Un gran guiñol

Gerardo Lima
 
   
 
 
El hijo del Santo con José Luis Cuevas

 

El gran guiñol nació como una expresión cultural, teatral y literaria en la Francia de finales del siglo XIX, así como en la Inglaterra pos Jack El Destripador. El teatro original, Le Teatre Du Gran Guiñol, nació en París en 1897.

 

Buscaba mostrar una visión artística ligeramente distinta, desviada, decadente, de lo que significaba el drama, la puesta en escena y, sí, también la vida. El género teatral que ahí surgió, si es que es un género, o de eso se trataba, es algo desconocido en el mundo hispano hablante. Retrataba la otra parte de la existencia, la cara oscura de la luminaria, lo que se escondía tras bambalinas.

 

Las obras dieron paso a los shows, meros entretenimientos de carácter sangriento, macabro, tenebroso y también ridículo.

 

El esplanter, un subgénero fílmico donde la sangre es el principal ingrediente, le debe su existencia a las obras presentadas en el gran guiñol. Hablamos de obras pertenecientes a los peny dratful, donde se ensayaban visiones grotescas de Drácula, de Barney el vampiro, de Frankenstein. De temores góticos como los perpetuados por Robert Charles Matury o Matheu el monje Louis. Ese teatro presenció el advenimiento de obras como Suinitor, el barbero sangriento de la calle Flit, que aún podemos disfrutar gracias a la adaptación de Tim Burton. Es decir, el gran guiñol se convirtió en un símbolo de la decadencia, pero también el terror, especialmente de tonos naturalistas explicado por la insania, la desviación humana y la enfermedad.

 

El término no queda acotado solamente a la existencia de este teatro, obra arquitectónicamente gótica y extraña, presuntuosa quizá, sino que se convirtió en un símbolo, casi en un género de las visiones decadentes, de las formas de creación alternativas, subidas de tono, macabras o terroríficas en la Inglaterra de finales del siglo XIX.

 

Además, aquí en Inglaterra este género teatral fue recibido con el sobrecogimiento de quienes asistían no sólo para ver una obra, o para mirar la decoración manida y sobrecogida del teatro. Asistían porque buscaban obtener una experiencia, una mórbida experiencia.

 

Dice Stephen King, el tío King, que cuando uno no puede asustar lo suficiente al auditorio usa el recurso de la sangre, entre más, mejor. Entre más vísceras, más asqueado estará el espectador. No estoy tan seguro de que esto sea así. Pero sí creo firmemente que Diego Pedro Minero Arredondo tampoco lo está pues en su obra una firme y rebelde hija de la sangre y el espectáculo del guiñol, presenta una visión alejada de los tópicos manidos del espectáculo.

 

Diego Minero no busca entretener con simplezas sanguinolentas y tampoco aquí hace un trabajo de nota roja. Gran guiñol, como se titula su libro, no es tampoco una exploración de lo policiaco, la nota roja, el exceso de la sangre y el esplater. Entonces, ¿Qué hay aquí dentro?

 

Deben comprobarlo ustedes mismos, por supuesto, pero no pudo irme de aquí sin hablar de este libro y no porque quiera aguarle la fiesta, créanme que no lo haré. Lo hago porque amo hablar de la literatura rebelde, de la literatura perversa, aquel gran guiñol que no está centrado exclusivamente en el realismo, en la conciencia social, en los vericuetos rurales de, como dice Antonio Ortuño, contar sobre las milpas de nuestros abuelos.

 

Diego Minero ha optado por no tomar el camino fácil, por no tocar el costumbrismo, por dirigirse hacia lo más oscuro de su psique y hacer brotar de ahí las experimentaciones y las historias más variadas, curiosas, originales y macabras, acompañadas todas de ilustraciones tan interesantes e intensas como su prosa. Para un ejemplo pueden ojear cualquiera del libro.

 

No voy a hablar mal del realismo ni del costumbrismo. Hay autores, incluso contemporáneos, que siguen los mandatos de este género literario, la mímesis de la realidad, muchos de ellos ni siquiera son pretenciosos, hablando de Yuri Herrera de Emiliano Monge, de Fernando Melchor o Elmer Mendoza.

 

Siendo sincero, he de extrañar que ante esta marabunta de grandes voces, de experimentos meta literarios, de auto ficciones flojas o no, aún hay escritores firmemente anclados defendiendo la magia, el realismo mágico, lo fantástico, lo maravilloso y hasta los géneros, esos géneros que están mal, pero tan mal visto en esta época, llamados ciencia ficción, horror o fantasía.

 

Que un escritor se valga de su imaginación y no de lo que ve afuera, es un motivo para celebrarse. La realidad, nos olvidamos casi siempre, también proviene del interior. La imaginación, tan vilipendiada en estos días, es un tremendo pistón para acelerar la creación literaria, para motivarla, adornarla, acompañarla, modelarla, incluso hacerla.

 

Diego Minero no se arredra ante la avalancha. Su pluma vuela para dibujar historias acontecidas en rincones anónimos, en ciudades anglosajonas o en esquinitas de esta brumosa olla llamada Tlaxcala. Sus geografías varían tanto que el cosmopolitismo surge del escritor intimista. No hay pretensión de nada. Y Gran guiñol es una interesante muestra de su mundo ficcional.

 

17 cuentos conforman este Gran Guiñol. Lo variado de sus historias perciben un tema que los une: el otro lado, el of site dawn. La oscuridad no se aleja de sus historias ni cuando el narrador nos habla de la luz, ni tampoco cuando los personajes se ponen a bailar norteño en un bar de Tijuana. Véanlo, porque esto sucede. La oscuridad, como una manta ligera y ensoñadora, cubre cada una de las palabras de este libro y convierte el tono en una vorágine de sensaciones físicas, espirituales y extra mundanas.

 

En el libro hay cuentos sobre chicas que pintan conejos, como si fueran criaturas cortazarianas decadentes, monstruos atípicos que no asustan a niñas indefensas, sino que se mantiene férreamente en el exterior mientras observan la vida de una familia aparentemente normal. Hay relatos sobre dibujantes que traen a la vida sus propias creaciones o sobre niñas que crecen acompañadas por sensuales hadas madrinas. Y también hay danzas infernales y encuentros repulsivos con otras especias, como la sierpe, donde el narrador hace recordar los viejos mitos de la Medusa.

 

Gran Guiñol no es un libro de cuentos de terror. Como el teatro del gran guiñol no lo era en exclusiva. La misma sinopsis del libro nos lo recuerda: aquí no sólo hay terror, lector, sino una visión oscura que todo lo cubre o lo descubre, como quiera verse. Aquí hay un manto invisible, tenue, pero siempre presente. Y abunda aún más: aquí no hay dragones, pero sí fantasía, amor, extrañeza, monstruos, tristeza y pesadilla.

 

Hablemos, por ejemplo, de la araña, historia que pareciera ser alegórica donde un hombre, en este caso una araña, invita a salir a una chica bonita porque simplemente no puede evitarlo.

 

Pero al autor no le basta con soltar alegorías. Y hace bien, porque quien piensa que el horror, la ciencia ficción o la fantasía son meras alegorías de historias normales, comete una grave equivocación. No debe simplificarse las historias reduciéndolas hasta comprender lo que su imaginación no está dispuesta a concebir como si fuera algo normal.

 

En ‘La araña’ El autor realiza un maravilloso juego donde la ternura y la supuesta alegoría son alrevesadas y traspasadas en el final del cuento, donde la bonita historia de amor se trastoca en un evento tan grotesco como inquietante.

 

‘Jazz clo’ explora brevemente el ataque de tres lindas, lindísimas mujeres a una ausente y casi desprotegida cantante de jazz, que se sube al escenario para hacer lo que mejor sabe: destilar con su voz una melodía triste. Este cuento, aunque tan breve, recuerda muchísimo a un Hell boy, Mayon Constantin, de esos detectives que han rebasado las hojas de la narrativa extraña, desde el Martin Tess Elliot, de Joseph Sheridan de Fanú, hasta el Harry Dresde de Jim Bosher.

 

Sin embargo, si tuviera que elegir entre todos me quedaría con ‘Las hormigas de la casa’, un relato sobre un hombre luchando por mantenerse cuerdo ante la invasión de una pequeñísimas, casi inofensivas hormigas. ¿Quién no se ha visto invadido por los seres más tétricos de la creación?: mosquitos, arañas, cucarachas, hormigas, víboras, ratas… elijan uno, sientan la cercanía de su caricia, sus patas o su piel tocando sus brazos; o los dedos de los pies rozándoles el rostro con sus patas: recuerdan el asco, la frustración incluso de no poder deshacerse de ellos. Quizá así se sientan también los insectos con nosotros.

 

Pero por supuesto, el cuento no se queda con la simple sensación de lo desagradable, con la anécdota, sino que se eleva y se retuerce hasta hacer al lector cómplice de la transmutación, del envenenamiento, de la invasión suprema del cuerpo.

 

Los cuentos de Diego Minero recuerdan a narradores como Alberto Chimal, Raquel Castro o Jaime Alfonso Sandoval, pero también beben de las obras de Neil Gaiman, Alan Moore, Ana Starovinest y hasta Juan Rulfo. Si no me creen denle una leída, por ejemplo, al club barqueriano ‘New York Nigth’, después lean ‘En las colinas las ciudades’ y verán de qué gigantesca cosa les hablo.

 

Hace no mucho escuché a alguien reclamar: por qué no hay escritores mexicanos, nacionales, locales, o como quiera llamársele a esta especie, valientes, que se atrevan a escribir historias extrañas, retorcidas u originales, vertidas directamente desde la imaginación y si hay tantos pretenders de novela del narco, de narco ficción o realismo cuasi costumbrismo. La verdad yo no lo sé y creo que ni los historiadores de la literatura mexicana lo saben, porque hemos tenido a grandes exponentes del no realismo, o de los géneros, llamémosle así, no miméticos: Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, las obras de Francisco Tario, Juan José Arreola, el mismo Rulfo, eso sin contar las leyendas de demonios, aparecidos, lloronas, brujas y nahuales o de tradiciones tan nuestras como el día de los muertos.

 

Quizá el compromiso con la creación de una editorial mexicana, o con la situación social en el país, la eterna crisis, la ostentosa corrupción, etcétera, haya sido la causa. Por suerte también hay escritores que entienden que la realidad no sólo parte del afuera, sino también del interior, la psique y el alma y su herramienta más salvaje y peligrosa: la imaginación, “la loca de la casa”, como la llamaba Sor Juana.

 

Y si estamos ante una oleada de nuevos escritores salvajes, detectives de las entrañas de la mente y la maravilla, aquí podemos atisbar a uno de sus jóvenes exponentes. Para muestra un gran guiñol.

 

 

 

Nota: ‘Gran Guignol’, ‘Un último vaso de jerez’ y ‘La muchacha que hablaba con las aves’, los tres autoría de Pedro Diego Minero Arredondo, fueron presentados juntos en sociedad el 8 de junio en el Museo de Arte de Tlaxcala (MAT).

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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