Marisol Nava fue arrojada del paraíso

José Luis Puga Sánchez
 
   
 
 
Felicien Rops: Estudio para la tentación

 

Marisol Nava se retrae, se aísla del mundo. Habla de su felicidad pero es una felicidad refugiada, tras las rejas. Es una felicidad con sabor a desolación. Quiere hablar de una fisura en el paraíso pero el suyo, lo que ve, es un horizonte de agrietamiento, de derrumbe.

 

“Fisura del paraíso” es el nuevo libro con el que la catedrática universitaria retoma el diálogo con la poesía, y con sus abundantes lectores.

 

Pero aquí se presenta una Marisol Nava con temor al mundo, pero también que percibe cada vez más cerca de sí las últimas etapas de la vida. Las tres partes de su libro llaman ya a la reflexión: Fulgores estivales, Nieblas otoñales y Lobregueces invernales.

 

De las tres sólo la primera habla de luz, aunque no es una luz extendida, abierta; es una luz que emerge de su interior, lo que hablaría, tal vez, de su satisfacción consigo misma. Pero las otras dos hablan de nieblas y de lobregueces. Ahí esa paz interna inicial se desdibuja y muta en miedo y en docilidad ante la inminencia de la muerte.

 

Camina en el libro una Marisol Nava que empieza a hacer cuentas con la vida.

 

FULGORES ESTIVALES

 

Desde su mismo inicio, el sendero define ya su talante:

 

Soy primavera creada

en un cuerpo de estíos

con alientos de otoño

e invernal escalofrío.

 

Se solaza con lo mirado, con lo vivido. Pero todo ese alborozo tiene un límite y está cercado por el miedo. Y es un temor a las cosas y a las personas

 

Cuando venga la noche decidiré

replegarme extasiada,

eludir nocturnos flagelos, espinas

y el frío de crepusculares miradas.

 

Pero sí, Marisol Nava se lame la piel, tatuada con el placer de las cosas aprendidas, coloreada con los tonos de la placidez que deja el caminar bien andado.

 

Tan sutil este cuerpo.

Se aletarga y adormece.

Acoge al feroz tiempo

con deleite y con dulzura,

con rencores conjurados

y ánimos rebosantes.

 

Dos emociones conviven y combaten en esta primera tercia del viaje: la satisfacción por el camino andado, frente al miedo por el mundo actual. Esa lucha deja en el papel una aroma de apacible fragilidad, de un destino que va perdiendo su fuerza motora, de un retraimiento que se refugia en lo conseguido para no salir más a la vida.

 

La fuerza de la vida es sentimiento perdido. Permanece sólo la memoria.

 

Amar con suavidad de oruga,

amar con la intención de rasguño

que no llega a ser herida.

(…)

Saber que el mejor vino ancla en sueño,

sentir cómo embriaga a cada sorbo,

con cada pestañeo.

Y dejarse ir

              con la justa placidez del tiempo.

 

Lentamente las urgencias ceden. Aquella sangre frenética de juventud ha sido arrinconada, sin fuerza, sin aliento y sin permiso para salir.

 

¿Para qué?

 

La placidez está ya presente y junto a ella la ausencia de nuevas puertas. El aroma general es de inerte quietud.

 

Son la lija más dócil

para esta voz de piedra

que al paso del tiempo

se suaviza y adelgaza.

 

Se mantiene estable la placidez del refugio. La casa como escondrijo, así sea con guantes de seda, y sólo en algunas ocasiones… hogar. La barrera siempre presente entre los dos mundos, el interno y el externo.

 

Me arrellano en un sillón

tras un horizonte de cristal,

por allí el sol expele su aliento

y el viento, ráfagas de suavidad.

 

Y sigue… y sigue… y sigue…

 

Mirada firme, templada voz.

Mi casa y yo en soledad.

Paredes, techo, piso, ventanas.

Nido de invulnerabilidad,

de paz inviolada.

Refugio y resguardo.

Descanso y mortaja.

 

Pero la rotación de los ciclos trae signos de desesperanza, de un hogar refugio contra el mundo que poco a poco va perdiendo su encanto. El hogar de la pareja que se deshilacha.

 

Tras los cristales observo:

la búsqueda insaciable del perro callejero

 

Y trata de salir al mundo. Busca visitar los espacios conocidos, la gente entrañable, las emociones adormiladas…

 

Dicha de salir al mundo

para retornar a casa:

franquear la puerta

y extasiarme con su aliento de seda

 

Paulatinamente la sensación de protección se desvanece. La casa, con su colección de recuerdos, con el amor engavetado, con sus terribles encantos –‘préstamo’ de Silvio Rodríguez- palidece. Nuevos sentimientos empiezan a emerger:

 

Habito este espacio

con la claridad del señuelo.

Habito esta casa

para habituarme al mundo

sin perder el ímpetu ígneo

y la docilidad acuática.

 

NIEBLAS OTOÑALES

 

Entonces el viento se torna amenazante. El seguro abrigo de la casa se resquebraja y queda al descubierto. La tibieza se enfría. El refugio tambalea y el cristal se torna espejo:

 

CONTEMPLO A MÍ SER:

               manojo de dudas,

               trémulos motivos,

               légamo de miedos.

(…)

La ocre hojarasca

desciende y naufraga

conmigo.

 

El otoño de la vida, de su vida, se presenta como su brutal desgajamiento. Con la súbita conciencia despertada por el manazo de la vida. La hipócrita mansedumbre inicial cede y queda desnuda a la intemperie.

 

Soy atormentada marea,

aleteo de agua,

un fragor de astillas,

delicadezas fragmentadas.

 

Es ya un ser sin expectativas. Un miedo que se repliega en sí mismo. Que da pasos desesperados para no caer más.

 

No dormir, para no soñar.

No soñar, para no morir.

 

La poeta es arrastrada fuera de su cálido útero doméstico. Afuera el mundo es violento y hostil. Esta nebulosa fase de la vida fija un alto precio: la falsa y apacible quietud hogareña.

 

No hay salida: me sumerjo

en el fango y lodazal;

me entrego a las descarnadas

manos de la turbación y del delirio.

Y en este sórdido fluir, me pierdo.

 

El muro de contención cedió y la vida irrumpió a borbotones. Confusión, marasmo, incertidumbre… Cómo entender, cómo sentir el violento torbellino que es ahora el alma de la poeta, liberada a las leyes impiadosas de la naturaleza.

 

Renunciar a personas

como el nido a las aves.

No acumular emociones

Cual incólume cielo.

 

Pero resiste. Habitan aún su alma rescoldos de fuego. El recuerdo tibio de la pareja. El amor enraizado en su espíritu.

 

Miedo a la muerte, más no la mía.

Y la sangre conjura la idea.

(…)

Morir sería lo de menos;

desanclaría el corazón

y me llevaría la cosecha

de trigo y miel. Pero quedarse solo,

con tanto amor a cuestas

 

De tan lentos sus pasos, por momentos la vida parece suspendida. La orfandad permanece y el desamparo se enseñorea de los instantes. Lejos, muy lejos está ya la ingenua placidez hogareña. Hoy el mundo luce lento y triturador.

 

El frío no carcome los huesos. No.

Es un lento roer de la piel,

mordisquea un poco la sangre aterida.

Todo es nubes, frío, viento

y el rumor de una gota perdida.

 

El otoño ha despojado a la poeta de sus tibiezas. De aquel refugio queda la intemperie, tan desposeído que la poeta rehúye al amor, ese sentimiento que hasta hace poco le proveía de energía. El otoño barre con todo…

 

Amar nos ha convertido

en marionetas sin cuerda.

Y a pesar del desafío,

la música de la muerte

soterradamente nos seduce

y los hilos de esta vida

se transforman en maraña.

 

LOBREGUECES INVERNALES

 

Y el aliento de la muerte llega presuroso para abrazar el cuello de la poeta. Es el invierno, la etapa final del ciclo anual y vital. Marisol Nava está hecha girones. Escasamente resguarda su alma sentimientos que justificaran su condición humana. Todo es oscuridad…

 

Contemplo a mí ser:

             sollozos de espinas,

             segados alientos,

             gélidos enigmas.

(…)

La aguja del frío

se entierra y fenece

conmigo.

 

Ella, tan cálida en su cajita de cristal. Tan amorosa con sus frutos. Tan mimosa con su espacio físico que amuebló de afectos. En esta etapa la desesperanza le arranca lo poco de ternura que aún defiende.

 

No. Ya no es Marisol Nava. Es el despojo de un navío que en ciertos momentos navegó airoso los mares azul verdosos de la eternidad.

 

¿Cómo es el desencanto?

Tiene pálidos ojos

y andrajosa el alma.

Sabe a putrefacta ceniza.

Huele a deshebrado sosiego.

 

Y el cansancio irremisiblemente le va carcomiendo aquella inocente y cándida felicidad inicial. En este su invierno metafísico, Marisol huele ya el dulzón aliento de la muerte y…

 

Duele el aire.

Punza el sol.

Continuar fingiendo

con fervorosa creencia.

 

Lentamente la poeta se desmorona emotiva, sensiblemente. Dolorida, empieza a reconocer el tiempo nuevo y las distintas condiciones climáticas. Entiende finalmente que el pasado es irrecuperable y el futuro tiene manos rugosas:

 

El ayer diluido en el ahora.

La gentileza de antaño

convertida hoy en cieno.

 

Y la aceptación domina. Una vida bruñida en madera se vuelve carbón para consumirse al final. Un capullo protegido del mundo que cuando las puertas se abrieron no pudo, no supo dialogar con su entorno y fue humillada por la bruma.

 

Y así, humillada, envilecida, su vida se apaga en una implosión de cristales opacos, incapaz ahora de reconocer siquiera la imagen que le devuelve el espejo.

 

No. No es una fisura y no es un paraíso. Es un inframundo tumefacto y pestilente…

 

… Y de ella queda sólo un despojo en el éter inmutable…

 

Esta frialdad no puede ser mi piel;

pero la es, sólo no me reconozco,

sólo no la recuerdo.

Soy una remembranza

marchita y olvidada.

Y este frío tenaz.

Desapego de hierro en pos de la muerte.

Escalofrío rayano a la muerte.

Muerta esta fría piel.

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

Regresar al inicio de esta página


Diseño y desarrollo: Iomedia