Informe de Beirut

Roberto Fontanarrosa
 
   
 
 
Niños en una piscina en el sur del Líbano

  Circular en taxi por Beirut es muy peligroso. Pero no queda otra forma. Los ómnibus interurbanos ya no se arriesgan a ser blanco de los disparos y, por otra parte, la Osmubal, la fuerte empresa maronita que nuclea la mayoría de las unidades de transporte, se ha declarado en huelga ante el mal estado de las calles, perforadas por los cráteres de los obuses.

 

  Casi todos los taxistas son sunitas confesionales. Han sido, poco tiempo atrás, camelleros. Para colmo, los francotiradores de las diversas fracciones procuran acertar en los vehículos; es frecuente estrellarse contra las barricadas y, por si esto fuera poco, los conductores tratan de pasearlo a uno por toda la ciudad para cobrar más el recorrido. Me doy cuenta de ello cuando nos topamos, por tercera vez, frente al mismo oficial rubio de uniforme camuflado que nos hace bajar apuntándonos con una bazuca antiaérea Blow Pipe, inglesa.

 

  —Los drusos de Chafic Bikfaya se niegan a dejar Beirut —me diría luego el imán Mussa Bechir, en su confortable sótano blindado del barrio cristiano de la Bekaa—. Han recibido dinero de Khomeini y de los coptos para marcharse a Londres y montar allí una lavandería. Pero la niebla los repele como el agua al aceite.

 

  El oficial rubio y unos ocho soldados comienzan a golpearnos con las culatas de sus armas, como ya lo hicieran en las dos ocasiones anteriores. Pero esta vez también nos dan puntapiés, nos escupen, nos propinan algún bayonetazo y la emprenden con el coche. Finalmente, tras indicarnos que nos apartemos, el oficial arroja una granada incendiaria de fósforo blanco dentro del viejo Plymouth, que estalla envuelto en llamas. Luego, revisan nuestros papeles y nos dejan marchar.

 

  —Son las Fuerzas de Paz de la ONU —me cuenta Maurice Boisson, al día siguiente, sentados ambos en lo que queda del café «La Boiserie»—. No será mucho el tiempo que estarán por acá. Francia los ha enviado por un simple acuerdo protocolar con Reagan. Los paracaidistas vienen a Beirut y jóvenes estudiantes californianos aceptan recibir en sus casas a estudiantes de Bayeux. A nuestros paracaidistas no les gusta esto. Hace calor y no tienen con quién hablar.

 

  Dos días después encontraré una patrulla de ellos haciendo cola para entrar a un cine donde ponen una película americana. Se los ve cansados y de mal humor. Es notorio que aguardan la orden de retirarse pues todos llevan colocados sus paracaídas. Más de uno encontrará, entonces, dificultades para sentarse con comodidad en los asientos del cine y abandonará la sala antes de que la película (una de Robert Redford) finalice. Otros, como parejas de novios adolescentes, optarán por ver el film arriba, en el primer piso, y desde allí se arrojarán con sus paracaídas sobre la platea baja. Pienso con pena en las pasadas glorias de ese cuerpo, traicionado en Indochina por nuestros pensadores pseudocomunistas.

 

  Asha Hama Mechref es una mujer alauita ya no tan joven, alistada en la falange del Cedro Azul. En tanto vocea su mercadería (muñequitos para colgar de los espejos retrovisores en los automóviles checos) en una demolida esquina del barrio palestino del Baadbad, procura explicarme la situación.

 

  —Es entendible el desconcierto de los aerotransportados franceses. Se han preparado por años para ser transportados por avión. Y aquí los trajeron en tren.

 

  La fresca brisa que llega del Mediterráneo nos trae el aroma fuerte a iodo madrépora y cardumen, como así también el dulzón perfume a las rosetas de maíz que acostumbran fritar los marines del acorazado «Minnesota», apostado frente a Beirut, mar afuera, lejos del alcance de nuestra vista. Estando allí, en la terraza de «La Boiserie», sobre la amplia avenida Nakoura en el distrito dominado por la falange Kataeb, junto a Maurice, sorbiendo un aperitivo chipriota a base de cizaña, uno no puede menos que rememorar aquel Beirut soberbio y despreocupado de una década atrás, cuando la bonanza y el despilfarro ocultaban, a algunos ojos necios, la turbulencia que se avecinaba.

 

  —La caída del precio del petróleo y la falda corta, tuvieron mucho que ver —sintetiza Maurice. A Boisson lo conozco desde los duros tiempos de Argelia (fue uno de los pocos que desobedeció el llamado de De Gaulle a merendar). Él cubría la información para la France Presse y perdió su mano derecha al hacer explosión una carga de dinamita que activistas de la resistencia ocultaron en su máquina de escribir. Aún recuerdo que era una Erika, de origen alemán, que voló en mil pedazos junto con los dedos de Maurice, cuando éste presionó la tecla del signo de admiración. Boisson es un cronista que gusta del sensacionalismo y los argelinos de Ben Bella lo sabían (presumo que los «pieds noirs» de Raoul Salan, también).

 

  —La lucha se ha centrado en los grandes hoteles —le digo a Maurice en tanto el mozo, un maronita de piel aceitunada, nos sirve cordero con coles—. ¿Por qué crees tú que los sirios no han intentado aún ocupar el Place des Canons Hilton?

 

  —Está en una colina de difícil acceso. Una sola ametralladora pesada puede dominar un ataque. Y sus duchas son pésimas. Cuando hay poca presión, como hoy, el agua no llega hasta allá arriba. No creo que a los jerarcas del Kremlin les interese un lugar como ése.

 

  —Sin embargo —le corrijo— Walid Jumblatt podría estar interesado en ese hotel para ofertárselo a los integracionistas laicos. En ese hotel puede instalarse, desde una base de misiles SS 21 hasta un casino, pasando por un sauna.

 

  Boisson no alcanza a contestarme. Un cohete Katiuska, de los que los iraníes venden al menudeo a la salida de los cines los sábados por la noche, estalla sobre una mesa vecina. Una lluvia de cascotes, maderas encendidas, arvejas incandescentes, carne humana y ovina y tenedores retorcidos cae sobre nosotros. Nuestro mozo, el maronita, maldice en voz baja. Ha perdido su propina y el cobro de la adición.

 

  —Ahí lo tienes —me dice Maurice—. Los iraníes venden los cohetes Katiuska a los hezbollahs e integracionistas de Trípoli. Pero se los venden en consignación. Aquellos cohetes que los integracionistas no disparan los regresan a los iraníes y éstos los vuelven a colocar en el Mercado Común Europeo. Un buen negocio.

 

  Muy cerca nuestro, jóvenes de la falange Kataeb y tropas livianas palestinas luchan encarnizadamente por una mesa. Es cierto que son las siete de la tarde y a esa hora es difícil conseguir turno en «La Boiserie», pero no es fácil entender, para un occidental, un combate tan duro. También hay civiles esperando por la mesa, pero optan por marcharse. Están acostumbrados a tales atropellos.

 

  Los componentes falangistas son muchachos apenas salidos de la infancia, provenientes de los suburbios de Damour, delgados adolescentes de los barrios bajos de la zona Este de Beirut, y algunos egresados de las academias Pitman de Saida, desalentados por lo dificultoso de los exámenes finales. Han ido tomando uniformes quitados al desarticulado ejército libanés, pero aún muchos visten con lo que encuentran. Hay uno con sombrero tejano, camisa militar, jeans y zapatillas. Otro con sombrero Panamá, saco de felpilla color mostaza cruzado por los cargadores de su fusil de asalto Kalashnikov (de los nuevos, con culata plegadiza) y pantalones de sarga. Veo uno, incluso, de gruesos bigotes, con vestido de tul calado, muy suelto, algo tomado en la cintura, color salmón suave. Lleva una AK-47 (el modelo chino de la Kalashnikov) y los hombros descubiertos.

 

  Los mozos se han atrincherado tras el mostrador, están armados con pistolas ametralladoras FMK-3 con linterna láser, compradas a los restos del ejército del Sha.

 

  —Esas armas se compran en Latakia por containers cerrados —me informa Hafez el Taoune, cajero administrativo del Banco de Sangre de Beirut, uno de los tantos empleados burocráticos a quienes la creencia musulmana les ha hecho rechazar todo uso de tinta estilográfica azul en sus lapiceras—. Se venden a muy bajo precio y usted recibe el container una semana después en el puerto de Sidón. Es una transacción barata, pero en el container puede venir cualquier cosa. Se cuenta que Suleimán Jedid compró dos para la milicia drusa. Uno venía lleno de tapices de baja calidad. El otro traía una bazuca de la segunda guerra, cojines inflables y una familia de vietnamitas, miembros de los «boat-people», que no encontraban dónde vivir.

 

  Los jóvenes de la falange Kataeb reclaman un puerco a la pimienta pedido, según ellos, hace más de dos horas. Disparan con una tanqueta francesa AMX-13 pintada de rosa, olvidada por el contingente de paz egipcio, contra la puerta del baño de damas.

 

  El comandante Axnín Keffieh es un copto confesional, militar de carrera, que ha dado un año de franco a sus tropas hasta que la situación se clarifique.

 

  —Una sola salva del «Minnesota», con sus cañones de 420 milímetros, bastaría para terminar con todo esto —me dice. Y es verdad, nadie entiende a ciencia cierta, el ridículo papel que juega el formidable acorazado, vigilante en mar abierto desde hace tres años, frente a Beirut. Un rumor echa algo de luz sobre su sorprendente pasividad.

 

  —El «Minnesota» tiene un error estructural —me confía John S. desertor de la flota estadounidense, de la que ha escapado hurtándose un destroyer de 23 000 toneladas—. Su casco no ha sido diseñado para soportar las ondas sonoras formidables que se producen al disparar su artillería. La quilla está rajada, muestra un rumbo de unos quince metros. Cada cañonazo la aumenta en cuatro centímetros.

 

  John S. ha conseguido trabajo, ahora, en la zona mahometana, como muezzin. Es uno de los sacerdotes que, día a día, a la hora de la oración, eleva sus cánticos litúrgicos desde lo alto de los minaretes. Pero John S. lo hace en estilo «country». El día que el almirante Patrick L. Newport descubra la falta del destroyer, John S. se las podrá ver feas.

 

  —Acá hay un problema que va más allá de lo político —se queja Sharon Naún Najenson, agregado de la embajada israelí en Atenas y que se salvara de la masacre de Munich porque, él, ese día, estaba en Lima y jamás practicó ningún deporte—. Y es la presión que ejerce sobre el presidente Reagan la empresa «Rent-a-Car», de alquiler de coches. En Beirut han rentado unidades a grupos falangistas y éstos los usan como autos-bombas. Al último, un Ford Coronado nuevo, impecable, lo llenaron de trinitrotolueno y lo hicieron estallar contra un teatro de títeres de los «Camaradas de Saladino». A la agencia sólo le devolvieron el picaporte de una de las puertas de atrás y un trozo de poliuretano, que ellos pensaron pertenecía a una de las butacas, pero resultó ser la mejilla de un títere. Los de «Rent-a-Car» están desesperados porque los grupos confesionales coptos prosiguen alquilándoles coches y la agencia no tiene demasiados argumentos para negarse. Deberemos seguir esperando que el ejército libanés se recomponga y tome las riendas de la situación.

 

  Pero esto último no parece muy sencillo. Con las sempiternas dudas de Dany Bigeard, abandonados del apoyo logístico americano, con el comandante Fuad Acrafieli en cama con gripe, el otrora eficaz ejército del Líbano, es hoy tan sólo un conjunto de voluntades dispersas al que no le quedan sino dos brigadas eficientes: la séptima, al mando del general Ibrahim Nabih, que mantuvo durante dos semanas bajo fuego enemigo la fortificación portuaria de Souk el Gharb; y la tercera, que mantuvo durante una semana al tope del récord de ventas americano el tema «Tú eres la luna de Medio Oriente», grabado por el coro de una de sus mejores compañías.

 

  Quizás sólo reste esperar que Gemayel recomponga su gobierno, de por sí precario, y fortalezca sus alianzas con los encrespados chiítas o, al menos, con las fracciones disidentes cristianas que ya no lo incluyen en sus plegarias. Parece más difícil el arreglo con los sectores drusos que no le perdonan la matanza de ovejas cometida por las tribus kurdas al mando de Fakheredín Akkar en las laderas del monte Juniye, en 1522.

 

  —Me han dicho que el Santo Padre está visitando el acorazado «Minnesota», donde procura terminar con la tradicional rivalidad entre marines y artilleros. ¿Cree usted que el Vaticano enviará tropas?

 

  La pregunta de la anciana confesional maronita es, apenas, una más de las tantas que nos formulamos, día a día, los que estamos inmersos en la conflictiva realidad libanesa. Pero no puedo detenerme a meditarla, un camionero jordano se ha ofrecido a llevarme mañana hasta el zoco de Merj Uyún, donde los brigadistas coptos anuncian una conferencia de prensa seguida por un baile de disfraz.

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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