Urge una política
cultural reconstructiva

Editorial
 
   
 
 

 

La Plaza de la Constitución de la capital tlaxcalteca lució hinchada de gente. El carnaval es un producto que año con año aumenta su nivel de ventas. Llegan paseantes de todo el estado, quienes se mezclan con los visitantes de otros estados y de otros países.

 

El carnaval es un artículo con potenciales compradores ya definidos en constante aumento.

 

Y si en este momento se pregunta a cualquier persona su opinión sobre el significado del carnaval tlaxcalteca, muy probablemente la contestación bordearía conceptos como diversión, color, música, tradición.

 

Claro, es esa una visión edificada sobre lo visto año con año en el zócalo de Tlaxcala. No podía ser de otra manera.

 

¿Es esa la esencia del carnaval?

 

No, el carnaval hunde sus raíces hasta la etapa prehispánica, cuando con esa rigurosidad calendárica tan propia de los originales de estos territorios, realizaban toda una serie de rituales orientados a la fertilidad de la tierra, al culto a las deidades en petición de buenas cosechas.

 

Con muchas otras celebraciones, los bailes y rituales tenían la encomienda de congraciar a los sembradores con los dioses para que ellos los premiaran con buenas cosechas.

 

Llegaron entonces los españoles y, como tantas otras cosas, vieron, retomaron y cambiaron sentidos, presencias, intencionalidades.

 

Al carnaval, desde ese momento, se le empezó a arrancar su esencia ritual, espiritual, cosmogónica…

 

Los españoles, ignorantes del ánima indígena, sólo conservaron lo visible: vestuario y música… no su razón de ser y de estar.

 

Hoy el carnaval es un maratón multicolor de baile y música que se monta para el ojo ajeno.

 

Es este uno de los ejemplo más notables y visibles del proceso desculturizador que la modernidad y la falta de sensibilidad han prohijado. Pero hay muchos más en esta Tlaxcala viva.

 

La muy acelerada expansión en el mundo de modelos y rasgos culturales arrastra consigo un mando unificador. Las fisonomías culturales locales lentamente se diluyen para que un rostro parecido se esparza por el planeta. Cada día somos menos diferentes.

 

Y con ese semblante parecido cada día somos menos nosotros, menos nuestra historia, menos nuestra cultura.

 

Urge, en consecuencia, la instalación de una política cultural que reconstruya nuestros significados y nuestros significantes.

 

Urge una política cultural que reconozca las raíces de esta nuestra grande fronda.

 

Urge una política cultural que retome nuestra historia, la nuestra, para de ahí ver el futuro…

 

Urge una política cultural que no se quede sólo en la epidermis.

 

Urge una política cultural que reconstruya nuestro rostro profundo.

 

¡Urge!

 

 

 

 

 

contacto: piedra.de.toque@live.com

 

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