Vie. Mar 6th, 2026

José Luis Puga Sánchez

En Huamantla trabajan para alcanzar la denominación de la Unesco como patrimonio de la humanidad para sus célebres alfombras florales, pero el camino no ha sido terso. Existe una pugna entre un grupo de hacedores de alfombras, todos con ya reconocimiento público envolviendo su nombre, quienes buscan que la hechura de alfombras en su ciudad quedé inalterablemente ligada a ellos. Frente a este grupo, un numeroso contingente de ciudadanos se esfuerza por el reconocimiento para esta expresión cultural como manifestación comunitaria, social, de todos.

Isabel Aquino Romero, en representación de la comisión comunitaria e interinstitucional que busca la inscripción de las alfombras de Huamantla en la lista representativa del PCI Unesco como patrimonio mundial de la humanidad, reconoce en principio que las comunidades tienen sus propias complejidades y “lo que hemos hecho es trabajar para transformar el contexto social en el que se desarrolla esta tradición y qué prácticas son las que hemos instrumentado”.

Se erige como conocedora del tema, conocimiento que sustenta en la tradición de su familia, aun antes de su propio nacimiento, de expresar su devoción a la Virgen de la Caridad a través de la hechura de alfombras florales.

“Me desenvolví, crecí en una tradición de fiesta, porque era realmente una verdadera fiesta, no sólo en casa con la familia, sino con el barrio, con los vecinos, que ofrecíamos el fruto de las cosechas a Dios a través de su intercesora, que es la Virgen de la Caridad, y que bueno, es un pueblo mariano, es un pueblo con mucha devoción para la Virgen, desde la época prehispánica para Xochiquetzal, la diosa de las flores”.

La tradición de ofrendar a la virgen mediante alfombras de flores fue popularizándose –recuerda-, que tuvo muchos momentos históricos en los que alcanzó su máxima difusión. “Yo creo que uno de esos momentos históricos fueron los Juegos Olímpicos de 1968, que fue sede la Ciudad de México, donde los alfombristas o los artesanos de Huamantla fueron a elaborar las alfombras en el Palacio Nacional, el zócalo capitalino y, considero que dada la cantidad de medios de comunicación de manera global, fue cuando se popularizaron las alfombras. Hasta ese momento considerábamos que era un arte único, porque no teníamos las herramientas tecnológicas para saber que en otras localidades del mundo, en España, en Italia, también se hacían alfombras y en muchos lugares más”. Esa explosión de popularidad –recalcó- provocó también que los alfombristas, como les llaman en Huamantla, adquieran fama y “surgieran figuras importantes”.

Se trata –explicó Isabel Aquino- de artistas o artesanos provistos de mayor conocimiento en la práctica, quienes son contratados con mayor continuidad para la elaboración de la figura central en una alfombra- “Esto comenzó a popularizarse y se consideraba, hasta hace algún tiempo, que eran los verdaderos artistas de las alfombras. Cuando empezamos todo este proceso de diagnóstico de investigación de las alfombras, nos damos cuenta que en realidad quien sostiene esta tradición es el pueblo, no solamente un grupo, aunque sean artistas, porque sí los son y los reconocemos, pero ellos están cobrando por un trabajo que desarrollan, es una prestación de un servicio”.

Quien sostiene la tradición desde su origen –remarca, insistente- es la comunidad, es el pueblo, el que no solamente aporta en lo económico, sino también en el trabajo, en la organización, que forma toda esta gran estructura social que permite que hoy las alfombras sean conocidas internacionalmente. “Yo quiero compartir con ustedes que las alfombras de Huamantla han estado presentes en festivales, concursos, eventos, en países de cuatro continentes. Díganme si no son conocidas las alfombras”, presumió.

Esa cresta de popularidad despertó intereses. Hubo un grupo de personas –afirmó-, los artistas, que consideró que eran las personas poseedoras, creadoras y quienes dieron a conocer las alfombras. Sin embargo, eso generó ciertas divisiones entre el pueblo, porque a quienes menos se les reconoce es a las comisiones, a las mayordomías, a los grupos, a los barrios que son verdaderamente quienes sostienen este trabajo. “Entonces, se han generado diferentes conflictos sociales, incluso cuando empezamos este proceso en el 2010, decían: no, es que la Unesco nos tiene que reconocer a nosotros como artistas, porque nosotros somos quienes hemos dado a conocer las alfombras de Huamantla en el mundo”.

Hoy sabemos que no es así –afirma, tajante-, porque sin la estructura social esto no se hubiese realizado. De tal manera que, con el paso de los años se empezó a organizar un festival, un concurso más bien, era un concurso de mini alfombras o de niños alfombristas. El concurso provocó, dijo, que los enfrentamientos se fueran marcando cada vez más, porque participaban los hijos de los maestros alfombristas que ya tienen cierta trayectoria, conocimientos en la plástica y que, obviamente, era muy fácil para ellos hacerles sus moldes, enseñarles sus técnicas, a diferencia de un niño o niña de la comunidad que tiene este interés por preservar la tradición, pero que no tiene una herencia familiar directa para que le enseñen.

A su ingreso a la comisión comunitaria e interinstitucional que busca la inscripción de las alfombras de Huamantla en la Unesco, Isabel Aquino enfoca su esfuerzo a la disolución del enfrentamiento y para ello elimina el concurso, que significa competencia, enfrentamiento, para en su lugar montar talleres y exposiciones de alfombras. Desde tres años atrás, a propuesta de Aquino, se celebra el día de la niña y del niño alfombrista, donde se les enseña la manera de confeccionar alfombras, hacer tapetes, “no importa cómo los podamos hacer, lo importante es que participen y dejamos que se expongan sus trabajos para que todos los admiremos”. 

Este modelo de enseñanza infantil Isabel lo perfila como el antídoto para erradicar el enfrentamiento en la comunidad, porque “la competencia no está dentro de nuestra comunidad y ni siquiera podemos decir que se trata de una competencia, porque cada quien tiene sus propias habilidades y realmente la expresión es única, es popular, es arraigada y tiene una manifestación distinta, aunque hagamos alfombras en diferentes lugares, no hablo solo de México”.

El núcleo de esta expresión es uno solo: hacer un ofrecimiento espiritual, ser un elemento de gratitud, “ese es el primer elemento que hicimos”. Y por supuesto –afirmó- no le pareció a este grupo de personas.

Otro tema a resolver ha sido despojar a esta celebración del carácter eminentemente masculino que se le atribuía. Se había centrado como una actividad exclusiva de los hombres, de los varones. Las mujeres estábamos relegadas a estar en la cocina, a preparar el café, los antojitos, los tamales, todo lo que se ofrece en esta convivencia comunitaria y atender a quienes hacen las alfombras.

“Ha sido un camino duro, ha sido un camino difícil, porque cómo una mujer se ha atrevido a participar en esto. Lo seguimos viviendo hasta el día de hoy con este tipo de violencia, porque estas personas consideran que son casi los dueños de una tradición, cuando esto no es así, son parte importante y fundamental, pero prestan un servicio a la comunidad que es la que sostiene toda la tradición. Sí estamos trabajando, sí queremos transformar las cosas, sí queremos conciliarnos porque somos una comunidad y si bien se ha convertido en una actividad económica muy válida para los artistas que la elaboran, sí es importante también reconocer la aportación comunitaria, que es la que verdaderamente sostiene esta tradición, sin la participación de los grupos, de los alfombreros, como se les llama, que a veces suena un poquito despectivo, pero son ellos quienes, en pleno siglo XXI, no nos permitieran a las mujeres participar. Creo que ya tenemos un avance importante, nos falta aún más, pero sí son prácticas que se tienen que adaptar a las condiciones locales, a las circunstancias que vamos viviendo en estos días, que están enfocadas, finalmente, a hacer que esta tradición perdure, que esta tradición se mantenga con todos sus valores”.

Los talleres, a su vez, informa Aquino que han sido llevados a las escuelas, para enseñarles a los niños, a las niñas, a hacer una alfombra. “Yo sostengo una teoría y yo digo que en Huamantla cualquier persona tiene la habilidad de hacer un tapete o una alfombra, aunque nunca lo haya hecho”.

Isabel Aquino toca otro punto: la carencia de un museo de alfombras. “Es increíble que no haya este lugar, este sitio, donde podamos concentrar todos los saberes, conocimientos, técnicas y hacer esta línea de tiempo para que quien quiera saber más acerca de estas alfombras, se adentre más allá de lo que simplemente vemos en lo estético, en lo artístico, para que pueda conocer o pueda tener de cerca durante todo el año y no solamente en agosto, que es cuando tenemos todo un mes de elaboración de alfombras”.

No son las alfombras y los tapetes –afirma tajante- los que se van a inscribir ante la lista representativa de la Unesco, es todo el conjunto de valores y actividades en torno a la elaboración de las alfombras y los tapetes. “Es decir, cuando vamos a ver las alfombras de Huamantla, vemos un colorido, maravilloso, obras de arte únicas que llenan nuestra vista, nuestro corazón, pero atrás de ello hay muchos meses de trabajo, hay organización comunitaria, hay respeto, hay tradición, hay costumbre, hay convivencia, hay inclusión. Ahora sí podemos decir que ya, porque estamos cada vez fomentando que más niñas y más mujeres participen y también que estos valores se repliquen”. 

Finalmente lanza una interrogante: ¿Cuál es la aportación del alfombrismo? Su respuesta es igual de tajante: La promoción de la paz, la paz que tanto necesitamos en nuestros días…

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