
José Luis Puga Sánchez
Más de cinco siglos han transcurrido desde la llegada de los conquistadores europeos. Más de 500 años y las culturas originarias resisten, se mantienen y tiene fuerza en algunos casos. Eso pasa hoy con el pueblo otomí de San Juan Ixtenco y su forma de vida alrededor del cultivo de maíz.
La cultura yuhmú, variante del otomí propia de Ixtenco, expande su cosmogonía alrededor de la agricultura, especialmente del cultivo de maíz. Y de ese mundo cultural sideral, el investigador del INAH Jorge Guevara Hernández nos lleva en un recorrido que abarca todo un año, todo un ciclo agrícola, con sus valores y sus significados.
En el Museo Regional, y en el marco de la noche de museos, el antropólogo Guevara dijo al muy escaso público frente a él que los rituales otomíes en la zona están basados en la agricultura, que el agua y el fuego ayudan a explicar su vida ritual, que gira en torno al ciclo del maíz, ciclo que dividió en tres partes: semilla, planta y mazorca. “Pensaba yo que los otomíes estaban muy aculturalizados, que realizaban rituales católicos, que ya se los había llevado la trampa y habían perdido su cultura… pero no es cierto”.
Con un lenguaje técnico, pero también un muy penetrante olor a identificación, el investigador narró su contacto primero con la cultura yuhmú, relación iniciada a través del texto de un “colega”: “el 2 de mayo se realiza un evento cósmico en Ixtenco, que permitía observar un panorama increíble de respeto al maíz”. Como todos los humanos –explicó-, los otomíes resignifican las cosas. No son, no somos, solo entes pasivos. Todos resignificamos las cosas, les damos otro sentido, otra propiedad… entendemos así que lo que parecen rituales católicos, en realidad son rituales milenarios que solo se disfrazan de rituales católicos. Atrás está la vivencia del pueblo otomí.
Así, al principio, cuando es semilla el pueblo otomí realiza rituales al fuego. Cuando es planta, realiza rituales al agua. Cuando es mazorca, ni al fuego ni al agua, sino entre ellos, en puro intercambio de reciprocidad.
Jorge Guevara, embelesado, prosigue su narración otra vez al principio. El 2 de febrero es para la tradición católica el día de la bendición de la semilla. Y los otomíes llegan a la iglesia con canastas llenas de semillas, pero se quedan en el atrio, no ingresan al templo. Mientras el padre realiza la misa de las 8 de la mañana ante unas 20 personas, entre ellos “alumnos de una escuela católica”, afuera, en ese día de la candelaria, de 300 a 400 personas, alineadas en dos largas filas, esperan el fin de la misa y, con ello, la bendición de la semilla. “No les interesa el “sketch” católico. No están ahí para eso. Están para que el padrecito eche agua a la semilla”.
Ese día ocurren tres cosas “fantásticas”: un fenómeno astronómico, un fenómeno religioso (el relatado) y un fenómeno simbólico. “A las 6:30 de la mañana el sol en el Pico de Orizaba, que se ve perfectamente desde Ixtenco, se pone rojo. Y alrededor de 6:45 uno voltea a ver la Malinche… y también está roja”.
La interpretación del pueblo otomí, en voz de Jorge Guevara, es que el sol salió, fecundó al Pico de Orizaba y luego fecunda a la Malinche. “En la iglesia del pueblo, a las 9:15, cuando el padrecito está aventando el agua a las semillas, la Malinche, vista desde ese atrio, primero es como una red blanca y luego cubierta por una sombra –por eso digo que son fenómenos astronómicos-. Ellos, los otomíes, lo interpretan como que en ese momento el Pico de Orizaba copula con la Malinche, porque el sol tiene un poder fecundante… y asocian: el hombre es sol”.
Ellos dicen que el sol nace el 21 de diciembre, fecha del solsticio de invierno, que es cuando la Tierra está más lejos del sol. Eso los otomíes lo catalogan como “el nacimiento del Sol”.
El 24 de diciembre, de acuerdo a la tradición católica es “noche vieja y nace Jesús a media noche”. Hay aquí otra equiparación simbólica: “sol es igual a Cristo”. No es raro –explica- porque incluso hay grabados de la etapa medieval donde se asemeja al sol con Cristo. El 25 de diciembre había una fiesta romana que para ellos era el nacimiento del Sol, de ahí la versión de que los cristianos se apropian de la religión romana.
Ahora, interroga, si para los otomíes Cristo nació el 21 de diciembre, ¿qué ocurre el 2 de febrero? “Que Cristo-el sol ya no es un chiquito, sino un joven fuerte y fertiliza primero a la montaña y luego fertiliza al maíz y luego las montañas se fertilizan entre ellas. Finalmente es una fertilización increíble, de tal forma que para ellos representa el renacimiento de la naturaleza, todo vuelve a ser fértil”.
Después de la bendición, los otomíes se llevan su semilla y a su niño dios. “Antiguamente quienes tenían tierras en el monte, que están permanentemente húmedas, sembraban desde el mismo 2 de febrero, por esa misma fertilidad. Otras tierras más abajo en el valle, no tan fértiles, dependen de las lluvias y hay que esperarlas para sembrar. Ellos, después de la bendición, llevan sus semillas a su casa y ahí las guardan”. En ese lapso, en este caso entre la bendición y la siembra, ocurren de dos a dos meses y medio, periodo de tiempo en que los otomíes realizan rituales, “con fachada católica pero no son nada católicos”. Hay un ritual –reveló- que desapareció: el del carnaval. Pero sí realizan lo que se llama semana santa, pero ellos lo interpretan de otra manera: “primero tienen un festejo que los católicos no hacen: el viernes de dolores van a misa y ahora si escuchan, adentro de la iglesia, la misa, pero ahora llevan o botellas de refresco, o tinas, o cubetas llenas de agua de colores, algo parecido a las botellas de los sabores para los citadinos raspados. Cuando son tinas o cubetas les ponen una flor… y todo para realizar lo que ellos llaman la bendición del agua”.
Y Jorge Guevara deja aflorar su filiación: “Parece algo sin tanta importancia, pero curiosamente las veces que asistí, cuando estaba dentro de la iglesia empezaba a llover”. Y abona a la credibilidad: La bendición de la semilla se hace a las 9 de la mañana. La bendición del agua se hace a las 6 de la tarde.
El calendario ritual tiene su siguiente parada en la semana santa, cuando “muere el Cristo-sol porque muere Cristo crucificado; resucita el sábado santo y ese día hacen un nuevo festejo que ellos llaman “la fiesta del fuego”. No le dicen “la fiesta del sábado santo”, nada de eso. Y hacen el ritual católico de prender el cirio pascual. Y ya resucita nace con menos fuerza, ya no tan potente, y sucede así porque tiene que dar cabida al siguiente elemento, que es el agua, la lluvia.
Pocos días antes, el domingo de ramos, acuden a la bendición de las palmas para, con las palmas bendecidas, ahuyentar después el granizo y las tormentas, cuando lleguen. Y esa defensa contra el mal tiempo generalmente la hace la persona de mayor edad en ese momento en la casa. Y esa persona mayor, granizo o tormenta encima, toma la palma vendida y provista de la mayor sarta de groserías posible y arremete contra el fenómeno natural… “¡Y se va!”, el cielo se despeja.
“No, no solamente un ritual católico. Siempre he dicho que allá el trabajo campesino es físico y mágico”.
Llega el periodo de siembra. Para completar el ciclo que inició el sol, tienen que intervenir ahora la luna y Venus. “Se fijan en el ciclo lunar y tienen que sembrar en luna creciente o luna llena, no en otra luna porque entonces no se les da”.
La noche anterior a la siembra humedecen la semilla, la ponen en la ventana de su casa donde les toque la luz de luna y, también, el rayo vespertino de Venus. Al día siguiente, muy temprano, van al campo y siembran la semilla en la tierra, trabajo tradicionalmente hecho en familia, pero cada miembro con una responsabilidad especifica: el padre-hombre hace el hoyo, niños y jóvenes, hombre y mujeres, depositan las semillas, y al final la madre-mujer con los pies descalzos recubre las semillas con la tierra. “Esa es la tradición, aunque ciertamente hoy hay quien siembra con maquinaria y otros utensilios”.
De esta manera, lo que el sol inició al fecundar la semilla, la luna lo termina, con Venus a su lado.
“La semilla se entierra como si fuera un ser humano. ¿Quién nos va a cuidar debajo de la tierra?: la Luna, porque es la que vigila la noche. Y Venus, porque tiene el papel de cuidador y guía del sol. Todo eso se ve en sus rituales”.
El ciclo de la luna empieza el 3 de mayo, día de la santa cruz para el cristianismo. “La cruz no es únicamente un símbolo católico. Existían también cruces en el mundo Mesoamericano, lo que asombró mucho a los misioneros. Derivó de eso la teoría de que los apóstoles ya habían venido antes que Colón; que Santo Tomás habría evangelizado estas tierras y enseñó el culto a la cruz… Bueno… t’a muy bien… Lo cierto en que la cruz tiene una tradición milenaria en los pueblos indígenas y significa, aunque usted no lo crea, la fertilidad”.
Y empieza entonces el ciclo de la fertilidad.
Viene después la fiesta de San Isidro. Los puntos al fuego son diurnos y los puntos al agua son nocturnos, pero en cada ciclo hay la excepción. Si la excepción en el ciclo del fuego fue la bendición del agua, la excepción en el ciclo de la lluvia es la fiesta a San Isidro, que es a las 9 de la mañana.
Llega entonces la fiesta de San Antonio… Y, de acuerdo al catolicismo, “¿quién fue San Antonio? ¿Qué hizo San Antonio para ser un santo? San Antonio fue un ermitaño que vivía en una cueva y curiosamente la cosmogonía otomí parte de ese hecho: curiosamente los dioses primordiales que dieron origen a pueblo otomí, viven en su mundo. Entonces, si San Antonio vivía en una cueva, lo más seguro es que haya estado emparentado con estos dioses, por eso en Ixtenco tiene su barrio de San Antonio, festejan a San Antonio, hacen sus trecenas (ciclo) de rezos a San Antonio, que son del 13 al 24 de junio, cuando viene la fiesta del santo patrón: San Juan Bautista, que es el señor de la lluvia, el dueño de la lluvia. Hay que recordar que el 21 de junio empieza el ciclo de la lluvia, tres días después de la fiesta de San Antonio. San Juan Bautista es, para ellos, una deidad acuática. Lo consideran un dios, no un santo”.
Y los rituales en su honor refrendan su estatus de dios del agua: su procesión sale a las 12 de la noche, con la imagen de San Juan, la que sale, no la que está inamovible en la iglesia, cargada por el mayordomo y sus ayudantes, porque el santo no debe pisar el suelo. Sale de la iglesia para seguir un recorrido claramente establecido, donde encuentra altares adornados principalmente por plantas de maíz. Visita al final cuatro altares, que son los cuatro rumbos del universo, y regresa al centro, a la iglesia, a su nicho. “Ese simbolismo es totalmente Mesoamericano: un centro con cuatro puntos cardinales. La interpretación es que el dios de la lluvia visita los campos de cultivo situados en los cuatro puntos cardinales”.
En seguida llega el festejo de la Virgen de la Asunción, el 15 de agosto. La Virgen de la Asunción representa, para ellos, el inicio de la época del jilote, punta floreada en la caña de maíz que indica la maduración de la planta. “Es el inicio de los elotes”.
Del 16 de julio al 25 de agosto hay un periodo de tiempo llamado canícula, el periodo de mayor calor en el año, temporada para ellos sumamente peligrosa: calor extremo, enfermedades estomacales, deja de llover… El inicio de la canícula es el festejo a la virgen del Carmen, fiesta que se celebra el 16 de julio, quien en el catolicismo está asociada al purgatorio. La canícula termina el 25 de agosto, que es la fiesta de San Luis.
El calendario religioso-ritual marca ahora la fiesta de la natividad de la virgen María, el 8 de septiembre. También en septiembre “aparecen en la zona mariposas grises, que en el imaginario popular son almas de personas muertas, quienes regresan en ese mes para avisar a los vivos que se acerca el día de muertos. Las mariposas desaparecen en octubre, pues, según la creencia popular, fueron a morir en la Malinche”.
Y Jorge Guevara interpreta: si las mariposas son las ánimas de los difuntos y su residencia está en la Malinche, la Malinche por consiguiente es el lugar de los muertos, o el lugar de los ancestros. La Malinche es un lugar lleno de agua, pensamiento que –aseguró- hasta representado está en los murales de Teotihuacán.
Y se descubre entonces la fiesta de los difuntos, el Día de Muertos, diferenciados según el tipo de muerte, “característica única en el mundo”. En esa diferenciación, el día de los niños muertos sin ser bautizados y el día de los muertos en accidente, marcan el cierre del ciclo del agua. “Los misioneros en la conquista relataron que a Tláloc se le ofrendaban niños, lo que obviamente ya no sucede, pero se piensa que todos los accidentados y ahogados murieron por esa causa”.
Fin de ciclo. Empieza el tercero: mazorca, que inicia con una fiesta donde se descubre la esencia de los pueblos indígenas: la reciprocidad.
La fiesta de muertos es esa vivencia con la muerte tan conocida: la visita de los difuntos, nuestros difuntos. Al final de ese día la familia levanta la ofrenda y la comparte con los compadres. El ahijado de la familia se disfraza sencillamente para simular ser un osito. La familia con el ahijado llega a la casa de los compadres y cuando el padrino ve al ahijado, pide que baile el osito… y el ahijado-osito baila y baila y solo entonces se comparte la ofrenda. Es ese el protocolo.
Empieza así el ciclo de la reciprocidad, en el cual cada familia intercambia parte de la cosecha con sus compadres.
El anuario ritual continua con la fiesta de la virgen de Guadalupe, en 12 de diciembre, impregnada usualmente de un fuerte catolicismo, “solamente que en Ixtenco le llaman La fiesta del fuego nuevo. Ver peregrinaciones de guadalupanos no es raro ver también que portan antorchas. Es eso: fueron a recoger el fuego con la virgen y regresan el fuego a su comunidad. Esa es la idea. Recuérdese que el fuego, el sol, murió, resucitó, está débil, da paso a la lluvia y ahora renace”.
Para esta fiesta no hay mayordomía, como sucede casi siempre en todas las celebraciones de pueblos originarios. Esta fiesta en Ixtenco es organizada y llevada a cabo por toda la comunidad. “Hay reciprocidad, reciprocidad que continúa con las posadas, fiestas de recibir visitas y visitar parientes y amigos”.
Es de su máximo interés, como campesinos, poder prever cómo será el ciclo agrícola en cuestión de lluvia, de calor, de secas, de viento, de granizo, de heladas… Para eso, existen tres métodos, dos totalmente ajenos a ellos: el calendario de Galván y las cabañuelas. Lo suyo es una piedra que tienen guardada, “bien hechecita, bien formadita”, y el día 31 de diciembre la ponen en su patio, proyectada para los cuatro rumbos. Al otro día tiene que estar bien señalado dónde le pegó la helada, y dependiendo de esa marca ellos predicen cómo será el clima en el año.
Viene después el festejo de santos reyes, el 6 de enero, donde parten la rosca, sacan al niño, lo visten y todo eso, para volver al paso inicial del 2 de febrero.
Jorge Guevara emite su conclusión: lo que aparentemente son ciclos, fiestas, religión, cosas católicas, en realidad tiene todo el trasfondo Mesoamericano que nos indica, claramente, que está viva la cultura otomí. Mientras los indígenas sigan cultivando maíz, habrá indígenas por un buen tiempo.