Jue. Abr 3rd, 2025

Denisse G. Gómez *

Las adicciones son crónicas y degenerativas. Es decir, imparables y solo empeoran con el tiempo. Así me lo describía una mujer con quien me he comunicado una vez a la semana desde hace cuatro años. Aunque sus palabras se referían a los hábitos destructivos, no pude evitar pensar que el amor por la lectura debería describirse como un vicio similar: crónico y degenerativo. Una vez que comienzas, es imposible detenerse y con el tiempo solo se agrava la situación: las páginas, que antes bastaban para calmar la avidez, pronto resultan insuficientes, como si cada libro solo avivara más el deseo.

Como cualquier vicio, la lectura no está exenta de efectos secundarios. Distorsiona la percepción del tiempo y el espacio; los pendientes que antes resolvías en un par de horas, ahora los postergas por el simple placer de permanecer inmóvil, con un libro en la mano. Las horas vuelan; la vida exterior sigue su curso implacable y te deja fuera. Todo parece marchar a su ritmo ordinario: llega la hora de comer, del café, y luego el cuerpo te recuerda que el sol se ha despedido y que es hora de cenar. Pero tú sigues ahí, en ese mismo sillón. Inútil pero apacible; insociable, casi huraña, pero imperturbable; desconectada del mundo exterior, pero imaginando universos. Y así, cuando menos piensas, el día se te fue de las manos precisamente porque tu libro nunca se fue de ellas. 

El tiempo no es el único que sucumbe ante el poder de la lectura; el espacio también se transgrede frente a esta obsesión de pasar página tras página. ¿Importaría seguir leyendo frente a las olas del mar o en un invierno implacable? Seguramente no. Porque la realidad es que tu mente no está donde tu cuerpo habita: se quedó atrapada en esa historia intrigante que aún no logras terminar. Quizás nadie lo nota, pero tú sigues inmersa en esas páginas, que, como el alcohólico a su botella, no puedes soltar.

Otro efecto secundario de este vicio, aunque más escaso, pero igual de poderoso, es que la lectura te obliga a imaginar y si tienes suerte, a crear. Las palabras ajenas se convierten en semillas que germinan lentamente en tu interior, desatando ideas, personajes y relatos propios. Así como las historias de otros te atrapan en los libros, las ideas e historias propias pugnan por salir. La lectura no solo transforma, también inspira a crear. La creatividad se alimenta de lo que lees, de lo que imaginas y de lo que vives. Es un ciclo infinito: leo para inspirarme e imagino para crear.

Tal vez por eso mi relación con Mariana ha sido crucial. En cada sesión, ella no solo escucha mis sueños y pensamientos, también me ayuda a reconocer las historias que llevo dentro y me anima a darles forma. Es como si la terapia y la lectura se complementaran: una me lleva hacia dentro, la otra me saca hacia afuera. Entre las dos, me descubro como lectora y como creadora.

Quizá leer sea un vicio. Pero es el único que, en lugar de consumirnos, nos construye. Y aunque sea crónico y degenerativo, qué fortuna que no tenga cura.

* Abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos por la Universidad de Columbia en Nueva York. Actualmente trabaja en Fox Horan & Camerini, una firma de abogados basada en Nueva York

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