Luz Mayela García Salgado en Chiautempan

José Luis Puga Sánchez

Alrededor de 1997 una alarmante y elevada serie de robos de artesanías y de arte sacro, puso en movimiento a las organizaciones comunitarias y a los gobiernos estatal y federal, motivándoles para llevar a la práctica un programa de catalogación de bienes culturales en el estado de Tlaxcala. Los bienes históricos y con valor artístico fueron revisados, con especial énfasis en los templos de los siglos XVI, XVII, XVIII y “un poco” el siglo XIX. El objetivo fue la conformación de un “gran” catálogo que fue entregado solamente a dos instancias: Seguridad Ciudadana y al gobernador José Antonio Álvarez Lima. “Obvio, no se difundió”.

Este antecedente fue presentado por Juan Carlos Ramos, como argumento motivacional para la realización del noveno módulo del “Foro hacia la construcción de un observatorio cultural ciudadano”, esta ocasión con el tema: Patrimonio cultural sacro (religioso). Medidas para su preservación u su conservación desde las comunidades.

Aquel episodio –agregó el coordinador general del proceso- remarcó la complejidad de los conflictos comunitarios, así como su valor en los procesos identitarios. Hubo en contra un argumento muy importante: que los robos, a partir de su medición, serían por catálogo. ¿Cómo impedirlo? La respuesta fue una mayor vigilancia, más coordinación interinstitucional y una decidida participación social, tal como sucede actualmente con la iniciativa de ley general de derechos de los pueblos indígenas y afromexicanos, que se abrió a consulta con las comunidades originarias.

Luz Mayela García Salgado, especialista invitada a esta sesión, con experiencia laboral en conservación y restauración en México y en el extranjero, dijo en su intervención que en los trabajos específicos donde ha intervenido, sea en conservación o como en restauración, mucho en templos, en obra pictórica como en la pared, como murales, o en telas, como óleos; daños propios de los muros, por el impacto del medio ambiente, o provocados por factores externos al bien, se ha documentado fehacientemente que la fuente de mayores daños a los bienes culturales son consecuencia, fundamentalmente, de la actividad humana.

Después la especialista ensartó una serie de argumentos para construir su discurso sobre el cuidado de los bienes culturales. Expuso que los elementos entre más tiempo estén escondidos o menos accesibles, su conservación será mayor, pues están alejados de la acción directa del medio ambiente y de la actividad humana. Recomendó a las diócesis, a los sacerdotes, a las iglesias, a los mayordomos, a toda la gente que custodia un templo, que lo cierren si no tienen gente que lo vigile y lo proteja. Propuso incluso que los lugareños certifiquen que los restauradores estén haciendo su trabajo correctamente, nada fuera de autorización y de procedimientos.

Además, dijo que una de las formas más adecuadas para lograr la revaloración y apropiación de los bienes culturales por parte de la comunidad, es precisamente involucrarlos en todos los pasos a seguir en cualquier intervención.

Luz Mayela García criticó duramente el trabajo institucional relativo a conservación y restauración, pues dijo que el objetivo de la restauración, que es “rescatar el original lo mayor posible”, muchas veces no se cumple, pues se usan técnicas cuestionables y materiales poco apropiados, con resultados muchas veces muy deficientes. “En China, dicen, tiene que haber un restaurador como cabeza de proyecto, quien tiene que estar monitoreando, tiene que estar revisando, supervisando, es, vamos, tiene su sentido, con todo un equipo interdisciplinario”. 

Otro factor importante para analizar lo ubicó en las transformaciones que, con el paso del tiempo, han sufrido la mayoría de bienes culturales, alteraciones que ejemplificó con una serie de ángeles que originalmente estaban desnudos en su templo, pero hoy tienen púdicos velos que velan las miradas.

Estados Unidos –dijo- tiene un sistema de conservación diferente. No tienen restauradores. Los trabajos de restauración los hacen indios aborígenes, con su conocimiento de los materiales originales, pero ningún sustento académico, por ello los bienes culturales sufren mucho daño. Los mexicanos, en cambio, utilizan materiales naturales.

Por otra parte, señaló que en el pasado los descendientes de donadores de, por ejemplo, una escultura a la iglesia, a la muerte del donador y ellos ya en posibilidades de disponer de espacio para la pieza obsequiada, retiraban la donación y se llevaban la escultura a su hacienda, “eso pasaba mucho. Hay muchas historias sobre ello”.

El involucramiento de la comunidad en la preservación y vigilancia de sus obras de arte, sacras o no, en su opinión resultaría en una mayor valoración de su historia y de su cultura, se combatiría con mayor eficacia el robo de piezas artísticas, se eliminaría los “regalos”, como en este mismo ciclo de foros se reveló, que una comunidad hizo de un códice prehispánico original a un gobernador, solo por hacer lo que todo gobernante debe hacer: acudir a los pueblos.

En suma, Luz Mayela García Salgado instó a las comunidades a asumir su responsabilidad en la conservación de su legado histórico, pues significa la raíz de su identidad. Llamó a mantener su cultura, frente a los embates de una modernidad avasallante y les aconsejó no descuidar el valor material de sus piezas, para detener el robo directo y el robo de diseños, tan ilustrativos de las culturas que perviven en Tlaxcala.

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