El pintor de lo invisible

Claudia Schvartz
 
   
 
 

 

  El caso Van Gogh, que en vida sólo logró vender una única pieza, y que se transformó después en uno de los artistas de más alta cotización en el mercado de arte internacional, es uno de los más trágicos de la historia de la pintura. Por eso, cuando Antonin Artaud lo ilumina en su texto “Van Gogh el suicidado por la sociedad”, hace algo más que identificarse con él. Lo está reconociendo, porque si Artaud es el poeta de la profundidad, Van Gogh, que trabaja las superficies, es el pintor de lo invisible.

 

  Van Gogh es un artista amenazado, la singularidad de su expresión lo vuelve inadmisible para la época. Está obstinado en que su violencia se vuelva luz, materia pictórica. Absolutamente frágil, cercado por la pobreza, el aislamiento y la locura, trata de rescatar su ser profundo, constituido “por pequeñas emociones y por el instinto del pobre, tratando de probar la existencia verdadera del recuerdo, aun cuando todos los días olvidemos”.

 

  Viniendo de las oscuras tonalidades de su patria, Holanda, cuando finalmente llega al sur de Francia, a Arlés, pinta los verdaderos colores del mediodía bajo ese sol que quema incluso la razón. Porque allí están “todos un poco tocados”, sobre todo los que firman un petitorio para que se le impida salir del hospicio para pintar. Recorriendo las calles con su caballete y sus pinturas a cuestas, Van Gogh pone en cuestión a la sociedad. En sus pinturas plantea el problema de la verosimilitud.

 

  En esos días de crisis y encierro, su único bálsamo es mantenerse ocupado. Tener qué leer y material para pintar. Pinta todo lo que ve, produce incansablemente. En las largas y profusas cartas a Theo, confiesa su pasión por la literatura. Escindido, Vincent se completa en Theo, el hermano marchand que lo sostiene económicamente desde París y que se encarga de los negocios con el mundo, tratando de permanecer lo más leal posible a las directivas del mayor.

 

  Pintor, Vincent se transfigura cuando expresa la necesidad de una ética del artista, a quien sueña abandonando la mundanidad estéril del París para entregarse místicamente a la búsqueda del color, la verdadera luz, lo que el ojo no puede ver. Quiere crear un atelier comunitario en Arlés y con bastante sensatez sueña utopías como transformar las desoladas salas del hospicio en un taller con comida barata para pintores.

 

  Excepto la pintura, ningún gesto lógico hacia el mundo. Y cuando el crítico Issacson publica un comentario alabando su trabajo, hay en él un movimiento de rechazo y abstención. Pretende eludir el presente, se proyecta al futuro y para ello se escuda tras Theo. Pretende que éste no venda su obra, que la guarde “para más adelante”. Y en el abismo entre la certeza de su tarea y la duda que le genera no ser reconocido, se suceden las crisis de la enfermedad, cada vez más frecuentes y demoledoras. Su obra le consume todas las fuerzas: en las cartas describe cuadro por cuadro, los hallazgos de color, sugiere tipos de marcos y ordena los trabajos por complementarios, pensando en el momento en que serán expuestos. Nada escapa a su vigilancia, desde Arlés.

 

  Sólo los libros lo distraen de su obsesión. Y las cartas. Por lo demás todo es soledad y aprender a aceptar su enfermedad. La locura lo desgasta, lo fatiga. Sus momentos de lucidez son de extrema cautela, necesita alimentarse, pintar, materiales con qué hacerlo. El dramático contraste con Theo se acentúa desde la miseria del hospicio, que él describe con patético realismo.

 

  En todas sus pinturas, ya sean los retratos o los paisajes, un jarrón con flores o el ciprés nocturno, aparece siempre el doble carácter de Vincent: materialidad y metafísica, una singularidad signada por el desarraigo.

 

  E incluso sus naturalezas muertas son apasionadas y coléricas, llenas de compasión. Simultáneamente violencia y ternura, en un tejido que excede la norma de cualquier escuela, cualquier encasillamiento.

 

  Vincent acepta lentamente su enfermedad. Las crisis se suceden, agotándolo, desde aquella nochebuena del 88, cuando ataca a Gauguin, que había fijado residencia en Arlés desde hacía un tiempo. Ambos pintores compartían la casa y el atelier, poniendo en marcha el proyecto de Vincent de una comunidad pictórica en el sur de Francia. Desde hacía ya un tiempo, Vincent se había vuelto brusco y ruidoso, acercándose en mitad de la noche a la cama de Gauguin, volviéndose a dormir profundamente cuando éste lo interrogaba. Esa nochebuena, habían estado juntos en un bar, bebiendo ajenjo. Bruscamente Vincent arrojó el vaso contra su amigo. Después cayó en un estado de sopor y durmió profundamente hasta la mañana siguiente. Entonces recordó vagamente haberlo ofendido. Gauguin ya había decidido ponerse en contacto con Theo para advertirle de lo ocurrido y pensaba poner fin a su estadía en Arlés. Le comunicó su decisión a su compañero y el día pasó tormentosamente.

 

  Después de la cena, Gauguin fue a caminar por un campo de laureles florecidos y, alertado por un sonido de pasos, descubrió a Van Gogh a punto de lanzarse sobre él con una navaja abierta en la mano. Sorprendido, Van Gogh deshace el camino, corriendo.

 

  Gauguin no volvió a la casa esa noche sino que se hospedó en el hotel del pueblo. Al despertarse a la mañana, vio reunida a una gran multitud. Allí pudo enterarse de que, inmediatamente de llegar a la casa, Van Gogh se había cortado la oreja al ras de la cabeza. Con mucho esfuerzo había logrado detener la hemorragia. La sangre manchaba los dos pequeños cuartos y el dormitorio en el piso superior.

 

  Una vez detenida la hemorragia, cubierta la cabeza con una gorra vasca, se dirigió directamente al prostíbulo donde entregó, para una de las mujeres, un sobre que contenía la oreja bien lavada. Hecho esto, volvió a su casa y se encerró a dormir.

 

  Es Theo quien acude, soluciona, provee. Vincent reclama dinero y puntualiza cada gasto. Pasa largos ayunos, intoxicado de tabaco y alcohol, produciendo incansablemente. Lleva años ser un verdadero pintor, dice. Poseído por una fiebre productora sale a pintar durante la noche, con el sombrero empenachado de velas encendidas, produciendo espanto en la comunidad.

 

  Mientras, en París, Theo va consolidando su vida, se casa, tiene un hijo, cuida de la familia y de su hermano.

 

  Lo visita raramente. Es su puente con el mundo.

 

  A través de las cartas, Vincent parece hacerlo objeto de su desconsuelo, su ternura, su ironía. Vincent es inseparable de Theo, figuras contrapuestas de un mismo drama. En una visita a un museo, descubre un cuadro de Delacroix donde una figura parece condensar a ambos en uno, misteriosa figuración de la alteridad.

 

  En 1890 Vincent decide mudarse a Auvers-sur-Oise, donde el doctor Gachet le propone una cura homeopática. Pinta entonces desenfrenadamente. Vergeles florecidos, hombres inclinados sobre la tierra, campos de trigo, retratos casi japoneses, su cuarto quieto, autorretratos que le depara el espejo. Pinta la noche, un ciprés con luna, los negros pájaros del final…

 

  Pinta para salvarse de un enloquecedor rumor que no lo abandona nunca. Y pinta, también, para ser. Las visiones que plasma son irrepetibles.

 

  El 27 de julio de 1890, Vincent se pega un tiro en el pecho, en pleno campo. Dos días más tarde muere.

 

  Para completar aún más la misteriosa relación que los une, su hermano Theo muere seis meses más tarde, el 21 de enero de 1891.

 

 

 

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