El texto

Diego Pedro Minero Arredondo
 
   
 
 
Difusión del festival de arte Carré

 

Ramiro estaba nervioso, era la primera vez que asistía a una tertulia. Había sido invitado por la señorita Plath, organizadora y anfitriona.

 

El día de la tertulia Ramiro llegó con un ligero retraso y ya todos estaban en la sala de la casa Plath. Las presentaciones fueron hechas y Ramiro se sentó en un sofá junto a una mujer y con un gato atigrado en el respaldo. Contó mentalmente: incluyéndose a sí mismo había ocho personas en la sala. Ramiro únicamente conocía a la señora Ruth como amistad suya, y a dos de los hombres de vista, uno académico y el otro escritor célebre que vivía ahí mismo en la ciudad, y que era autor de los libros que ocupaban el estante izquierdo en el librero principal de la casa de Ramiro. La presencia de su ídolo renovó el nerviosismo del muchacho, una solitaria gota de sudor en su sien derecha pareció funcionar como involuntaria señal telepática hacia la señorita Plath, que interrumpió la plática que sostenía en ese momento con un hombre de cabeza enfundada en boina oscura y con la pierna cruzada.

 

- Muy bien, como ya estamos todos aquí y nos hemos puesto cómodos, ¿qué les parece si empezamos a leer los textos que trajimos?- dijo Plath en su habitual sonrisa.

 

Ramiro tragó saliva; la señorita Plath le había dicho que en cada tertulia todos los involucrados llevaban un texto de autoría propia para leerlos y discutirlos. Esto, en principio, le había parecido a Ramiro una buena idea y una excelente oportunidad para recibir alguna opinión respecto a sus pinitos literarios pero, ahora acababa de descubrir que uno de los contertulios era ni más ni menos que el maestro en quien había invertido horas de lectura y admiración, cambiaba por completo el panorama.

 

- Le pedí a mi estimado amigo Ramiro que también trajera un texto para hoy, me gustaría que él leyera primero- continuó la señorita Plath, mirando a los presentes. Todos asintieron y el maestro literato se acomodó en su asiento, aparentemente interesado. La señorita Plath animó con un gesto a Ramiro para hacer uso del folder que tenía en las manos.

 

El muchacho sonrió nerviosamente, con un ligero tic en la comisura derecha. Se puso de pie al tiempo que abría el folder. Una vez de pie sintió un vacío en el estómago ¿Por qué se había puesto de pie?, aquello no era un salón de clases, era una tertulia entre amigos… ¿se pondrían ellos de pie usualmente cuando iban a leer en cada sesión?, ¿o leían desde sus asientos para mayor y obvia comodidad? De cualquier modo ahora no podía sentarse ya, caería en una acción ridícula parándose y sentándose. De modo que evitó mirar a cualquiera de los presentes –aunque sentía absolutamente todos los ojos sobre él, incluyendo la perezosa mirada del gato a sus espaldas-, y sacó un par de cuartillas del folder. Llevaba tres hojas que, cuando fueron seleccionadas por él mismo para esa noche, le habían parecido medianamente aceptables y amenas, pero ahora, con la presencia del maestro, le resultaban medianamente mediocres. Sujetó los papeles con ambas manos, se aclaró la garganta y eligió mentalmente el tono y volumen de voz conveniente para la ocasión y el espacio. Con un notorio gallo al inicio de su primera frase, Ramiro leyó:

 

- Sí, bueno, esto se titula El texto… ah… “Pedro estaba nervios…”.

 

Pero la palabra “nervioso” quedó huérfana de una O, que en ese momento se desprendió y cayó al suelo como si fuese un solitario confeti negro. Ramiro tragó saliva y, sintiendo la cara como una lumbre, se apresuró a levantar la O y colocarla de nuevo en la frase.

 

- Este… bueno, disculpen…-musitó Ramiro.

 

- No pasa nada, tranquilo –le dijo un hombre de espeso bigote y con voz resonante. Más que como palabras de aliento, Ramiro sintió esto como la frase de un profesor hacia un alumno que todo mundo conociera como no muy brillante. No bien el angustiado ponente hubo acomodado la O de vuelta en la hoja, una T y una S resbalaron por la página como espesas gotas de aceite y cayeron a sus pies.

 

- Cuidado, cuidado –dijo alguien, Ramiro no supo quién, sólo adivinó que se trataba de una de las mujeres.

 

Así de cuclillas, sintiéndose totalmente humillado por cometer errores de principiante –tales como andar desparramando las letras-, Ramiro contempló con horror que, al estirar un brazo para recoger con la misma mano la T y la S, había ladeado su fólder y sus hojas, provocando que un renglón entero se resbalara hacia un costado. Enderezó sus papeles de inmediato y arrojó las letras faltantes sobre la hoja sin siquiera ocuparse de que cayeran en su sitio correcto (así, “otra” quedó convertida en “o ra” y “retraso” en “retrtaso”). Ramiro se enderezó con un movimiento tan rápido como torpe, tomó aire y se preparó para empezar a leer y no parar hasta terminar. En ese momento la voz del maestro llamó su atención:

 

- A… muchacho…

 

Ramiro volvió la mirada y se encontró con que el maestro literato había ensartado en su pluma otra O que había resbalado de la hoja sin que nuestro atormentado protagonista lo notara. Con el brazo extendido, el literato ofrecía la O educadamente. Ramiro murmuró algo que sin duda debió ser un “gracias” y, con toda la reverencia de que fue capaz en esa vergonzosa situación, tomó la O de la pluma y la estampó de vuelta en la hoja. Justo cuando le pareció que la página ante sí estaba finalmente en orden y se encontraba a punto de dar un bufido de alivio, las letras todas de la segunda página (escondida tras la primera) cayeron como cascada al suelo, rebotando en distintas direcciones. Ramiro no logró contener un gritito muy similar al de una niña cuando ve una tarántula sobre su pantufla. Alguien exclamó “¡uf!”, el académico alzó los pies y el maestro lucía empáticamente compadecido del novicio escritor. Ramiro dio pasitos girando sobre su sitio, tratando de divisar todas las letras a su alrededor, pero en el proceso pisó una A, dos N y una L.

 

- Mierda… -murmuró, apretando los dientes y tirando por la borda todo el recato que originalmente había planeado para la velada.

 

Se agachó con la mano extendida para recoger por puños las letras y meterlas en el folder –renunciado ya, claro está, a cualquier intención de leer su texto en la tertulia- cuando el contenido de las otras dos hojas  resbaló también. Así pues, ahora Ramiro sujetaba un folder azul pastel, tres hojas en blanco, y el suelo rebosaba de letras dispersas. Nuestro atormentado protagonista no tuvo demasiado tiempo para dejar fluir su frustración, pues ésta fue remplazada casi instantáneamente por alarma: una bandada de S había reptado más lejos que las demás letras y ahora trepaba por el pantalón del hombre de la boina que al inicio conversaba con la señorita Plath. El hombre se puso de pie rápidamente y sacudió enérgicamente la pierna. El hombre de espeso bigote se disponía a ayudar a su contertulio cuando cayó en cuenta que por sus piernas trepaban numerosas E y algunas consonantes, de modo que emprendió la nada grácil labor de darse manotazos en las piernas para liberarse de los invasores. Ramiro se asustó y se le ocurrió que debía apresurarse a pisotear las demás letras antes que se unieran al ataque, pero cuando bajó la mirada se encontró con que el piso estaba ahora libre de letras, pues todas estaban colonizando a los presentes, incluyendo al propio Ramiro. El académico abrió la boca para lanzar un par de maldiciones, pero en ese momento algunas letras aprovecharon para saltar dentro de su boca, de modo que con estos intrusos en la lengua, lo único que el académico logró gritar fue alguna incoherencia muy parecida a “¡Yhggsrte!”.

 

Ramiro ignoró las letras que cubrían su propio cuerpo y se lanzó a sacudir las letras de los demás contertulios, mientras a su alrededor resonaban gritos como “ytyese” y “¡kjvgbb!”.

 

En esos momentos, un pelotón de letrillas se reunió sobre la frente de una de las mujeres y se formó ahí deletreando claramente y con mediano espacio entre letra y letra: “d e s m a y a d a”, apenas la palabra estuvo completa, los ojos de la mujer se quedaron en blanco y cayó al suelo con estrépito. Ramiro se asustó y gritó “¡gfuhp!”, porque las letras habían entrado a su boca también. Por toda la sala los cuerpos iban cayendo al suelo y las letras los cubrían por completo como voraces marabuntas. Es difícil decir cómo de tres cuartillas habían surgido tantas letras; mi hipótesis es que en algún momento debieron deletrear sobre el suelo “s o m o s  m u c h a s” y habían aparecido con esto varias letras en un proceso similar al de las amibas.

 

El gato permanecía acurrucado sobre el respaldo del sofá, totalmente inmutable; estiró un poco el cuello y vio que sobre los cuerpos de los humanos aparecían palabras sueltas como “m o r d e m o s”, “m a s t i c a m o s”, “t r a g a m o s”, “ñ a m ñ a m”, “c r u n c h”, y hasta un par de “j u a r”, “j u a r”. El gato desde luego no sabía qué significaba ninguna de esas palabras, pero al ver que los cuerpos de los humanos iban quedando reducidos a nada, optó por la que le pareció la mejor manera de proceder. El gato saltó del sofá a la puerta, libró de dos saltos las escaleras que daban a la terraza y abandonó la casa.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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