondara en los secretos del alma humana, a la manera del francés Henri Barbusse (1873-1935), de quien usa este epígrafe: “No hay peor infierno que el furor de vivir”, tomado precisamente de su novela naturalista ‘El infierno’ (1908), la cual en su momento produjo un gran escándalo y fue acusada de torcida e inmoral.

 

Aunque la historia no presenta mayores complicaciones para ser comprendida, Lira pone en juego recursos literarios que para la época podrían ser considerados como novedosos y hasta experimentales. Para dotarla de un mayor realismo y verosimilitud, utiliza el recurso de presentar la historia en forma de cartas dirigidas a su amigo Manuel González Ramírez, quien da testimonio de los hechos narrados al principio y al final de la novela en apartados titulados “Lo que vieron los ojos de un extraño”. Pero, además —y aquí radica la audacia y mayor originalidad de Lira en esta novela—, intercala capítulos en los que adopta diversos puntos de vista, por ejemplo, desde la perspectiva del personaje de un cuadro y de las gentes del pueblo, y desde luego la del propio narrador y la protagonista, la subyugante Rita, que lo manipula y somete a la tortura de su insaciable sensualidad, haciéndolo perder cualquier vestigio de moralidad al atribulado Miguel, al grado de convertirlo en su cómplice para cumplir sus aviesos objetivos.

 

“El método de novelar mediante epístolas —señala Alfredo Ortiz Morales— permite a Lira establecer un diálogo directo con el lector, objetivándose, cosa que no había hecho en sus novelas anteriores. Se nota cuidado en la construcción y un plan definido en la estructura de la novela”.

 

Arreola Cortés es sumamente severo con esta obra; afirma que “la trama es débil y los errores y las ingenuidades son patentes”, aunque reconoce que, “de vez en cuando, aparecen partes muy bien escritas que denotan al escritor conocedor de su oficio”. En efecto, la trama pudiera no ser tan robusta, pero lo que resulta fundamental es la forma en que está contada la historia, la estructura y el lenguaje. Como apunta Ortiz Morales, “Lira nos presenta cuadros de la apacible vida provinciana, y otros del agitado mundo capitalino, con los vicios y lacras de su bajo mundo. Aun en las escenas más crudas, sin embargo, el autor siempre mantiene el lenguaje en una elevada dignidad artística… El lenguaje a través de toda la obra está revestido de propiedad, elegancia y pulimento”, con un tono lírico y amatorio que permea la narración. Sobre el estilo de la novela, Andrés Henestrosa comentó: “Usando los recursos de un bien aprendido oficio, de las galas de una imaginación que no se desorbita, de las aportaciones del poeta que siempre acompaña a Lira, esta novela viene a sumarse, y a reformar la buena fama del autor”.

 

Por otra parte, es justo destacar el desarrollo del personaje principal, el abogado Miguel. El título mismo de la novela lleva a confusión ya que se podría pensar que la protagonista es la vampiresa Rita, que sería “la mujer en soledad”, y no: el que está solo y se encuentra con una mujer es precisamente Miguel. En su momento, Emmanuel Carballo, uno de los más influyentes críticos literarios de nuestro país, señaló: “Las reacciones de Miguel ante los distintos hechos pasados y presentes poseen más interés que las anécdotas. Desde esta perspectiva, ‘Una mujer en soledad’ es una novela psicológica: el Miguel que aparece en las primeras páginas no es el Miguel de las últimas. Ha evolucionado, es un verdadero personaje de ficción”.

 

Es Carballo quien también pone el énfasis en que la novela podría entrar dentro del género policiaco: “Es en un sentido, una novela amorosa; en el otro, una novela policiaca heterodoxa”. La investigadora Laura Navarrete Maya explora esta vertiente en un ensayo de 1995, calificándola como una “propuesta experimental”, en la que el soporte del suspenso está en su estructura y en el manejo espacio temporal de la trama. Hasta el momento en que Lira publica su novela, el género policiaco está apenas en ciernes en nuestro país. Muchos consideran ‘Ensayo de un crimen’, de Rodolfo Usigli, publicada en 1944, como la iniciadora de la novela negra en México, aunque en rigor debería ser considerada un thriller psicológico. En concreto, la primera novela negra mexicana propiamente dicha es ‘El complot mongol’, de Rafael Bernal, que no aparecería sino hasta 1969. Antes de entonces, los autores nacionales habían incursionado en el género policiaco de manera tangencial, imitando los modelos anglosajones, o de plano parodiándolos, como Pepe Martínez de la Vega con su genial ‘Peter Pérez, detective de Peralvillo’. Como lo señala con justeza Navarrete Maya, la novela policial de la época seguía una presentación coherente, lineal y conservadora, mientras que Lira rompe la norma y juega con el tiempo, moviendo la anécdota en varias líneas narrativas. De esta forma, al igual que quienes lo desarrollaron en los cincuentas, Lira se apropió a su manera del género policiaco.

 

Aunque este libro le valió que lo nombraran miembro correspondiente en Tlaxcala de la Academia Mexicana de la Lengua, lo cierto es que la tibia respuesta crítica, además de su situación personal, lo alejaría del género novelístico hasta 1958 regresando a terrenos conocidos con menor fortuna literaria, con ‘Mientras la muerte llega’. Novela de la revolución, que en realidad es la adaptación en forma de novela de una historia que se volvería película: Cielito lindo, dirigida por Miguel M. Delgado y estelarizada por Luis Aguilar y Rosita Quintana.

 

Casi al final de sus días, Lira buscó la posibilidad, sin éxito, de que ‘Una mujer en soledad’ se convirtiera también en película. Personalmente, me hubiera encantado ver al atribulado Miguel interpretado por Arturo de Córdova y en el papel de la enloquecedora Rita a la voluptuosa Lilia Prado, con Roberto Gavaldón dirigiendo por última vez una historia del misterioso Miguel N. Lira.

 

 

* Texto leído en la presentación de la reedición de la novela ‘Una mujer en soledad’, de Miguel N. Lira, en el museo que lleva su nombre, en la capital de Tlaxcala, el 24 de febrero de 2017.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia