Desiderio Hernández Xochitiotzin,
un artista y sus contradicciones

José Luis Puga Sánchez
 
   
 
 
Supervisa INBA integridad de los murales de Xochitiotzin

 

Alabanzas, incienso y reverencias. Impar, maestro, piedra angular. Desiderio Hernández Xochitiotzin excita mentes febriles y memorias retocadas. Diez años de su muerte y la conmemoración se vistió con los ropajes que el pintor siempre buscó: el gobernador y la fe de una pequeña y sólida cofradía de amantes del arte.

 

Diez años han transcurrido desde la muerte de Xochitiotzin, un ícono de la plástica tlaxcalteca, inmerso siempre en brutales contradicciones y por ello profundamente humano: fue un confeso y apasionado impulsor de algo que llamó “tlaxcaltequidad” que nunca explicó a cabalidad, pero se ha entendido como la preservación y amor por los rasgos identitarios del pueblo tlaxcalteca… y su pintura, de caballete y mural, transpira indigenismo….

 

… Pero fue también decidido impulsor de la beatificación de “los niños mártires de Tlaxcala” (Cristóbal, Juan y Antonio), proceso hoy en vías de conclusión.

 

Sin embargo, cada día crece más la conciencia de que el 12 de octubre no hubo ningún descubrimiento, puesto que los pueblos amerindios estaban ya asentados, fuertes y florecientes desde siglos atrás. Fue, eso sí, el choque de dos culturas.

 

La llegada de los españoles fue en realidad una conquista salvaje y depredadora. Y las pruebas brotan a cada paso de las páginas de la historia. Primero fue la conquista militar, social, y posteriormente la conquista espiritual, cosmogónica.

 

Los conquistadores se abocaron concienzudamente a destruir cada rasgo de la cultura indígena para sustituirla por los valores y visiones judeocristianas. Las iglesias españolas se construyeron literalmente sobre las ruinas arrasadas de los templos indígenas. Todo rasgo cultural local fue atacado, demolido… y los curas y su evangelización fueron la punta de lanza de esta segunda conquista.

 

Los aborígenes naturalmente reaccionaron, se defendieron contra la abrumadora andanada, incluso contra aquellos suyos que hacían el trabajo del conquistador, como fueron los evangelizados Cristóbal, Juan y Antonio, aleccionados para imponer en su gente los signos de la fe española contra la cultura de sus ancestros, de su pueblo, de su raza.

 

Hoy se marcha a la beatificación de esos niños que murieron por defender la cruz española, contra la cultura de su tierra, frente a los olvidados miles de indígenas masacrados por respetar y defender sus creencias. El coloniaje continúa inmisericorde.

 

Y ese estandarte símbolo de la dominación tomó Desiderio Hernández Xochitiotzin, férreo defensor de la “tlaxcaltequidad”.

 

Diez años de su muerte, el ‘único’ muralista tlaxcalteca, y en su honor se montó una serie de actividades que se adentraron en su figura, sublimada en cada palabra de los participantes: Eréndira Plancarte, José Manuel Montealegre, Cesáreo Teroba, Yassir Zárate y, como conferencista estelar, Alberto Hijar. Ahí también los hijos Cuahutlatohuac y Topiltzi por un lado y la hija Citlalli por el otro.

 

Todos…no… casi todos glorificaron la personalidad y el trabajo de Desiderio, su impacto estético y social.

 

El todos no se logró porque Yassir Zárate Méndez abordó a Xochitiotzin desde un balcón poco explorado, desde una perspectiva más analítica y no como un acto de fe. Yassir trató de ver el pintor como un ser humano.

 

Sus herramientas de narrador, poeta, ensayista y periodista permiten a Yassir mostrar a contraluz una radiografía del muralista, “el más significativo artista plástico de Tlaxcala”. Y dijo textualmente:

 

Una generación como la mía, que le ha tocado enfrentarse a una serie de situaciones. Desde que prácticamente tenemos el uso de la conciencia nosotros nos hemos visto la cara con un término que no se ha escapado para nada de nosotros, que es el término crisis.

 

Esa crisis nos ha vuelto a nosotros, a esta generación que nacimos a finales de la década de los 60, la década de los 70 y parte de la década de los 80, particularmente críticos con buena parte del discurso de todo tipo que tenemos enfrente.

 

Nosotros –insisto-, quiero no nada más excusarme en el asunto de la generación, sino más bien… y con esto tratar de evadir una respuesta personal, pero sí considero que a medida que hemos ido teniendo contacto con las realidades, primero inmediatas, las que vivimos aquí en Tlaxcala, y después a un nivel más abierto los que hemos tenido la oportunidad de estar en otras entidades, incluso viajar al extranjero, nos hemos ido dando cuenta de cómo se han ido construyendo los discursos en torno a ciertas figuras, ciertos acontecimientos que en un principio eran inmediatos para nosotros y que después han adquirido una cierta trascendencia. Ese es el caso, a mí me parece, de Desiderio Hernández Xochitiotzin.

 

En términos estéticos es irreprochable el trabajo de Xochitiotzin. Pero es parte del debate ver si hay o no una escuela que generó Xochitiotzin.

 

Y antes, si nos remontamos a los grandes muralistas es esta idea de reflexionar lo que permitió al movimiento nacionalista revolucionario recapacitar sobre lo que estaba aconteciendo en ese momento. De convertirse en una suerte de reacción a una tendencia estética que se venía dando desde finales del siglo 19, con el porfiriato, plenamente afrancesada y que después, con ese brutal movimiento que fue la revolución mexicana… o el movimiento armado, me gusta más ese término porque de revolución no tuvo nada. Al final de cuentas se movió todo para que todo quedara exactamente igual.

 

Aquí estamos ante una cuestión estética que retoma elementos propios de la sociedad en la que se fue gestando, como fue el muralismo, y él (Xochitiotzin) entronca precisamente en este gran movimiento.

 

No podemos hablar incluso de una sola tendencia estética. Si hablamos de estos tres grandes muralistas… o los tres grandes que reconocemos (Orozco, Siqueiros y Rivera), advertimos tendencias estéticas diferentes, pero preocupaciones ideológicas en algunos casos parecidas, quizás moldeadas por el propio discurso oficial que se estaba tratando de imponer desde el gobierno, pero que a final de cuentas sí sirvió como en su momento lo hicieron por ejemplo las pinturas que había en las catedrales de la edad media, para tratar de transmitirle una lección de historia al pueblo mexicano que en ese momento era altamente analfabeta. Los niveles de analfabetismo en el país superaban el 80 por ciento. Solamente había una clase privilegiada que tenía acceso a la educación.

 

Entonces el gobierno revolucionario intenta educar a las grandes masas a través de esta tendencia que es el muralismo, de este tipo de expresión artística, y ahí es donde precisamente entronca Desiderio.

 

Algunos estamos obsesionados con la cuestión de la historia. La historia es un asunto muy espinoso, si se me permite utilizar el adjetivo, porque en realidad no tenemos ninguna certeza de que las cosas que nos están contando en los libros, hayan ocurrido exactamente así. Es decir, siempre se va a ver desde un tamiz, que es la perspectiva metodológica que asuma el historiador, hasta los propios compromisos doctrinarios, ideológicos de quien escribe esa historia.

 

Cuando Desiderio Hernández Xochitiotzin en el acercamiento que tiene con el gobierno del estado a través de Miguel N. Lira recibe este encargo en tiempos del gobernador Cisneros, retoma algo que probablemente ya estaba quedando superado a nivel central, que también es otra de las cuestiones que nosotros tenemos muy marcado aquí en México: pensamos que lo que ocurre en la ciudad de México es lo que ocurre en todo el país. A veces sí, pero no necesariamente tiene que ser de esa manera.

 

Lo que ocurrió fue que Desiderio Hernández retoma esta manera de tratar de educar a las masas, y además él trae una idea personal, propia, de lo que es la historia de Tlaxcala.

 

Tengo varios años trabajando en medios de comunicación el trabajo de Desiderio Hernández Xochitiotzin, a partir de los textos que él consultó y que después interpretó y posteriormente proyectó en el caso de los murales de palacio.

 

Pero antes de acudir a esas fuentes, lo que uno tiene que hacer es acercarse a esos murales y preguntarse la razón por la cual algunos de los personajes que parecen allí pintados, se encuentran precisamente allí representados.

 

Una de las sorpresas que para mí sucedieron, fue cuando encontré a figuras como por ejemplo Miguel Miramón. No sé, no soy especialista, pero no sé cuántos muralistas en México han reivindicado la figura de Miguel Miramón. Como ustedes saben, Miramón es poco menos que un habitante mínimo del purgatorio ideológico y doctrinario mexicano, porque él formaba parte de los vencidos, de los conservadores, aunque él fue, pocos lo saben, uno de los niños héroes que luchó contra el ejército estadounidense en 1847. Él se inclinó por el bando que acabó perdiendo y de alguna manera quedó relegado. No sé realmente, no conozco toda la muralística de este país pero creo que si no el único, sí ha de ser uno de los tres o cinco, cuando mucho, muralistas que han reivindicado a los derrotados, porque además Miramón, en el caso de los murales de Palacio, no aparece satanizado. Aparece como parte de los integrantes de la historia de este país.

 

Como parte de este proceso de investigación periodística, le preguntaba a Álvaro Matute: ¿Xochitiotzin era reaccionario?... por presentar a un personaje como estos. O a Comonfort, que también de una u otra manera forma parte de ese purgatorio o infierno de personajes históricos fin de cuentas acaban siendo vilipendiados por el discurso oficial, sobre todo el instaurado a partir del porfiriato y luego consolidado por la revolución mexicana.

 

Sin ánimo de otro tipo, sólo para tratar de ubicar las coordenadas doctrinarias e ideológicas de Xochitiotzin, Matute me contestó que no. Xochitiotzin no era reaccionario ni conservador. Era un personaje que a final de cuentas tuvo la visión de no decir únicamente es esta la verdad de la historia. Fue capaz de aglutinar si se quiere en un discurso singular que va a contracorriente de lo que eran las posturas primero del gobierno y luego de algunos artistas que retomaban precisamente esa ordenanza, esa directriz que establecieron las autoridades, ya sea las federales o las estatales, e incorpora estas figuras.

 

Ahí también (el mural) aparece Maximiliano, otro personaje que… a lo mejor hasta puedo decir que nosotros los tlaxcaltecas tenemos ese tipo de preferencias conservadoras o reaccionarias, porque también pensemos que Miguel N. Lira, quizás una de sus mejores obras, si no es que la mejor, es la que dedica a Carlota. Hay una cierta fascinación que nosotros tenemos y yo creo que de alguna manera se explica por ese pasado que tuvimos después de la alianza de 1519. Nosotros fuimos una de las pocas provincias que no estaba tan, tan animada con el proceso de independencia.

 

 

Desiderio Hernández Xochitiotzin ha grabado, inobjetablemente, su marca en la historia de las artes plásticas en Tlaxcala. Un rítmico rumor de voces lo expande en el aire. Pero Xochitiotzin merece un trato más profundo que una larga sucesión de fuegos de artificio. Xochitiotzin debe ser visto de la escuela que no pudo dejar, o desde sus aportes al indianismo, o desde sus profundas contradicciones ideológicas…

 

Desiderio Hernández Xochitiotzin fue un hombre, con muchos rasgos de luminosidad, pero un ser humano que reclama un estudio metódico de su vida y de su arte.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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