Cortesía ejemplar

José Ovejero
 
   
 
 

 

Mónica salió puntual del colegio, pero su papá no había llegado aún para recogerla. Alberto, un hombre que solía secarse el sudor de la frente con un pañuelo azul claro, lo que le hacía parecer mucho más mayor de lo que era, había llegado justo al sonar la campana, pero su hija no salía. Era una pena porque había llevado el Peugeot amarillo que a ella le gustaba tanto.

 

Mónica se acercó a él: mi papá no ha venido a buscarme.

 

Mi hija no ha salido aún. Bueno, ellos se lo pierden. Sube.

 

Alberto bajó las ventanillas y durante el trayecto cantaron a dúo varias canciones de dos décadas antes. Tenían la impresión de estar escapándose de algo. Alberto le dio de comer y parece que a ella le gustó cómo cocinaba. Después hizo con Mónica exactamente lo mismo que hacía con su hija cada tarde.

 

A Mónica aquello le resultó un poco extraño y no siempre agradable, pero al fin y al cabo todas las familias tienen sus rarezas y ella no quiso parecer descortés.

 

 

 

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