Despolitizados museos

Editorial
 
   
 
 

 

Todos, sin excepción, se dijeron viviendo en el cotidiano debate. Todos, sin excepción, aseguraron marchar viento en popa. Pero todos, sin excepción aceptaron la necesidad de enlazarse con el gran público… Ser o no ser.

 

Los directores de museos, en su mayoría dependientes del ITC, se reunieron para “decir lo indecible” y para afirmarse como espacio de debate, pero desnudaron la ausencia de una política homogénea, orgánica, que sin menoscabo de su particularidad les trace un rostro general, reconocible en la cultura tlaxcalteca.

 

Descubrieron también grandes contrastes en capacidades.

 

Y desvistieron funestos rasgos de sectarismo, de exclusión.

 

Pensar diferente no es debatir. Debate es la confrontación de ideas… Y enfrentar ideas es tan extraño en nuestro sistema político, tanto como manejar pulcra y honradamente los presupuestos.

 

Como sucede con la inmensa mayoría de los museos en el mundo, los museos de Tlaxcala nacen por cesárea, de urgencia, con ánimo de arropar una imagen, un concepto, una encomienda que legitime al gobierno en turno. Finalmente, en el jarrito de la cultura todo se puede sacar… y casi nada meter.

 

Como proyectos, lo que se conoce públicamente como tal, el ánima de cada museo tlaxcalteca es bastante debatible. Los museos para las élites: Miguel N. Lira y de la Plástica, donde duermen hospedados cuadros de Xochitiotzin, Ahuatzi, Rómulo y Sosa. Museos con matiz social: el del Títere, el de la Memoria, el de Arte.

 

Pero su simiente, casi para todos, está en un gris pasillo de la burocracia, concebido por alguien que, en el mejor de los casos, apenas ha leído… lo que sea. Han nacido, por tanto, lejos del calor social, desconocedores de las necesidades comunales. Pero todos esperan el calor popular. Imploran la identificación casi como mandato, por decreto.

 

Inexistentes fueron los imprescindibles estudios pre parto: para qué nacer y cómo hacer eso que deberían hacer.

 

El Museo Nacional del Títere es la excepción. Nació con toda la legitimación de una corriente artística que le impulsa todavía… ¡todavía! Antes de meter las manos el gobierno, el festival de títeres que le parió llegó a la madurez, sabía dónde estaba parado. Entró después la mano oficial y el festival, con el museo después, planeaba con viento firme. Pero el desfile de manos, manos inexpertas, manos ignorantes, manos insensibles, manos irresponsables, empezó a minar el festival y el museo. Pocos años hace que la escuela subió a escena.

 

Y a trompicones, pero avanzan los tres… pese a la burocracia.

 

Los restantes museos nacieron con la oración en los labios. El discurso oficial les asignaba grandes empresas, pero les soltaba en un camino pedregoso, agrietado. Casi inermes a la voluntad de la vida.

 

El Museo de Arte de Tlaxcala, como ejemplo, fue encomendado a relacionarse con lo más selecto de las artes plásticas nacionales o de fuera del país. Según ese mandato iniciático, deberían visitar Tlaxcala periódicamente las obras de José Luis Cuevas, de María Izquierdo, de Nishizawa, muestras de las bienales. La crema y nata de la plástica tendría que estar llegando a Tlaxcala.

 

… Y no es así…

 

Dos museos, Miguel N. Lira y de la Plástica, prácticamente para seis personas: Lira, Xochitiotzin, Ahuatzi, Rómulo, Sosa y la temporal que alojen las dos salitas disponibles en Guerrero 15. Y justo cuando los hornos empiezan a arrojar al mundo camadas cada vez más numerosas y exigentes de nuevos pintores, o grabadores, o fotógrafos, o… justamente se reducen los espacios generales para exposición.

 

No hay una política general, de Estado, para los museos. Verlos como un todo orgánico con sus particularidades, sus vocaciones.

 

Y añádasele esos mensajes públicos de exclusión: las actividades sólo son para los niños. Tú, de veinte años y más, no tienes mi atención. Los adultos y los ancianos, en esta lógica, están proscritos. Llaman al público todo pero paralelamente les dicen que no son punto de interés. El perro mordiéndose la cola.

 

Y la difusión, carencia toral en todo el ITC, es un disparo en el pie para los programas… y para los funcionarios. Podrán diseñar los mejores programas, operar los más atinados eventos, los más atractivos talleres… pero el público sólo asistirá si se entera de su presentación. No hay de otra. Y difusión no hay.

 

Y el ITC apuesta sólo por las redes sociales. El resultado es ver eventos o talleres con asistencia menor a la deseada, o semi desiertos.

 

En esta lenta, muy lenta administración estatal, y con el tiempo recortado, urge ya revisar y reorganizar la red de museos, así como poner en práctica un eficiente sistema de comunicación y difusión. No hacerlo es casi suicida.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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