
Carmen Bohórquez
Tal vez mi mujeril ser comete locuras,
se apena mi corazón.
¡Qué remedio! ¿Qué haré yo, a quién tendré por varón?
(…)
Deja que me aderece con plumas,
mamacita, deja que me pinte la cara…
¿Cómo me verá mi compañero de placer…?
Canto de mujeres de Chalco1
Si difícil es reconstruir la imagen de la mujer indígena a través de sus actuaciones públicas como miembro de una familia o de una comunidad, mucho más lo es intentar una aproximación al mundo de sus deseos y realizaciones en el orden sexual. De hecho, no sólo fue este el aspecto que resultó más distorsionado en los relatos que nos dejaron los escribanos de la moral cristiana, sino que sus vías acostumbradas de expresión fueron de inmediato proscritas por una práctica represiva que, en nombre de valores foráneos, las declaraba pervertidas.
Muy poco se salvó de la condenación. Sobre todo porque perteneciendo esta cuestión a la vida privada, la misma no podía escapar a ser juzgada desde los cánones de la moral cristiana, cuya imposición fue tarea fundamental de los religiosos que llegaron a América2. Así, tenidas como prácticas perversas, las costumbres sexuales de los indígenas no van a aparecer en los textos de los cronistas sino cuando es menester presentarlas —hiperbolizadas o transformadas por sus propios fantasmas sexuales— como señal de barbarie3 y demonización; o bien para legitimar formas extremas de aniquilación física4: cuanto más se parecieran estos seres recién «descubiertos» a los animales, tanto más fácil de justificar su sometimiento o aniquilación.
No obstante, ciertas referencias menos manipuladas se colaron entre la profusión de descripciones hechas sobre las culturas indígenas; y algunos textos poéticos que versan sobre el amor pudieron también escapar a la condenación general5.
Siguiendo las pautas del dualismo cristiano, los cronistas van a discriminar las observaciones sobre la vida amorosa de los hombres y las mujeres indígenas, construyendo dos imágenes opuesta6: por un lado, la de aquellos que viven moralmente como si fueran cristianos y, por el otro, la de los pervertidos. Las mujeres que se ubican en el primer caso son recatadas, obedecen al marido, viven dedicadas a su hogar y son muy devotas7. Todo lo contrario ocurre con los segundos. Tanto hombres como mujeres «parecen vivir sin respetar norma alguna, apareándose de cualquier manera y con quien les venga en gana»8; «pueden cambiar —los hombres— a su mujer por una bacinita de azófar o una hacha de hierro»9; «son putas, ellas, y polígamos o sodomitas, ellos; se emborrachan y son haraganes. En otras palabras, llevan una vida disoluta y ruin»10.
Dejando de lado las distorsiones, podría decirse que, en general, la monogamia (y evidentemente la moniandria) y la fidelidad entre parejas, era la norma en las sociedades originarias11; aun cuando en las capas altas de algunas sociedades, como ocurre en las llamadas grandes culturas, la poligamia estuviese instituida. Lo contrario de lo establecido como norma general, es decir, el adulterio, era, según los cronistas, censurado socialmente y en algunos casos acarreaba sanciones graves, que podían llegar hasta la muerte y la mutilación de algunas partes del cuerpo12. Ahora bien, ninguna de estas situaciones puede ser, sin embargo, juzgada en abstracto; pues es necesario tener en cuenta que son las condiciones concretas de existencia de cada grupo (densidad poblacional, diferencia en el número de población femenina en relación con la masculina, estructuración social, etc.) las que fijan el establecimiento de determinadas normas. Entre los guaraníes, por ejemplo, el adulterio cometido por la mujer no implicaba necesariamente repudio, pues todo dependía de que fuese o no la primera vez; y en caso de darse el repudio, este debía hacerse prudentemente y sin maltratos13.
Por su parte, Diego de Landa, en su Relación de las cosas del Yucatán nos refiere un caso de fidelidad amorosa digno de la pluma de un Shakespeare. Según cuenta Landa, una doncella prefirió ser mandada a aperrear por el capitán López de Ávila antes que romper la promesa jurada de no conocer otro hombre que su amado14. Y no era este un caso excepcional. Ya desde los primeros relatos escritos se da noticia de suicidios femeninos o de huidas masivas, ante el anuncio de la llegada de un varón desconocido que poseía sin demandar consentimiento y sin escatimar violencia.
Por otro lado, los innumerables casos de violación reportados o calificados como tales indican, en sí mismos, la presencia entre las mujeres indígenas de una concepción erótica que trasciende el mero contacto físico, que tiene sus propias normas de realización y que, por lo tanto, refiere a una alteridad bien definida.
De hecho, aun cuando en algunas sociedades amerindianas es bastante clara la preeminencia masculina en los estamentos de poder político y religioso —lo cual podría explicarse como consecuencia lógica de los hechos de guerra—, en el aspecto que nos concierne la mujer no parece haber estado en posición de inferioridad respecto al hombre. Incluso bajo el supuesto negado de la existencia de relaciones sexuales públicas, indiscriminadas y «contra natura», como algunos cronistas refieren, no parece que estas hayan sido privilegio del varón. En todo caso, de ser ciertas, se trataría de una orgía colectiva totalmente anómica y, como tal, no nos interesa.
Por lo que toca a las relaciones sexuales que se daban dentro del marco de las normas o costumbres particulares establecidas, que son las que seguramente ocurrían en las sociedades amerindianas —como en cualquier otro grupo humano que haya habitado o habite este planeta—, las fuentes consultadas, sean transcripciones de relatos orales de origen anterior a la conquista o sean de relatos posteriores, coinciden todas, tácitamente, en mostrar la existencia de una valoración de la mujer similar a la del hombre. Tanto la una como el otro son reconocidos como sujetos de pasiones, portadores activos de deseos cuya satisfacción es considerada natural, y con derecho a dejar su pareja si la relación no resultaba grata y a tomar otra en su lugar: «Viudos y viudas se concertaban sin fiesta ni solemnidad»; aunque el cronista15 interprete, interpolando su visión machista, que tal cosa lo que significaba era «que (las mujeres) se dejaban con tanta facilidad como se tomaban»16.
La separación de una pareja, por otra parte, no implicaba tampoco ningún impedimento para que la mujer, aun quedando con hijos, volviese a tomar marido. Cuestión esta que asombraba a los españoles y para la cual no podían ofrecer más explicación que el suponer a la mujer (de nuevo desde su óptica) como objeto. Por el contrario, «el oficio de la generación», que está entre las cosas «que dan contento a la vida»17, no era un placer que en esas sociedades le estuviera negado a la mujer; como tampoco era ella considerada, por disfrutarlo, un ser pervertido: «…para esta generación y multiplicación ordenó Dios que una mujer usase de un varón, y un varón de una mujer»18.
Tampoco la edad parecía ser una limitante para el goce sexual. En el Libro VI, Cap. XXI, Sahagún recoge una anécdota según la cual dos viejitas de cabellos más blancos que la nieve fueron enviadas a prisión por haber sido adúlteras e infieles a sus maridos con dos jóvenes guardianes del templo19. Lo que sigue como alegato de ambas ancianas, refiere a la ventaja fisiológica de las mujeres de poder tener sexo a cualquier edad y de su derecho a aprovecharse de dicha ventaja.
Esta realidad sexual femenina encuentra una hermosa vía de expresión en los cuecuechcuicatl, poesía erótica náhuatl que deja sentir la fuerza de la pasión femenina, la esencia de sus íntimos deseos, y los meandros de su capacidad amatoria. El texto habla por sí mismo:
Ay, mi chiquito y bonito rey Axayacatito,
Si de veras eres varón, aquí tienes dónde ocuparte.
¿Ya no tienes tu potencia?
Toma mi pobre ceniza, anda y luego trabájame.
Ven a tomarla, ven a tomarla: mi alegría:
(…)
Entre alegres gozos estaremos riendo,
entraremos en alegría, y yo aprenderé.
Tampoco, tampoco… no te lances por favor,
oh mi chiquito, rey Axayacatito…
Ya mueves, ya das la vuelta a tus manitas,
ya bien, ya bien quieres agarrar mis tetas:
¡ya casi corazoncito mío!
Tal vez vas a dejar perdida
mi belleza, mi integridad:
con flores de ave preciosa
mi vientre yo te entrego… allí está,
a tu perforador lo ofrendo a ti en don20.
Si la mujer se igualaba al hombre en expresión amatoria, también eran igualados ambos cuando la vía escogida para ejercer su erotismo transgredía alguna norma. Así, las penas o sanciones extremas por la comisión de adulterio, aun cuando variaran de una cultura a otra, no parecían discriminar entre los sexos en el interior de la misma. Desde los castigos más crueles, como «el aplastamiento de la cabeza del reo entre dos grandes piedras»21; hasta la mera censura social, la pena, cuando era aplicada, concernía tanto a la mujer como al hombre, y tanto al infiel como al amante. Su contraparte, la fidelidad, cuando formaba parte de los valores instituidos, también se esperaba por igual de ambos22.
A partir de las consideraciones anteriores, se puede ya vislumbrar una erótica que se constituye y tiene como fundamento la genitalidad antes que la falicidad. Una erótica en la cual el cuerpo es instrumento del amor y no su negación, y en donde la sensibilidad no resulta castrada por el mecánico e inevitable deber de la reproducción. Una erótica, en fin, que es pulsión cosmogónica, que engendró al mundo y a los hombres sin culpas y sin dolor, y en la cual lo femenino y lo masculino participan del mismo estatuto ontológico.
Notas al margen
1 Ángel Garibay, Poesía náhuatl, III. Cantares mexicanos, Segunda parte, UNAM, México, 1968, pp. 58-59.
2 «Los testimonios que nos han llegado sobre la producción erótica de los antiguos mexicanos son muy raros, pero esto no quiere decir que el género haya sido poco apreciado. Debemos más bien considerar las circunstancias que presidieron la “recuperación” de la literatura náhuatl (…) esta obra de rescate literario fue esencialmente hecha por los religiosos españoles. Podemos por tanto pensar, sin dificultad (teniendo en cuenta la época y el objetivo de los misioneros), que a estos les repugnara guardar textos que no podían ser escuchados sin disgusto”: G Baudot, Les Lettres…, p. 98. (T. A.).
3 «Era Pacra [un cacique del Darién] hombre feo y sucio, si en aquellas partes se había visto; grandísimo puto, y que tenía muchas mujeres (…) con las cuales usaba también contra natura… (…) Casan los señores con cuantas quieren; los otros con una o dos (…) dejan, truecan y aun venden sus mujeres, especial si no paren (…) Son ellos celosos y ellas buenas de su cuerpo, según dicen algunos. Tienen mancebías públicas de mujeres, y aun de hombres en muchos casos, que visten y sirven como hembras sin les ser afrenta…»: F. López de Gómara, Historia de la conquista de México, pp. 97, 104.
4 Un hecho frecuente durante la conquista fue el aperreamiento de indios, previa acusación de sodomía: «Aperreó Balboa 50 putos que halló allí y luego quemólos, informado primero de su abominable y sucio pecado»: Ibid, p. 93.
5 Algunos historiadores toman la ausencia de textos sobre el amor, como ausencia del amor mismo. Así, por ejemplo, en «El Amor en la América prehispánica» [Revista de Indias, nº. 115-118, 1969, pp. 151-171], Jaime Delgado, a pesar de que reconoce la adulteración o el silencio expreso de la información sobre las manifestaciones amorosas de los y las indígenas, no puede escapar a la tentación de justificar lo contrario; es decir, que si hay silencio era porque no había nada que contar (p. 152). Delgado parece ignorar que el Amor, como la Razón, es propiedad de todos los seres humanos por igual.
6 El libro décimo de la Historia general de las cosas de Nueva España, de Bernardino de Sahagún, es un claro ejemplo de la aplicación de este dualismo.
7 «Enseñan lo que saben a sus hijas y críanlas bien a su modo (…). Tienen por gran fealdad mirar a los hombres y reírseles…». Asimismo, «Eran [las indias] muy devotas y santeras, y así tenían muchas devociones con sus ídolos, quemándoles de sus inciensos, ofreciéndoles dones de ropas de algodón…»: fray Diego de Landa, «Relación de las cosas del Yucatán», en T. Gómez e I. Olivares, Culturas y civilizaciones…, pp. 145-146.
8 El Inca Garcilaso atribuye estas mismas características a los «bárbaros» que habitaban la región antes de la organización del imperio inca, lo cual no es más que una muestra de cómo funciona el discurso de la dominación: legitimarse por la negación del Otro. Cf. Comentarios reales de los Incas (Primera Parte), Libro I, BAE, Madrid, 1963, p. 24. Fray Diego de Ocaña al hablar de los chiriguanos, en «Un viaje fascinante (1599-1606)», en T. Gómez e I. Olivares, ob. cit., p. 74.
9 Cf. Thomas Gómez, L’invention de l’Amérique. Rêves et Realités de la Conquête. Aubier, París, 1992, p. 288 ss.
10 Cf. J. Delgado, ob. cit., p. 158. Igualmente, B. de Sahagún, ob. cit., Libro VI, Cap. XIX, p. 372.
11 Cf. J. Delgado, ob. cit., p. 158. Igualmente, B. de Sahagún, ob. cit., Libro VI, Cap. XIX, p. 372.
12 José Tudela de la Orden, «La pena del adulterio en los pueblos precortesianos», Revista de Indias, nº. 123-124, 1971, pp. 377-388.
13 «Le Code Mbya-Guaraní», en G. Baudot, Les Lettres…, p. 320.
14 F. Diego de Landa, ob. cit., p. 98.
15 Ibid., p. 83.
16 Ibid., p. 82.
17 B. de Sahagún, ob. cit., Libro VI, Cap. XVIII, p. 366.
18 Ibid, p. 381. Igualmente, «…tú no te heciste a ti, ni te formaste: yo y tu madre tuvimos ese cuidado y te hecimos…», p. 368.
19 Ibid, pp. 382-383.
20 A. M. Garibay, ob. cit., p. 56.
21 B. de Sahagún, ob. cit., Libro VI, Cap. XIX, p. 372.
22 J. Delgado, ob. cit., p. 158.
Extracto del libro “La mujer indígena y la colonización de la erótica”, Bohórquez, Carmen
contacto: piedra.de.toque@live.com