Vie. Mar 6th, 2026

José Luis Puga Sánchez

Primero se contextualizó, se reseñó un proceso evolutivo que ha llevado de 9 a 10 mil años. Se habló del teocintle, antecedente remoto del maíz, hasta sus variedades actuales. Se habló de su impacto culinario como base de infinidad de platillos. Se habló de su valor cultural. Se habló de su ritualidad. Y cómo no hacerlo en un lugar de tortillas… México y Tlaxcala son tierra de maíz.

El proceso para la conformación del laboratorio de creación e innovación en Tlaxcala, promovido por la Secretaría de Cultural local, parió la mesa de análisis y reflexión “Semillas de resistencia y patrimonio biocultural: conservación de maíces nativos y agroecología en Tlaxcala”, con la participación de Marisol Reyna, de la Universidad de Wagenigen, Países Bajos; Pánfilo Hernández, del proyecto de desarrollo rural Vicente Guerrero AC; Milton Gabriel Hernández, del INAH; César Eduardo Damián Jiménez, del banco de germoplasma Hyadi; y Justino Cisneros Tzoni, de Maíces doña Cele.

Llegaron después las historias de vida, los conocimientos, los dolores…

Justino Cisneros Tzoni es campesino y lo ha sido toda su vida. Su producción de maíces en Ixtenco se viste multicolor, granos de muchos colores. Se abandonó la vieja creencia de que el único grano valioso es el color crema. Sus conocimientos y sus granos son compartidos con otros productores de la zona y fuera de ella, pues han encontrado, muchos de ellos, que el trabajo conjunto les ayuda a combatir la amenaza de los maíces “mejorados”, los transgénicos, pues su cultivo conlleva el uso de agroquímicos en forma de herbicidas, abonos y otros usos, químicos que “envenenan el suelo, envenenan el agua, envenenan el producto”. En el caso del maíz, afirma que hay “líquidos” especiales para que solamente la planta de maíz no muera, pero si se mueran todas las demás plantas y los insectos.

Una añeja práctica cultural en la siembra de maíz consiste en sembrar otras semillas junto a la planta de maíz y, así, todas crecen juntas, como quelites, calabaza, quintoniles y las “hierbitas que se llaman lengua del pájaro”. Con las nuevas prácticas de siembra de maíz “mejorado” o transgénico, esa producción aledaña desapareció. En cada región –añadió- hay una variedad de plantitas que se comen, que son silvestres porque no las cultivamos, no las sembramos, pero salen. Pero a partir de que se inicia la agricultura industrial o comercial, los campesinos requieren ganar más dinero, más producción por hectárea.

El clima es otro factor fundamental. El temporal registrado este 2025 Justino Cisneros lo ve con temor, pues las siembras empiezan a resentir el exceso de agua y la incertidumbre sobre la cantidad de cosecha lo atenaza. ¿Será un año perdido?… no lo sabe, pero la perspectiva lo alarma.

Los efectos del clima impactan la calidad de los granos cosechados, por lo que en ocasiones tiene que “malbaratar” su producción. “Y si hacemos cuentas de lo que se invierte en tiempo, en dinero, en esfuerzo, pues a veces no quisiera uno vender, mejor que se eche a perder ahí, porque no vale lo que quieren pagar”.

Marisol Reyna, de la Universidad de Wagenigen, Países Bajos, ha centrado su línea de investigación en las políticas públicas. Con esa base, calificó el actual como un escenario mucho más benevolente para hablar de maíces nativos, hablar de la posibilidad de comer mejor, de comercio justo, no en los términos mundiales de comercio justo, sino de la justicia, de hacerle justicia al trabajo que hacen los campesinos. 

Se refirió a la ley de protección al maíz nativo tlaxcalteca, promovida hace 14 años, en 2011, pero que “nunca se implementó, nunca se reglamentó”. Reveló, por ello, que está trabajando coordinadamente con la asociación civil Vicente Guerrero para reactivar este andamiaje legal, “pero estamos encontrando cosas muy preocupantes”. Esos puntos de alarma que han detectado van desde la renta y venta de tierras, “que es muy, muy, muy preocupante en el estado” o los cambios del uso de suelo. 

Dijo que el proyecto de la zona metropolitana Puebla-Tlaxcala, así como el de Apizaco, acusa que provocan cambios en el uso de suelo “brutales”, que afectan, por supuesto, la producción de alimentos en general, pero campesina, sobre todo. El ejido –agregó- se está partiendo por todos lados. Y campesinos cada vez de mayor edad, porque los jóvenes no están interesados, por una y mil razones, en producir alimentos y producirlos de esta manera, que requiere muchísimo más trabajo. Creo que hay que enfrentar eso, hay que reconocer que eso está ahí.

Dijo que desde el sexenio pasado hay mejores condiciones, al menos discursivamente, a través de programas como Producción para el Bienestar, o Sembrando Vida, que pugnan, por un lado, por apoyar la producción campesina, la transición agroecológica, pero también, por otro lado, tenemos todas estas políticas públicas de urbanización, de cambios en el uso de suelo. Entonces, los funcionarios públicos tienen que pensar que no pueden promover una cosa por un lado y otra por el otro, o ¿cómo le hacemos? Eso es importante.

Puso sobre la mesa el acuerdo de la presidenta de la república con los gobernadores, se instaurar polos de desarrollo, de bienestar, “y está muy bien, pero cómo se va a enfrentar a personas como Justino, Pánfilo, Emiliano, Doña Celia, que le hizo frente a este avance del cambio del uso de tierra”.

En representación del banco de semillas nativas Hyadi, ubicado en Ixtenco, César Damián Jiménez aclaró que tal banco es una cooperativa que proporciona semillas, capacitación y asistencia técnica a los productores agrícolas.

Comparó el ciclo del maíz y su valor cultural con las artesanías, con gran valor histórico, pero que pueden caer en desuso, pueden llegar otras cosas, a lo mejor industrializadas, o ropa más fácil de producir o de hacer, y desplazar. Conservar es muy complicado –apuntó-, porque conservarse tiene que ser en campo, no como un museo. Subrayó con ello la importancia de conservar las semillas nativas, con gran resistencia al cambio climático, como ejemplo. “Si lo vemos desde el punto de vista de las semillas nativas, cada semillita es una solución a un problema. Y aunque muchas se pueden parecer, ninguna va a ser igual. Y entre las problemáticas tan inmensas como la del cambio climático, o enfermedades, o plagas, o lo que ustedes quieran. La gran diversidad genética y de soluciones es lo que nos va a dar la salida”.

Milton Gabriel Hernández, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), de entrada, puso sobre la mesa la incomodidad reinante en el instituto en cuanto a la separación tajante de los conceptos patrimonio cultural inmaterial y patrimonio cultural material. Definitivamente –explicó- hasta las expresiones más inmateriales de la cultura tienen una dimensión material, en tanto que las expresiones materiales de la cultura, como puede ser un monumento arqueológico, tiene también una dimensión inmaterial. Entiendo que para efectos de políticas públicas o para efectos de declaratorias nacionales e internacionales, se hacen este tipo de separaciones entre patrimonio cultural material y patrimonio cultural inmaterial, pero en la vida práctica, en la vida real, en la vida concreta de las comunidades, no existe esta separación arbitraria entre lo material y lo inmaterial. Están perfectamente implicadas.

Sobre el tema, dijo que se ha registrado un debilitamiento de las estructuras agrarias en décadas recientes. “Estamos en un Estado en el que el 46 por ciento del territorio está bajo una modalidad de propiedad social de la tierra, donde existen 245 núcleos agrarios, donde aproximadamente hay 53 mil sujetos agrarios, la gran mayoría, por supuesto, hombres, una minoría mujeres; el 70 por ciento de estas tierras está principalmente en hombres y el 30 por ciento en mujeres, por eso hemos venido viendo que se ha dado, en los últimos años, un debilitamiento de la asamblea, un debilitamiento de las estructuras comunitarias, a nivel ejidal, de resguardo, de protección y de defensa de la tierra”. 

Sin embargo –señaló-, en los últimos años se empieza a ver un cambio de perspectiva, un cambio de mirada para trabajar en favor de fortalecer los núcleos agrarios, fortalecer los comisariados, fortalecer la asamblea y fortalecer particularmente el tejido social de los núcleos agrarios, muy debilitados y desgarrados por la migración, por la pobreza, por la desigualdad, por las estructuras de violencia.

Milton Gabriel comentó a la audiencia sobre el trabajo de un investigador de la ONU en diferentes estados de México, quien encontró, en Tabasco, en varias parcelas del programa oficial Sembrando Tierra, que ante la emergencia de contar con semillas para sembrar, empezaron a introducir semillas transgénicas, “con un efecto no deseado, no era lo que se buscaba, pero hubo ciertas prácticas que orillaron los campesinos a que compraran semillas para cumplir con la meta establecida de sembrar tantas hectáreas, lo que “muy probablemente estará ocurriendo en muchas otras partes”. Subrayó la importancia de que este tipo de políticas públicas tengan contraloría social constante.

Puso énfasis en la urgente necesidad de contar con una ley nacional de transición agroecológica que dé certeza a las organizaciones, a los colectivos y a las escuelas de campo, a las comunidades de aprendizaje campesino. Una iniciativa se presentó –dijo- en la Cámara de Diputados desde la legislatura pasada y en esta legislatura se está tratando de reactivar. Resaltó la existencia de la ley estatal en defensa del maíz.

Desde el andamiaje oficial hay dos programas orientados al campo, intervino Pánfilo Hernández, del proyecto de desarrollo rural Vicente Guerrero AC: Sembrando Vida y Producción para el Bienestar, encaminados a los mismos objetivos: la soberanía alimentaria, la producción de alimentos más sanos, con menos químicos. Cambiar de insumos químicos a insumo agroecológicos “es la forma más simple de ver la agroecología”, porque es mucho más amplia, no es tan sencillo como solamente producir y producir y producir, sino saber cómo lo vamos a aplicar. Son grandes retos que “los productores conocen bien” y que a veces, en el momento de las decisiones, “no los llegan a observar, no los llegan a ver”.

Calificó a ambos programas como “grandes impulsos a la agroecología”, “bien pensados, bien proyectados”. Ya en territorio “es diferente”. “Yo conozco casos en Tlaxcala donde estos programas, a veces por desconocimiento, se han promovido cuestiones en contra de la agroecología”.

César Damián Jiménez, del banco de germoplasma Hyadi, llamó al trabajo conjunto, a la creación de cadenas comunales de apoyo y comercialización.

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